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Las 20 mejores películas de ciencia ficción de la historia del cine

 

Por Dolores Sarto, Ingrid Guzmán, Arancha Serrano y Alicia Avilés

El pasado que regresa, el futuro que nunca llega o lo hace de forma inesperada, el miedo al vacío, a otros planetas, a otras especies. Universos ficticios tan reales como si siempre hubieran existido. La interpretación de los sueños. Las capas de la realidad. La incertidumbre. El espacio exterior convertido en miles de batallas entre buenos y malos, junto con realidades paralelas, cuartas dimensiones y vida después de la muerte. Todo eso y mucho más es la ciencia ficción, un género cuyas definiciones, en todas las disciplinas, se quedan cortas a cada minuto. Y en el cine, un espacio imprescindible para comprender su magia y su historia.

Quizás este vaya a ser el mayor riesgo que hemos corrido quienes desde hace años componemos el planeta Cinetario. Elegir una veintena de películas de entre uno de los géneros más populares del cine es una tarea a la que hemos dedicado mucho tiempo y debates. No hemos olvidado que en la mayoría de los casos es una categoría híbrida, que abre sus puertas a otras como el terror, el suspense o el thriller; y que bebe de multitud de literatura fantástica que forma parte del imaginario de varias generaciones. Somos conscientes de que muchas de las películas que han quedado fuera serán reivindicadas por nuestros lectores y así lo respetaremos.

Esta selección no deja de ser la opinión de nuestro equipo y un deseo de poner sobre la mesa la selección de aquellas películas del género conforme a varios criterios: su peso en la historia del cine, su originalidad, su innovación, pero también lo que proyectaron y desataron en nuestra vida. Es decir, también hay una vertiente totalmente personal y emocional. Por eso, os invitamos a disfrutarlo, a realizar este recorrido con nosotras y a aportar todo aquello que consideréis para que nuestro ranking también sea el vuestro y al final el objetivo sea el mismo: un homenaje sincero al cine que más ha abierto la puerta de los sueños.

Número 20: El increíble hombre menguante, de Jack Arnold (1957). Una extraña niebla envuelve el pequeño yate de Robert Scott Carey (Grant Williams), un joven publicista que está disfrutando de sus vacaciones junto a su mujer. A partir de entonces y de forma inexplicable, el cuerpo de Scott irá haciéndose más y más pequeño, al mismo tiempo que su vida irá convirtiéndose en una broma pesada con pinta de pesadilla.  Lo que parecía una simple película de género de los años 50, de serie B  (con planteamiento que invitaba al cachondeo) acabó convirtiéndose en una cinta de culto. Un film con un guion prodigioso que busca un significado a la existencia de una forma poética y recreándose en una fascinante lucha por la supervivencia. Scott Carey, un pobre diablo como cualquier otro, pero de dimensiones discretas, vivirá para el espectador mil y una aventuras: buscará un alma gemela en una enana de circo, dormirá en una casa de muñecas, se enfrentará a una araña peluda y sobrevivirá a un tsunami provocado por la avería de un calentador de agua. Todo un viaje, en miniatura, rematadamente entretenido que desemboca en una  bellísima secuencia final en la que el sufrimiento del protagonista se detiene. Y al fin, todo cobra sentido: “lo infinitesimal y el infinito se abrazan”; el todo y la nada se confunden y hasta se barrunta una oportuna comunión con el átomo, en tiempos de amenaza nuclear.

Número 19: Origen, de Christopher Nolan (2010). “Cuando ves el tótem, sabes que no estás en el sueño de otro”. O quizás sí. Incluso Christopher Nolan, el director de esta fascinante película, nos deja tirados en un fundido en negro mientras miramos absortos cómo gira el talismán de Domm Cobb (Leonardo DiCaprio), una peonza. Atrapados en la incógnita. Esperando la ansiada caída o la eternidad del movimiento. El cineasta nos hipnotiza de este modo para insinuar que todo es subjetivo y todo vale, que la realidad y los sueños están probablemente hechos de la misma absurda materia. Cobb es un ladrón de guante blanco y un buscavidas. Se dedica a colarse en el subconsciente de las personas cuando sueñan para robarles secretos empresariales que codicia la competencia. Pero el protagonista tiene un pasado y busca la redención: volver a casa para poder ver el rostro esquivo de sus hijos. Por ello, acepta un último trabajo: tendrá que inmiscuirse en la mente de un rico heredero para depositar en ella una descabellada idea: “debe acabar con el imperio empresarial de su padre”. La película palpita en un montaje frenético. Habita en una estructura compleja que se deja enmarañar en sueños que se sueñan dentro de otros sueños. Respira una atmósfera angustiosa,  invocada por la música de Hans Zimmer y en ella hay amor. Un amor único, trágico, definitivo, atormentado. Tan egoísta y apasionado que se alimenta de los  remordimientos.

