‘El vicio del poder’, de Adam McKay: Maquiavelo entre bastidores

Por Dolores Sarto

“Cambió el curso de la historia para millones de personas y lo hizo como un fantasma…”

Dick Cheney llegó a ser una especie de rey absolutista en la corte del presidente de George W. Bush. Un tipo todopoderoso que contó con el cinismo y la astucia suficientes como para colarse en la cumbre del poder sin que se notara del todo. El cineasta Adam McKay le vio hechuras de protagonista y decidió enfrentarse a su retrato recuperando el lenguaje vivo y mordaz que tan buenos resultados le dio en ‘La gran apuesta’. Un film donde, por cierto, se metió con fortuna en el barrizal de la burbuja económica y las hipotecas subprime. En esta ocasión, decide bajar a las cloacas del poder impulsado por el mismo tono sarcástico, a bordo de un ritmo trepidante y un montaje en permanente estado de rebeldía. Y logra una película divertida, aterradora e inteligente, pero de la que se podría esperar más, dada la trascendencia del personaje.

Sencillamente, el interés del espectador acaba oscilando como un péndulo. Así, nos encontramos con una primera parte de la película donde la narración parece dar tumbos. Se retrata a un personaje en meteórico ascenso profesional y político sin que se llegue a comprender del todo qué le está sucediendo. Sabemos, eso sí, que el vicepresidente más célebre de la historia de los EEUU fue un hombre hecho a sí mismo, falto de ambición en origen, sin ningún tipo de escrúpulos y cuya épica comienza con una humillación que parece no tener tampoco demasiada importancia en su biografía: su expulsión de la de la Universidad de Yale. En segundo lugar, se nos deja claro que cuenta con esa ‘gran mujer’ que, como reza el ‘refranero patriarcal’, permanece detrás de todo hombre de ‘dimensiones XXL’. Porque el guion lanza ciertas señales condescendientes al descubrirnos a la esposa del futuro gran político, Lynne (Amy Adams). Una mujer extraordinariamente inteligente, pero según la película, una ambiciosa manipuladora también entre bastidores.

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‘Ha nacido una estrella’, de Bradley Cooper: el dolor de cumplir un sueño

Por Francisca Bravo

Grandes zapatos son los que tuvo que llenar Lady Gaga en la nueva versión de ‘Ha nacido una estrella’. Nombres icónicos de la historia del cine, como Barbra Streissand, Judy Garland y Janet Gaynor, ya habían protagonizado una película con la que ahora Bradley Cooper se estrena como director. La historia también parece que se ha contado en innumerables ocasiones en el cine, en la televisión, en los castillos en el aire: es el relato del sueño americano, de alcanzarlo todo partiendo desde cero, un lema que ha movido a generaciones y generaciones, dentro y fuera del cine. ‘A lucky twist’ y la camarera pasa a ser una gran estrella de la música pop.

Ally (Lady Gaga) es camarera. Pero su sueño es ser cantante. Sin embargo, es un sueño lejano que se limita a viernes por la noche en el bar de ‘drag queens’ donde la dejan ser “una de las chicas”. Ahí explora su innegable talento, con unas cejas pegadas y el pelo pintado de negro. Así es como la encuentra Jackson Maine (Bradley Cooper), un cantante de música country que arrasa entre las masas pero que tiene serios problemas de alcoholismo y tristeza. Se encuentran entre las luces de la noche, entre la música de bares en California y se enamoran. ‘I’m in love with your music, baby’. La carrera de Ally despega al lado de Jack, que la ayuda a hacerse valer en su talento, oculto hasta entonces.

“Creo que eres una cantautora”, le susurra Jackson a Ally al oído la primera noche que se conocen, maravillado por la fuerza que irradia esta mujer de nariz grande a través de su música. La química entre Lady Gaga y Bradley Cooper estalla ante el espectador. Es una mezcla tan potente que hace que se puedan obviar los fallos que tiene ‘A Star is Born’, que llega, en muchas ocasiones, a ser poco creíble. Como cuando ella se sube al escenario y conoce el arreglo entero que se ha hecho de una canción que apenas había tarareado antes en un aparcamiento.

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‘La favorita’, de Yorgos Lanthimos: duelo en la Corte

Por Dolores Sarto

‘La favorita’ está repleta de pasillos. Pasillos donde se ambiciona, se sufre y se desea. Corredores donde se respira venganza, se manipula o se ama con misterios que solo pueden ser resueltos por mujeres que se dejan caer en la trampa a conciencia. En la última película del cineasta griego Yorgos Lanthimos las gentes se apresuran de un lado a otro del palacio de la reina Ana Estuardo para huir de la miseria, hacer equilibrios en lo alto del poder o para encaramarse al mismo y hacer el amago de conquistarlo.

Siempre hay un recorrido vertiginoso en esta película donde todo resulta raro, pero nada incomprensible, y donde un capítulo de la historia de Inglaterra se cuenta desde un lugar singular: una imaginación barroca, desbordante y sin sentido de la medida. Desde la libertad desconcertante de un cineasta que ha sabido perfeccionar su estilo hasta lograr establecer una comunicación eficaz con un amplio espectro de espectadores, más allá de los que, desde hace algún tiempo, le han profesado devoción (son muchas las voces que opinan que esta es la película de Lanthimos más legible).

