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Visionado: ‘El discurso del Rey’, de Tom Hopper. ‘Tartamudos de empatía’

 

cinco estrellas


¿Cómo se consigue que un ciudadano de lo más normal sufra y viva como propio el enorme tormento de un monarca británico retraído y tartamudo? Preguntad a Tom Hooper, genio de los rayos catódicos de la Gran Bretaña, que ha sacado a la palestra esta excepcional tragicomedia sobre el difícil y traumático ascenso al trono, en los turbulentos años que precedieron a la II Guerra Mundial, del rey George VI de Inglaterra. O directamente acercaos a visionar El discurso del Rey, espléndido retrato de un hombre acomplejado pero valiente, y de su tesón por superar sus miedos y coger la medida del camino que le marcaba la Historia.
 
Añadid además a la soberbia interpretación de Colin Firth dando vida al monarca tartaja, la presencia deslumbradora del señorial monstruo de la tablas británicas Geoffrey Rush, como su antiprofesional terapeuta en trastornos del habla, y la de la camaleónica Helena Bonham Carter. La X quedará además totalmente despejada si agregamos una intimísima dirección, un guión fresco, rápido, lleno de humor inteligente, ironías y críticas sublimes a los anacronismos de los sistemas monárquicos.
 
Comprenderéis que el resultado no puede ser otro que el de uno de los mejores retratos de la monarquía que se han hecho en el séptimo arte, que se columpia sin complejos por encima de la magnánima Hellen Mirren en The Queen. Así que no nos cortamos en afirmar que tales combinaciones hacen que esta película tenga vocación de ganadora, se quede donde se quede finalmente. Porque tiene voz y se pronuncia, como el propio protagonista grita furioso en una de las mejores secuencias del film.
 
No queremos hacer boicot a los estupendos actores de doblaje que tiene nuestro país, pero tenemos la obligación de ordenaros (sí, por imposición) que la veáis en versión original subtitulada. El duelo interpretativo entre los sires Firth y Rush, el constante tartamudeo de Su Majestad, y los numerosos juegos de palabras, diálogos brillantes y guiños al humor inglés, pasarán inadvertidos de otra manera. Es el último ingrediente necesario para comprender nuestra empatía, como plebeyos, con esta solemne y regia historia de superación personal.

‘Plácido’, de Luis García Berlanga. ‘Sentad a Berlanga en vuestra mesa’ vs ‘Una úlcera costumbrista que no amarga tanto’

SENTAD A BERLANGA EN VUESTRA MESA
 
No podemos terminar el 2010 sin dedicar nuestro último post al gran maestro Luis García Berlanga, fallecido este año pese a nuestras rogativas y negaciones. Y como es Navidad, lo hacemos con Plácido, la historia con la que el gran director de actores del celuloide patrio bebió de las mismas fuentes con las que Ramón María del Valle-Inclán manejó el teatro más transgresor del siglo pasado. Berlanga sacó a pasear su propio esperpento, con el que descolocó y toreó de un plumazo los asientos más tapizados de la sociedad española del año 1961. Y lo hacemos también porque este ‘gran pedacito’ de nuestro cine agrupa entre sus fotogramas a muchos que también se fueron: en su co-autoría, a Rafael Azcona, el gran escribano del séptimo arte español, y en su elenco coral a actores como José Luis López Vázquez, Casto Sendra ‘Cassen’, Luis Ciges o Manuel Alexandre. Comprenderéis que no encontremos mejor forma de recordarles y quererles que reviviendo sus personajes una y otra vez.
 
Para que no dijeran que en España no había manera de sacar las cabezas del pozo franquista sin perder el ojo izquierdo, Berlanga puso a funcionar su particular maquinaria satírica contra la campaña “Siente a un pobre en su mesa” en Nochebuena. Descabellada diferenciación de clases y una caridad mal entendida contra la que tropieza una y otra vez el protagonista de la historia, Plácido, encarnado por el hasta entonces cómico y humorista Cassen. Éste, conductor de un motocarro con estrella incorporada y contratado para participar en tan mezquina campaña, debe pagar la primera letra de su vehículo, lo que le lleva de cabeza todo el metraje, tropezando con un continuo laberinto burocrático y deshumanizado.
 
