Publicaciones de la categoría: Críticas contra críticas

‘American Beauty’, de Sam Mendes: ‘En el fango de la clase media’ vs ‘Con ella llegó el escándalo’

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EN EL FANGO DE LA CLASE MEDIA

Cuando Lester Burnham se levanta todos los días para afrontar su anodina existencia, lo primero que hace es masturbarse mientras se ducha. Es lo mejor del día. “A partir de ahí, todo empeora”. Nunca la carta de presentación de un personaje fue tan reveladora, divertida y amarga. Porque así es la vida del personaje que Kevin Spacey inmortalizó para American Beauty y que produjo un raro acontecimiento en Hollywood, al menos desde los tiempos dorados: que una comedia negra se hiciera con los mejores premios de la Academia. Su director, Sam Mendes, uno de los directores teatrales más prestigiosos del mundo, realizó su mejor película en torno a este maduro americano de doble filo: por un lado, impertinente, pervertido, hastiado y de vuelta de todo; y por otro lado, entrañable, maravillosamente sarcástico y valiente.

La familia de clase media de la que forma parte Lester es todo lo que se puede pedir al aclamado sueño americano. Tiene un trabajo, una esposa, una hija y una gran casa en una urbanización. Pero algo falla. No, todo falla. Su mujer (Annette Bening) roza el esperpento de la americana perfecta, su hija adolescente (Thora Birch) básicamente le odia y su trabajo es tan aburrido que solo consigue arrastrarse hasta allí de forma reptiliana. En ese desierto emocional, la visión estimulante de una amiga de su hija (Mena Suvari) mientras baila, despierta en él el deseo de vivir, de pelear por algo que merezca la pena. Una excusa pueril pero muy útil, que hace renacer a un nuevo hombre.

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La narración en off de la película, ese arma del que muchos cineastas se sirven para encubrir guiones agonizantes, se convirtió en el caso de American Beauty en un elemento vital de la película. Sobre todo porque su protagonista nos narra los hechos estando muerto, en un maravilloso guiño al Sunset Boulevard de Billy Wilder. También aquí hay un crepúsculo, no de dioses cinematográficos, sino de vidas aparentemente normales condenadas al naufragio sentimental. En este tablero despuntan también los personajes de la familia vecina a los protagonistas, reflejados como en un espejo invertido: un antiguo militar de métodos nazis (Chris Cooper), su sometida y apagada esposa (Allison Janney), y su hijo (Wes Bentley), un introvertido adolescente amante de la hierba y de la belleza escondida en las pequeñas cosas.

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‘El retorno del Jedi’: ‘Catedral cinéfila del entretenimiento’ vs ‘Entre ositos y deshumanización’

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CATEDRAL CINÉFILA DEL ENTRETENIMIENTO

“Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana…” La mente de un visionario llamado George Lucas no pudo “escapar a su destino”. Dicen que el cineasta se vio abocado a inventarse Star Wars a finales de los 70 porque no pudo llevar al cine su adorado cómic, Flash Gordon. Los derechos de autor eran disparatados. Aquel revés en su carrera fue providencial, Lucas aparcó el proyecto y, despechado, tuvo la descabellada idea de montar el sueño perfecto que todos podemos reconocer como territorio propio. Una odisea espacial en la que a cualquiera le encanta perderse, una y otra vez, en un ejercicio de imprescindible escapismo.

La saga de Star Wars es un instante cumbre de la historia del cine entendido como entretenimiento y, en parte, es así porque en ella se ha producido la alquimia perfecta de ingredientes narrativos. Para empezar, parte de una visión apasionada. La que siente su creador hacia el cine y la saga es capaz de poner patas arriba un buen puñado de géneros o iconos cinematográficos populares, sin dejar de rendirles pleitesía. En la trilogía hay mucho de western, hay estética y disciplina nazi, la ciencia ficción más fantástica, la épica de los caballeros y sus nobles valores. Tiene, además, unos personajes ingeniosamente logrados, dibujados a golpe de aventuras, y un romance alegre, sin empalago. Todo ello por no hablar del protagonista más perspicaz: un sentido del humor endiabladamente divertido,  que oscila entre el sarcasmo entrañablemente ingenuo de Han Solo y el brillante tira y afloja de una pareja con mucha química metálica: los droides R2-D2 y C-3PO.

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Y además está la ‘Fuerza’ y está el ‘Lado oscuro’. Esa manera fascinante, naif, de explicar el  bien y el mal y sus broncas en la conciencia del hombre. Lucas quería “hacer una película para niños, que pudiera presentarles algo así como una moral simple”, en sus palabras, pero le salió un conflicto más intenso. Una visión dramática y atormentada del asunto que acabó encarnándose en la pulsión destructiva e inevitable entre un padre (Darth Vader) y un hijo (Luke Skywalker). Por lo demás, una impresionante y desmesurada declaración de amor.

