Disección: ‘Lo que queda del día’, de James Ivory. ‘Amor sin suceder’

Por Dolores Sarto

PANORÁMICA (1993)

Corrían extraños tiempos por aquel entonces. El mundo parecía encontrar la paz en diversos frentes: en enero, Boris Yeltsin y George Bush firmaron el tratado Start II para “reducir armas estratégicas”, mientras que en septiembre, el ‘amigo americano’ que ocupaba por aquel entonces la Casa Blanca, Bill Clinton, ejerció de anfitrión para que israelíes y palestinos estrecharan las manos tras largos años de enfrentamientos. Pasado y futuro se acercaron en sendos acontecimientos históricos: mientras el Camino de Santiago era declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, investigadores de la Universidad de George Washington, en EEUU, conseguían clonar genes humanos. Al otro lado de la pantalla, nos dejaban algunos grandes creadores de sueños. Entre ellos, la inolvidable Audrey Hepburn, el irrepetible Cantinflas y un genio detrás de las cámaras, el cineasta Joseph L. Mankiewicz.

EL MEOLLO

Un millonario americano (Cristopher Reeve) es el nuevo propietario de la mansión Darlington Hall. Su mayordomo, el Sr. Stevens (Anthony Hopkins), solicita de manera excepcional unos días de permiso para visitar a una vieja amiga. En el trayecto, Stevens viaja por su memoria para remontarse 20 años atrás, en los tiempos en los que el antiguo propietario de la casa señorial, un noble inglés (James Fox) se convierte en el anfitrión de personajes clave para la historia de Inglaterra de los años 30. De camino por sus recuerdos, Stevens también realiza una visita a la relación que mantuvo con la antigua ama de llaves, Miss Kenton (Emma Thompson). La amiga que ha de ser su destino.

PRIMER PLANO

ANTHONY HOPKINS

Una mirada de reptil y aquel siseo con el que se relamía al recordar su último festín de carne humana. Aquellas fueron las coordenadas que llevaron a muchos, por primera vez, hasta el actor Sir Anthony Hopkins. Hasta el personaje que le dio a conocer ante el gran público: el atildado y culto caníbal en serie, Hannibal Lecter. Fueron dieciséis minutos que ponían, literalmente, los pelos de punta. Corrían los años 90 cuando llegó a nuestras vidas ‘El silencio de los corderos’, un auténtico fenómeno DE taquilla que llevó a su director, Jonathan Demme, a consolidarse como una apuesta segura dentro del universo ‘hollywoodense’ de la época. Hopkins ganó un Oscar, pero la buena prensa y el prestigio iban asociados a su carrera desde hacía mucho tiempo. Llevaba años demostrando su talento sobre las tablas (en especial, de la mano de las obras de Shakespeare), pero también en la gran pantalla. Nació en el mismo pueblo galés que Richard Burton, su ídolo de talento arrollador, el espejo en el que siempre quiso verse reflejado. Estudió en Londres, donde acabó ingresando en el Teatro Nacional. Fue la institución en la que conoció al gran Laurence Olivier, quien se convirtió en su padrino y mentor. Olivier le dio su gran oportunidad cuando confió en Hopkins para sustituirle como protagonista en la representación  de ‘La danza de la muerte’ (Strindberg, 1967).

