Visionado: ‘Money Monster’, de Jodie Foster. ‘Una denuncia a medio gas’

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dos estrellas

Hay películas en las que los personajes parecen seres desvalidos, sin alma y con poca garra. Creaciones que parecen haber sido abandonadas a su suerte en las historias, pues su retrato parece importar poco ante otras cuestiones de mayor altura. Como, por ejemplo, la intención de construir un film con vocación de trascendencia, con la misión irrenunciable y necesaria de denunciarlos males que asolan nuestro mundo ‘civilizado’.

En este sentido, hay mucho de compromiso responsable en Money Monster y un legítimo deseo de su autora, Jodie Foster, de ofrecer una película entretenida al mismo tiempo, pero en el camino se le han quedado unos protagonistas planos, con comportamientos poco coherentes y, muchas veces previsibles, según los dictados de la industria del entretenimiento ‘made in Hollywood’. Por ello, la denuncia y la diversión parecen quedarse a medio camino, sin resuello, aunque la película sea una digna producción que cuenta con algunos momentos de intensa tensión y la buena voluntad de poner en la picota la maraña de intereses y ambiciones que rodean al mundo de las finanzas.

Es en esa tela de araña donde se deja enredar cualquier incauto, analfabeto bursátil, que se juega sus ahorros en la ‘ruleta rusa’ de los mercados financieros. Porque cualquiera, según el film de Foster, puede acabar arruinado como el protagonista: el joven KyleBudwell (espléndido Jack O’Connell). Un muchacho al que se le va la cabeza cuando pierde todo el dinero que tenía ahorrado para su familia por seguir un consejo fallido ofrecido por el programa de televisión MoneyMonster. Invierte en un valor aupado por las expectativas de medios especializados como este: un popular híbrido que mezcla espectáculo, esperpento e información presuntamente útil para los inversores aficionados. Budwell intentará ajustar cuentas y desahogar su frustración secuestrando al equipo del programa presentado por Lee Gates (George Clooney) y dirigido por Patty Fenn (Julia Roberts).

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‘American Beauty’, de Sam Mendes: ‘En el fango de la clase media’ vs ‘Con ella llegó el escándalo’

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EN EL FANGO DE LA CLASE MEDIA

Cuando Lester Burnham se levanta todos los días para afrontar su anodina existencia, lo primero que hace es masturbarse mientras se ducha. Es lo mejor del día. “A partir de ahí, todo empeora”. Nunca la carta de presentación de un personaje fue tan reveladora, divertida y amarga. Porque así es la vida del personaje que Kevin Spacey inmortalizó para American Beauty y que produjo un raro acontecimiento en Hollywood, al menos desde los tiempos dorados: que una comedia negra se hiciera con los mejores premios de la Academia. Su director, Sam Mendes, uno de los directores teatrales más prestigiosos del mundo, realizó su mejor película en torno a este maduro americano de doble filo: por un lado, impertinente, pervertido, hastiado y de vuelta de todo; y por otro lado, entrañable, maravillosamente sarcástico y valiente.

La familia de clase media de la que forma parte Lester es todo lo que se puede pedir al aclamado sueño americano. Tiene un trabajo, una esposa, una hija y una gran casa en una urbanización. Pero algo falla. No, todo falla. Su mujer (Annette Bening) roza el esperpento de la americana perfecta, su hija adolescente (Thora Birch) básicamente le odia y su trabajo es tan aburrido que solo consigue arrastrarse hasta allí de forma reptiliana. En ese desierto emocional, la visión estimulante de una amiga de su hija (Mena Suvari) mientras baila, despierta en él el deseo de vivir, de pelear por algo que merezca la pena. Una excusa pueril pero muy útil, que hace renacer a un nuevo hombre.

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La narración en off de la película, ese arma del que muchos cineastas se sirven para encubrir guiones agonizantes, se convirtió en el caso de American Beauty en un elemento vital de la película. Sobre todo porque su protagonista nos narra los hechos estando muerto, en un maravilloso guiño al Sunset Boulevard de Billy Wilder. También aquí hay un crepúsculo, no de dioses cinematográficos, sino de vidas aparentemente normales condenadas al naufragio sentimental. En este tablero despuntan también los personajes de la familia vecina a los protagonistas, reflejados como en un espejo invertido: un antiguo militar de métodos nazis (Chris Cooper), su sometida y apagada esposa (Allison Janney), y su hijo (Wes Bentley), un introvertido adolescente amante de la hierba y de la belleza escondida en las pequeñas cosas.

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Visionado: ‘La invitación’, de Karyn Kusama. ‘Irreversible y destructivo dolor’

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cuatro estrellas

Las fórmulas mágicas no existen. Las casi mágicas, sí. A lo mejor no son perfectas ni en la mayoría de los casos podemos determinar cuál es el ingrediente estrella. Pero sí que las hay en el séptimo arte. Ocurre casi siempre cuando un buen cineasta sabe hacer malabares con los géneros sin que apenas lo notemos, con una aparente sencillez y con ese revestimiento ‘indie’ que gusta tanto como espanta. La cineasta Karyn Kusama se consagró así en la última edición del Festival de Sitges. La invitación parece una película humilde, presume de bajo presupuesto, pero pone sobre la mesa de invitados un compendio de complejos platos y cubiertos cuidadosamente colocados. Listos para el caos.

