Publicaciones de la categoría: Disecciones

Disección: ‘L.A. Confidential’, de Curtis Hanson. ‘Cine negro sublevado’

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PANORÁMICA: 1997 fue un año de acontecimientos singulares que, en su momento, bien pudieron parecer fantasías escapadas de una novela de ciencia ficción. Mientras en Gran Bretaña un equipo de científicos británicos anunciaba el feliz alumbramiento (7 meses antes) del primer mamífero clonado, la célebre oveja Dolly, en Nueva York un robot, el ordenador de IBM Deep Blue, derrotaba por primera vez a Gary Kasparov en un torneo de ajedrez. Sin embargo, también tuvieron lugar, por aquel entonces, hechos históricos de marcada trascendencia política. El laborista Tony Blair ganaba con holgura a los conservadores de John Major, el 1 de mayo y a primeros de mes también, pero esta vez en julio, Hong Kong regresaba a China alejándose de su condición de colonia Británica. En 1997, se firmó el Protocolo de Kioto, que comprometió a los países firmantes (191) a reducir los gases de efecto invernadero. Precisamente, un gran defensor de las especies marinas, en extinción a causa de la contaminación, el oceanógrafo Jacques Cousteau, murió aquel año, al igual que dos grandes iconos de la sociedad contemporánea cuyas respectivas vidas se encontraban en las antípodas: la Madre Teresa de Calcuta y Diana de Gales.

EL MEOLLO: “La vida es bella en Los Ángeles…” hasta que aparece un puñado de cadáveres en un bar mugriento de los suburbios. Es entonces cuando la trayectoria de tres agentes del departamento de policía, radicalmente diferentes, colisiona para dejarnos ver la miseria y la corrupción que envilecen la ‘Tierra de los Sueños’. El ambicioso y brillante Ed Exley (Guy Pierce), el matón atormentado Bud White(Russell Crowe) y el cínico Jack Vincennes (Kevin Spacey) acaban  colaborando para resolver un caso endiabladamente complejo lleno de espejismos, pornografía, drogas, ‘putas operadas para parecerse a estrellas de Hollywood’ y falsos culpables que también se han ganado el infierno.

DETRÁS DE LAS CÁMARAS

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CURTIS HANSON: El pasado mes de septiembre nos dejó este cineasta cuya obra magna más deslumbrante fue L.A. Confidential (1997), una película en la que fue productor, director y coguionista (junto a Brian Helgeland) y con la que logró nueve nominaciones a los Óscar (sólo recibió los de Mejor Actriz de Reparto y Mejor Guión Adaptado). Sin embargo, antes de llegar a la cima, este autor se había ganado a pulso su condición de artesano del suspense como guionista (El socio del silencio, 1978) llegando a trabajar con cineastas de renombre como Sam Fuller. Junto a este director escribió Perro Blanco, una película cargada de polémica, pues sobre ella pesó la acusación de racismo, pero que evidenciaba un gran talento narrativo. En el 83, se puso al frente de un Tom Cruise, todavía sin lustre estelar, para dirigirlo en Ir a perderlo y perderse, un divertimento para adolescentes donde la virginidad se convierte en la madre del cordero de toda la trama. Fue en los años 90 cuando el cineasta comenzó a convertirse también en un director con ingenio para la taquilla. Alcanzó el éxito con La mano que mece la cuna (1992), una película que recorre un escalofriante ajuste de cuentas donde el instinto maternal frustrado ejerce una diabólica influencia. Después de L.A. Confidential abordó filmes como Jóvenes prodigiosos, un fracaso de taquilla aun cuando contó con un reparto multiestelar y 8 Millas donde volvió a ofrecerle un importante papel dramático a Kim Basinger, quien encarnó a la madre alcohólica del protagonista, B.-Rabbit (Eminem). Un joven de origen problemático y humilde que se curte en batallas de rap callejeras  para iniciar su carrera musical. Un trasunto de la vida del propio Eminem. En 2005, dirigió a Cameron Díaz y a Toni Collette en una comedia, In her shoes, donde dos hermanas, con el mismo número de calzado, se pasan la vida discutiendo. En Lucky you, volvió al drama familiar, pero con localización en Las Vegas, para filmar una película correcta que no despertó grandes entusiasmos. Persiguiendo Mavericks (2012), una cinta biográfica y surfista, fue el último título de un director con talento, aunque de corta filmografía.  Poco después tuvo que retirarse a causa de la enfermedad de Alzheimer.

