Publicaciones de la categoría: Homenajes

Nuestra despedida

Hace diez años, Alicia Avilés Pozo y Dolores Sarto, periodistas y cinéfilas, comenzamos la aventura de este Planeta Cinetario para compartir nuestra pasión por el cine, que sigue traspasando los límites de lo racional.

Después de una década de críticas, homenajes, ‘versus’ contrapuestos, disecciones, píldoras, algunos premios y nuestra aventura en eldiario.es, consideramos que hemos terminado un ciclo. Nos despedimos de este proyecto no porque haya disminuido nuestro amor por el séptimo arte, sino porque todo círculo se cierra, y a este le llegó su hora.

Mantendremos nuestros posts en https://cinetario.es/ y https://www.eldiario.es/clm/cinetario/ para todos aquellos que quieran seguir visitándolos.

Decimos adiós con la misma melodía con la que comenzamos en 2009, la que Nino Rota compuso para ‘La Strada’ de Fellini. Y quién sabe, a lo mejor del cohete incrustado en el ojo de la luna de Méliès vuelven a salir habitantes algún día. Hasta siempre y mil gracias.

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Homenaje: Audrey Hepburn, la estrella “alcanzada por la luna”

Este año celebramos el 90 aniversario del nacimiento de la actriz, a la que rendimos un sincero homenaje

Por Dolores Sarto

Mirando un escaparate. Así quedó ella en nuestros recuerdos: maravillosa, etérea en negro, ‘tocada’ con un café y un cruasán en la mano. Una especie de criatura mágica de la Gran Manzana. Insomne y algo desencantada que contemplaba la exposición de Tiffany’s porque, sencillamente, es lo “único que le venía bien” (“Desayuno con diamantes”; Blake Edwards). Pasa también a lomos de una Vespa, el trono con el que conquista una libertad de plebeya que sabe a gloria en las calles de Roma. Perdiendo sus zapatos de princesa, escapando del aburrimiento y enamorándose, en un suspiro de cuento de hadas, de un periodista con hambre de exclusiva (Gregory Peck /“Vacaciones en Roma”). Le seguimos también la pista en un divertimento romántico con pinta de suspense. Huyendo de un puñado de torpes malhechores y a la caza de un divorciado perenne (Cary Grant) que “miente en cualquier postura”, se ducha con traje y se esconde detrás de un montón de identidades falsas (“Charada”; Stanley Donen).

Exposición “Intimate Audrey”Todas ellas son seres singulares: Holly Golightly, la princesa Anna y Regina Lampert. Tres reflejos en la Gran Pantalla inolvidables de Audrey Hepburn, una estrella que ha brillado en la historia de cine como pocas y una actriz con un talento extraordinario. Un icono con su parroquia universal que ha permanecido vivo con los años, pues para muchos ha sido y sigue siendo un referente de sofisticación, belleza y talento. Fueron varios y muy grandes los directores que construyeron sueños alrededor de su bonita e inteligente mirada de asombro, pero más aún porque la actriz ponía todo de su parte. La Hepburn fue una comediante irresistible y una gran actriz dramática con instinto a la hora de elegir papeles.

Colaboradora de la resistencia holandesa

Y tuvo también una biografía singular. Era de origen aristocrático. Nació en Bruselas en mayo de 1929 con el nombre de Audrey Kathleen Ruston, su padre era británico, un hombre de finanzas, y su madre, una baronesa holandesa. Ambos se divorciaron cuando la actriz apenas era una niña, un hecho que la marcó profundamente. El escritor estadounidense Robert Matzen explicó en un libro de reciente publicación (“Dutch girl: Audrey Hepburn and World War II”) que, a comienzos de la Segunda Guerra Mundial, la actriz vivía en Holanda. En la casa que tenían alquilada ella y su madre y después de la batalla de Arnhem, llegaron a ocultar a un paracaidista británico que luego lograría ponerse a salvo gracias a la Resistencia local. Matzen también ofrece datos de que aquella no fue la única colaboración de la actriz con la red clandestina puesto que pudo haber llevado mensajes a los resistentes así como participado en espectáculos artísticos para lograr fondos que apoyaran su causa.

Exposición “Intimate Audrey”

Aquella muchacha valiente había dado por aquel entonces clases de ballet, su gran pasión. Sin embargo, tuvo que dejar su formación artística, entre otras razones, por una aguda desnutrición que comenzó durante los años del conflicto bélico y acabó dejando secuelas permanentes en su salud.