A Berlanga y Azcona la diatriba de Plácido rogando continuamente a Quintanilla (José Luis López Vázquez) que le ayude con el banco o con el notario, les sirvió para mostrarnos desde el caótico recibimiento en la estación de tren a las supuestas artistas de Madrid (finalmente actrices de segunda) que vienen a apoyar la campaña, la cabalgata destartalada mejor hecha de la historia del cine, encabezada por el motocarro “estrellado” del protagonista, hasta la lamentable pero desternillante subasta entre las clases altas. A ello tenemos que sumar el mercadeo con los pobres (“nosotros lo que queremos es coñac”) o la retransmisión en directo de una de las cenas, momento que el cineasta valenciano aprovechó para colar su palabra favorita:
 
     POBRE: “Pues me tenías que haber visto cuando estuve en la guerra…”.
     ARTISTA DE CINE: “¿En qué guerra, en la de África?”
     POBRE: “No, en la austro-húngara”.
 
Y la magia de esta película precisamente se encuentra en esa megamanifestación de instantáneas, multitudes que se juntan y se separan, que no se aclaran, que se cruzan una y otra vez, y a las que la cámara sigue sin cesar, en todo un manjar de planos-secuencia verdaderamente sorprendentes. Hasta el propio Azcona incluyó en el guión que el dueño de la casa donde muere uno de los pobres se quedara pasmado, casi mirando a cámara, cuando de repente ve entrar por la puerta a las hordas de Plácido y compañía. “Pero, ¿cuánta gente viene?”, afirma sorprendido. No es para menos: hasta veinte personas componen el séquito que porta y acompaña al muerto escaleras abajo. Las hemos contado.
 
Además, Berlanga tuvo la maestría de conseguir que a ningún espectador se le pasara ni uno solo de los problemas que tiene cada uno de los más de treinta personajes que desfilan por la pantalla. Si habéis visto la película, estamos seguros de que podéis mencionar más de dos: el abuelo al que llevan en el carromato de un lado a otro sin compasión (“menuda Nochebuena me estáis dando”), Martita ligando con un galán secundón a espaldas del martirizado Quintanilla, éste probando un poco fiable aerosol contra la sinusitis, el personaje de Agustín González debatiendo sobre jurisdiciones, doña Encarna pidiendo que casen a los pobres que viven en pecado, Luis Ciges comiendo a manos llenas de una casa a otra, o una “loreniana” Amparo Soler Real regalándole un ligero a su “pobre”.
 
Conversaciones cruzadas (nos atrevemos a afirmar que muchas de ellas espontáneas y de ‘making off’), humor cotidiano, cercano, barullero, desorganizado. Todo un “fregao”, que diría el propio Plácido, que hizo que el cine español saltara los límites que los neorrealistas italianos pusieron tan alto. No lo decimos nosotros. Federico Fellini la vio más de cuatro veces. Porque Berlanga lo hizo de un salto y sin pértiga, y transformó lo que criticaba con esta película en el deseo de que nuestra aportación a combatir la pobreza fuera natural y de corazón, y que a cambio fuera él mismo el que viniera a cenar con nosotros. Lejos de decaer, tras conseguir una bombardeada nominación a los Óscar con la historia de este maltratado mártir navideño, se superó a sí mismo con El verdugo dos años después. Ahí ya sentó cátedra y se convirtió en lo que sigue siendo. Aunque se haya ido y esté riéndose en las narices de San Pedro o montando una coral caótica y atropellada de querubines. Todo esto en realidad es para decir que sentimos que el 2011 empiece sin él. Así que resumiendo: gracias, Berlanga.
 
Una secuencia de maestro con pulso. Hay un momento que están en rodaje hasta cuatro conversaciones cruzadas diferentes. Lo que viene siendo una orgía para cualquier cinéfilo.
UNA ÚLCERA COSTUMBRISTA QUE NO AMARGA TANTO
 
Mal que le pese a nuestro amado Berlanga, creemos que Plácido no es su film más logrado. No sería sino dos años más tarde cuando el maestro comenzaría a frecuentar la perfección, cuando daría con la piedra filosofal de la comedia negra, el tono agridulce acertado. Cuando en buena hora alumbró El verdugo, en definitiva.
 