Los largos corredores de ‘La favorita’ nos dejan pasar a la corte de Ana Estuardo (S. XVIII), donde una monarca (Olivia Colman), cada vez más enferma, permite que su amiga y confidente, Lady Sarah Churchill (Rachel Weisz), gobierne el país. Una muchacha (Abigail Hill, Emma Stone), una noble venida a menos, inteligente y con un instinto de supervivencia voraz, irá escalando posiciones hasta ganarse el favor, primero de su benefactora (Churchill), y después, de su Majestad.

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‘Tiempo después’, de José Luis Cuerda: autotributo amanecista y social

Por Alicia Avilés Pozo

Hace poco se cumplieron tres décadas del estreno de ‘Amanece, que no es poco’, esa rara avis del cine español que ha provocado, a lo largo de los años, uno de los fenómenos de fans más singulares de nuestra cinematografía: los autodenominados ‘amanecistas’. Pocos filmes patrios han conseguido aglutinar la pasión primaria de tantos hombres y mujeres de toda idiosincrasia. Y mucho menos, en torno a una historia coronada como la más surrealista y absurda del séptimo arte ‘made in Spain’. Su director, José Luis Cuerda, intentó pocos años después repetir esa genial enciclopedia tridimensional del humor absurdo en ‘Así en el cielo como en la tierra’, pero no terminó de cuajar. Era lógico. En ‘Amanece’ lo había dicho casi todo: aborda prácticamente todos los temas universales que podamos imaginar, por imposible que parezca.

El caso es que también algunos años después comenzó a fraguarse en la cabeza del cineasta la idea de una distopía. También esencialmente rural, pero no solamente rural. Sí tenía claro que en ese mundo del futuro habría una clase social dominante y otra dominada. Sin medias tintas ni explicaciones vanas. El hecho de que los gobernantes y ricos se alojaran en el mítico edificio de las Torres Blancas de Madrid, en medio del desierto del Monument Valley de John Ford; o que los marginados y parados quedaran relegados a un paupérrimo campamento en un bosque, fueron aspectos del guion que surgieron después. Mucho tiempo después. Tanto “tiempo después” que al final no le quedó más remedio al cineasta albaceteño que regalarse un tributo. Beber del amanecismo que él creó y brindárselo a los fans que durante 30 años habían estado repitiendo sin complejos sus diálogos y disparates por España y parte del extranjero.

¿Por qué no? La película de 1989 siempre fue precaria en cuanto a producción, montaje y en algunas interpretaciones. Su culto traspasa su calidad, sin duda. ¿Por qué no demostrar que era capaz de montarse otra fábula con su recurrente fantasía futurista, pero repleta de guiños a ‘Amanece, que no es poco’? El post-apocalipsis, nada más y nada menos, señoras y señores. Y así lo hizo. Consiguió el respaldo financiero y un nuevo reparto de lujo, y allá que se puso. Con el resultado de una historia divertida, trepidante, nostálgica, inteligente y maravillosamente adornada (la producción artística no tiene nada que envidiar a los juegos futuristas de Hollywood) y, sobre todo, fabulosamente interpretada.

 

Ni uno solo de sus actores sobra. Están como recién salidos del horno de la magia del cineasta albaceteño. Destacamos desde luego a Roberto Álamo, a Miguel Rellán (la primera herencia amanecista), a Blanca Suárez, a Arturo Valls, a Carlos Areces, a Manolo Solo, a Gabino Diego (la segunda herencia amanecista), a Berto Romero, a Saturnino García (dichosos los ojos, ‘Justino’), y algunos cameos de Andreu Buenafuente y Eva Hache. Más de uno suelta algún que otro monólogo que bien le habría valido un Premio Goya. Y, por supuesto, no hay forma de entender cómo esta película ha sido tan abiertamente ignorada por la Academia. Al final de la gala, Buenafuente envió un saludo a Cuerda mencionando entre en barullo del escenario que el cineasta era “lo mejor del cine español” y seguramente por ahí iban los tiros.

Es probable que ‘Tiempo después’ no sea una película sembradora de premios. Pero no sería la primera vez que se ofrece algún tipo de reconocimiento a determinadas películas por lo que significaron en las carreras de sus directores. Cuerda ha tenido mucho reconocimiento con auténticas maravillas como ‘La lengua de las mariposas’, entre otras, y no hay que olvidar que gracias a él contamos hoy en día con ese genio llamado Alejandro Amenábar del que han bebido a su vez otros muchos. Su historia futurista es su forma de seguir soñando, de revisionar su propio mundo para darle un mensaje social del que ‘Amanece’ carecía y del que tan necesitados estamos. Es un acto de valentía.

Si un parado se desnaturaliza por vender zumo de limón, si los cantos del gallo ayudan a entrar en edificios inaccesibles, si la juventud no se compromete con las causas imposibles porque “ha quedao”, si los muertos visitan a sus asesinos para reconfortarles en sus noches de arrepentimiento y si la revolución definitiva al final será cutre y del todo bochornosa, qué más da. El mundo real, en la mayoría de las ocasiones, no ofrece cosas mejores. Mejor intentar desentrañar los discursos filosófico-humanistas de los marginados y apelar a la espiral del caos más absurdo. Disfrutar con ello. Darle la vuelta a la realidad cotidiana. Acompañar a Cuerda en su visión desmadrada del fin del mundo. Si total, hasta donde sabemos, siempre seguirá amaneciendo por donde debe.

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