PRIMER PLANO

house-of-cards-kevin-spacey-imageKEVIN SPACEY: Ocurrió en 1995. Fue entonces cuando descubrimos, asombrados, el rostro del diablo húngaro que habita en los “cuentos de miedo de los niños de los criminales”. Apareció el sanguinario Keyser Söze en la cara de buena persona y en las maneras amables de’ Verbal’ Kint, el estafador tullido de Sospechosos Habituales. Una transformación, un truco genial que se produjo en el desenlace de una obra maestra del cine negro contemporáneo dirigida por Bryan Singer y que le valió al actor un premio de la Academia. En esta película supimos que Kevin Spacey era un actor inmenso, de rostro cotidiano, pero con un carisma capaz de apropiarse de la gran pantalla sin apenas esfuerzo. Ese mismo año, tuvimos la oportunidad de disfrutarle en otra de sus grandes interpretaciones en Seven, de David Fincher. Nos referimos al perturbado psicópata (Doe) que se creyó un cruzado con la misión divina de redimir al mundo de sus pecados capitales. Estas dos películas dieron a conocer, a escala planetaria, al actor estadounidense, sin embargo, Spacey ya había cosechado una carrera en el teatro durante la década de los 80.

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Disección: ‘La noche del cazador’, de Charles Laughton: ‘En lo más profundo del miedo’

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PANORÁMICA: 1955 fue un año en el que desaparecieron grandes hombres y personajes célebres que, de una manera u otra, dejaron una huella profunda en la historia. Así, mientras Winston Churchill se retiraba (dimitió como primer ministro británico por encontrarse derrotado física e intelectualmente), fallecían Albert Einstein, Alexander Fleming y Thomas Mann. James Dean también se largó entonces de este mundo tomando, con su Porsche “Pequeño Bastardo”, un cruce fatal de carretera- Más allá del territorio de los sueños, en la tozuda realidad, la Guerra Fría vivía por aquel entonces un momento álgido al crearse el Pacto de Varsovia, la alianza entre la Unión Soviética y la Europa del Este, para hacer frente a la OTAN. Y en EEUU, Rosa Parks se plantó. Esta valiente mujer de raza negra no cedió el asiento que ocupaba a un pasajero blanco y aquello provocó su detención. Se convirtió en la “Primera Dama de los Derechos Civiles”, figura emblemática del movimiento liderado por Martin Luther King.

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EL MEOLLO: Un predicador recorre en su coche varios pueblos sureños de Estados Unidos. Tiene una curiosa conversación con dios, mediante la cual descubrimos desde el minuto uno que los caminos del Señor que ha elegido esta sombría figura desembocan en el asesinato de viudas inocentes. Se trata del inmenso y aterrador Harry Powell (Robert Mitchum) uno de los personajes más siniestros de la historia del cine de terror, quien acaba coincidiendo en la cárcel con Ben Harper, un hombre a punto de ser ahorcado que, hablando en sueños, da a conocer a Powell que su último botín está escondido en alguna parte. La decisión del predicador al salir de la penitenciaría es acercarse entonces a la familia del ajusticiado, casarse con la viuda y hacerse cargo de sus dos hijos, los verdaderos portadores del secreto. Así comienza La noche del cazador, uno de los cuentos de terror más escalofriantes de la historia del cine, todo un prodigio de simbología de terrores infantiles, dirección fotográfica y ritmo narrativo que ha necesitado de muchos años para ocupar el lugar que merece entre los clásicos del séptimo arte. Plagada de mensajes y con un guion inspirado en un texto original de David Grubb, el guionista James Agee convirtió la historia en una alegoría de la maldad absoluta y psicopática, enfrentando ambos elementos a la inocencia y al heroísmo infantil, con claras influencias del expresionismo alemán. Un cuento de niños que no es para niños, y que hoy pervive por todas las innovaciones mágicas que la original cámara de Laughton aportó en una década devorada por el cine negro.