Número 18: Fahrenheit 451, de François Truffaut (1966). En un futuro ‘retro’, con ambiente pop, los hombres y las mujeres viven aislados en torno a grandes muros-pantalla de televisión. Onanistas sin remedio y torpes emocionales, anhelan sentirse únicos, singulares en un mundo autoritario que les suministra pastillas cuando el dolor de sentirse vivo aprieta demasiado. En esa sociedad distópica, está prohibido leer libros. Según las autoridades, te impiden ser feliz, liberan demasiado y te empujan a cuestionar la realidad. Por ello, el sistema lanza a las calles de las ciudades patrullas de bomberos pirómanos que se encargan de quemar grandes obras de la literatura que se encuentran escondidas en las casas de algunos disidentes. Truffaut, emblema de la Nouvelle Vague, quedó fascinado con la impresionante novela homónima de Ray Bradbury, y decidió llevarla al cine de la mano de Oskar Werner y Julie Christie. Tenía entre manos un canto a la libertad y a la memoria, hacia la cultura que se perpetúa por escrito frente a la presencia invasiva de las imágenes de las televisiones, perfectas sustitutas de la familia. La película está llena de escenas y claves narrativas poderosas como la hipnótica destrucción de los libros a manos del fuego, las torpes relaciones humanas que se establecen entre los personajes y el distanciamiento deliberado del cineasta ante un tema que despierta encendidas emociones. La película cuenta, además, con un final fantástico donde algunos hombres y mujeres, libres al fin, se aferran a la vida sumergiéndose entre las páginas de grandes obras de la literatura.

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Homenaje: Jack Lemmon. ‘El hombre de la calle con maneras de genio’

“Era mi hombre de la calle… Todo lo que hacía tenía un rasgo de genialidad”. Así se pronunció en una ocasión Billy Wilder. Al fin y al cabo, Jack Lemmon era un profesional con un talento de caleidoscopio. Un señor que, sin salirse de las hechuras del tipo corriente, podía entrar y salir de la piel de cualquier ser humano resultando rotundamente divertido o anodino… o quizás trágico, pero siempre convincente de una forma inolvidable. Sencillamente, para el cineasta vienés, “la felicidad era trabajar con Jack Lemmon”.

El actor, en las distancias cortas, era un hombre sencillo. Detrás de las cámaras, se convertía en una criatura cinematográfica dotada para la comedia corrosiva, para el drama urbano con claustrofobia emocional, para encontrarle el punto a los tipos tozudos, simpáticos, a los neuróticos, a los débiles. Y también para despertar un sentimiento de empatía universal cuando se convertía en cualquier infeliz abrumado por las circunstancias.

Y así, Lemmon pasó por nuestras vidas escalando posiciones en una empresa a base de meterse “en la cama tibia, que disfrutaban otros” (Wilder sobre El apartamento; bailando un tango -“rubia de bote  y de horrible pasado”- mientras huía de la mafia en Con faldas y a lo loco;  y se detuvo en la existencia de un empresario derrotado que no lograba sobreponerse de una crisis vital, en Salvad al tigre). Y le vimos y le sentimos como un padre que, sencillamente, no quería llorar la muerte de su hijo sin antes hacer justicia buscando una verdad terrible. Corrían los tiempos de la dictadura de Pinochet, en Desaparecido.

Y todas estas  peripecias suyas y muchas otras se quedaron, para siempre, entre nosotros.

