Publicaciones de la categoría: Homenajes

Disección: ‘L.A. Confidential’, de Curtis Hanson. ‘Cine negro sublevado’

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PANORÁMICA: 1997 fue un año de acontecimientos singulares que, en su momento, bien pudieron parecer fantasías escapadas de una novela de ciencia ficción. Mientras en Gran Bretaña un equipo de científicos británicos anunciaba el feliz alumbramiento (7 meses antes) del primer mamífero clonado, la célebre oveja Dolly, en Nueva York un robot, el ordenador de IBM Deep Blue, derrotaba por primera vez a Gary Kasparov en un torneo de ajedrez. Sin embargo, también tuvieron lugar, por aquel entonces, hechos históricos de marcada trascendencia política. El laborista Tony Blair ganaba con holgura a los conservadores de John Major, el 1 de mayo y a primeros de mes también, pero esta vez en julio, Hong Kong regresaba a China alejándose de su condición de colonia Británica. En 1997, se firmó el Protocolo de Kioto, que comprometió a los países firmantes (191) a reducir los gases de efecto invernadero. Precisamente, un gran defensor de las especies marinas, en extinción a causa de la contaminación, el oceanógrafo Jacques Cousteau, murió aquel año, al igual que dos grandes iconos de la sociedad contemporánea cuyas respectivas vidas se encontraban en las antípodas: la Madre Teresa de Calcuta y Diana de Gales.

EL MEOLLO: “La vida es bella en Los Ángeles…” hasta que aparece un puñado de cadáveres en un bar mugriento de los suburbios. Es entonces cuando la trayectoria de tres agentes del departamento de policía, radicalmente diferentes, colisiona para dejarnos ver la miseria y la corrupción que envilecen la ‘Tierra de los Sueños’. El ambicioso y brillante Ed Exley (Guy Pierce), el matón atormentado Bud White(Russell Crowe) y el cínico Jack Vincennes (Kevin Spacey) acaban  colaborando para resolver un caso endiabladamente complejo lleno de espejismos, pornografía, drogas, ‘putas operadas para parecerse a estrellas de Hollywood’ y falsos culpables que también se han ganado el infierno.

DETRÁS DE LAS CÁMARAS

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CURTIS HANSON: El pasado mes de septiembre nos dejó este cineasta cuya obra magna más deslumbrante fue L.A. Confidential (1997), una película en la que fue productor, director y coguionista (junto a Brian Helgeland) y con la que logró nueve nominaciones a los Óscar (sólo recibió los de Mejor Actriz de Reparto y Mejor Guión Adaptado). Sin embargo, antes de llegar a la cima, este autor se había ganado a pulso su condición de artesano del suspense como guionista (El socio del silencio, 1978) llegando a trabajar con cineastas de renombre como Sam Fuller. Junto a este director escribió Perro Blanco, una película cargada de polémica, pues sobre ella pesó la acusación de racismo, pero que evidenciaba un gran talento narrativo. En el 83, se puso al frente de un Tom Cruise, todavía sin lustre estelar, para dirigirlo en Ir a perderlo y perderse, un divertimento para adolescentes donde la virginidad se convierte en la madre del cordero de toda la trama. Fue en los años 90 cuando el cineasta comenzó a convertirse también en un director con ingenio para la taquilla. Alcanzó el éxito con La mano que mece la cuna (1992), una película que recorre un escalofriante ajuste de cuentas donde el instinto maternal frustrado ejerce una diabólica influencia. Después de L.A. Confidential abordó filmes como Jóvenes prodigiosos, un fracaso de taquilla aun cuando contó con un reparto multiestelar y 8 Millas donde volvió a ofrecerle un importante papel dramático a Kim Basinger, quien encarnó a la madre alcohólica del protagonista, B.-Rabbit (Eminem). Un joven de origen problemático y humilde que se curte en batallas de rap callejeras  para iniciar su carrera musical. Un trasunto de la vida del propio Eminem. En 2005, dirigió a Cameron Díaz y a Toni Collette en una comedia, In her shoes, donde dos hermanas, con el mismo número de calzado, se pasan la vida discutiendo. En Lucky you, volvió al drama familiar, pero con localización en Las Vegas, para filmar una película correcta que no despertó grandes entusiasmos. Persiguiendo Mavericks (2012), una cinta biográfica y surfista, fue el último título de un director con talento, aunque de corta filmografía.  Poco después tuvo que retirarse a causa de la enfermedad de Alzheimer.

