Publicaciones de la categoría: Alegrías de vivir

Visionado: ‘Coco’, de Lee Unkrich y Adrián Molina. ‘Soñar en la Tierra de los Muertos’


Por Dolores Sarto

‘Coco’ es una de aquellas ancianas que parecen estar en alguna otra parte. Sentada en una silla de ruedas, con la cabeza derrotada, ajena a todo cuanto pasa a su alrededor. Ningún gesto, apenas algún movimiento, poca emoción se asoma por su rostro curtido salvo cuando un recuerdo remoto se le acerca y le da unos golpecitos en el alma. ‘Coco’ es también una criatura prodigiosamente retratada por la tecnología Pixar y es la bisabuela de Miguel (voz de Anthony González), el niño de 11 años protagonista de la última película de la factoría Disney.

Miguel es un crío astuto y lleno de vida que crece en una familia de zapateros, los Rivera. Son trabajadores, buena gente, pero también unos pobres diablos con algún que otro sentimiento mutilado. Miguel ama la música por encima de todas las cosas y adora a un grande de la canción de su país, el desaparecido Ernesto de la Cruz (voz de Benjamin Bratt). Sin embargo, la música está proscrita en la casa de los Rivera, la rehuyen como si fuera una maldición. El caso es que Miguel acaba adentrándose en la “Tierra de los Muertos” para perseguir su sueño y buscar respuestas sobre la triste historia que dejó marcada para siempre a su familia. Un calavera buscavidas, Héctor (en la voz de Gael García Bernal) le ayudará en su singular aventura.

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Visionado: ‘Thor: Ragnarok’, de Taika Waititi. ‘Comedia épica a golpe ochentero’

Por Arancha Serrano

El crepúsculo de los dioses a ritmo de Led Zeppelin. ¿Puede haber algo más genial? “Venimos de la tierra del hielo y la nieve, del sol de medianoche, donde fluyen las aguas termales. El martillo de los dioses guiará nuestras naves a una nueva tierra, para luchar contra las hordas, cantar y clamar: Valhalla, allá voy”. Así reza la letra de Inmigrant Song, canción que acompaña al australiano Chris Hemsworth mientras lanza mamporros a diestro y siniestro Mjolnir en mano. Wagner, revuélvete en tu tumba. Tal es el comienzo de esta trepidante/delirante nueva entrega del dios del trueno. Led Zeppelin son conocidos por custodiar los derechos de sus canciones como perros Cerberos; que hayan hecho una excepción con un ‘blockbuster’ palomitero de Disney no solo es excepcional, sino indicativo de que esta película es extraordinaria en más de un sentido.

En mi panteón cinéfilo se ha alzado un nuevo dios. Y no es Thor -que ya preside mi ranking de seres dignos de adoración, pero en otro ámbito-. Mi nuevo ídolo se llama Taika Waititi. ¿Taika quién? Yo me preguntaba lo mismo. ¿De dónde ha salido este tipo para que una ‘Mayor’ dejara en sus ‘indies’ y cuasi nóveles manos una película de 180 millones de dólares de presupuesto?

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Homenaje: Jack Lemmon. ‘El hombre de la calle con maneras de genio’

“Era mi hombre de la calle… Todo lo que hacía tenía un rasgo de genialidad”. Así se pronunció en una ocasión Billy Wilder. Al fin y al cabo, Jack Lemmon era un profesional con un talento de caleidoscopio. Un señor que, sin salirse de las hechuras del tipo corriente, podía entrar y salir de la piel de cualquier ser humano resultando rotundamente divertido o anodino… o quizás trágico, pero siempre convincente de una forma inolvidable. Sencillamente, para el cineasta vienés, “la felicidad era trabajar con Jack Lemmon”.

El actor, en las distancias cortas, era un hombre sencillo. Detrás de las cámaras, se convertía en una criatura cinematográfica dotada para la comedia corrosiva, para el drama urbano con claustrofobia emocional, para encontrarle el punto a los tipos tozudos, simpáticos, a los neuróticos, a los débiles. Y también para despertar un sentimiento de empatía universal cuando se convertía en cualquier infeliz abrumado por las circunstancias.

Y así, Lemmon pasó por nuestras vidas escalando posiciones en una empresa a base de meterse “en la cama tibia, que disfrutaban otros” (Wilder sobre El apartamento; bailando un tango -“rubia de bote  y de horrible pasado”- mientras huía de la mafia en Con faldas y a lo loco;  y se detuvo en la existencia de un empresario derrotado que no lograba sobreponerse de una crisis vital, en Salvad al tigre). Y le vimos y le sentimos como un padre que, sencillamente, no quería llorar la muerte de su hijo sin antes hacer justicia buscando una verdad terrible. Corrían los tiempos de la dictadura de Pinochet, en Desaparecido.