Pero sin alejarnos de Plácido, sabemos que estamos ante un retrato costumbrista que caricaturizó la hipocresía de la sociedad biempensante invitando a los pobres de solemnidad a fregar los platos de su conciencia en Nochebuena. Sin embargo, cuestionamos algunas de las herramientas con las que el cineasta se puso manos a la obra. Por ejemplo, la endeble efectividad de un estilo propio, sin lugar a dudas brillante, pero que en esta película tan sólo comenzaba a dar sus primeros pasos. Hablamos de la narración coral incrustada en sus característicos planos-secuencia, con ese trajín de personajes que se nos dispersan, que se zarandean a sí mismos de un lado a otro, sin orden ni concierto, para ilustrarnos la vacuidad de sus acciones, lo estériles que resultan sus buenas e hipócritas intenciones. Y desde luego, nos quitamos el sombrero, es un gran hallazgo para arrancar la sonrisa del respetable, que nos sabe a cine con mayúsculas, pero que le ha dado mejores resultados en películas con más mala leche, como lo pueden ser La escopeta nacional, o con un trasfondo más complejo y unos personajes más incisivos, más resabiados, como en La vaquilla. En Plácido, no podemos dejar de pensar que no hubiera estado de más un poquito de mesura en la técnica para lograr resultados cómicos más rotundos, menos cansinos.
 
En segundo lugar, el dibujo de los personajes se le quedó esta vez en el tintero. Estamos ante un maniqueísmo en el que, prácticamente, tan sólo se perfilan dos tipos humanos: el hipócrita pretencioso y el pringado sin remisión. El resto de matices que identifican a los distintos personajes, se nos quedan en variaciones sobre sendos temas. En tierra de nadie, eso sí, permanece Quintanilla (inolvidable López Vázquez) que pivota de un extremo a otro confirmándonos que, más adelante, Berlanga sabrá dotar de un alma más compleja a sus retratos humanos, encontrando, con ello, mil y una posibilidades cómicas. Ahí estarán José Luis Rodríguez (Nino Manfredi) y Amadeo (José Isbert) para demostrarlo.
 
Por otro lado, también echamos en falta que al frente del reparto coral hubiera estado un actor con menos limitaciones que Cassen, puesto que es hilo conductor y catalizador de buena parte de las acciones de la película. Nadie duda de su valía como cómico, pero el traje de Plácido no creemos que estuviera hecho a su medida. Su interpretación resulta dura, áspera, poco dada al sentimiento.
 
Aunque nos toque ser inmisericordes, en plena temporada navideña, haremos una excepción y no queremos dejar pasar por alto la oportunidad de celebrar los momentos cumbres que más nos han emocionado de este film, que nos gusta y mucho. Nos quedamos con la triste e irónica peripecia de Plácido, personaje con la familia siempre al hombro, de un lado para otro, confiado y porfiado, una víctima colateral de una caridad que, atrapada en el celofán, poco sabe de los apuros que pasan los autónomos. Pero sobre todo, nos quedamos con esa pobre mujer, que acaba de estrenar viudedad, a la que dejan tirada con el cadáver de su marido en su humilde casa. Una desgraciada, consumida por el dolor y que, sin embargo, no puede dejar de zamparse con avidez un pedazo de turrón, triste limosna. Y es que no hay dolor que apriete más que ‘el hambre’. Esa es la esencia del cine de Berlanga, del humor que nos ha fascinado, el que le ha buscado un buen hueco en el rincón más sagrado de nuestra memoria cinéfila. Allí, siempre le estamos esperando para echarnos unas risas de las que dejan un regusto amargo.
 
Berlanga se retrata en el retrato de su mártir navideño. Con un villancico final triste pero cierto (SPOILER). Hasta siempre, maestro.

‘Pulp Fiction’, de Quentin Tarantino: ‘Desmontando un siglo de cine’ vs ‘No hay nada en el maletín de Marsellus’

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DESMONTANDO UN SIGLO DE CINE
 
En 1994 se podía pensar que más o menos estaba todo hecho en las salas de cine. A medio cocinar, pero hecho por fuera, lo suficientemente vistoso como para decir “vale, como, compro”. Después de los festivos ochenta, la década de los 90 no deparaba grandes sorpresas para los amantes del séptimo arte. En España apuntábamos maneras con un nuevo cine social, pero en el mundo, el invento de los Lumiere estaba a punto de cumplir un siglo de vida, y le renovábamos el contrato, más por lo conocido que por expectativas. Pero ese año el ya curtidito en batallas preliminares, Quentin Tarantino, puso a dos amantes a atracar a mano armada una cafetería y lo cambió todo.
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Casi un siglo de cine y Quentin viene a enseñarnos algo. Que cuatro historias más simples que el mecanismo de un columpio pueden aderezarse como para tener los ojos abiertos a la fuerza durante 148 minutos. Vincent y Jules debatiendo sobre el cuarto de libra, un versículo de Ezequiel para preparar al ajusticiado, unos balazos con intervención divina de por medio, sangre decolorada, lecciones de moral del señor Wallace, un mal viaje de la mejor Uma Thurman de toda su carrera, un buen baile aristogático, un poco de sodomía bicolor, un tarado tan inquietante como futurista, una novia estúpida y sin barriga, un boxeador cuyo nombre no significa un carajo y un divorcio inminente que el Señor Lobo evitará a toda costa.
 