PRIMERA PLANTA: UNA VOCACIÓN TEMPRANA

Aunque primero, John Uhler Lemmon llegó en ascensor a su propia vida (1925) sin dar tiempo a que su madre ocupara una habitación en el Hospital de Newton, en Boston. Parecía tener prisa por encontrar su lugar en el mundo y de hecho tuvo suerte porque desde temprana edad vio claro que su gran pasión era la actuación. En Harvard, estudió Arte Dramático, sirvió en la Marina durante la guerra y llegó incluso a trabajar como pianista en Nueva York. Pronto ejerció como actor en radio, televisión y sobre las tablas, en Broadway. En el cine debutó, de manera oficial, en 1954 y en una comedia dirigida por el mismísimo George Cukor, La rubia fenómeno. Lo hizo de la mano de Judy Holliday y, según cuentan, de algún que otro tropiezo legendario. Porque Cukor no se cansaba, una y otra vez, de pedirle que rebajara el tono de su interpretación. El muchacho venía del mundo del teatro donde estaba acostumbrado a encarnar a sus personajes con apasionado entusiasmo. A fuerza de insistir, el director acabó dando una gran lección a Lemmon, quien se resignó, puso cara de palo y dejó de interpretar por completo en la escena de marras.

Sin embargo, aquella anécdota no fue un obstáculo para que su talento pronto se desmadrara con astuta precisión en la gran pantalla. De hecho, un año después consiguió un Oscar al Mejor Actor de Reparto en Escala en Hawai (Mister Roberts; de John Ford y Mervyn LeRoy). Ya en la cima del éxito, Lemmon llegó a frecuentar un western (Cowboy, 1958) y disfrutó de la compañía profesional de James Stewart y Kim Novak, en la simpática comedia Me enamoré de una bruja (Richard Quine, 1958). Hasta que, al fin, apareció el cineasta que supo centrarle, ‘frotarle el talento’ y despertar al genio que  llevaba dentro.

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Disección: ‘L.A. Confidential’, de Curtis Hanson. ‘Cine negro sublevado’

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PANORÁMICA: 1997 fue un año de acontecimientos singulares que, en su momento, bien pudieron parecer fantasías escapadas de una novela de ciencia ficción. Mientras en Gran Bretaña un equipo de científicos británicos anunciaba el feliz alumbramiento (7 meses antes) del primer mamífero clonado, la célebre oveja Dolly, en Nueva York un robot, el ordenador de IBM Deep Blue, derrotaba por primera vez a Gary Kasparov en un torneo de ajedrez. Sin embargo, también tuvieron lugar, por aquel entonces, hechos históricos de marcada trascendencia política. El laborista Tony Blair ganaba con holgura a los conservadores de John Major, el 1 de mayo y a primeros de mes también, pero esta vez en julio, Hong Kong regresaba a China alejándose de su condición de colonia Británica. En 1997, se firmó el Protocolo de Kioto, que comprometió a los países firmantes (191) a reducir los gases de efecto invernadero. Precisamente, un gran defensor de las especies marinas, en extinción a causa de la contaminación, el oceanógrafo Jacques Cousteau, murió aquel año, al igual que dos grandes iconos de la sociedad contemporánea cuyas respectivas vidas se encontraban en las antípodas: la Madre Teresa de Calcuta y Diana de Gales.

EL MEOLLO: “La vida es bella en Los Ángeles…” hasta que aparece un puñado de cadáveres en un bar mugriento de los suburbios. Es entonces cuando la trayectoria de tres agentes del departamento de policía, radicalmente diferentes, colisiona para dejarnos ver la miseria y la corrupción que envilecen la ‘Tierra de los Sueños’. El ambicioso y brillante Ed Exley (Guy Pierce), el matón atormentado Bud White(Russell Crowe) y el cínico Jack Vincennes (Kevin Spacey) acaban  colaborando para resolver un caso endiabladamente complejo lleno de espejismos, pornografía, drogas, ‘putas operadas para parecerse a estrellas de Hollywood’ y falsos culpables que también se han ganado el infierno.

