Disección: ‘El milagro de P. Tinto’, de Javier Fesser. ‘Esta noche tralarí, tralarí’

 
ESTA NOCHE TRALARÍ, TRALARÍ
 
PANORÁMICA: 1998. Mientras en España decíamos adiós a la peseta, nacía en Estados Unidos el motor de búsqueda Google. Durante este ‘cambio de era monetaria’, en nuestro país se condenaba a dos ‘celebridades patrias’, Mario Conde y Luis Roldán. En el pleno del Congreso también se hacía justicia aprobando por unanimidad la supresión de penas de cárcel para los insumisos. En el resto del continente, se creaba el Banco Central Europeo para, presuntamente, diseñar y materializar la política monetaria de todos los países de la UE. En Londres, Scotland Yard detenía a Augusto Pinochet, por orden de Baltasar Garzón, y en Irlanda del Norte, en Omagh, estallaba un coche bomba. Una tragedia mayúscula que se cobró un total de 29 muertos y 200 heridos. La violencia también se desataba en la República Democrática del Congo comenzando allí la Segunda Guerra Regional. En Centroamérica, un fenómeno natural, el huracán Mitch, provocó la muerte y desaparición de 20.000 personas mientras el caos seguía campando a sus anchas cuando Titanic ganó 11 Oscars de Hollywood. 1998 también fue el año en el que nos dejaron La Voz/Sinatra, Akira Kurosawa, Alan J. Pakula y Octavio Paz.
 
 
EL MEOLLO: P. Tinto tiene un objetivo sagrado en su vida: tener una numerosa descendencia. Desde la más tierna infancia alumbra este deseo y pronto encuentra a la mujer con la que desea compartir su sueño. Se trata de Olivia, una niña ciega y algo atolondrada que se convierte en la media naranja perfecta, mientras los años pasan y ambos crecen seguros y confiados en la vida que les espera. Se hacen mayores, P. Tinto se hace cargo de la empresa familiar, en la que se fabrican obleas para el Vaticano, y se establecen en una vieja estación, un lugar olvidado del mapa donde un expreso pendular pasa cada 25 años. Allí, afincados en su tranquila vida, esperan infructuosamente la llegada de un hijo hasta que un par de marcianos, simpáticos y caraduras, aterrizan en su jardín y un enorme huérfano, de dos metros y apetito insaciable, se oculta en su casa tras escapar de un manicomio.
 
DETRÁS DE LAS CÁMARAS: De la cocina de artistas de los tardíos años 80. De familia de escritores, guionistas, cómicos y magos de los rayos catódicos. Javier Fesser Pérez de Petinto (ahí queda el guiño) se entrenó en la publicidad cuando en España aun era una forma de soñar, un motor de creatividad que generó una escuela de ilusiones exportable y competente. Desde sus inicios como creativo y director de spots, Fesser se encontró con una marca personal que le salió de su visión absurda del mundo. Ya entonces nos encontramos con personajes alucinoides y algo bobos que se reciclarían en Películas Pendelton, la productora que fundó en 1992 junto a Luis Manso y con la que continúa trabajando. Cuando se proyectaron en los cines, como teloneros de películas españolas de cierto renombre, los cortometrajes Aquel ritmillo (1995) y El secdleto de la tlompeta (1996) no dejaron indiferente ni a los apáticos amanuenses del purismo. Sus desorbitadas historias, herederas de alguna que otra revolución estética a la francesa y del humor más cañí, comenzaron a funcionar por el boca a boca, y ambos se convirtieron en los dos cortos más premiados del cine español. De la mano de la paternidad de Fesser y con ayuda en el guion de su hermano Guillermo (componente del inigualable dúo Gomaespuma) vendría también al mundo la historia de El milagro de P. Tinto, hilarante, conmovedora, socarrona, esquizofrénica, única en el cine español. La recolección de premios fuera y dentro del país permitió al cineasta madrileño afrontar proyectos como la puesta en marcha del Festival de Cortometrajes Online Notodofilmfest, uno de los más prestigiosos del país, así como la aplaudida serie para Internet Javi y Lucy. Con La gran aventura de Mortadelo y Filemón, basada en los cómics de Francisco Ibáñez, apuntaló en 2003 su capacidad para hacer un cine español fresco, animado y de nueva hornada. Sin embargo, fue con el corto Binta y la gran idea (2007), nominado a los Oscar, y con el largometraje Camino (2008), triunfador de los Goya ese año, y a los que ya hemos adorado aquí, cuando Fesser dejó de ocupar la esquina izquierda de las páginas impares de los medios y dejó al respetable entre la risa y el llanto. Su nueva aventura es la película colectiva y apocalíptica Al final todos mueren, dividida en bloques y donde Fesser dirige el prólogo y el epílogo.
 