PRIMER PLANO

house-of-cards-kevin-spacey-imageKEVIN SPACEY: Ocurrió en 1995. Fue entonces cuando descubrimos, asombrados, el rostro del diablo húngaro que habita en los “cuentos de miedo de los niños de los criminales”. Apareció el sanguinario Keyser Söze en la cara de buena persona y en las maneras amables de’ Verbal’ Kint, el estafador tullido de Sospechosos Habituales. Una transformación, un truco genial que se produjo en el desenlace de una obra maestra del cine negro contemporáneo dirigida por Bryan Singer y que le valió al actor un premio de la Academia. En esta película supimos que Kevin Spacey era un actor inmenso, de rostro cotidiano, pero con un carisma capaz de apropiarse de la gran pantalla sin apenas esfuerzo. Ese mismo año, tuvimos la oportunidad de disfrutarle en otra de sus grandes interpretaciones en Seven, de David Fincher. Nos referimos al perturbado psicópata (Doe) que se creyó un cruzado con la misión divina de redimir al mundo de sus pecados capitales. Estas dos películas dieron a conocer, a escala planetaria, al actor estadounidense, sin embargo, Spacey ya había cosechado una carrera en el teatro durante la década de los 80.

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Homenaje: Cary Grant, el sueño de un vividor

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“Cary Grant era bueno, muy bueno. No se le escapaba una. Nunca tuvo el premio (de la Academia). Le dieron un Oscar ‘especial’. Pero eso era una idiotez, porque los actores que suelen hacer protagonistas, para obtener un premio, tienen que cojear o hacer de retrasado. Nunca ven al tipo que se esfuerza al máximo y consigue que parezca fácil. No les basta con que abra un cajón con elegancia, que coja una corbata y se ponga una chaqueta. ¡Hay que sacar una pistola! Hay que sufrir. Entonces te ven”. (‘Conversaciones con Billy Wilder’, Cameron Crowe).

A Billy Wilder, de hecho, Cary Grant siempre se le escabullía. Intentó trabajar con él hasta en cuatro ocasiones diferentes. Desde los tiempos remotos en los que escribió ‘Ninotchka’ para su gran y admirado maestro, Ernst Lubitsch.  Pero también pensó en él para ocupar el papel de Humphrey Bogart en ‘Sabrina’ y el de Gary Cooper en ‘Ariane’. Aquellas fueron interpretaciones inolvidables, pero no hace falta decir que todos aquellos personajes se hubieran sumergido, sin problemas, en la piel del elegante británico dando pie, eso sí, a otras producciones con otros matices porque, en sus manos, aquellas “hubieran sido otras historias”.

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Nuevos espejos donde Grant podría haber dejado reflejado su increíble magnetismo, su fascinante forma de dominar la gran pantalla sin necesidad de hacerse notar con recursos interpretativos evidentes. Entrando en los personajes con una naturalidad asombrosa y con el oficio discreto de quien no tiene ningún problema a la hora de trabajar con cualquier mimbre; de reconocerse en cualquier tipo humano. Era guapo, tenía clase, se le daban de miedo los canallas encantadores, los incautos surrealistas, los falsos culpables con un punto de chulería bien llevada y los tipos que pretendían ser normales, pero acababan atrapados en circunstancias extraordinarias.

Tenía un raro don. Cada vez que aparecía en pantalla, parecía detener el tiempo. Como si él mismo se convirtiera en una dimensión fantástica donde todo era posible: cualquier torpe podía convertirse en un seductor irresistible; donde un amante podía llevar a la perdición a su amada, en aras de un retorcido ‘sentido del deber’; donde un marido perfecto podía esconder a un asesino, o tal vez no, o quizás sí, subiendo unas escaleras y aferrado a un vaso de inquietante leche luminosa. Y siempre sin perder, en ningún momento, la fascinación del espectador.

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Homenajes: Greta Garbo. ‘La Divina y su puerta trasera’

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Desde luego, parecía inalcanzable, remota, como de otra dimensión. Quizás la de los sueños y su dudosa materia o la tierra de nadie de los que nunca pudieron encontrar su lugar en el mundo. “La vida sería tan maravillosa si tan sólo supiéramos qué hacer con ella…”, llegó a decir en una ocasión Greta Garbo. Y es que esta actriz, mito a su pesar, siempre anduvo envuelta en un halo de misterio a ojos de legiones de espectadores y cinéfilos de todos los tiempos. Un enigma que no pudo remediar ni en su propia existencia.