charles-laughton-in-the-1930s-everettDETRÁS DE LA CÁMARAS: Se trata de una de las carreras más desconcertantes de la historia del cine. La noche del cazador fue la única película que dirigió el actor británico Charles Laughton. Ante todo fue intérprete apasionado del teatro, profesión por la que se decantó tras combatir en la Primera Guerra Mundial, de la que regresó con una lesión en la tráquea que siempre lo distinguiría por la nasalidad de su voz. Esta circunstancia, unida a su peculiar físico de hombre orondo e imponente consiguió romper los clichés del “bello” Hollywood y hacerse un hueco como actor. Pero solo en parte. La mayoría de sus roles y personajes tenían mucho que ver con la parte desagradable y torcida de los guiones, como sucedió en Piccadilly  (1928). Por eso siempre prefirió el teatro, donde compartió grandiosas giras con su mujer Elsa Lanchester. A ambos les reportó cierto reconocimiento y consiguieron papeles de renombre en el séptimo arte. En el caso de Laughton, por ejemplo, en El caserón de las sombras (1932) y ese mismo año en El signo de la cruz, interpretando a Nerón en la histórica película de Cecil B. De Mille. Dio con un filón, y comenzaría a interpretar a reyes y emperadores, desagradables, sí, pero muy atrayentes para el espectador, como fue el caso de La vida privada de Enrique VIII (1933), por la que obtuvo un Oscar.

Llegó a ser muy conocido pero desde mediados de los años cincuenta comenzó a concentrarse de nuevo en el mundo teatral, donde “el actor era más libre”. Antes de ello, decidió dar el salto en la dirección de la que sería su única película. La noche del cazador fue un proyecto difícil ante el que no se amilanó y sobre el que vertió una técnica de claroscuros realmente fascinantes. Su fracaso en taquilla, no obstante, fue suficiente para que no volviera a coger una cámara. Compaginó el teatro con algunas apariciones en la gran pantalla como en Testigo de cargo (1957) de Billy Wilder o Espartaco (1960), de Stanley Kubrick. Laughton murió de cáncer en 1962 sin poder interpretar a Moustache en Irma la dulce, de nuevo con Billy Wilder, un papel que el cineasta siempre había querido para este actor de método, trabajador incansable hasta el final de sus días.

PRIMER PLANO

robert-mitchumROBERT MITCHUM: Tenía un rostro de roca y unos ojos que se le quedaban medio dormidos. Un atractivo aspecto de hombre duro que no le impidió encarnar a los tipos humanos más variados, preferiblemente cínicos de solemnidad. Mitchum transitó por toda clase de almas, de héroes, de tipos cotidianos y de pobres diablos. Fue un detective que busca la redención de una nueva vida en una gasolinera y con una buena chica (Retorno al pasado, de Jacques Tourneur); fue un padre mujeriego y terrateniente desalmado (Con él llegó el escándalo, de Vincente Minelli), un soldado atrapado en una isla junto a una bella monja y con un puñado de nipones merodeando por los alrededores (Sólo dios lo sabe, de John Huston). También un soberbio sheriff borracho que se mantiene en pie gracias a una estoica dignidad y a la extraña química que mantiene con un pistolero guasón (El Doradode Howard Hawks). Su talento innato sorprendió en 1953 en el noir Cara de ángel, donde dio réplica a una ‘femme fatale’ con la mente compleja y el rostro aniñado de Jean Simmons. Disfrutó de las mieles de éxitos de taquilla con compañeras de reparto legendarias, como Marilyn Monroe, en Río sin Retorno (Otto Preminger, 1954) y supo desenvolverse con desparpajo en comedias como Una Página en Blanco (Stanley Donen, 1960), sin dejarse intimidar por ‘monstruos cinematográficos’ que dominaban el medio como Cary Grant. Son muchos los títulos inolvidables donde resulta memorable reencontrarse con el actor. Sin embargo, hay dos papeles esenciales en su filmografía: el perverso reverendo de La noche del cazador y, en las antípodas, el sereno, melancólico, paciente y leal marido de La Hija de Ryan (David Lean, 1970).

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Disección: ‘La buena estrella’, de Ricardo Franco. ‘En brazos de la bondad’

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EN BRAZOS DE LA BONDAD

PANORÁMICA: 1997. Nace la oveja Dolly en las proximidades de Edimburgo, el primer mamífero clonado traído a este mundo gracias a los avances de las investigaciones de un equipo de científicos británicos. Ante el miedo a lo desconocido, Europa reacciona suscribiendo el Convenio para la protección de los Derechos Humanos con respecto a las aplicaciones de la Biología y la Medicina, donde se expresa, categóricamente, la prohibición de clonar seres humanos. Mientras tanto, en la Isla, el laborista Tony Blair barre a los conservadores de John Major y al otro lado del Atlántico, otra innovación desafía al ser humano; en concreto, ante un tablero de ajedrez: el ordenador de IBM Deep Blue derrota al mejor jugador de todos los tiempos, Gary Kasparov. Fue también el año en el que murieron personajes mediáticos tan queridos, admirados y lejanos entre sí como la madre Teresa de Calcuta, la princesa Diana de Gales y Jacques Yves Cousteau. Además, el año tuvo una cosecha dispar, cinematográficamente hablando. Se estrenaron títulos taquilleros y complacientes de la talla de Titanic, Mejor… imposible o La vida es bella. Aunque también pudimos disfrutar de hallazgos como Martín (Hache) o Abre los ojos.

