Publicaciones de la categoría: Entre lágrimas

Visionado: ‘Blade Runner 2049’, de Denis Villeneuve. ‘Un paso transgresor hacia la inmortalidad’

Por Dolores Sarto

Elige un recuerdo, pasea por él. Bucea dentro de sus  límites e intenta encontrar la verdad que se ha ido difuminando con el paso de los años, a lo mejor confundiéndose con otros momentos. Quizás enredándose con alguna anécdota ajena o un disparate imaginado para llenar lagunas mentales. Puede que nuestra memoria construya nuestra historia y pronuncie nuestra identidad. Así lo creía, al menos, la replicante Rachel (Sean Young), la mujer idealizada, la ‘femme fatale’ de Blade Runner (Ridley Scott), quien descubrió que sus recuerdos no le pertenecían. Se los habían implantado para darle humanidad, y aquello la sumió en una tristeza de la que le resultaba difícil  escapar.

La memoria, una vez más, sus confusas fronteras y los recuerdos que configuran una especie de destino vital vuelven a ser la piedra filosofal sobre la que gira Blade Runner 2049.  “Lo que me enamoró del proyecto, mi aportación, se refiere a la idea de memoria ¿Son nuestros recuerdos los que nos hacen humanos?”, se pregunta el cineasta canadiense Denis Villeneuve. Y desde esa esfera existencial parte su visión del filme para  tomar un rumbo extraordinariamente audaz, libre, sin perder el horizonte del mito que supo arraigar en el imaginario de los espectadores de la primera parte. Blade Runner 2049 vuelve a hablar del Hombre, de aquello que le define y de su desconcierto vital, una desazón  que se propaga como un virus de manera democrática en la piel sintética de un replicante (un espejo) o en cualquier tipo de carne y hueso.

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A favor y en contra de ‘La vida de los otros’, de Florian Henckel von Donnersmarck

A FAVOR: SONATA PARA UN BUEN HOMBRE

Gerd Wiesler es un capitán de la Stasi, la policía secreta de la República Democrática Alemana. Es un investigador minucioso, implacable, un hombre con alma por concretar que consagra su existencia a su trabajo y a las sospechas. Un vampiro de vidas ajenas que apenas reserva un triste pensamiento favorable a la humanidad, porque cualquier persona es un potencial enemigo del Estado. Es alguien que, más allá de los auriculares donde resuenan la vida de los otros, no es capaz de escuchar nada. Su propia existencia apenas hace ruido. Este personaje, interpretado conmovedoramente por el ya fallecido Ülrich Muhe, es una de las razones por las que La vida de los otros acabó convirtiéndose en uno de los grandes títulos del cine europeo, que además gustó a muchos, pues obtuvo un formidable éxito de crítica y público. Consiguió también el Oscar a la Mejor Película de Habla no Inglesa.

En La vida de los otros, Wiesler tiene que investigar al único autor del régimen “que no es subversivo”. Al menos, de cara a la galería: al escritor Georg Dreyman (Sebastian Koch), el poeta de los obreros. Un hombre bueno, atractivo y con carisma que ama a la actriz más popular de la República, Christa Maria Sieland (Martina Gedeck). La misma mujer sobre la que ha puesto sus ojos un alto representante del Estado. A partir de este momento, la trama está servida.

La vida de los otros es un thriller intenso, vibrante, con un ritmo que no entiende de prisas, pero que sabe, desde el clasicismo narrativo, contar una apasionante historia. Porque hubiera sido fácil perder pie en la simple denuncia de las incoherencias de un Estado o caer en el sentimentalismo fácil, pues a la historia no le falta una arrolladora tragedia particular.

Sin embargo, nada de eso parece despistar al director y guionista alemán Florian Henckel von Donnersmarck. La película refleja la encrucijada de envidias, engaños e ideales malogrados en la que acaban atrapados los personajes. Explica con una lucidez sobrecogedora cómo el miedo envilece el alma y lleva a las personas a la traición, incluso la personal. Refleja cómo los sentimientos más bajos terminaron siendo, en el filme, una cuestión de Estado de un régimen que acabó entrampado en el totalitarismo, alumbrando a un sector de la población, como se escucha en algún momento de la película, de “soplones, traidores y conformistas”. Aunque la película también es un inteligente canto a la esperanza, habla de la comunicación entre dos almas que se encuentran en las antípodas y, de forma estremecedora, de los retazos de humanidad que se pueden colar a través de las ‘goteras’ de cualquier cínico que se precie. Y es en este punto donde la película también muestra su talón de Aquiles, porque La vida de los otros sería una obra maestra si no hubiera que lamentar algunos arrebatos sentimentales del protagonista principal que le restan credibilidad de la historia.

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Visionado: ‘Dunkerque’, de Christopher Nolan. ‘Una derrota visualmente épica’

Un total de 400.000 hombres atrapados en una playa sin horizonte. En la retaguardia, el ejército del enemigo. Frente a ellos, el mar, el abismo o una sucesión infinita de hombres que guardan cola. Una ratonera. Las escasas embarcaciones de socorro que logran alcanzar la costa se convierten en una tortura emocional para la gran mayoría de los pobres diablos, británicos y franceses, que todavía no pueden ser rescatados y se quedan en tierra. Hitler no envía a los tanques para terminar con la pesadilla. “¿Para qué?”, si como explica el Coronel Winnant (James D’Arcy), se les puede eliminar “fácilmente desde el aire”. Al otro lado del Canal de la Mancha, los ingleses deciden no poner en peligro las grandes embarcaciones de su flota naval, la Royal Navy, para rescatar a sus soldados. Al fin y al cabo, se trataba de una campaña fracasada y la Luftwaffe (fuerza aérea alemana), sobrevuela  incansablemente la costa francesa sin dar tregua.