PRIMER PLANO
 
LUIS CIGES: Aquí un actor que no fue tal, un tipo sin método o con el método de improvisar a borbotones y con mucho ingenio, pero sin dejar de ser él mismo. O al menos aquel personaje de culto que siempre pensamos que debía ser en la vida real. Luis Ciges era muy grande sin ser un gran intérprete y un artista de “creatividad inmediata”, como sospechaba Berlanga. Las miradas siempre le seguían en busca de sus cejas levantadas, de su cara de asombro resignado o a la espera de que soltara un nuevo dislate. Poco importaba si la escena principal tenía lugar delante de nuestras narices y él no participaba en ella. Nunca dejamos de seguirle la pista porque tenía un carisma singular, el que tienen los tipos graciosos por naturaleza, esos que te alegran la vida sin el más mínimo esfuerzo. Este señor naíf, sobrino de Azorín, de dicción atropellada y tan culto que encontró en el absurdo su medio natural de expresión, tuvo una infancia desgarrada por el fusilamiento de su padre (escritor y gobernador republicano). A los 14 años se hizo perito mercantil y, más tarde, decidió convertirse en director porque como actor se veía “muy feo”. 
 
Sin embargo, a partir de los años 60 se introdujo de lleno en el mundo de la interpretación y llegó a trabajar con los realizadores más destacados. Por ejemplo, con Camus en La colmena, Almodóvar en Laberinto de pasiones y con Berlanga en muchísimas producciones, comenzando por Plácido. Siempre le recordaremos, eso sí, en películas inolvidables como El bosque animado (José Luis Cuerda); en la cama, junto a su hijo Resines, y explicándole con la mayor naturalidad que mató a su madre porque “era muy mala” (en Amanece que no es poco, también con Cuerda), en Patrimonio Nacional (Berlanga) como Segundo, el criado salido de un rijoso señorito interpretado por José Luis López Vázquez, o en Así el cielo como la tierra (triple round con Cuerda), mientras era perseguido por el Apocalipsis (ganó el Goya por esta película). Y cómo no, como el protagonista imprescindible en la película que nos toca. Encarnando a P. Tinto desplegó toda su humanidad y encanto surrealista para ponerse en la piel de un fabricante de obleas que siempre supo que había venido a este mundo para procrear, sin tener la más remota idea de cómo manejar el manual de instrucciones de semejante asunto. Un despiste existencial que, en manos de Ciges, se convierte en auténtico jolgorio interpretativo.
 
SILVIA CASANOVA: Ingenua, cándida, entrañable, despistada, un rato agarrada, una mujer ciega que lo ve todo, con una imaginación tozuda que le hace dibujar el mundo a su manera. De esta guisa, Silvia Casanova confunde, encandila y divierte, de manera arrebatadora, en El milagro de P. Tinto. Interpreta a la mujer del protagonista, pero a esta actriz palentina, nacida en 1933, ya la habíamos visto en infinidad de películas y, sobre todo, en series de televisión. Más allá de las pantallas, su carrera ha sido mucho más prolífica puesto que es una de las actrices más prestigiosas de la escena nacional donde, a lo largo de los años, ha desarrollado una importante trayectoria teatral. En el cine, la recordamos especialmente en títulos formidables como ¡Ay, Carmela! (Carlos Saura), La Comunidad (Álex de la Iglesia) y, más recientemente, en la comedia irreverente Que se mueran los feos (Nacho G. Velilla) . En la pequeña pantalla, llevamos años disfrutando de su arte. Ha aparecido en Farmacia de guardia, La casa de los líos, Raquel busca su sitio, Periodistas, Los Serrano, 7 Vidas, Hospital Central o en Aída, entre muchos otras. Hace algunos años Casanova publicó Trozos de mi vida, una biografía alumbrada por la Asociación de Artistas e Intérpretes (AISGE), donde la actriz se reunía con los recuerdos más queridos y también los más difíciles de su carrera.
 
 
CONTRAPICADO: El milagro de P. Tinto es de esas películas que amas o aborreces, como en su momento destacamos de Amanece, que no es poco, aunque tengan poco (aunque sí algo) que ver. No hay medias tintas, y se ha demostrado. Es un juego de acidez, imaginería, planos, colores y música que te dan un respingo en el trasero para salir espantado o te embaucan en su canallada de historias. Y pese a su visible y jactanciosa técnica, a todo ese espectáculo y enamoramiento, en nuestro caso, contribuyen sus maravillosos personajes. Dejando a un lado al adorable matrimonio protagonista y a su forma de buscar su sueño con el tralarí tralarí de los elásticos de los pantalones, pasamos por los conmovedores, macarras y gorrones marcianitos Emilio Gavira y Pablo Aller, con su OVNI-Seiscentos descapotable, y por el pobre Pancho (Pablo Pinedo), personaje también protagonista (junto a Pepe Viyuela) del cortometraje que precede a la película. Es Pancho una especie de niño grande rescatado de El secdleto de la tlompeta, escapado de un manicomio, enquistado a una bombona de butano, y confundido con el niño africano que los ancianos protagonistas quieren adoptar. Su papel en la historia es determinante a cada segundo y culminante (o penetrante) en la vida de su madre adoptiva. Y entre curas trinitarios de grandes bigotes y apáticos fabricantes de obleas, el ñapas y ufólogo Usillos (Janfri Topera) sea quizás la dinamita más desternillante del cuento. Obsesionado por la procedencia de las piezas mecánicas, determinado en sanear los alicatados hasta las profundidades, y lanzado al pasado para admirar los contrapeados de Brunelleschi, este gran hombre, por lo que sea, provocó la mejor parodia de E.T. nunca vista, y se convirtió en esos desquiciados y maltratados no tan ficticios cuyas voces resuenan seguramente en más de un taller español.
 
