Publicaciones de la categoría: Como la vida misma

Visionado: ‘El insulto’, de Ziad Doueiri: ‘Memoria sin cicatrizar’

Por Dolores Sarto

Todo comienza con un descuido. Toni (Adel Karam), un cristiano libanés, se pone a regar las plantas de su casa sin prestar demasiada atención. El agua que malgasta termina desembocando en la cabeza de Yasser (Kamel El Basha), un palestino refugiado en Beirut que se encontraba en aquellos precisos momentos trabajando como jefe de obra en la misma calle de la casa del cristiano. Ambos se enredan en una discusión y Yasser, un tipo de naturaleza tranquila, acaba perdiendo los papeles e insultando a Toni. Herido en su orgullo, el cristiano decide demandar al palestino. El juicio se convertirá en un tenso espectáculo donde aflorarán intereses políticos, vendettas y las heridas abiertas de un país con un pasado trágico. La película se llama ‘El insulto’.

Uno de los principales aciertos de este film, firmado por el libanés Ziad Doueiri y nominado a la Mejor Película Extranjera en los Premios Oscar 2018, es su capacidad para convertir una anécdota, un desencuentro atolondrado entre dos hombres en una crisis nacional de dimensiones desorbitadas. Y que además el efecto ‘bola de nieve’ resulte completamente creíble y palpite con ritmo humano porque le sigue la pista al viaje psicológico que experimentan sus protagonistas a lo largo de su enfrentamiento.

‘El insulto’ intenta hacer comprensible (al menos durante el visionado) una maraña de conflictos en Líbano endiabladamente compleja, donde duelen las víctimas de una Guerra Civil que nunca se quedaron atrás. Permanecen junto a los vivos, en la memoria sin cicatrizar de una sociedad que tiene que atender, además, acuciantes problemas humanitarios y de convivencia (Líbano es un país multiconfesional y un importante porcentaje de la población está constituido por refugiados palestinos y sirios).

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Visionado: ‘Tres anuncios en las afueras’, de Martin McDonagh. ‘Justicia desquiciada y socarrona’

Por Dolores Sarto

‘Tres anuncios en las afueras’ cuenta la historia de Mildred Hayes (Frances McDormand). Es una mujer de mediana edad que decide iniciar una insólita cruzada contra la policía de su pueblo (Ebbing, Missouri) a quien culpa de no estar haciendo lo suficiente para resolver el caso de violación y asesinato de su hija. Un buen día, Mildred decide ‘importunar’ a su tranquilo vecindario alquilando tres vallas publicitarias que le servirán para denunciar la apatía de las fuerzas de seguridad. Frente a ella tendrá al jefe de policía, un sheriff desahuciado (Woody Harrelson), y a su lugarteniente, Dixon (Sam Rockwell), un agente local “demasiado ocupado persiguiendo negros”.

Se trata de una película inesperada. El film, que arrasó en la pasada edición de los Globos de Oro y se posiciona como uno de los favoritos en los Oscar, nace de una tragedia oscura. De un dolor definitivo y sin cicatrizar. Sin embargo, su humor atrevido, socarrón y con un punto de esa amargura que no se deja derrotar del todo convierte a la película en una ‘rara avis’ cinematográfica. Al fin y al cabo a los mandos se encuentra un cineasta, Martin McDonagh, que asombró al mundo con ‘Escondidos en Brujas’ (2008), una cinta magistral que contaba con la astucia de poner patas arriba el género negro y brindarle un ingenioso homenaje.

Si hay algo que destaca en ‘Tres anuncios en las afueras’ es su complejo y entretenido retrato de  personajes… con una humanidad casi sobredimensionada. Los actores, metidos en su piel, están fantásticos. Mildred es una mujer que sufre y está en perpetuo estado de guerra. Es una ‘activista sui géneris’ que aunque lucha por una causa justa no se molesta, lo más mínimo, en disfrazar su deseo de venganza. Bruta, ingeniosa, incapaz de empatizar con el dolor ajeno, tiene sus recaídas y, de vez en cuando, se deja llevar por los remordimientos. En su órbita, circulan un ex completamente idiota y un pretendiente con la autoestima floja (fabuloso Peter Dinklage). El agente Dixon, por su parte, es el antagonista de Mildred. Un tipo vago, racista, un ‘pistolero’ enmadrado que además cuenta con un curioso y oculto lado oscuro.

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Visionado: ‘Dunkerque’, de Christopher Nolan. ‘Una derrota visualmente épica’

Un total de 400.000 hombres atrapados en una playa sin horizonte. En la retaguardia, el ejército del enemigo. Frente a ellos, el mar, el abismo o una sucesión infinita de hombres que guardan cola. Una ratonera. Las escasas embarcaciones de socorro que logran alcanzar la costa se convierten en una tortura emocional para la gran mayoría de los pobres diablos, británicos y franceses, que todavía no pueden ser rescatados y se quedan en tierra. Hitler no envía a los tanques para terminar con la pesadilla. “¿Para qué?”, si como explica el Coronel Winnant (James D’Arcy), se les puede eliminar “fácilmente desde el aire”. Al otro lado del Canal de la Mancha, los ingleses deciden no poner en peligro las grandes embarcaciones de su flota naval, la Royal Navy, para rescatar a sus soldados. Al fin y al cabo, se trataba de una campaña fracasada y la Luftwaffe (fuerza aérea alemana), sobrevuela  incansablemente la costa francesa sin dar tregua.