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EL MEOLLO: Rafa (Antonio Resines) es un carnicero que una noche, al regresar de recoger su mercancía, salva a Marina (Maribel Verdú) de la paliza que le está propinando en plena calle Daniel (Jordi Mollá). Al ver que ella no tiene dónde ir y tras enterarse de que está embarazada y comprobar su desamparo, decide acogerla bajo su techo. Ella, una mujer tuerta, maltratada y asustada, se deja cuidar y decide entregarse a la bondad de su salvador, un hombre herido, mutilado y bondadoso al que llena la vida de alegría y llega a amar por encima de casi todo. Solo de casi todo. Al pasar los años, la vida pondrá a prueba a la pareja cuando Daniel, herido por una paliza tras salir de la cárcel, llama a la puerta de ambos para pedir ayuda. Comienza así una historia de soledades cruzadas, una situación casi imposible de compasiones humanas, una explosión de sentimientos desgarradores. Marina enganchada a dos formas de amar a las que no encuentra salida. Rafa movido por su caridad cristiana y atenazado por la ternura de aquello que nunca llegó a conocer. Daniel superviviente de todas sus desgracias, alguien a quien “nunca nada nadie” ha querido, un pobre desgraciado disfrazado de orgullo y chulería, condenado al fracaso. Ganadora de cinco Premios Goya en 1997, esta historia fue casi el testamento cinematográfico de su director Ricardo Franco, a quien acompañó en el guion la cineasta y ex ministra de Cultura, Ángeles González Sinde. Basada en hechos reales, un suceso que apenas tuvo cabida mediática, Franco alumbró uno de los dramas más duros, íntimos y desgarradores del cine español, una historia sin concesiones sobre las buenas acciones y los delgados límites del amor, de las convenciones y de la bondad elevada al infinito.

ricardo_franco_efesptwo175904-29443.jpg_1306973099DETRÁS DE LAS CÁMARAS: Fue uno de los cineastas españoles que junto a Luis García, Berlanga, Juan Antonio Bardem y Carlos Saura mejor simbolizaron el compromiso de la cultura cinematográfica española contra la ya agonizante dictadura franquista. Ricardo Franco nació en Madrid en 1949 y tras terminar el Bachillerato inició varias carreras que acabarían haciendo aguas. No estaba hecho para los libros y apuntaba maneras con su interés por la fotografía. Sobrino del realizador “maldito” Jesús Franco y primo de los escritores Javier y Julián Marías, su interés por el cine quedó latente cuando entró a formar parte de la denominada Escuela de Argüelles. Se trataba de un grupo jóvenes realizadores madrileños entre los cuales encontró el apoyo suficiente para sacar adelante su primer cortometraje, Gospel, el monstruo (1969).  Fue un año después cuando comenzó a adquirir cierta notoriedad tras el rodaje de su primer largometraje, El desastre de Annual, que nunca llegó a exhibirse tras sufrir una inapelable censura por “motivos políticos”. Sin embargo, con ello despertó el interés de ciertos productores y pudo alumbrar algunos cortometrajes experimentales que llegaron a las manos del productor guipuzcoano Elías Querejeta, uno de los mayores cazatalentos de nuestro cine. Él le dio la oportunidad y los medios para rodar la adaptación cinematográfica de La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela, que se estrenó en 1975 con el nombre de Pascual Duarte. El premio que recibió su protagonista, el actor José Luis García Gómez, en el Festival de Cannes hizo que su compromiso con la narración cruda y realista se hiciera más firme conforme pasaban los años.