Su talento o la buena suerte hizo que se viera envuelto en otra ocasión espléndida. De hecho, se podría decir que casi debutó en la gran pantalla a bordo de una obra maestra y rodeado de actores inmensos. Nos referimos a ‘El León en  invierno’ (1968) donde interpretó a Ricardo Corazón de León y compartió cartel con Peter O´Toole y con Katharine Hepburn. Participó después en ‘Un puente Lejano’ (1977), se convirtió en el humanitario doctor Treves que rescata de la ‘parada de los monstruos’ a ‘El hombre elefante’ (1980) y atravesó los confines del alma humana para llegar  a su otra punta y encarnar al inflexible y cruel teniente William Bligh, en ‘Motín a bordo’ (1984). Después de Hannibal Lecter llegaron sus personajes más ricos y complejos. ‘Regreso a Howards End’ (1992) supuso su primer encuentro con el director James Ivory, dio vida a Mr Wilcox, el viudo con pasado que enamora a Emma Thompson y sufre, a su manera, en busca de redención. Junto al cineasta británico también realizaría la que probablemente sea su más sutil y fascinante interpretación: se metió en la compleja piel del mayordomo Sr. Stevens en ‘Lo que queda del día’. Fue, para muchos, el momento cumbre de su trayectoria. Sin embargo el actor también se ha prodigado en éxitos comerciales de todo pelaje, como en ‘Leyendas de pasión’ (1994) o en ‘¿Conoces a Joe Black?’ (1998). Y ha devuelto a la vida a importantes personajes de todos los tiempos: ‘Nixon’ (Oliver Stone, 1995), Picasso (James Ivory, ‘Surviving Picasso’, 1996), Ptolomeo (‘Alejandro Magno’ ,2004, Oliver Stone), ‘Hitchcock’ (Sacha Gervasi, 2012) y Matusalén (‘Noé’, Darren Aronofsky, 2014).

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‘El sacrificio de un ciervo sagrado’, de Yorgos Lanthimos: cómo aceptar un castigo inexplicable

Por Alicia Avilés Pozo

Hay películas que se ponen tremendistas pero no engañan. No podemos pedirle explicaciones a una historia que no las promete en ningún momento. Ahí reside la honestidad del cine pero también la del espectador. Lo hace en paralelo a la mitología de la cual han sabido beber, casi hasta atrangantarse, cineastas como Darren Aronofosky. Lo hace el cineasta griego Yorgos Lanthimos también en esta ocasión. La diferencia es la respuesta, o mejor dicho, que no la haya. Podemos rascar hasta el infinito las numerosas capas de ‘El sacrificio de un ciervo sagrado’ para resolver el estupor que nos envuelve desde el principio. Y solo encontraremos más preguntas.

Sabemos, por las propias referencias que da el guion, que ‘El sacrificio de un ciervo sagrado’ es una revisión moderna del mito de Ifigenia, hija del rey Agamenón, y supuestamente sacrificada por este último para calmar la ira de la diosa Artemisa, quien paralizó las naves reales en su viaje a Troya por haber matado a un ciervo. Eso sabemos. Y es mucho saber. Lo suficiente para subirse a la cámara mastodóntica de Lanthimos y recorrer los mareantes pasillos blancos de un hospital vertiginoso, donde el cirujano cardiovascular Steven Murphy (Colin Farrell) se adentra en el infierno. Una vez cometió un error, de alguna forma lo intuye, y abre las puertas de su propio lastre a un joven extraño, Martin (Barry Keoghan) y con ello a toda su familia.

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‘Una mujer fantástica’ de Sebastián Lelio: la voz de los marginados

Por Francisca Bravo

Es prácticamente imposible no recordar ‘Laurence Anyways’, de Xavier Dolan, al visionar ‘Una mujer fantástica’. Y no sólo porque ambos personajes protagonistas sean transexuales, sino porque el chileno Sebastián Lelio logró crear una atmósfera única en medio de un Santiago oscuro para contarnos la historia de Marina (Daniela Vega), una mujer transexual que está enamorada de Orlando (Francisco Reyes), un hombre mayor que colapsa y muere en sus brazos. De esto nos hablan los colores en esta obra que llega hasta lo más hondo de una sociedad que tiene problemas para esconder una transfobia latente. “No entiendo lo que eres”, le espeta Bruno (Nicolás Saavedra), el hijo de Orlando, a Marina.

