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‘Bohemian Rhapsody’, de Bryan Singer: apoteosis musical, biopic naíf

Por Dolores Sarto

Era 13 de julio de 1985. Unas 74.000 almas llenaban el estadio Wembley de Londres, aunque el concierto Live Aid fue seguido en 72 países y obtuvo una audiencia de 1.500 millones de espectadores. Fue “el escenario perfecto para Freddie: el mundo entero” (Bob Geldof, en el libro ‘Freddie Mercury: the definitive biography’).

Un Freddie Mercury, consciente de su enfermedad (al menos, en la película), emerge en el escenario con una vitalidad arrolladora. Ante un público que se pierde en el horizonte y es un océano de energía, catarsis, hambre de estrellas y rock and roll. El planeta queda a los pies del talento descomunal de su graciosa majestad. La interpretación de Queen en Wembley es la apoteosis, el momento cumbre que dará pie, en la película ‘Bohemian Rhapsody’, a que Mercury conecte con su pasado a través de un ‘flash back’ sostenido. Habitado por recuerdos que recorren la trayectoria del músico, su banda y su mito.

Vaya por delante que a ‘Bohemian Rhapsody’, de Bryan Singer, le debemos bastante: la voluntad de recorrer la génesis, vida, obra y milagros de una de las bandas más grandes de la historia. Las ganas de recordar a la leyenda que devoraba los escenarios y al hombre a la deriva que apuraba la vida, enfermo de soledad, hasta la extenuación. Desde un punto de vista epidérmico, sí: “¡Dios Salve a Bohemian Rhapsody!”.

Sin embargo, la película debería ser algo más. Debería funcionar como ficción y en esas latitudes resulta algo decepcionante. En la cara oculta de la película se encuentran todas esas cuestiones que el espectador sospecha que van mal, bajo el brillo de la producción y la genialidad de la banda. Ahí está el personaje llamado Freddie Mercury, quien parece quedarse en su definición, en las coordenadas de una leyenda que todos creemos conocer. La interpretación de Rami Malek impresiona por momentos. Deslumbra cuando Mercury se sube al escenario, en los tiempos que pierde el norte y su soledad provoca desgarro. Pero más allá de los instantes de especial intensidad el actor y el mismo personaje quedan un tanto desdibujados.

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Visionado: ‘Steve Jobs’, de Danny Boyle. ‘Inventor del futuro’

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tres estrellas

La película parte de una idea inteligente. Evita la tentación de sumergirse en un biopic convencional para bajar al mítico Steve Jobs, fundador de Apple, de su pedestal y colocarlo ‘sobre las tablas’. Es una suerte de obra de teatro vertiginosa,  desarrollada en tres actos de 40 minutos cada uno, que recorren  los momentos previos a las presentaciones de tres de los productos más emblemáticos de su trayectoria empresarial. Y en esos instantes clave, los espectadores exploran las complejidades del protagonista. Un hombre y un monstruo, un déspota y un talento brillante, un tipo a la deriva por su propia egolatría y un ser humano atormentado por miedo al rechazo. Un genio para muchos, al menos, para una generación que le recuerda como a una especie de dios mundano. Como alguien capaz de “sentarse en un garaje e inventar el futuro”.

La película cuenta con un guion bien escrito, de Aaron Sorkin (quien hace años también se atrevió a llevar a la gran pantalla las aventuras  y desventuras biográficas de Mark Zuckerberg en La red social; en aquella ocasión, de la mano de David Fincher y con mayor fortuna). Muy elaborado, está hilvanado con diálogos palpitantes, bien tensados, que enfrentan al protagonista a algunas de aquellas personas que le rodearon y que, de una manera u otra, fueron esenciales en su biografía. O al menos, en la mitología que se construyó en torno a su figura. La ambición, la incomprensión, la traición, la arrogancia, el ingenio, el temor a abandonarse a ciertos sentimientos para no perder el control; o más inmediato, el miedo al abandono. Steve Jobs, según Sorkin, se convierte en un universo repleto de lecturas dramáticas.

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Visionado: ‘Big Eyes’, de Tim Burton. ‘Presbicia desde lejos’

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tres estrellas

Big Eyes tiene una historia real muy potente como telón de fondo. La historia de un vampiro contemporáneo con pretensiones artísticas, que anula la vida de su mujer al suplantar su talento. El vampiro es Walter Keane, un aspirante a pintor que alcanzó en los años 50 y 60 la cima de su carrera al consagrarse ante el gran público como un autor original, que inició una extraña y enigmática colección de retratos de niños con la mirada desmesurada. Fue un ídolo pop con los pies de barro. Un embustero con mucho encanto y un don para el marketing.

Hay quien dice que Big Eyes es la película con la mirada más humana de Tim Burton desde los tiempos de Ed Wood. Nada más lejos de la verdad. A través del esperpento tragicómico, serie B, de las peripecias del ‘peor director de la historia de cine’, Burton cazaba, de forma magistral, la esencia de su personaje. Y de ahí, se lanzaba al retrato de las luces y las sombras del ser humano. Y todo ello con los mimbres de un tipo completamente estrafalario. Margaret y Walter Keane, más predecibles, se quedan en los alrededores. En la caricatura que no acierta a  definirse en una humanidad reconocible, en la que podamos entrever o sospechar al prójimo e incluso a nosotros mismos.

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Visionado: ‘Escobar: paraíso perdido’, de Andrea Di Stefano. ‘Ni rastro de su sombra’

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dos estrellas

Estamos ante una película que desconcierta de cabo a rabo. Escobar: paraíso perdido no es un biopic al uso del popular capo de narcotraficantes. Ni tampoco una película que recoge, con visos de verosimilitud, algún capítulo de las andanzas de este personaje llamado Pablo Escobar. Más bien pone en primer plano una historia de amor protagonizada entre la sobrina del líder del Cartel de Medellín, María, y Nick, un canadiense surfista, de costumbres hippies, que encuentra en la costa colombiana el paraíso (¿el del título?) en la tierra. Aunque tampoco es una película romántica al uso.

Se trata de un film errante, que va dando tumbos sin encontrar la coherencia dramática. Comienza contando la historia de un flechazo, se recrea después en el amor idílico que origina para, entre otras cosas, presentarnos a Escobar y sus circunstancias. Más tarde, acaba dando un golpe de guión brusco, que le permite convertirse en un thriller con principios.  Y en una historia de terror donde un Dr. Jekyll, un tío con un formidable instinto paternal que, bueno, trapichea con drogas, pero reparte alguna que otra riqueza entre los pobres, se convierte en Mr. Hyde. Un psicópata desalmado con una insaciable sed de violencia. Así, sin venir a cuento. Sin contarte la paradoja. Sin una progresión argumental que lo haga creíble o dé la más leve pista que nos revele la verdadera naturaleza del personaje. Salvo la prensa que le precede y los conocimientos que cada cual haya podido atesorar, a lo largo de su vida, sobre el narcotraficante.

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