Greta Garbo tenía una mirada apasionada, que aunque parecía a menudo perdida o ausente, no dejaba de viajar por las entrañas del alma humana, por los sentimientos más cotidianos o los más complejos. Y es que fue una actriz inmensa. Una mujer que supo encarnar a mujeres fatales, en la era muda, a una reina que flaqueaba en aras del amor; que se las vio con burócratas–autómatas con ganas de disfrutar de una buena juerga o con mujeres de destino trágico. Derrotadas por el atrevimiento de proclamarse libres. Fue todas ellas y muchas otras y en todos y cada uno de sus personajes siempre asistimos al asombroso espectáculo de su singularidad.

Y el cine hizo a la diosa. Primero, en su Suecia natal

Greta Gustaffson, la Garbo, aterrizó en Hollywood de la mano del realizador Mauritz Stiller, su descubridor y también el artífice de sus primeros éxitos en la gran pantalla. Tenía una fotogenia inaudita (el semiólogo Roland Barthes llegó a comentar que “el rostro de la Garbo representa ese momento inestable en que el cine extrae belleza existencial de la belleza esencial).  Tenía a sus espaldas tan solo un puñado de películas, pero ya había algo en ella magnético, inaudito, que supo apreciar la Metro Goldwyn Mayer. Bajo los auspicios de la productora y en la era del cine mudo, se convirtió en una mujer apasionada envuelta en historias amorosas y ambientes sofisticados o exóticos. Acabó adquiriendo las maneras de mujer fatal, erótica y provocadora, a menudo floja de sentimientos honestos. La Garbo pasaba por aquellas cintas con paso firme, sin que el mito que comenzaba a forjarse en torno a ella perdiera pie. Mientras tanto, la Metro tampoco sabía muy bien qué hacer realmente con ella.

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La tierra de todos (1926), basada en la obra de Blasco Ibáñez, es un claro ejemplo de ese desconcierto artístico de la productora. Más tarde, llegó El demonio y la carne (1926), la película que consagró su carrera y donde compartía cartel con su amante por aquel entonces, John Gilbert. En ella, encarnaba a Felicitas, la quintaesencia de la ‘devorahombres’ que se interpone en la amistad sagrada de dos militares austriacos. Por supuesto, Felicitas acabará encontrando un destino trágico, como solía ocurrirle a todas las mujeres que, en la historia del Séptimo Arte, se atrevieron a desafiar las convenciones establecidas.

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Píldoras cinetarias: Las 20 mejores comedias de la historia del cine

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Es mucho más difícil provocar la carcajada que el llanto. Despertar en alguien la felicidad, las ganas de reír, el entusiasmo o la vitalidad es una tarea de una parte del cine desde sus inicios. Porque el cinematógrafo no nació con otro propósito que el de divertir. Luego exploró otros mundos, profundizó en los dramas humanos, en la guerra, en el miedo, pero nunca dejó su esencia de comedia, de teatro cómico. Los gags del cine mudo, las pantomimas de miles de cómicos olvidados, evolucionaron a través de las décadas como lo hizo el humor. Porque salvo excepciones, hoy no nos hace gracia lo que provocaba las risas del respetable hace un siglo. Incluso así, hemos tratado de rescatar los títulos que consideramos que marcan toda esa trayectoria de la comedia. Faltan muchas, y probablemente para unos cuantos sobren otras tantas. Pero hemos realizado este ranking desde nuestra pasión por un género nunca lo suficientemente respetado y laureado.

20419524.jpg-r_640_600-b_1_D6D6D6-f_jpg-q_x-xxyxxNº 20. Gato negro, gato blanco, de Emir Kusturica (1998). Algo despertó con una sonrisa en las heridas de la antigua Yugoslavia cuando el gran Emir Kusturica consiguió que productores serbios, alemanes y franceses le produjeran su gran obra maestra: una comedia ¿romántica? ambientada a orillas del Danubio donde el cineasta serbio se adentra en su amado mundo de gitanos chiflados y vividores para hablarnos de amores fraternales, mafias, fiestas que nunca terminan y amores a golpe de escopeta. Después de su magnífica Underground y antes de explotar al máximo su mágica extravagancia en La vida es un milagro, Gato negro, gato blanco supuso una nueva forma de concebir el drama histórico de todo un pueblo mediante la revisión más simpática de sus costumbres, de su vitalidad y su música. Kusturica abrió a la risa occidental los principios más sagrados del Este y nos enseñó que no hay límites para el humor cuando al final, es la sonrisa lo que prima por encima de estereotipos, prejuicios y etiquetas ancestrales.

