Visionado: ‘El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos’, de Peter Jackson. ‘Siempre nos quedará la Tierra Media’

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tres estrellas

A los que nos declaramos fans del universo Tolkien nos llegó hace mucho tiempo el momento de reconocer nuestra favorable sugestión a cualquier plano de Peter Jackson adentrándose en la Tierra Media o a cualquier partitura de Howard Shore acompañando a un hobbit (el que fuera) en sus aventuras. Que todo nos valía ya. Esa fue la pauta con la que hace dos años iniciamos el camino de esta nueva adaptación al cine del mago neozelandés. Lo hicimos con ilusión y nostalgia, así como con una predisposición de tolerancia a cualquier derrape mental que se permitiera su director, puesto que partía de un libro infantil, precuela de El Señor de los Anillos, que necesitaba ser engordado y del que se empeñó en sacar una nueva trilogía, que ahora ya podemos catalogar de innecesaria en su duración.

No sabemos si la La batalla de los cinco ejércitos es el broche final a las fantasías de Jackson y a su empeño en seguir plagiándose a sí mismo, lo cual nos parece estupendo, dicho sea de paso.  No sabemos si en los Apéndices o en El Silmarillion de Tolkien, ya entremezclados a lo loco con las películas sobre El Hobbit, encontrará dentro de unos años una nueva forma de regresar a este universo. Pero para nosotros sí que ha supuesto el fin de nuestras expectativas. Incluso conscientes de que esta tercera parte ya poco tenía que ver con las andanzas literarias de Bilbo Bolsón, aún confiábamos en que Jackson volviera a sacarnos el grito de asombro con el que asistimos a la traca final de El retorno del Rey. Al no haber sido así, poco nos queda ya salvo agradecerle el intento y alguna que otra innovación en sus secuencias bélicas y en su talento para el entretenimiento.

Lo primero y más importante es que casi no hay Bilbo en esta tercera parte. Su amable y simpática construcción interpretativa en Un viaje inesperado, así como su duelo con el dragón, que tan buen sabor de boca nos había dejado en el final de La desolación de Smaug, queda en esta tercera entrega relegado a su pequeñez, que no es precisamente física, al carecer de toda relevancia para la conclusión de la historia. Nuestro hobbit más querido, salvo en su papel de mediano mediador entre la enfermedad de poder del enano Thorin Escudo de Roble y la búsqueda de la recompensa milenaria de elfos y hombres, no hace sino pasearse por la pantalla como un títere en manos de alguien que parece estar muy aburrido. Tampoco ayuda que la mutilación de su personaje sea en favor de vergonzosos pegotes argumentales como el sinsentido de Legolas o la historia de amor entre la elfa Tauriel y el enano Kili. El magnífico Martin Freeman siempre ha sido el mejor tesoro de esta trilogía y su encarnación de Bilbo hubiera merecido mayor recompensa final.

Otras distorsiones se suceden en esta tercera parte, aunque la transformación de la personalidad de Thorin cuando se autoproclama Rey bajo la Montaña es de las más exasperantes. Tan excesivamente irritante y odioso que resulta muy complicado congraciarse con su personaje incluso después de su redención. Como decíamos, sobran asimismo todos esos personajes incrustados con el único objetivo subliminal (o no) de recordarnos a otros del tríptico anterior, como es el caso de los amores imposibles de Tauriel en supuesto homenaje a Arwen y de ese horroroso consejero de la Ciudad del Lago que parece sacado de las mismas entrañas de Grima. Hacen contrapeso, sin embargo, algunas maravillas del guion como la poderosa presencia de Gandalf (Ian McKellen) y Galadriel (Cate Blanchett), y la asombrosa “piedad” escultural que ambos componen en su enfrentamiento con la génesis de Sauron.

Pero también relucen algunos momentos del guion en esta caótica batalla: mensajes que hacen que dejemos en tablas nuestro particular malestar con el cierre de la trilogía. La facilidad de Jackson para hacernos ver que el poder corrompe y transforma, a través de esa venerada Piedra del Arca trasunto del Anillo de Poder, es quizás una de las bazas argumentales más conseguidas de la película. Bastante menos sutil y matizada que El Señor de los Anillos, donde la psicología de las fuerzas oscuras se exploraba con mayor inquietud, pero expuesta con brillantez y soltura narrativa.

En definitiva, digamos lo que digamos, y por más exquisitos y puristas que queramos ponernos, es cierto que La batalla de los cinco ejércitos no ha hecho sino confirmarnos que por muchos años, películas y adaptaciones que se sucedan, siempre nos quedará la Tierra Media. Se trata de un mundo que ya no podemos desvincular del imaginario visual de Jackson, algo que le agradeceremos infinitamente. Siempre regresaremos a sus múltiples enseñanzas y a la artesanía y cariño con el que el cineasta elaboró la que consideramos la mejor trilogía épica de la historia del cine. Será inevitable que lo hagamos y que no podamos obviar el papel de El Hobbit en todo este maremagnum, un irrepetible mundo fantástico que Tolkien dio al mundo de su puño y letra y que el cineasta convirtió en nuestra biblia cinematográfica por los siglos de los siglos.

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