PICADO: Ideas luminosas, palabras que significan otra cosa, idiomas tergiversados, marcianos gorrones y con el síndrome del príncipe destronado, un hermoso huérfano de solemnidad, con bombona de butano al hombro. El mundo al revés, que aterrizó en la película de Fesser, está lleno de hallazgos cómicos que, sin embargo, se atropellan en una película a la que le falta un hilo argumental que podría haber sido más interesante. No todo vale en un film cuyo objetivo es arrancar carcajadas, donde el disparate se convierte en el auténtico leit motiv. El cine es entretenimiento y, si estamos ante una buena comedia, no hay que darle tregua al aburrimiento. Y lo malo es que en El milagro de P. Tinto son frecuentes las escenas y secuencias largas que no llevan a ninguna parte, donde algunas situaciones surrealistas y descoloques varios se suceden sin que suceda nada. Y en ocasiones, logran lo imposible: que en algún que otro momento las ideas o situaciones rabiosamente divertidas, inventadas por los hermanos Fesser, pierdan su capacidad para sorprender y despertar una sonrisa.
 
SIMBIOSIS SONORA: Celia Cruz y Jarabe de Palo llenaron durante muchos años algunas fiestas friquis con el tema A lo loco que compusieron como canción original de la película, con guiños a sus personajes y a sus frases. Pero además, la banda sonora de esta historia se convirtió en todo un halo de nostalgia latina muy propio de la melanomanía gomaespumera, con temas de Los Tres Carino, Jorge Sepúlveda, Raphael, Rocío Dúrcal, Los Bohemios, Los Tres Sudamericanos o Billy Cafaro. Un espectáculo auditivo de radio fórmula que se mezcla, en la que fue su primera edición, con frases originales de la película (“el pasado es una mierda”, “los romanos, una mierda al lado de los etruscos” y nuestra bandera “esta noche tralarí, tralarí”) con la sintonía del NODO y con la del Festival de Eurovisión, acontecimiento relevante y cáustico de la película. Como colofón, el insigne Juan Luis Cano, compañero de aventuras radiofónicas y televisivas de Guillermo Fesser, se marcó una opereta con el tema Tengo un ovni formidable, versión de la canción popular Tengo una vaca lechera, de Jacobo Morcillo. El soundtrack español más raro y menos acomplejado de la historia.
 
OJO AL DATO: Si algo hemos admirado siempre de Javier Fesser es el haber compartido a través de su cine detalles de su vida cotidiana. Tanto en muchos de sus spots como en sus películas, dio la oportunidad a intérpretes de lo más variopintos de formar parte de la factoría Pendelton. En el caso de esta película, a Javier Aller (el enanito flipado de la gaseosa) simplemente se lo encontró por la calle, habló con él y le dio el papel. Más difícil lo tuvo con Luis Ciges, quien se veía muy mayor para interpretar un protagonista y al que tuvo que convencer sabiamente. También de su propia vida importó algunos diseños de la película, como el del platillo volante, una idea que le sugirió una visita con su hija al Parque de Atraciones. Además, como ya sucedió en sus cortometrajes, los miembros de la familia Fesser pululan como extras durante toda la película, y el propio cineasta se encargó de poner la voz en off del NODO que se emite en una escena. Implicación máxima en un milagro irrepetible. 
 
 
RETRATO DEL HÉROE: P. Tinto siempre fue Luis Ciges. Fue el único papel totalmente protagonista que realizó este gran actor en toda su carrera y en él vertió toda su conformidad, estoicismo y humilde lucha. En la piel del fabricante de obleas enamorado de una ciega rácana, habitante de una estación de tren donde el tiempo se cuenta en cuartos de siglo, encontramos uno de los más entrañables personajes del cine español. Con su filosofía extemporánea e investigadora de las costumbres de batusis y mandingas, su forma de pasar por encima de las dificultades, su resignación al encontrarse de repente con una familia numerosa e ingobernable, y con el poder de su sabiduría de padre amoroso, P. Tinto consiguió su sueño, esperó toda su vida para contemplar el milagro y la satisfacción de su paternidad, y se quedó en nuestra memoria de surrealismo realista. Al son de su sencillez adornada y para siempre acostumbrada a vivir.
 
Os dejamos el arranque de la vida matrimonial del matrimonio P. Tinto y el advenimiento de la vida extraterrestre. En el segundo vídeo, una de las escenas más aplaudidas por los fans:
 

 
 
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