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Homenaje: Milos Forman y la revolución soñada

Por Dolores Sarto

“Tenía talento e imaginación”. Por eso Kirk Douglas decidió enviarle a Checoslovaquia  un guion junto a una oferta de trabajo. Corrían los años 60. El texto nunca llegó a manos de Milos Forman, según se dice, porque fue interceptado por los censores de aduanas del régimen soviético. En aquel libreto ‘extraviado’, sin embargo, había quedado escrito su destino. Tenía título. Se llamaba ‘Alguien voló sobre el nido del cuco’, era una adaptación cinematográfica de la novela de Ken Kesey y era un extraño, pero lúcido, canto a esa libertad que siempre se sueña, pero se soporta con dificultad. Tuvieron que pasar algunos años más hasta que el ‘hijo del hijo del trapero’, Michael Douglas, le volviera a brindar la oportunidad de rodarla. Realizó una impresionante obra maestra y conquistó la historia del cine. Ya de paso, logró los Oscar de las principales categorías en 1975.

Milos Forman era un hombre sencillo, inteligente, apasionado, de refinado sarcasmo y un genio detrás de las cámaras. Falleció a mediados de abril,  a los 86 años, tras una corta enfermedad.

Forman habló de la locura para comprender la soledad del hombre y denunció la censura con pasión obsesiva porque tenía demasiado presentes los fantasmas totalitarios de su propio pasado. Le dio sentido y un protagonismo estelar a la mediocridad. Y elevó a la categoría de arte un sentimiento con mala prensa: el resentimiento. ‘Desafió a un  Dios ausente’, sin el más mínimo sentido de la justicia, y quemó un crucifijo buscando la redención de los pobres diablos, unas medianías,  que habitan el mundo.

Había un sello inconfundible en su cine, una fuerza visual arrolladora y un  cuidado exquisito a la hora de viajar en el tiempo para crear atmósferas de otros siglos. Tenía tino y una retorcida capacidad de explorar la psicología de los personajes con secuencias clave que se entrometían  en lo más profundo de sus almas.

Fue un rendido admirador de la obra de grandes artistas  y un curioso ‘entomólogo ‘de ciertas y extravagantes celebridades. A unos y a otros se acercó sin rendir pleitesía, sin el ánimo de enclaustrarlos en biografías a las que les faltara el pulso. Más bien supo devolver a la vida a genios como Mozart dando pábulo a un chisme, al delirio del moribundo compositor Salieri. Un rumor que acabó saliéndose de madre e inmortalizándose en magníficas creaciones artísticas. O a Goya, a través de un terror de juventud, el que le producía la Inquisición española. Para él, un reflejo de su Checoslovaquia soviética.

Los nazis y la farándula

Dicen que su vida quedó marcada por la muerte de sus padres en dos campos de concentración diferentes, Auschwitz y Buchenwald durante la Segunda Guerra Mundial. Y pasó su infancia dando tumbos en casas de parientes y hospicios. Fue a parar a un colegio creado para ‘hijos de víctimas de la fuerra’ que, contra todo pronóstico, logró reunir a un buen puñado de pedagogos de primera. Allí recibió una formación de calidad que puso los cimientos para crear su brillante filmografía. Desde bien pequeño se enamoró del teatro y, entre bambalinas, pasó algún tiempo haciendo todo tipo de trabajos hasta que se alistó en la FAMU, la Facultad de Cine y Televisión. Dicen que para huir de la mili. Llegó a tener como profesor a escritores como Milan Kundera y entretuvo el resto del tiempo ocupado en todo tipo de oficios. Fue actor secundario, reportero de deportes, periodista cinematográfico e hizo sus primeros pinitos como guionista.

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Las 20 mejores películas de ciencia ficción de la historia del cine

 

Por Dolores Sarto, Ingrid Guzmán, Arancha Serrano y Alicia Avilés

El pasado que regresa, el futuro que nunca llega o lo hace de forma inesperada, el miedo al vacío, a otros planetas, a otras especies. Universos ficticios tan reales como si siempre hubieran existido. La interpretación de los sueños. Las capas de la realidad. La incertidumbre. El espacio exterior convertido en miles de batallas entre buenos y malos, junto con realidades paralelas, cuartas dimensiones y vida después de la muerte. Todo eso y mucho más es la ciencia ficción, un género cuyas definiciones, en todas las disciplinas, se quedan cortas a cada minuto. Y en el cine, un espacio imprescindible para comprender su magia y su historia.

Quizás este vaya a ser el mayor riesgo que hemos corrido quienes desde hace años componemos el planeta Cinetario. Elegir una veintena de películas de entre uno de los géneros más populares del cine es una tarea a la que hemos dedicado mucho tiempo y debates. No hemos olvidado que en la mayoría de los casos es una categoría híbrida, que abre sus puertas a otras como el terror, el suspense o el thriller; y que bebe de multitud de literatura fantástica que forma parte del imaginario de varias generaciones. Somos conscientes de que muchas de las películas que han quedado fuera serán reivindicadas por nuestros lectores y así lo respetaremos.