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‘Cowboy de medianoche’, de John Schlesinger: ‘Ganarse los sueños’ vs ‘El problema del semental’

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GANARSE LOS SUEÑOS

De Texas a Nueva York puede haber kilómetros o mundos enteros. Para el joven aprendiz de vaquero Joe Buck (Jon Voight) solo es una huida hacia su futuro. Deja su puesto como lavaplatos y una vida triste, de abandono y turbulencia, dispuesto a ganarse la vida en la Gran Manzana seduciendo a las mujeres, viviendo de ellas. Consciente de su atractivo físico, pagado de sí mismo pero ingenuo, optimista y pasional, este cowboy es hoy en día uno de los símbolos cinematográficos del sueño americano más frustrado, el que ni siquiera se alcanza con el esfuerzo, y mucho menos por un camino supuestamente equivocado, lleno de turbulencias y de continuos golpes contra la pared.

Cowboy de medianoche es a todas luches una de las mejores películas de su cineasta, John Schlesinger. Está basada en la novela homónima de James Leo Herlihy, mediante un guion de Waldo Salt que se hizo con el Premio Oscar de 1969, junto con los de Mejor Película y Mejor Dirección. Llena de amargura y desesperanza, y dotada de una inteligencia basada en imágenes perturbadoras, algunos toques de sarcasmo y enorme sensualidad, su estreno fue casi una profecía de lo que a muchos jóvenes alegres de los años 60 les esperaba en esa ciudad de imposibles en que ya se estaba convirtiendo Nueva York. La ciudad se viste de color, se aleja de los míticos planos del cine negro, y se desploma sobre su protagonista mientras camina entre sus multitudes con sus botas, su sombrero y su cazadora de flecos.

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Su contrapeso y el de prácticamente toda la película es la entrada en escena de ese irrepetible personaje llamado Rico ‘Ratso’ Rico. Dustin Hoffman puso rostro a uno de los mejores roles de su carrera dentro de la piel de ese ratero timador, tullido, tuberculoso y marginal, que se convierte en amigo y carga de Joe, y que marca su destino sin remedio. Es la voz de la experiencia. De una experiencia febril y triste, pero de la única con la que cuenta el aspirante a gigoló en la inevitable soledad de Manhattan. Hoffman se dejó la piel en este papel, y su química con el cineasta hizo posible que años después ambos volvieran a colaborar en ese maravilloso thriller llamado Marathon Man.

Primeros planos enfermizos, flashbacks implícitos, pesadillas perturbadoras y hasta viajes psicodélicos de los que luego bebieron en Easy Rider o Drugstore Cowboy, entre otros muchas historias, componen la historia de dos perdedores que no son nada. Simbolizan apenas un borrón en los grandes esbozos de la ciudad, como si el director no pudiera parar de burlarse de su insignificancia pero no dejara de amarlos en su caída a los infiernos. Una crueldad realista y satírica de ese mundo neoyorquino de ondas radiofónicas ahora tan de moda gracias a series como Mad Men, pero que en esta película es mucho más bello gracias a su suciedad y falta de impostura.

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‘Juego de lágrimas’, de Neil Jordan: ‘Necesitarse perdidamente’ vs ‘Errores de vocación trascendente’

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NECESITARSE PERDIDAMENTE

Fergus (Stephen Rea) es un voluntario en el Ejército Republicano Irlandés que parece defender la causa equivocada. Y no puede haber nada más disparatado que abrazar la lucha armada con la precariedad ideológica del que no termina de convencerse. Pero es que Fergus es un buen tipo que, en el fondo, parece querer vivir tranquilo, hablar lo justo, compartir unas risas y pasar por la vida sin grandes sobresaltos. Aunque tenga sus convicciones y sepa que los ingleses, sencillamente, no deberían estar en su país.

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Juego de lágrimas (1992, Neil Jordan) arranca con un secuestro, el que realiza la banda de Fergus, miembro del IRA, para atrapar a un soldado británico y mantenerlo encerrado hasta que otros decidan su suerte. Y en esa espera, Jody (Forest Whitaker), la víctima, se entromete en su vida sin contemplaciones para contarle muchas cosas y, con ello, espantar el miedo a la muerte. Le  dice que lo suyo es el cricket, que anda locamente enamorado de una bella mulata, de nombre Dil (Jaye Davidson) y le cuenta también un cuento con moraleja. Sobre un escorpión, ‘naturalmente’ asesino, y una rana. Y lo curioso es que el roce entre víctima y secuestrador hace el cariño y también el resto y ambos acaban convirtiéndose en una especie de amigos. Sin embargo, estaba escrito que Jody tenía que morir y que  Fergus, aunque no fuera el verdugo en el sentido estricto de la palabra, se iba a hacer un lío con el sentimiento de culpa. Perseguido por su mala conciencia, intentará buscar la redención cumpliendo  la última voluntad de Jody: cuidar a su amor.

