Publicaciones de la categoría: Revolucionarios

Visionado: ‘Madre!’, de Darren Aronofsky. ‘De pasaje bíblico a crítica socioambiental’

Por Ingrid Guzmán

‘Madre! (Mother!)’, como casi todo lo de Darren Aronofsky, lleva al espectador a removerse incomodo en la butaca. De entrada, hay que decir que es un filme que amas u odias. Aquí el espacio para el relativismo es poco. La película inquieta, estremece, repugna, conmueve, invita a la controversia, al escándalo, al sentimentalismo e incluso, puede llevar al tedio. La atmósfera en la que nos sumerge el neoyorquino es tan confusa que obliga a buscar entre alegorías el mensaje de una suerte de anarquía apocalíptica que se aproxima más al terror que al drama psicológico (o socioambiental si se adopta la postura del director). Las interpretaciones pueden ser tan variadas como los espectadores.

Aronofsky escribe en cinco días el primer borrador del guion y deja en él, según sus propias declaraciones, la ira que siente cuando piensa en lo que está pasando con el planeta y en la indiferencia de los seres humanos para con esta situación. De hecho, se inspira en la composición de ‘El Ángel Exterminador’ de Luis Buñuel para mostrar la complejidad de la trama social que plantea. Los seres humanos destruimos la Tierra, Dios es un ególatra que reinventa una y otra vez aquello que está abocado a la destrucción y vivimos en una especie de esquizofrenia colectiva.

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Visionado: ‘Coco’, de Lee Unkrich y Adrián Molina. ‘Soñar en la Tierra de los Muertos’


Por Dolores Sarto

‘Coco’ es una de aquellas ancianas que parecen estar en alguna otra parte. Sentada en una silla de ruedas, con la cabeza derrotada, ajena a todo cuanto pasa a su alrededor. Ningún gesto, apenas algún movimiento, poca emoción se asoma por su rostro curtido salvo cuando un recuerdo remoto se le acerca y le da unos golpecitos en el alma. ‘Coco’ es también una criatura prodigiosamente retratada por la tecnología Pixar y es la bisabuela de Miguel (voz de Anthony González), el niño de 11 años protagonista de la última película de la factoría Disney.

Miguel es un crío astuto y lleno de vida que crece en una familia de zapateros, los Rivera. Son trabajadores, buena gente, pero también unos pobres diablos con algún que otro sentimiento mutilado. Miguel ama la música por encima de todas las cosas y adora a un grande de la canción de su país, el desaparecido Ernesto de la Cruz (voz de Benjamin Bratt). Sin embargo, la música está proscrita en la casa de los Rivera, la rehuyen como si fuera una maldición. El caso es que Miguel acaba adentrándose en la “Tierra de los Muertos” para perseguir su sueño y buscar respuestas sobre la triste historia que dejó marcada para siempre a su familia. Un calavera buscavidas, Héctor (en la voz de Gael García Bernal) le ayudará en su singular aventura.

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Visionado: ‘Blade Runner 2049’, de Denis Villeneuve. ‘Un paso transgresor hacia la inmortalidad’

Por Dolores Sarto

Elige un recuerdo, pasea por él. Bucea dentro de sus  límites e intenta encontrar la verdad que se ha ido difuminando con el paso de los años, a lo mejor confundiéndose con otros momentos. Quizás enredándose con alguna anécdota ajena o un disparate imaginado para llenar lagunas mentales. Puede que nuestra memoria construya nuestra historia y pronuncie nuestra identidad. Así lo creía, al menos, la replicante Rachel (Sean Young), la mujer idealizada, la ‘femme fatale’ de Blade Runner (Ridley Scott), quien descubrió que sus recuerdos no le pertenecían. Se los habían implantado para darle humanidad, y aquello la sumió en una tristeza de la que le resultaba difícil  escapar.

La memoria, una vez más, sus confusas fronteras y los recuerdos que configuran una especie de destino vital vuelven a ser la piedra filosofal sobre la que gira Blade Runner 2049.  “Lo que me enamoró del proyecto, mi aportación, se refiere a la idea de memoria ¿Son nuestros recuerdos los que nos hacen humanos?”, se pregunta el cineasta canadiense Denis Villeneuve. Y desde esa esfera existencial parte su visión del filme para  tomar un rumbo extraordinariamente audaz, libre, sin perder el horizonte del mito que supo arraigar en el imaginario de los espectadores de la primera parte. Blade Runner 2049 vuelve a hablar del Hombre, de aquello que le define y de su desconcierto vital, una desazón  que se propaga como un virus de manera democrática en la piel sintética de un replicante (un espejo) o en cualquier tipo de carne y hueso.

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Las 20 mejores películas de ciencia ficción de la historia del cine

 

Por Dolores Sarto, Ingrid Guzmán, Arancha Serrano y Alicia Avilés

El pasado que regresa, el futuro que nunca llega o lo hace de forma inesperada, el miedo al vacío, a otros planetas, a otras especies. Universos ficticios tan reales como si siempre hubieran existido. La interpretación de los sueños. Las capas de la realidad. La incertidumbre. El espacio exterior convertido en miles de batallas entre buenos y malos, junto con realidades paralelas, cuartas dimensiones y vida después de la muerte. Todo eso y mucho más es la ciencia ficción, un género cuyas definiciones, en todas las disciplinas, se quedan cortas a cada minuto. Y en el cine, un espacio imprescindible para comprender su magia y su historia.