Esta selección no deja de ser la opinión de nuestro equipo y un deseo de poner sobre la mesa la selección de aquellas películas del género conforme a varios criterios: su peso en la historia del cine, su originalidad, su innovación, pero también lo que proyectaron y desataron en nuestra vida. Es decir, también hay una vertiente totalmente personal y emocional. Por eso, os invitamos a disfrutarlo, a realizar este recorrido con nosotras y a aportar todo aquello que consideréis para que nuestro ranking también sea el vuestro y al final el objetivo sea el mismo: un homenaje sincero al cine que más ha abierto la puerta de los sueños.

Número 20: El increíble hombre menguante, de Jack Arnold (1957). Una extraña niebla envuelve el pequeño yate de Robert Scott Carey (Grant Williams), un joven publicista que está disfrutando de sus vacaciones junto a su mujer. A partir de entonces y de forma inexplicable, el cuerpo de Scott irá haciéndose más y más pequeño, al mismo tiempo que su vida irá convirtiéndose en una broma pesada con pinta de pesadilla.  Lo que parecía una simple película de género de los años 50, de serie B  (con planteamiento que invitaba al cachondeo) acabó convirtiéndose en una cinta de culto. Un film con un guion prodigioso que busca un significado a la existencia de una forma poética y recreándose en una fascinante lucha por la supervivencia. Scott Carey, un pobre diablo como cualquier otro, pero de dimensiones discretas, vivirá para el espectador mil y una aventuras: buscará un alma gemela en una enana de circo, dormirá en una casa de muñecas, se enfrentará a una araña peluda y sobrevivirá a un tsunami provocado por la avería de un calentador de agua. Todo un viaje, en miniatura, rematadamente entretenido que desemboca en una  bellísima secuencia final en la que el sufrimiento del protagonista se detiene. Y al fin, todo cobra sentido: “lo infinitesimal y el infinito se abrazan”; el todo y la nada se confunden y hasta se barrunta una oportuna comunión con el átomo, en tiempos de amenaza nuclear.

Número 19: Origen, de Christopher Nolan (2010). “Cuando ves el tótem, sabes que no estás en el sueño de otro”. O quizás sí. Incluso Christopher Nolan, el director de esta fascinante película, nos deja tirados en un fundido en negro mientras miramos absortos cómo gira el talismán de Domm Cobb (Leonardo DiCaprio), una peonza. Atrapados en la incógnita. Esperando la ansiada caída o la eternidad del movimiento. El cineasta nos hipnotiza de este modo para insinuar que todo es subjetivo y todo vale, que la realidad y los sueños están probablemente hechos de la misma absurda materia. Cobb es un ladrón de guante blanco y un buscavidas. Se dedica a colarse en el subconsciente de las personas cuando sueñan para robarles secretos empresariales que codicia la competencia. Pero el protagonista tiene un pasado y busca la redención: volver a casa para poder ver el rostro esquivo de sus hijos. Por ello, acepta un último trabajo: tendrá que inmiscuirse en la mente de un rico heredero para depositar en ella una descabellada idea: “debe acabar con el imperio empresarial de su padre”. La película palpita en un montaje frenético. Habita en una estructura compleja que se deja enmarañar en sueños que se sueñan dentro de otros sueños. Respira una atmósfera angustiosa,  invocada por la música de Hans Zimmer y en ella hay amor. Un amor único, trágico, definitivo, atormentado. Tan egoísta y apasionado que se alimenta de los  remordimientos.

Número 18: Fahrenheit 451, de François Truffaut (1966). En un futuro ‘retro’, con ambiente pop, los hombres y las mujeres viven aislados en torno a grandes muros-pantalla de televisión. Onanistas sin remedio y torpes emocionales, anhelan sentirse únicos, singulares en un mundo autoritario que les suministra pastillas cuando el dolor de sentirse vivo aprieta demasiado. En esa sociedad distópica, está prohibido leer libros. Según las autoridades, te impiden ser feliz, liberan demasiado y te empujan a cuestionar la realidad. Por ello, el sistema lanza a las calles de las ciudades patrullas de bomberos pirómanos que se encargan de quemar grandes obras de la literatura que se encuentran escondidas en las casas de algunos disidentes. Truffaut, emblema de la Nouvelle Vague, quedó fascinado con la impresionante novela homónima de Ray Bradbury, y decidió llevarla al cine de la mano de Oskar Werner y Julie Christie. Tenía entre manos un canto a la libertad y a la memoria, hacia la cultura que se perpetúa por escrito frente a la presencia invasiva de las imágenes de las televisiones, perfectas sustitutas de la familia. La película está llena de escenas y claves narrativas poderosas como la hipnótica destrucción de los libros a manos del fuego, las torpes relaciones humanas que se establecen entre los personajes y el distanciamiento deliberado del cineasta ante un tema que despierta encendidas emociones. La película cuenta, además, con un final fantástico donde algunos hombres y mujeres, libres al fin, se aferran a la vida sumergiéndose entre las páginas de grandes obras de la literatura.

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