DETRÁS DE LAS CÁMARAS

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CURTIS HANSON: El pasado mes de septiembre nos dejó este cineasta cuya obra magna más deslumbrante fue L.A. Confidential (1997), una película en la que fue productor, director y coguionista (junto a Brian Helgeland) y con la que logró nueve nominaciones a los Óscar (sólo recibió los de Mejor Actriz de Reparto y Mejor Guión Adaptado). Sin embargo, antes de llegar a la cima, este autor se había ganado a pulso su condición de artesano del suspense como guionista (El socio del silencio, 1978) llegando a trabajar con cineastas de renombre como Sam Fuller. Junto a este director escribió Perro Blanco, una película cargada de polémica, pues sobre ella pesó la acusación de racismo, pero que evidenciaba un gran talento narrativo. En el 83, se puso al frente de un Tom Cruise, todavía sin lustre estelar, para dirigirlo en Ir a perderlo y perderse, un divertimento para adolescentes donde la virginidad se convierte en la madre del cordero de toda la trama. Fue en los años 90 cuando el cineasta comenzó a convertirse también en un director con ingenio para la taquilla. Alcanzó el éxito con La mano que mece la cuna (1992), una película que recorre un escalofriante ajuste de cuentas donde el instinto maternal frustrado ejerce una diabólica influencia. Después de L.A. Confidential abordó filmes como Jóvenes prodigiosos, un fracaso de taquilla aun cuando contó con un reparto multiestelar y 8 Millas donde volvió a ofrecerle un importante papel dramático a Kim Basinger, quien encarnó a la madre alcohólica del protagonista, B.-Rabbit (Eminem). Un joven de origen problemático y humilde que se curte en batallas de rap callejeras  para iniciar su carrera musical. Un trasunto de la vida del propio Eminem. En 2005, dirigió a Cameron Díaz y a Toni Collette en una comedia, In her shoes, donde dos hermanas, con el mismo número de calzado, se pasan la vida discutiendo. En Lucky you, volvió al drama familiar, pero con localización en Las Vegas, para filmar una película correcta que no despertó grandes entusiasmos. Persiguiendo Mavericks (2012), una cinta biográfica y surfista, fue el último título de un director con talento, aunque de corta filmografía.  Poco después tuvo que retirarse a causa de la enfermedad de Alzheimer.

PRIMER PLANO

house-of-cards-kevin-spacey-imageKEVIN SPACEY: Ocurrió en 1995. Fue entonces cuando descubrimos, asombrados, el rostro del diablo húngaro que habita en los “cuentos de miedo de los niños de los criminales”. Apareció el sanguinario Keyser Söze en la cara de buena persona y en las maneras amables de’ Verbal’ Kint, el estafador tullido de Sospechosos Habituales. Una transformación, un truco genial que se produjo en el desenlace de una obra maestra del cine negro contemporáneo dirigida por Bryan Singer y que le valió al actor un premio de la Academia. En esta película supimos que Kevin Spacey era un actor inmenso, de rostro cotidiano, pero con un carisma capaz de apropiarse de la gran pantalla sin apenas esfuerzo. Ese mismo año, tuvimos la oportunidad de disfrutarle en otra de sus grandes interpretaciones en Seven, de David Fincher. Nos referimos al perturbado psicópata (Doe) que se creyó un cruzado con la misión divina de redimir al mundo de sus pecados capitales. Estas dos películas dieron a conocer, a escala planetaria, al actor estadounidense, sin embargo, Spacey ya había cosechado una carrera en el teatro durante la década de los 80.

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Homenaje: Cary Grant, el sueño de un vividor

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“Cary Grant era bueno, muy bueno. No se le escapaba una. Nunca tuvo el premio (de la Academia). Le dieron un Oscar ‘especial’. Pero eso era una idiotez, porque los actores que suelen hacer protagonistas, para obtener un premio, tienen que cojear o hacer de retrasado. Nunca ven al tipo que se esfuerza al máximo y consigue que parezca fácil. No les basta con que abra un cajón con elegancia, que coja una corbata y se ponga una chaqueta. ¡Hay que sacar una pistola! Hay que sufrir. Entonces te ven”. (‘Conversaciones con Billy Wilder’, Cameron Crowe).

A Billy Wilder, de hecho, Cary Grant siempre se le escabullía. Intentó trabajar con él hasta en cuatro ocasiones diferentes. Desde los tiempos remotos en los que escribió ‘Ninotchka’ para su gran y admirado maestro, Ernst Lubitsch.  Pero también pensó en él para ocupar el papel de Humphrey Bogart en ‘Sabrina’ y el de Gary Cooper en ‘Ariane’. Aquellas fueron interpretaciones inolvidables, pero no hace falta decir que todos aquellos personajes se hubieran sumergido, sin problemas, en la piel del elegante británico dando pie, eso sí, a otras producciones con otros matices porque, en sus manos, aquellas “hubieran sido otras historias”.