Repitió con éxito su buena entrada en el festival francés cuando la curiosa historia de Los restos del naufragio (1977), que él mismo protagonizó junto a Fernando Fernán Gómez, fue seleccionada para la sección oficial. Desde entonces decidió ahondar en el drama y en las pasiones humanas con una dirección limpia y honesta que impregnó algunas de sus mejores películas y también sus numerosas colaboraciones televisivas como La mujer de tu vida, La huella del crimen y Crónicas del mal.  En 1994, el documental Después de tantos años, continuación de El desencanto, retrato cinematográfico de la familia Panero que Jaime Chávarri realizó en 1976, recibió una mención especial de Cannes, confirmando su proyección internacional. Con La buena estrella, Ricardo Franco, ya bastante aquejado de algunos problemas de vista (la peor enfermedad para un cineasta), alcanzó la cumbre de su carrera. Realizó una de las obras maestras del cine español y luchó contra sí mismo para sacar adelante su siguiente proyecto, Lágrimas negras (también escribiendo el guion con Ángeles González Sinde). Murió de un infarto en pleno rodaje y la película fue terminada por el cineasta Fernando Bauluz, que falleció también unos años después.

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Disección: ‘El crepúsculo de los dioses’, de Billy Wilder. ‘Por las alturas de una gloria perdida’

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POR LAS ALTURAS DE UNA GLORIA PERDIDA

PANORÁMICA: 1950. El año despierta sorprendido por una pesadilla. El senador republicano estadounidense Joseph McCarthy despliega una hoja de papel donde dice que pueden encontrarse 205 nombres de personas que pertenecen al Partido Comunista y, además, al Departamento de Estado. Es el inicio de la denominada ‘Caza de brujas’, un estado de psicosis colectiva que llega a cobrarse un buen número de ‘víctimas’ entre los que se encontraban periodistas, funcionarios del gobierno, militares y gente del cine. Gentes que o bien perdían el empleo y quedaban condenados al ostracismo profesional o llegaban a la desesperación y se quitaban de en medio. En mayo, otra Declaración, esta vez francesa y constructiva, pone las bases de la Unión Europea. La ‘Declaración Schuman’ presentaba el proyecto de una Europa organizada y pacificada. También en el viejo continente germina otro discurso bienintencionado, la Declaración de los Derechos Humanos que había sido elaborada por la Asamblea General de Naciones Unidas. En Asia, el paralelo 38 (Corea del Sur) es invadido por tropas norcoreanas. El presidente norteamericano, Truman, anuncia que los EEUU no mirarán a otro lado ante este desafío y comienza la Guerra de Corea. Y en Israel, otra vez la palabra se hace destino para un pueblo. En esta ocasión, el judío, ya que el parlamento sionista aprueba la Ley del Retorno. Concede residencia y ciudadanía a todos los judíos que, desde cualquier parte del mundo, decidan regresar a lo que consideran su ‘tierra prometida’.

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EL MEOLLO: La cámara se acerca al bordillo de una acera que señala un lugar mítico de Hollywood: Sunset Boulevard (el título original de la película), el corazón residencial de la meca del cine. Allí, en una gran mansión aparece el cadáver de un hombre en la piscina, sacado en uno de los contrapicados más magistrales del cine. Es Joe Gillis (William Holden), un escritor de guiones cuya voz en off, en una fórmula revolucionaria en ese momento, comienza a narrar los hechos que llevaron a su propio asesinato. Seis meses antes, Gillis, escritorzuelo endeudado y sin éxito que pulula por los estudios de la Paramount de los años 50, da con sus huesos en una enorme y ostentosa mansión de la famosa calle, huyendo desesperado de unos prestamistas. Allí conoce a Norma Desmond (Gloria Swanson) una antigua actriz del cine mudo que vive encerrada con su criado Max (Erich von Stroheim) y que sueña con regresar a la gran pantalla, ajena a la realidad de un mundo que se ha transformado y ha olvidado a sus viejas glorias cinematográficas. La mítica actriz, trastornada y apasionada, consigue convencer a Gillis a través de dinero y chantajes emocionales para que escriba junto a ella el guion de su regreso, estableciéndose entre ambos una destructiva relación de la que el escritor no sabrá cómo zafarse, asqueado y conmovido a partes iguales por la sombra de la diva que fue. Billy Wilder inauguró la década de los 50 con esta obra maestra en la que se atrevió a hacer una crítica de la parte inhumana del cine cuando este apenas había empezado a conocerse a sí mismo. Refrescando los métodos narrativos y del ‘flashback’ que él mismo fraguó en Perdición y llenando de guiños y cameos su oda a la época muda, el cineasta dejó para la historia este triste relato de talentos frustrados, dioses caídos y reinas olvidadas. Hasta Robert Aldrich una década después con ¿Qué fue de Baby Jane? nadie conseguiría un relato tan fresco, cruel y conmovedor sobre la cara oscura de la fama.