Quizás este vaya a ser el mayor riesgo que hemos corrido quienes desde hace años componemos el planeta Cinetario. Elegir una veintena de películas de entre uno de los géneros más populares del cine es una tarea a la que hemos dedicado mucho tiempo y debates. No hemos olvidado que en la mayoría de los casos es una categoría híbrida, que abre sus puertas a otras como el terror, el suspense o el thriller; y que bebe de multitud de literatura fantástica que forma parte del imaginario de varias generaciones. Somos conscientes de que muchas de las películas que han quedado fuera serán reivindicadas por nuestros lectores y así lo respetaremos.

Esta selección no deja de ser la opinión de nuestro equipo y un deseo de poner sobre la mesa la selección de aquellas películas del género conforme a varios criterios: su peso en la historia del cine, su originalidad, su innovación, pero también lo que proyectaron y desataron en nuestra vida. Es decir, también hay una vertiente totalmente personal y emocional. Por eso, os invitamos a disfrutarlo, a realizar este recorrido con nosotras y a aportar todo aquello que consideréis para que nuestro ranking también sea el vuestro y al final el objetivo sea el mismo: un homenaje sincero al cine que más ha abierto la puerta de los sueños.

Número 20: El increíble hombre menguante, de Jack Arnold (1957). Una extraña niebla envuelve el pequeño yate de Robert Scott Carey (Grant Williams), un joven publicista que está disfrutando de sus vacaciones junto a su mujer. A partir de entonces y de forma inexplicable, el cuerpo de Scott irá haciéndose más y más pequeño, al mismo tiempo que su vida irá convirtiéndose en una broma pesada con pinta de pesadilla.  Lo que parecía una simple película de género de los años 50, de serie B  (con planteamiento que invitaba al cachondeo) acabó convirtiéndose en una cinta de culto. Un film con un guion prodigioso que busca un significado a la existencia de una forma poética y recreándose en una fascinante lucha por la supervivencia. Scott Carey, un pobre diablo como cualquier otro, pero de dimensiones discretas, vivirá para el espectador mil y una aventuras: buscará un alma gemela en una enana de circo, dormirá en una casa de muñecas, se enfrentará a una araña peluda y sobrevivirá a un tsunami provocado por la avería de un calentador de agua. Todo un viaje, en miniatura, rematadamente entretenido que desemboca en una  bellísima secuencia final en la que el sufrimiento del protagonista se detiene. Y al fin, todo cobra sentido: “lo infinitesimal y el infinito se abrazan”; el todo y la nada se confunden y hasta se barrunta una oportuna comunión con el átomo, en tiempos de amenaza nuclear.

Número 19: Origen, de Christopher Nolan (2010). “Cuando ves el tótem, sabes que no estás en el sueño de otro”. O quizás sí. Incluso Christopher Nolan, el director de esta fascinante película, nos deja tirados en un fundido en negro mientras miramos absortos cómo gira el talismán de Domm Cobb (Leonardo DiCaprio), una peonza. Atrapados en la incógnita. Esperando la ansiada caída o la eternidad del movimiento. El cineasta nos hipnotiza de este modo para insinuar que todo es subjetivo y todo vale, que la realidad y los sueños están probablemente hechos de la misma absurda materia. Cobb es un ladrón de guante blanco y un buscavidas. Se dedica a colarse en el subconsciente de las personas cuando sueñan para robarles secretos empresariales que codicia la competencia. Pero el protagonista tiene un pasado y busca la redención: volver a casa para poder ver el rostro esquivo de sus hijos. Por ello, acepta un último trabajo: tendrá que inmiscuirse en la mente de un rico heredero para depositar en ella una descabellada idea: “debe acabar con el imperio empresarial de su padre”. La película palpita en un montaje frenético. Habita en una estructura compleja que se deja enmarañar en sueños que se sueñan dentro de otros sueños. Respira una atmósfera angustiosa,  invocada por la música de Hans Zimmer y en ella hay amor. Un amor único, trágico, definitivo, atormentado. Tan egoísta y apasionado que se alimenta de los  remordimientos.

Número 18: Fahrenheit 451, de François Truffaut (1966). En un futuro ‘retro’, con ambiente pop, los hombres y las mujeres viven aislados en torno a grandes muros-pantalla de televisión. Onanistas sin remedio y torpes emocionales, anhelan sentirse únicos, singulares en un mundo autoritario que les suministra pastillas cuando el dolor de sentirse vivo aprieta demasiado. En esa sociedad distópica, está prohibido leer libros. Según las autoridades, te impiden ser feliz, liberan demasiado y te empujan a cuestionar la realidad. Por ello, el sistema lanza a las calles de las ciudades patrullas de bomberos pirómanos que se encargan de quemar grandes obras de la literatura que se encuentran escondidas en las casas de algunos disidentes. Truffaut, emblema de la Nouvelle Vague, quedó fascinado con la impresionante novela homónima de Ray Bradbury, y decidió llevarla al cine de la mano de Oskar Werner y Julie Christie. Tenía entre manos un canto a la libertad y a la memoria, hacia la cultura que se perpetúa por escrito frente a la presencia invasiva de las imágenes de las televisiones, perfectas sustitutas de la familia. La película está llena de escenas y claves narrativas poderosas como la hipnótica destrucción de los libros a manos del fuego, las torpes relaciones humanas que se establecen entre los personajes y el distanciamiento deliberado del cineasta ante un tema que despierta encendidas emociones. La película cuenta, además, con un final fantástico donde algunos hombres y mujeres, libres al fin, se aferran a la vida sumergiéndose entre las páginas de grandes obras de la literatura.

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