Visionado: ‘La mejor oferta’, de Giuseppe Tornatore. ‘Una bella quimera como obra de arte’

tres estrellas

La mejor oferta, de Giuseppe Tornatore, es una película que recorre diversos géneros de una manera un tanto confusa: resulta mágica, en ocasiones, y desconcertante en otras. De este modo, cuando nos adentramos en la historia fantástica, casi sobrenatural, con la que comienza, llevándonos por un tortuoso y misterioso camino argumental, la película se hace grande y cautiva. Es el momento en el que vamos descubriendo a los personajes reflejados en su singularidad, en el temor que nos produce su rareza, en el extrañamiento que nos provocan sus mentes inestables. Sin embargo, cuando el argumento da un giro hacia el thriller, en su etapa final, llegando a un desenlace predecible y, sobre todo, que se hace esperar tanto, caemos en la desconfianza y no podemos evitar quedarnos con cierta sensación de haber sido víctimas de un delicioso engaño.
La mejoroferta nos habla de Virgin Oldman (Geoffrey Rush), un prestigioso experto en arte y subastador que decide aceptar la labor de tasación de las obras y piezas de mobiliario de una mansión aparentemente abandonada. Allí, oculta en pasadizos y salas secretas llegará a conocer a su cliente, la joven dueña del caserón, Claire (Sylvia Hoeks), una mujer de increíble belleza que sufre agorafobia.
Es una película que tiene elementos y momentos ‘mágicos’, líricos, maravillosos, como la presencia inquietante de la enana matemática, un personaje que es una auténtica inspiración y encierra, en sí misma, un sinfín de significados; o el ambiente que se respira en el caserón; o la extraña enfermedad de una muchacha que vive enterrada en los muros de su mansión por voluntad propia. Y en especial, la mejor secuencia: la primera vez que descubrimos el único gesto de amor que se permite, en su vida solitaria, el misántropo protagonista cuando levanta la vista hacia su interminable galería de retratos femeninos.
Como contrapartida, es un film que quizás plantea demasiados enigmas en una historia, de por sí, compleja: ahí están por ejemplo, las piezas de un autómata que, poco a poco, camina hacia su ‘elocuente’ y decorativa reconstrucción; o el motivo que enclaustró, de por vida, a Claire; o la soledad monacal y artística en la que se aísla Virgin, una condena autoimpuesta por alguien incapaz de relacionarse sentimentalmente con ningún ser humano. La película comete otro pecado imperdonable, anticipa con poca delicadeza el fraude que será el tema central de la trama. A través de ciertas relaciones incomprensibles, ‘antinaturales’, por ejemplo, que establece el protagonista.
La banda sonora es monumental, se trata de una composición bellísima del maestro Ennio Morricone donde existe un tema recurrente hechizante, a lo largo del film, en el que se escuchan unas voces angelicales. Es el acorde perfecto con el que envolver el misterio de la trama. Por cierto, el compositor logró uno de los seis David de Donatello que recibió el film (entre los que se encontraban el de Mejor Película y Mejor Director).
Mucho se ha escrito ya sobre la extraordinaria capacidad de Geoffrey Rush para encarnar los más diversos y apasionantes personajes. Sin embargo, en La mejor oferta asume con extraordinaria naturalidad el pulso vital de un tipo emocionalmente nulo. Alguien que se abre al mundo a través de una obsesión enfermiza y que sublima como si fuera una obra de arte. Un hombre desagradable que rechazamos, en un principio, para acabar empatizando con él por misericordia, cuando somos testigos de su debilidad. Le acompañan un vitalista Jim Sturgess, quien sigue consolidando una buena carrera de la mano de grandes directores y el siempre carismático Donald Sutherland.  
Y el final, la secuencia con la que Tornatore cierra su bella y enrevesada historia es una muestra más del instinto artístico del cineasta, de la capacidad que tiene para crear atmósferas extraordinarias, aunque enrarecidas o envenenadas por las obsesiones o los sueños imposibles o por un pasado condenado a desaparecer. Esa es la grandeza de Giuseppe Tornatore, ese es su poder de fascinación. Siempre enamora aunque no termine de convencer, aunque sepamos que lo que hay de auténtico en su falsificación tiene mucho de endiablada quimera.

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