DETRÁS DE LA CÁMARAS:  Por primera vez repetimos director en una disección. En marzo de 2011, con motivo de nuestra radiografía de Con faldas y a lo loco, realizamos el perfil de uno de los mejores cineastas de todos los tiempos, que ahora volvemos a repetir:

wilderEn 1934, Dios llegó a Hollywood y no sólo hizo la luz sino que la proyectó sobre fotogramas creando, a partir de ella, magia, genio y oficio en películas inolvidables. Hablamos de Billy Wilder, el genial cineasta de origen austriaco, cuando “el exilio no fue idea suya, sino de Hitler”. Wilder es el autor de la mejor película de cine negro de la historia del cine (Perdición), de la crónica más desgarradora pergeñada para descender hacia los infiernos del alcohol (Días sin huella) y de la comedia que encontró la alquimia perfecta entre lo agrio y lo dulce en El apartamento, cimentado en un prodigio de guión. Y qué decir de Irma la dulce, aunque “esa es otra historia”. En El crepúsculo de los dioses nos brindó la mejor de sus creaciones para burlarse de las miserias de Hollywood y de la fama, para ser cruel, elegante y regalarnos algunas de las secuencias más fascinantes del séptimo arte. Todo ello narrado por un cadáver, de vuelta de todo, que se ríe de su propia suerte.

Y es que el austriaco tenía un sexto sentido prodigioso que se llamaba sarcasmo. Una intuición, casi visceral, para la narración cinematográfica a través de la cual lograba hacerse con la comedia de una manera inteligente, con diálogos amargamente divertidos que unas veces concebía en soledad y otras, en buena compañía (junto a los guionistas Brackett y I.A.L. Diamond). Además, hizo gala de una astuta psicología para meter en vereda los talentos caprichosos e indomables de ciertas estrellas. En Con faldas y a lo loco, se las tuvo que ver con la mismísima Marilyn Monroe, pero se lo tomó con calma, pues ya se había parapetado tras un guión fabuloso e hilarante, escrito junto a Diamond y cómicos de sobrado talento.

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Disección: ‘Mystic River’, de Clint Eastwood. ‘A veces un hombre es solo un niño’

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A VECES UN HOMBRE ES SOLO UN NIÑO

PANORÁMICA: En 2003, febrero se puso de luto en Houston. El transbordador ‘Columbia’ se desintegró apenas segundos antes de aterrizar. Sus siete tripulantes desaparecieron al entrar en contacto con la atmósfera por culpa de una negligencia de la NASA. Y es que en ese año muchos sueños tocaron a su fin y Estados Unidos ejerció su imperio protagonizando titulares bélicos. Bush hizo la guerra a Irak a su antojo, contando con la triste comparsa del Reino Unido y España e ignorando el rechazo de la ONU y de una amplia población mundial que clamó contra la injusta campaña bélica. La guerra se resolvió en cinco días, pero incontables fueron y siguen siendo sus víctimas. Por su parte, Bin Laden y los suyos siguieron aterrorizando al planeta con sus atentados en diversos puntos donde se ubicaron objetivos occidentales. La famosa ‘Hoja de ruta’, que iba a dirigir a los pueblos palestino y judío hacia la paz quedó en papel mojado. Los atentados no dejaron de sucederse y en Cisjordania, un muro continuó ‘creciendo’ para paralizar cualquier atisbo de convivencia. El enigma del ADN quedó aparentemente resuelto: unos científicos lograron la secuenciación completa del genoma humano. Y en España, la tragedia tuvo nombre propio: 62 militares dejaron sus vidas en un fatal y mal gestionado accidente aéreo en Turquía. Aunque también hubo tiempo para las buenas noticias. El llamado ‘Asesino de la Baraja’ se entregó en una comisaría de Puertollano y Almodóvar volvió a alcanzar la gloria al hacerse con un segundo Oscar por el guión original de la fabulosa Hable con ella.