La directora neoyorquina, coautora de algunos thrillers cuestionables como Jennifer’s Body pero alabada por Sundance, nos introduce, con un prólogo más que premonitorio, en la inquietante cena que comparte un grupo de amigos en Los Ángeles tras mucho tiempo sin verse. En la misma se reencuentran Will y Eden (la anfitriona), que estuvieron casados y que parecen haber rehecho sus vidas tras haber compartido una dolorosa tragedia en la misma casa donde ahora se celebra la fiesta. Nada más traspasar las puertas nada funciona como debería. Comenzamos a respirar una tensión insana, que emana tanto los autores de la invitación amistosa como de las relaciones de Will con su exmujer, con su nueva pareja y con sus amigos.

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Visionado: ‘The Program’, de Stephen Frears. ‘Un dios con trampa’

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tres estrellas

El ciclista Lance Armstrong levanta la mirada para encontrarse con la nuestra. Mantiene una sonrisa mezquina desde el otro lado de la pantalla. Levanta la mano del manillar y nos cierra la boca con un gesto de cremallera. Le sentimos, desafiante, muy cerca. Demasiado.  Pone los pelos de punta. El ademán va dirigido, en realidad, a un colega. Un pobre ciclista al que acaba de amenazar en la película The Program para que no se vaya de la lengua y desvele su ‘gran mentira’.

The Program está recorrida por instantes turbadores como este. Momentos en los que sentimos la maestría del realizador Stephen Frears quien, en esta ocasión, se ha aventurado a contarnos las luces y las sombras de la trayectoria de un deportista emblemático. Alguien capaz de ganar siete Tours,  de convertirse en un referente de lucha incansable contra la enfermedad,  contra el cansancio… contra los límites del ser humano. Y capaz también de asesinar su leyenda en un programa televisivo, donde confiesa ser otro hombre que ha vendido su alma al diablo. Stephen Frears sabe que, en esta ocasión, tiene una auténtica bomba de relojería en sus manos: una buena historia. Tiene a un  tramposo, de celebridad planetaria, al que deja detonar junto a la narración, con el aplomo de un artificiero que lo controla todo desde una distancia demoledora.

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Homenaje: Cary Grant, el sueño de un vividor

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“Cary Grant era bueno, muy bueno. No se le escapaba una. Nunca tuvo el premio (de la Academia). Le dieron un Oscar ‘especial’. Pero eso era una idiotez, porque los actores que suelen hacer protagonistas, para obtener un premio, tienen que cojear o hacer de retrasado. Nunca ven al tipo que se esfuerza al máximo y consigue que parezca fácil. No les basta con que abra un cajón con elegancia, que coja una corbata y se ponga una chaqueta. ¡Hay que sacar una pistola! Hay que sufrir. Entonces te ven”. (‘Conversaciones con Billy Wilder’, Cameron Crowe).

A Billy Wilder, de hecho, Cary Grant siempre se le escabullía. Intentó trabajar con él hasta en cuatro ocasiones diferentes. Desde los tiempos remotos en los que escribió ‘Ninotchka’ para su gran y admirado maestro, Ernst Lubitsch.  Pero también pensó en él para ocupar el papel de Humphrey Bogart en ‘Sabrina’ y el de Gary Cooper en ‘Ariane’. Aquellas fueron interpretaciones inolvidables, pero no hace falta decir que todos aquellos personajes se hubieran sumergido, sin problemas, en la piel del elegante británico dando pie, eso sí, a otras producciones con otros matices porque, en sus manos, aquellas “hubieran sido otras historias”.

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Nuevos espejos donde Grant podría haber dejado reflejado su increíble magnetismo, su fascinante forma de dominar la gran pantalla sin necesidad de hacerse notar con recursos interpretativos evidentes. Entrando en los personajes con una naturalidad asombrosa y con el oficio discreto de quien no tiene ningún problema a la hora de trabajar con cualquier mimbre; de reconocerse en cualquier tipo humano. Era guapo, tenía clase, se le daban de miedo los canallas encantadores, los incautos surrealistas, los falsos culpables con un punto de chulería bien llevada y los tipos que pretendían ser normales, pero acababan atrapados en circunstancias extraordinarias.

Tenía un raro don. Cada vez que aparecía en pantalla, parecía detener el tiempo. Como si él mismo se convirtiera en una dimensión fantástica donde todo era posible: cualquier torpe podía convertirse en un seductor irresistible; donde un amante podía llevar a la perdición a su amada, en aras de un retorcido ‘sentido del deber’; donde un marido perfecto podía esconder a un asesino, o tal vez no, o quizás sí, subiendo unas escaleras y aferrado a un vaso de inquietante leche luminosa. Y siempre sin perder, en ningún momento, la fascinación del espectador.

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