Marina se enfrenta a la muerte de su amante después de celebrar un cumpleaños, hacer el amor y mirar con optimismo hacia su futuro. La muerte de Orlando hace que la burbuja en la que nos presentan a los personajes se reviente y nos muestre la realidad de de la protagonista, una cantante de ópera que trabaja como camarera. Ella es consciente de su conflicto; es consciente de la dificultad que supone ser una mujer transexual. Por eso, huye cuando muere su amante, tras las miradas de sospecha de los médicos que reciben a Orlando. Por eso, esconde su dolor en una insípida cabina de baño público de una clínica sin nombre.

¿Cómo retratar la transfobia? ¿Cómo entrar en este universo tan particular y olvidado? Cabe recordar que ‘Una mujer fantástica’ fue un hito histórico para el cine chileno, sin recurrir a los temas más comunes: la pobreza, la dictadura o la transición a la democracia. En este sentido es una bocanada de aire fresco, pero que no permite bajar la guardia. Porque la importancia de esta mujer fantástica no sólo recae en lo impecable de los planos con los que trabaja Lelio, la pulcra elección del elenco y una Daniela Vega magistral, sino en dirigirnos hacia los problemas de los más marginados. Y si a esto, le sumamos canciones tan magistrales como ‘Natural Woman’ de Aretha Franklin, tenemos un trabajo que no debería dejar a nadie indiferente.

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‘Captain Fantastic’, de Matt Ross: ‘Una utopía del amor’ vs ‘Un precioso error’

Por Francisca Bravo y Dolores Sarto

A favor: Una utopía del amor

“Interesante es una no-palabra. Está prohibido”. Este es uno de los reproches que hace Ben Cash (Viggo Mortensen) a su hija Kielyr (Samantha Isler). Está montada en un autobús junto a sus cinco hermanos con un solo objetivo: salvar a la madre de ser enterrada en un funeral de una religión en la que no cree. La misión es el camino que sigue esta familia tan singular, única si nos atrevemos, que se nos ofrece en un halo diáfano, una espiral de colores, naturaleza y sonidos de guitarras alrededor del fuego, acompañados de lecturas y personajes tan variados como Pol Pot o Noam Chosmsky. “Stick it to the man” es el lema de los más pequeños, desobediencia en su educación, en sus sentimientos y en sus vínculos familiares.

Porque aunque viven completamente alejados del sistema capitalista estadounidense, los Cash también se enfrentan a algo que es inevitable: que su íntima utopía se tope de lleno contra la realidad que los rodea. Vemos a Bo, interpretado por un transparente George MacKay, recibiendo cartas de aceptación de las universidades más prestigiosas del país, enamorándose de la primera chica que le regala un beso, gritando a su padre porque  le “convertido en un friqui”. Pero todas estas contradicciones espirituales que ocurren inevitablemente  siempre se ven superadas por el amor de una familia que quiere salvar a una madre de verse sepultada por aquello contra lo que luchó.

Las convicciones son un elemento crucial en la película, que ofrece una crítica a la sociedad estadounidense más allá del tono sarcástico de Mortensen y que se convierte en la base de lo que quiere transmitir ‘Captain Fantastic’: que queremos construir un mundo mejor que aquel en el que vivimos, porque ahí fuera solo vemos personas ignorantes, enganchadas a los videojuegos y que no hacen suficiente deporte y están gordos. Mientras tanto, los seis niños hablan múltiples idiomas, son prácticamente atletas de élite y tienen conocimientos claramente superiores en política, ciencias y artes. Pero, ¿es suficiente? ¿es esto lo que necesita nuestra sociedad?

El relato deja rápidamente clara la respuesta: no. Son fuertes pero también débiles, porque solamente conocen lo que han creado en su propio mundo, que parece de fantasía a pesar de las inclemencias que sufren. Pero el poder del experimento familiar y sociológico que han creado deja su mella en todos, incluso en aquellos que deciden optar por la rebeldía y querer vivir en el mundo de los normales. Es el amor el que salva a Ben de la soledad, de la culpa, de la rabia, de la tristeza. Un amor que nace precisamente de la certeza de que no son como los demás, de que su vida tiene un propósito muy claro: la supervivencia, pero nunca solos, siempre juntos.

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