Tarantino creó el guión sobre estas historias de Roger Avary, y después nos las contó para que tuviera sentido el contárnoslas y no caer en un surrealismo descontextualizado. Si no fuera así, ¿para qué? Montaje de mínimos, pero eficaz.
 
La marca de identidad, universal además: los diálogos de la lógica. Si yo digo pie, ¿por qué me das codo? Silogismos de la mafia culta, que piensa, razona y considera inapelable su propio código ético. Pero, ¿quién no ha estirado nunca hasta el infinito una discusión sobre una canción, sobre una postura sexual o sobre un sueño?
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No olvidamos lo mejor, lo que define el gran cine. La cinta gana con el tiempo cuando no pretende tal objetivo. Es de una frescura y sinceridad que te destapona los oídos y te quita los nubarrones de la vista siempre que se incrusta en el DVD. Todavía no sabemos qué significa que una película sea “de culto”, pero sí sabemos que nos despeinó, nos sacó de la casita rosa, nos caló los zapatos y nos hizo toser.
 
Algo después, Christopher Nolan parió Memento en una sucesión de cajas chinas infinitas y apuró la técnica del ‘thriller rompecabezas’ como un buen diseccionador. Pero fue con Quentin con quien muchos supimos que ya la realidad era lo suficientemente lineal como para que nos la plantaran en pantalla de la misma manera. Que sigan viniendo a desmontarla, que nosotros no sabemos, no nos atrevemos y seguimos esperando.
 
¿Nos quedamos con el baile, verdad?
 
 
NO HAY NADA EN EL MALETÍN DE MARSELLUS
 
No culpamos al pobre Tarantino si tuvo un mal sueño y quiso hacernos partícipes de ello. Pensó que era nuestro amigo, que le abriríamos los brazos y le entenderíamos y no se equivocó. El mundo le acogió como un pobre demonio loco después de estrenar Pulp Fiction. Pero algunos sabíamos que solo quería echarnos en cara lo mal que lo habíamos entendido todo, en el cine, hasta ese momento. Y fuimos lo suficientemente lúcidos como para darnos cuenta de que la paja es paja, y lo que relucía eran estrellitas sin fuste.
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Coger cuentecillos de drogatas “super-fashion”, mujeres florero de ojos entrecerrados y zumbados que hablan con un chip de quita y pon, y desordenarlos. Y el mundo alucinando en colores. Como si se hubieran metido la misma mierda que Travolta saca a Uma con una inyección en el corazón. Un primer plano de un pico de heroína elevado a los altares como si no existiera Easy Rider o Drugstore Cowboy para enseñarnos a bajar a los infiernos. Y la música, claro, la música. Debe ser dificilísimo coger nuestras canciones favoritas y ponérselas a una peli. De manual.
 
No le culpamos, no. Pero no cuela. La velocidad de tacos por minuto (o por conversación) no es equiparable al buen cine. Y los personajes memorables, carismáticos o inolvidables, necesitan buenas historias, o al menos historias que no se justifiquen con el rojo glamouroso de la sangre o el blanco cetrino de la heroína. Para eso, mejor un documental de los bajos fondos, con negros de piel y de conciencia, que hablen de su madre y de sus zapatillas, y no de lo bien que se está en Amsterdam. Y encima descolocado, por si acaso nos dábamos cuenta. Tarantino parece incluso saberlo cuando sale su alter ego desesperado por el divorcio y no por un tener un cadáver sin cabeza en su garaje. Su doble moral es su doble juego. Y con nosotros, perdió.
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No se doblega, sin embargo, ante la simbología de la nada. Nos enseña un maletín con algo dentro que reluce mucho, pero que no se ve. Ahí parece hasta lúcido y metafórico con su propia obra. No hay nada en ese maletín. Nada visible, nada que nos haga estirar la mano para tocarlo o el cuello para mirar.
Desde Reservoir Dogs, Quentin siempre nos arroja al fondo del maletero de un coche. Primero nos enseña lo que ve, luego nos amenaza, nos pega, y tras rompernos los dientes y sin ni siquiera hacer un par de agujeros con su pistola de niño bien, nos encierra para siempre y nos deja sin aire, deseando que alguien nos saque de ahí, para cantarle las cuarenta de Ezequiel.
 
Recitemos a Ezequiel y matemos al monstruo:
El reino del exceso

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