1150559_640pxNº 19. South Park: Más grande, más largo y sin cortes, de Trey Parker (1999). No creemos que esta película de animación haya sido lo suficientemente reivindicada. La adaptación a la gran pantalla de la irreverente y salvaje serie de Trey Parker y Matt Stone tuvo un relativo éxito de taquilla porque coincidió con cierta eclosión en el número de sus fans, incluso con capítulos emitidos siempre de madrugada y con irregularidad. Por entonces Pixar ya empezaba a hacer de las suyas, y las andanzas de los pequeños Stan, Kyle, Cartman y Kenny en un  perdido pueblo de Colorado poco tenían que hacer ante ese nuevo universo de animación. No obstante, este largometraje sigue siendo una salvajada sin precedentes, una crítica mordaz a la doble moral estadounidense y un alegato a favor del humor negro y la libertad de expresión como nunca se ha hecho desde la comedia (y mucho menos de los dibujos animados). Los cuatro protagonistas se enfrentan a una sociedad que no está dispuesta a dejarles disfrutar de sus cómicos favoritos y que llegará incluso a declararle la guerra a Canadá. Lo demás: canciones repletas de pedorretas e insultos, decapitaciones, amoralidad y hasta un Satán sodomizado por Sadam Hussein. Es decir, una maravilla.

Con_Faldas_Y_A_Lo_Loco_2Nº 18. Con faldas y a lo loco, de Billy Wilder (1959). Quizás el mayor hallazgo cómico de la historia del cine se  encuentra en algún momento de ese tango fatalista y gamberro que se marcan Jack Lemmon (Jerry / Daphne) y Joe E. Brown (Osgood Fielding III). Un tango orquestado por Dios, Billy Wilder, en el que el travestido Daphne acepta su destino, con más jolgorio que pesar, pues supone darle el ‘sí quiero’ al pretendiente que tiene entre manos. Un millonario caído del cielo de Florida para arreglarle la vida. Esta obra maestra del sarcasmo más retorcido, sexy y agudo cuenta la historia de dos muertos de hambre, Jerry y Joe (Tony Curtis), músicos en sus ratos libres, que presencian, de forma accidental, la ‘Matanza de San Valentín’ (1929). Los músicos huyen de los gánsters subiéndose a un tren, con destino a Florida, enrolándose en una orquesta femenina, para lo cual, se disfrazan de muchachas ‘sincopadas’.  A partir de ahí, la locura se desata en un guion prodigioso, escrito por el propio Wilder en compañía de su colega, I. A. L. Diamond. Joe / Josephine se enamorará de la ingenua Marilyn Monroe y se volverá a travestir para meterse en la piel de un magnate del petróleo con la intención de seducirla. Y Daphne, Lemmon en su mejor interpretación cómica, se entenderá con el millonario al mismo tiempo que con un montón de sincopadas en la litera de un tren con mucho ambiente. Son un buen puñado los momentos inolvidables que nos regala la película. Desde la lancha que navega solemne y a contracorriente, a las gafas empañadas de un Curtis borracho de besos americanos, pasando por la ‘luna de miel’ de Daphne y Osgood. Y esa mítica conclusión de que “nadie es perfecto”.