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EL MEOLLO: Tres niños juegan al hockey en una calle de una barriada de Boston. Cuando la pelota se cuela por una alcantarilla deciden entretenerse grabando sus nombres en el cemento todavía húmedo de una baldosa de la acera. Jimmy y Sean (futuros Sean Penn y Kevin Bacon) así lo hacen, pero mientras Dave (futuro Tim Robbins) todavía no ha escrito la segunda letra del suyo aparece un supuesto policía que les increpa su acción y obliga a este último a subir al coche. Ocurre algo espantoso, algo que conmociona al barrio y que marca la vida de Dave. Muchos años después, las vidas de los tres volverán a cruzarse por el asesinato de la hija adolescente de Jimmy, cuya investigación recae en el ahora policía Sean. El paso del tiempo, las dudas inconexas, las fatales coincidencias, la interpretación propia de los actos ajenos, los traumas de la niñez y un destino malparado harán que la pérdida de la inocencia quede suspendida en un interrogante eterno, en una imposible vuelta atrás. El gran Clint Eastwood abrió las siete llaves del baúl donde había atesorado todas sus grandes inquietudes sobre la moral y la justicia cuando hace más de diez años rodó esta adaptación de la novela de Dennis Lehane. Sombría, conmovedora, tramposa y emocionalmente contenida y afilada, su asombroso reparto y una dirección entregada por completo al sufrimiento del espectador, la convirtieron en una de las obras maestras del nuevo siglo y de toda la filmografía del cineasta norteamericano.

Clint EastwoodDETRÁS DE LA CÁMARAS: El viejo Frankie Dunn nos sacudió el alma cuando le dijo aquello de “Mi hija, mi sangre” (“Mo Cuishle”) a la moribunda Maggie en Million Dollar Baby. Aquel fue un instante cinematográfico tan brutalmente intenso y bello que supimos reconocer en él al genio, a la obra maestra, ese momento fugaz, inolvidable que sólo unos pocos artistas saben alcanzar. Aquella fue una película sobre boxeo, que parecía aburrida, pero que tuvo la astucia suficiente como para hablar de la humanidad que hay en la muerte. Y es que “El hombre sin nombre” de la Trilogía del Dólar (Sergio Leone), es hoy uno de los cineastas que mejor sabe retarnos con cada una de las películas que crea. Las plantea como un desafío para nuestra conciencia, un derechazo impío para nuestras emociones. Porque nadie como Clint Eastwood sabe meternos en auténticos berenjenales morales, en historias perdidamente amargas o románticas, en narraciones crudas y vigorosas que nunca pierden la calma. Si el héroe del spagueti-western era un tipo de silencios, el cineasta le sigue la huella porque el estilo de Eastwood es así, como ‘El Sucio’, de pocas palabras y apenas detalles, con personajes que cobran vida en la imaginación del espectador (pues se merecen un respeto) y de tomas que aspiran a ser únicas. “Otros ruedan muchas por la falta de confianza en lo que quieren”, fanfarronea el viejo Eastwood.

Debutó como director en 1971 con Escalofrío en la noche. Sorprendió al mundo con la biografía de Charlie Parker en Bird (1988); hizo que nos estremeciéramos mirando por un retrovisor en la romántica Los puentes de Madison (1995) y sobrevivió magistralmente a la muerte del western en Sin perdón (1992). Pero además, el fino sentido del humor de Eastwood se superó y perfeccionó el acento cínico para retratar a las gentes de Savannah. Aquella proeza la hizo en la fabulosa Medianoche en el jardín del bien y del mal (1997). Cartas desde Iwo Jima (2006) nos sumergió en un laberinto de túneles nipones para dejarnos al descubierto las atrocidades de la guerra y pasamos al bando contrario, al norteamericano, para cuestionar la épica de papel que hay tras la propaganda bélica (Banderas de nuestros padres). En los últimos tiempos, a pesar del maquillaje, logró atrapar, en todas sus dimensiones a una de las figuras clave de la historia norteamericana, Hoover, en J. Edgar, y supo sacarle partido a una anécdota histórica, un Campeonato del Mundo de Rugby donde descubrimos la grandeza de Nelson Mandela en Invictus. A la espera del estreno de American Sniper, la última película de Clint Eastwood, el cineasta está decepcionando con Jersey Boys, la biografía de Frankie Valli y su mítica banda The Four Seasons. Ha habido quien se ha preguntado qué se le ha perdido al director en un musical. Probablemente nada, pero por qué no probar. No todo el mundo tiene 84 años a sus espaldas, una carrera valiente y una creatividad que no se puede contener. Como él mismo dice, por si acaso, “nunca dejo entrar al viejo en casa”.

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