Juego de lágrimas es una película muy bella, un tanto estrafalaria, que abunda sobre las ironías que entraña la vida y sobre un amor accidental que sucede sin condicionamientos de raza, género ni, por supuesto, de sexualidad. Es un canto a la libertad, una provocación hecha cine que invita a romper completamente con cualquier corsé en forma de tabú o prejuicio y lo hace con mucho sentido del humor, con un puntito de tragedia (que no termina de amenazar), pero con una intensidad apasionada, terriblemente romántica. Es además, un film donde aparece un fabuloso trío de personajes que arrastran su poesía en la sencillez de su retrato, en la originalidad del vínculo fortuito que les une.

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‘Avatar’, de James Cameron: ‘En la piel del indígena’ vs ‘Miedo al vacío’

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EN LA PIEL DEL INDÍGENA

En el año 2154, Pandora no es la hija de Zeus encargada de propagar los males por el mundo, sino el nombre de una luna repleta de vegetación y magia donde habitan los na’vi, una raza de humanoides que viven apegados a la espiritualidad que emana de la tierra y a la fuerza de una religiosidad anclada en la naturaleza, dividida en diferentes clanes. El hombre también ha llegado hasta allí, y permanece en constante conflicto con los indígenas en operaciones dirigidas desde unas instalaciones científico-militares, con la intención de hacerse con un mineral necesario para la supervivencia energética del planeta Tierra. Pero el mayor yacimiento del mismo se encuentra bajo el asentamiento de un poblado de nativos, un inmenso árbol-madre que no están dispuestos a ceder a los que ellos consideran los alienígenas, los que no entienden nada, la “gente del cielo que no sabe ver”.

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Un marine que ha quedado parapléjico, Jake Sully (Sam Worthington) es enviado a Pandora con la misión de participar como conductor en el programa Avatar, a través del cual los humanos han conseguido crear cuerpos de nativos que pueden controlar a distancia. La doctora Grace Augustine (Sigourney Weaber), pacifista, amante de la biología y sensibilizada con la vida de los indígenas dirige esta operación, que los militares quieren utilizar en su beneficio para destruir el poblado sagrado. Sully consigue infiltrarse en el todopoderoso grupo de los Omaticaya tras conocer a la nativa Neytiri (Zoe Saldana), momento a partir del cual, sumido en la piel del indígena, su conciencia comienza a partirse en dos entre su deber como marine y su pasión por la libertad de lo que consigue amar y vivir dentro de su avatar. Aparece aquí la figura del elegido, del mesías, del destinado a hacer pervivir toda una raza.


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Esta es la compleja síntesis de la fábula ecologista, antiimperialista, mística y fantástica con la que James Cameron reventó las taquillas en 2009 tras numerosas especulaciones y otras tantas expectativas. Crítica y público quedaron absolutamente rendidos a la originalidad e innovación del diseño de ese nuevo universo preñado de animales mitológicos, ancestros que susurran a través de las raíces de los árboles y seres azules conectados por energías espirituales. Ante todo, un espectáculo visual sin precedentes en el cine del nuevo siglo, pero por debajo de ese caparazón en tres dimensiones, una maravilla de la otredad y de la iconografía que todavía hoy resulta difícil de resumir debido a la gran cantidad de cuestiones que aborda: desde su hostil mensaje contra el colonialismo y a favor de los derechos de los pueblos, hasta la duplicidad de la mente, la filosofía descartiana, el chamanismo, las nuevas tecnologías y las tesis sobre los mesías y profetas que todas las religiones tienen en común.

Avatar fue una revolución cinematográfica en todos los sentidos y aunque no consiguió hacerse con los Premios Oscar de Hollywood más importantes de ese año (curiosamente fueron para En tierra hostil, de Kathryn Bigelow, ex pareja de Cameron), su asentamiento en el fanatismo popular ha sido mayor en cuanto al legado. Comics, publicaciones, videojuegos, teorías y animaciones de todo tipo continúan seis años después defendiendo la alargada sombra de los na’vai, de su gran vínculo con los primeros pobladores indios de las Américas y de la cultura maya. Es esta una característica muy curiosa de la película teniendo en cuenta que, siendo objetivos, hay que reconocer que toda su maestría reside en la técnica: es espectacularidad visual pura y dura.

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