NinotchkaNº 17. Ninotchka, de Ernst Lubitsch (1939). “Garbo ríe”, nos dijeron. Y se hizo la luz para proyectar esta juerga, con forma de película, que dirige con talento Ernst Lubitsch a costa de la propaganda soviética. El eslogan de la risa sirvió a la Metro para atraer a una legión de espectadores al cine con el reclamo mundano de que la diosa Greta Garbo también podía ser mortal. Sin embargo, aquello era y es lo de menos, aun cuando el buen hacer de la actriz produjera la fascinación de siempre. La película es un monumento al guion ‘perpetrado’ con ingenio y diálogos admirables, que se confecciona a base de secuencias con ocurrencias cómicas muy logradas (no en vano, entre las plumas que dieron vida a la cinta se encontraba la del mismísimo Billy Wilder). Para la eternidad se nos quedan un montón de imágenes. Como los agentes soviéticos dando vueltas en la puerta giratoria de un gran hotel para comenzar a descubrir la ‘tierra prometida’ del capitalismo; o Garbo incitando a la huelga a las trabajadoras de un tocador de un restaurante de lujo, borracha como una cuba o soltando la carcajada contenida (la del anuncio) en el restaurante donde el gigoló francés la tiene deliciosamente acorralada. Ninotchka es un viaje delicioso y elegante por la mente de un genial artesano de la ‘comedia sofisticada’. Por obra y gracia del llamado ‘Toque Lubitsch’.

20063948Nº 16. Pequeña Miss Sunshine, de Jonathan Dayton y Valerie Faris (2006). Esta cinta rompió con todo tipo de lugares comunes transitados por las ‘road movies’ y la comedia convencional. Y es que el camino que emprende la familia Hoover, a lomos de una vieja furgoneta, para que la pequeña y redondita Olive participe en un concurso de belleza es original, ácida y muy sabia. Pero sin molestar a nadie. Hay personajes memorables, hay secuencias verdaderamente conmovedoras, sin abandonar la carcajada y, sobre todo, en la excentricidad de la película hay mucha humanidad. Entre los hallazgos más resultones de la cinta se encuentran la relación singular del abuelo cocainómano y la niña protagonista; la crítica inquietante del culto a la belleza; el padre fracasado, perfecto teórico del éxito; el tío depresivo y superviviente de un suicidio y el  hermano… un autista por principios. Se agradece, además, su abierta nostalgia por clásicos tan arrebatadores como Vive como quieras, pero con un punto de amargura y concesiones a la esperanza.

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Homenaje: Paul Newman. ‘El indomable talento de un buen hombre’

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Fue endiabladamente tozudo y un timador de vuelta de todo, pero con alegría de vivir. Se escondía  de la verdad con una copa en la mano y apurando tragos también supo ser un abogado íntegro, aunque en caída libre. Fue un padre con el alma y el afecto divididos y un genio irremediablemente forajido. Paul Newman fue todos ellos y muchos más. En realidad, podría haber sido  todos los personajes que nos hubiéramos querido imaginar. Tan grande era su talento. La leyenda del indomable, El golpe, La gata sobre el tejado de zinc, Veredicto final, Camino a la perdición, Dos hombres y un destino son sólo algunos de los títulos donde quedaron reflejados su dominio de la interpretación y esa bendita inquietud que le hizo escapar, como alma que lleva el diablo, de la etiqueta con la que parecía haber nacido: su pinta de galán.

Cuentan que este buen chico de Ohio, insultantemente guapo, de origen judío y alemán, quiso ser en su momento piloto militar. Un sueño al que tuvo que renunciar porque era daltónico. Curioso defecto el de Newman, que tenía una mirada transparentemente azul que no se aclaraba con los colores. El caso es que acabó estudiando Económicas y a punto estuvo de regentar la tienda de deportes de su padre, pero no le  llegó el momento. Ninguno de estos destinos se le acabó cruzando en su camino.  Afortunadamente.

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Siendo padre de tres hijos, se marchó a Nueva York donde se fue ganando la vida con oficios de tres al cuarto hasta que, al fin, se le abrieron las puertas de Broadway gracias a la obra Picnic. Corría el año 1953. Pronto le reclamaría Hollywood, una industria que acabó ofreciéndole el primer papel que logró despertar su interés aunque luego se arrepintiera y estuviera, durante años, aborreciéndolo: Se llamaba El cáliz de plata, un péplum en el que compartió protagonismo con Pier Angeli, la eterna novia de James Dean. Por aquel entonces no había encontrado su camino y la industria, siempre presta a  encontrar réplicas de los mitos con los que hace caja, le vendió como el nuevo Marlon Brando. Afortunadamente, Newman realizó Marcado por el odio (Robert Wise, 1956) donde supo demostrar su personalidad interpretativa encarnando a Rocky Graziano. El actor, inteligente como pocos, ya entonces supo hacer alarde del sentido del humor socarrón que le hacía tan especial y es que llegó a firmar muchos autógrafos con el nombre del actor de El Padrino.

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