Y todas estas  peripecias suyas y muchas otras se quedaron, para siempre, entre nosotros.

PRIMERA PLANTA: UNA VOCACIÓN TEMPRANA

Aunque primero, John Uhler Lemmon llegó en ascensor a su propia vida (1925) sin dar tiempo a que su madre ocupara una habitación en el Hospital de Newton, en Boston. Parecía tener prisa por encontrar su lugar en el mundo y de hecho tuvo suerte porque desde temprana edad vio claro que su gran pasión era la actuación. En Harvard, estudió Arte Dramático, sirvió en la Marina durante la guerra y llegó incluso a trabajar como pianista en Nueva York. Pronto ejerció como actor en radio, televisión y sobre las tablas, en Broadway. En el cine debutó, de manera oficial, en 1954 y en una comedia dirigida por el mismísimo George Cukor, La rubia fenómeno. Lo hizo de la mano de Judy Holliday y, según cuentan, de algún que otro tropiezo legendario. Porque Cukor no se cansaba, una y otra vez, de pedirle que rebajara el tono de su interpretación. El muchacho venía del mundo del teatro donde estaba acostumbrado a encarnar a sus personajes con apasionado entusiasmo. A fuerza de insistir, el director acabó dando una gran lección a Lemmon, quien se resignó, puso cara de palo y dejó de interpretar por completo en la escena de marras.

Sin embargo, aquella anécdota no fue un obstáculo para que su talento pronto se desmadrara con astuta precisión en la gran pantalla. De hecho, un año después consiguió un Oscar al Mejor Actor de Reparto en Escala en Hawai (Mister Roberts; de John Ford y Mervyn LeRoy). Ya en la cima del éxito, Lemmon llegó a frecuentar un western (Cowboy, 1958) y disfrutó de la compañía profesional de James Stewart y Kim Novak, en la simpática comedia Me enamoré de una bruja (Richard Quine, 1958). Hasta que, al fin, apareció el cineasta que supo centrarle, ‘frotarle el talento’ y despertar al genio que  llevaba dentro.

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Visionado: ‘La La Land’, de Damien Chazelle. ‘Para quedarse a vivir’

 

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cuatro estrellas

El cine puede ser un gran acto de rebeldía. Una experiencia liberadora que nos permite soñar sin temor a ser sorprendidos y, en el mejor de los casos, recuperar la alegría de vivir. Este motín emocional es un acontecimiento que sucede, por ejemplo, cada vez que un espectador se abandona y disfruta de los musicales clásicos de Vincente Minnelli, Stanley Donen o Gene Kelly. Sencillamente, dan ganas de quedarse a vivir en ellos para siempre. En el cine de nuestros tiempos, sin embargo, se ha perdido algo de aquella valiente ingenuidad, de aquella magia absurda que se producía en nuestra mente cuando veíamos, por ejemplo, a un tipo con cara de chiste que bailaba ‘subiéndose por las paredes’ o a una pareja que se dejaba querer entre pasos de danza clásica, claqué y un París impresionista. La La Land, un musical de nuestros tiempos que está recorriendo un camino plagado de éxitos y cuenta con 14 nominaciones a los Oscar 2017, es uno de esos lugares asombrosos donde a muchos no les importaría echar raíces.

Su autor, Damien Chazelle, tiene 31 años, es un joven que tuvo una prometedora, pero truncada carrera como batería de jazz y acabó dando con sus huesos en la industria del cine. Un negocio donde ha  sabido reivindicar su potente personalidad artística y convertirse en un autor admirado casi desde el primer momento, cuando sorprendió con su segunda película como director, Whiplash. Chazelle es también un romántico irremediable. Un realizador que quería, en La ciudad de las estrellas, rendir un homenaje a los musicales de siempre y, en especial, a Los paraguas de Cherburgo (Jacques Demy, 1964). Lo ha logrado resultando, al mismo tiempo, original y audaz.

Para dotar alma a su propio musical, escogió Los Ángeles como telón de fondo. Una ciudad que se deja atrapar fácilmente por los atascos y los clichés sobre el éxito y el fracaso, pero desde la cual Chazelle nos habla de las ilusiones y de sus desdichas, de los sueños prestados por los que se lucha ciegamente y de los propios, que se soportan como un calvario  que anula cualquier rastro de humanidad. Y por supuesto, habla del amor, pero de una forma que engancha: como ese inconveniente que habría que evitar a toda costa, pero al que no hay manera de darle esquinazo.

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