Esta fue la tragedia de Dunkerque, la impresionante historia de una gran derrota que, sin embargo, los británicos (con Churchill a la cabeza) supieron convertir en una victoria épica. Un éxito en el que el pueblo tuvo un protagonismo providencial.  Y es un capítulo resucitado, de manera magistral, por uno de los cineastas más singulares y brillantes del panorama cinematográfico: Christopher Nolan.

Con  un impresionante pulso narrativo, Nolan se sumerge en el episodio bélico por tierra, mar y aire. Sin abandonar su predilección por las narraciones con estructuras complejas, cuenta la historia desde tres puntos de vista, echando mano de tres unidades de tiempo que se contraen o dilatan en un guion lleno de astucias. De este modo, conviven y se entrecruzan la lucha por la supervivencia de los jóvenes soldados atrapados en la playa (una semana, en la gran pantalla); la audacia de la tripulación de uno de los numerosos barcos civiles que acudieron en rescate de su ejército británico a petición del Gobierno (un día, a bordo del Moonstone) y el vuelo suicida de un escuadrón de la RAF, de apenas una hora de duración real. Un equipo de pilotos cuya misión era proteger a los ‘héroes civiles’ que atravesaron entonces el Canal de la Mancha y a los soldados atrapados en la playa.

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Homenaje: Jack Lemmon. ‘El hombre de la calle con maneras de genio’

“Era mi hombre de la calle… Todo lo que hacía tenía un rasgo de genialidad”. Así se pronunció en una ocasión Billy Wilder. Al fin y al cabo, Jack Lemmon era un profesional con un talento de caleidoscopio. Un señor que, sin salirse de las hechuras del tipo corriente, podía entrar y salir de la piel de cualquier ser humano resultando rotundamente divertido o anodino… o quizás trágico, pero siempre convincente de una forma inolvidable. Sencillamente, para el cineasta vienés, “la felicidad era trabajar con Jack Lemmon”.

El actor, en las distancias cortas, era un hombre sencillo. Detrás de las cámaras, se convertía en una criatura cinematográfica dotada para la comedia corrosiva, para el drama urbano con claustrofobia emocional, para encontrarle el punto a los tipos tozudos, simpáticos, a los neuróticos, a los débiles. Y también para despertar un sentimiento de empatía universal cuando se convertía en cualquier infeliz abrumado por las circunstancias.

Y así, Lemmon pasó por nuestras vidas escalando posiciones en una empresa a base de meterse “en la cama tibia, que disfrutaban otros” (Wilder sobre El apartamento; bailando un tango -“rubia de bote  y de horrible pasado”- mientras huía de la mafia en Con faldas y a lo loco;  y se detuvo en la existencia de un empresario derrotado que no lograba sobreponerse de una crisis vital, en Salvad al tigre). Y le vimos y le sentimos como un padre que, sencillamente, no quería llorar la muerte de su hijo sin antes hacer justicia buscando una verdad terrible. Corrían los tiempos de la dictadura de Pinochet, en Desaparecido.

Y todas estas  peripecias suyas y muchas otras se quedaron, para siempre, entre nosotros.

PRIMERA PLANTA: UNA VOCACIÓN TEMPRANA

Aunque primero, John Uhler Lemmon llegó en ascensor a su propia vida (1925) sin dar tiempo a que su madre ocupara una habitación en el Hospital de Newton, en Boston. Parecía tener prisa por encontrar su lugar en el mundo y de hecho tuvo suerte porque desde temprana edad vio claro que su gran pasión era la actuación. En Harvard, estudió Arte Dramático, sirvió en la Marina durante la guerra y llegó incluso a trabajar como pianista en Nueva York. Pronto ejerció como actor en radio, televisión y sobre las tablas, en Broadway. En el cine debutó, de manera oficial, en 1954 y en una comedia dirigida por el mismísimo George Cukor, La rubia fenómeno. Lo hizo de la mano de Judy Holliday y, según cuentan, de algún que otro tropiezo legendario. Porque Cukor no se cansaba, una y otra vez, de pedirle que rebajara el tono de su interpretación. El muchacho venía del mundo del teatro donde estaba acostumbrado a encarnar a sus personajes con apasionado entusiasmo. A fuerza de insistir, el director acabó dando una gran lección a Lemmon, quien se resignó, puso cara de palo y dejó de interpretar por completo en la escena de marras.

Sin embargo, aquella anécdota no fue un obstáculo para que su talento pronto se desmadrara con astuta precisión en la gran pantalla. De hecho, un año después consiguió un Oscar al Mejor Actor de Reparto en Escala en Hawai (Mister Roberts; de John Ford y Mervyn LeRoy). Ya en la cima del éxito, Lemmon llegó a frecuentar un western (Cowboy, 1958) y disfrutó de la compañía profesional de James Stewart y Kim Novak, en la simpática comedia Me enamoré de una bruja (Richard Quine, 1958). Hasta que, al fin, apareció el cineasta que supo centrarle, ‘frotarle el talento’ y despertar al genio que  llevaba dentro.

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