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Nuevos espejos donde Grant podría haber dejado reflejado su increíble magnetismo, su fascinante forma de dominar la gran pantalla sin necesidad de hacerse notar con recursos interpretativos evidentes. Entrando en los personajes con una naturalidad asombrosa y con el oficio discreto de quien no tiene ningún problema a la hora de trabajar con cualquier mimbre; de reconocerse en cualquier tipo humano. Era guapo, tenía clase, se le daban de miedo los canallas encantadores, los incautos surrealistas, los falsos culpables con un punto de chulería bien llevada y los tipos que pretendían ser normales, pero acababan atrapados en circunstancias extraordinarias.

Tenía un raro don. Cada vez que aparecía en pantalla, parecía detener el tiempo. Como si él mismo se convirtiera en una dimensión fantástica donde todo era posible: cualquier torpe podía convertirse en un seductor irresistible; donde un amante podía llevar a la perdición a su amada, en aras de un retorcido ‘sentido del deber’; donde un marido perfecto podía esconder a un asesino, o tal vez no, o quizás sí, subiendo unas escaleras y aferrado a un vaso de inquietante leche luminosa. Y siempre sin perder, en ningún momento, la fascinación del espectador.

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Homenajes: Greta Garbo. ‘La Divina y su puerta trasera’

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Desde luego, parecía inalcanzable, remota, como de otra dimensión. Quizás la de los sueños y su dudosa materia o la tierra de nadie de los que nunca pudieron encontrar su lugar en el mundo. “La vida sería tan maravillosa si tan sólo supiéramos qué hacer con ella…”, llegó a decir en una ocasión Greta Garbo. Y es que esta actriz, mito a su pesar, siempre anduvo envuelta en un halo de misterio a ojos de legiones de espectadores y cinéfilos de todos los tiempos. Un enigma que no pudo remediar ni en su propia existencia.

Greta Garbo tenía una mirada apasionada, que aunque parecía a menudo perdida o ausente, no dejaba de viajar por las entrañas del alma humana, por los sentimientos más cotidianos o los más complejos. Y es que fue una actriz inmensa. Una mujer que supo encarnar a mujeres fatales, en la era muda, a una reina que flaqueaba en aras del amor; que se las vio con burócratas–autómatas con ganas de disfrutar de una buena juerga o con mujeres de destino trágico. Derrotadas por el atrevimiento de proclamarse libres. Fue todas ellas y muchas otras y en todos y cada uno de sus personajes siempre asistimos al asombroso espectáculo de su singularidad.

Y el cine hizo a la diosa. Primero, en su Suecia natal

Greta Gustaffson, la Garbo, aterrizó en Hollywood de la mano del realizador Mauritz Stiller, su descubridor y también el artífice de sus primeros éxitos en la gran pantalla. Tenía una fotogenia inaudita (el semiólogo Roland Barthes llegó a comentar que “el rostro de la Garbo representa ese momento inestable en que el cine extrae belleza existencial de la belleza esencial).  Tenía a sus espaldas tan solo un puñado de películas, pero ya había algo en ella magnético, inaudito, que supo apreciar la Metro Goldwyn Mayer. Bajo los auspicios de la productora y en la era del cine mudo, se convirtió en una mujer apasionada envuelta en historias amorosas y ambientes sofisticados o exóticos. Acabó adquiriendo las maneras de mujer fatal, erótica y provocadora, a menudo floja de sentimientos honestos. La Garbo pasaba por aquellas cintas con paso firme, sin que el mito que comenzaba a forjarse en torno a ella perdiera pie. Mientras tanto, la Metro tampoco sabía muy bien qué hacer realmente con ella.

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La tierra de todos (1926), basada en la obra de Blasco Ibáñez, es un claro ejemplo de ese desconcierto artístico de la productora. Más tarde, llegó El demonio y la carne (1926), la película que consagró su carrera y donde compartía cartel con su amante por aquel entonces, John Gilbert. En ella, encarnaba a Felicitas, la quintaesencia de la ‘devorahombres’ que se interpone en la amistad sagrada de dos militares austriacos. Por supuesto, Felicitas acabará encontrando un destino trágico, como solía ocurrirle a todas las mujeres que, en la historia del Séptimo Arte, se atrevieron a desafiar las convenciones establecidas.

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