Esta fue la tragedia de Dunkerque, la impresionante historia de una gran derrota que, sin embargo, los británicos (con Churchill a la cabeza) supieron convertir en una victoria épica. Un éxito en el que el pueblo tuvo un protagonismo providencial.  Y es un capítulo resucitado, de manera magistral, por uno de los cineastas más singulares y brillantes del panorama cinematográfico: Christopher Nolan.

Con  un impresionante pulso narrativo, Nolan se sumerge en el episodio bélico por tierra, mar y aire. Sin abandonar su predilección por las narraciones con estructuras complejas, cuenta la historia desde tres puntos de vista, echando mano de tres unidades de tiempo que se contraen o dilatan en un guion lleno de astucias. De este modo, conviven y se entrecruzan la lucha por la supervivencia de los jóvenes soldados atrapados en la playa (una semana, en la gran pantalla); la audacia de la tripulación de uno de los numerosos barcos civiles que acudieron en rescate de su ejército británico a petición del Gobierno (un día, a bordo del Moonstone) y el vuelo suicida de un escuadrón de la RAF, de apenas una hora de duración real. Un equipo de pilotos cuya misión era proteger a los ‘héroes civiles’ que atravesaron entonces el Canal de la Mancha y a los soldados atrapados en la playa.

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Visionado: ‘Lady Macbeth’, de William Oldroyd. ‘Retrato de los confines del alma’

Inglaterra victoriana. Katherine (Florence Pugh) es una joven que vive en una enorme mansión del norte del país junto a un suegro, que la desprecia (Christopher Fairbank) y un marido (Paul Hilton) que es incapaz de tocarla. Katherine comenzará a buscar su libertad en pequeños gestos de desobediencia y en los parajes nublados, áridos del exterior del caserón donde vive encerrada. Lugares donde aprende a respirar y en donde también acabará descubriendo la pasión en brazos de uno de los  siervos de su marido, Sebastian (Cosmo Jarvis). El aprendizaje de Katherine será rápido, voraz y su fría lucidez acabará convirtiéndola en una mujer implacable, dispuesta a cualquier cosa con tal de no perder el dominio sobre su destino.

Lady Macbeth es un cruel retrato de los confines del alma; un retorcido recorrido por un personaje que lejos de dejarse apoderar por el dolor, la humillación o el resentimiento, aprende que la supervivencia es un viaje libre de alforjas: sin conciencia ni retorno. El espectador pronto reconoce que algo no cuadra en la protagonista, al menos, ella se conduce fuera de lo previsto. Y esta intriga atrapa su atención de forma poderosa. Según avanza la historia, comprende que se encuentra ante una criatura que, en medio de su tragedia, ha dejado de sufrir. Katherine madura de forma abrupta, convirtiéndose en una mujer de voluntad implacable.

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‘Réquiem por un sueño’, de Darren Aronofsky: ‘La muerte de las ilusiones’ vs ‘Desmadre lisérgico’

A FAVOR: LA MUERTE DE LAS ILUSIONES

La vida es como una montaña rusa, como esa que adorna una de las primeras secuencias de Réquiem por un sueño. Algunas veces nos eleva hasta las más altas cotas y otras nos obliga a tocar fondo. Estas dos sensaciones, aunque opuestas, coinciden en lo extremo. Crear un retrato psicológico que evoque los intrincados matices del camino al tormentoso fondo de las obsesiones y la adicción, no parece una tarea fácil. Menos aun hacerlo con una película sobre drogadicción tras el éxito de Trainspotting (Danny Boile, 1996).

En el año 2000 Darren Aronofsky nos dejó abrumados, y por qué no decirlo, en una especie de ‘shock’, con Réquiem por un aueño. Pese a su corta carrera cinematográfica, este joven director estadounidense logró, de manera magistral, meternos en el asfixiante mundo de decadencia de cuatro personajes, que hundidos en la soledad y obsesionados con sus sueños, pierden el control de sí mismos. De un lado, plantea el descenso de Sara Goldfarb (Ellen Burstyn), madre de Harry (Jared Leto) cuya añoranza por la familia y la obsesión por participar en su programa de televisión favorito le llevan a perder la razón al hacerse adicta a las pastillas para adelgazar. De otro lado, están Harry, su novia Marion (Jennifer Connelly) y su mejor amigo Tyrone (Marlon Wayans), quienes en busca de sus sueños de riqueza y emprendimiento, terminan hundidos por la adicción a la heroína.

En Réquiem por un sueño, Aronofsky confirma (tras el reconocimiento de su primer largometraje, Pi) su capacidad para escarbar en la psique de los personajes. Pero sobre todo, para remover los sentidos del público. Esta oda a la muerte de los sueños puede gustar o no, pero nadie queda indiferente ante su propuesta. Ver la pupila del ojo dilatándose o a una inigualable Ellen Burstyn desencajada, haciendo chirriar los dientes y aterrorizada por el ataque de su nevera, son imágenes difíciles de olvidar.

Inspirado en la novela homónima de Hubert Selby Jr. (con quien trabajó el guión), en el mundo del rap (y sus videoclips) y acudiendo a recursos creativos propios del trabajo con bajo presupuesto, Aronofsky crea una propuesta sensorial que se desmarca de la narrativa tradicional. Crea una atmósfera aguda (con planos enfrentados e imágenes que impactan por su crudeza), cercana (con los excesos de los primeros planos) y repetitiva (como las adicciones), en la que el poco aire que puede respirar el público huele a angustia. Los veinte minutos finales de esta obra pueden llegar a hacer levantar de la butaca al más tranquilo de los espectadores.

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