‘El sueño eterno’, de Howard Hawks. ‘Diálogos hechos leyenda’ vs ‘Ratonera de egos’

 
DIÁLOGOS HECHOS LEYENDA

Merecía la pena inventar el cine sonoro solamente para que espectadores de todas las épocas pudiéramos escuchar el tira y afloja dialéctico que protagonizan Humphrey Bogart y Laufen Bacall en El sueño eterno. Y es que resulta imposible no rendirse ante el ‘cortejo’ agresivo, ágil, brillante, sin complejos, y excitante que se traen entre manos los dos protagonistas, el detective Marlowe y la bella aristocrática Vivian Sternwood.
 
Sin embargo, este uso febril de diálogos, divertidos y electrizantes, auténticas filigranas de ingenio, no es lo único que fascina de una de las películas más extrañas y rebeldes del cine negro. Un filme que partía con material de primera: una de las mejores novelas de Raymond Chandler, que tuvo al frente del proyecto al realizador Howard Hawks y que contaba con un grupo de guionistas encabezados, ni más ni menos, que por William Faulkner. Esta ‘conjura’ de genios logró que en El sueño eterno nada fuera lo que parece. Bordaron una maraña de crímenes, traiciones y adicciones varias, un auténtico laberinto de espejismos, a veces incongruentes, que aunque bien pudiera irritar a más de uno, resulta completamente anecdótico ante la fuerza de los personajes y el ambiente recreado. Hablamos de un universo de corrupción, crimen y de sexualidad latente.
 
Es una película que atrapa por la turbiedad que nos rodea cuando nos adentramos en su trama, como de sueño extraño, desvelado, retomado a trompicones y en el que solamente parece estar en su sano juicio el sarcasmo lúcido de Phillip Marlowe. Será su actitud inconmovible la que reste importancia a un argumento que se enreda de manera delirante y, con mucho cambio de tercio. Pornógrafos, ninfómanas con una copa de más, gángsters de medio pelo y un amplio catálogo de cadáveres pueblan esta cinta noir tan original como inolvidable.
 
El chantaje parió la trama negra de la película. En ella, Philipe Marlowe, detective privado, es contratado por un viejo general, Sternwood (Charles Waldron) para despejar las dudas que se presentan en torno a un asunto oscuro en el que se ve envuelto su hija Carmen (Martha Vickers). Al comenzar la investigación, Marlowe se dará de bruces con un asesinato y con la otra hija de Sternwood, Vivian, (Lauren Bacall) una mujer misteriosa, bella y ferozmente inteligente. Una chica protectora, y algo femme fatal e, que cuenta con un sarcasmo tan provocador y seductor como el de su parteneire.
 
Gran parte del atractivo de la película lo tiene la perfecta recreación que realiza Bogart del duro Marlowe. Lo suyo es instinto puro de sabueso, un tipo que recorre las cloacas, con la habilidad suficiente como para no mojarse los bajos de los pantalones ni perder la compostura de su elegancia cínica. Es un turista de los bajos fondos de la corrupción que conoce demasiado bien el terreno que pisa, aunque eso sí, ante nuestros ojos, jamás dejará de ser un tipo íntegro. Tampoco deja nunca de sorprendernos la elegancia y la inteligencia con la que una jovencísima Lauren Bacall encarnó su personaje. Su arrogancia, su voz grave y decidida, su desafiante caída de párpados, sus gestos sinuosos, lentos… todo en ella es un mensaje elocuente y lleno de interpretaciones.
 
Bogart y Bacall se casaron seis meses después de terminar la película. Quizás el propio cine hizo que su romance fuera especialmente intenso y magnético. Al fin y al cabo pudo habitar en diferentes personajes y en distintas historias de películas, que si bien nunca podrán estar a la altura de la realidad, son auténticas obras maestras de la ficción. El único territorio donde cualquier cosa es posible.
 
– Marlowe (Bogart): “Usted tiene cierta clase, pero no sé hasta dónde puede llegar”.
 
– Vivian (Bacall): “Depende mucho de quién sea el jinete. Siga Marlowe, me gusta mucho su estilo…”
 
Y en persona, la fórmula del diálogo-leyenda:
 
 

RATONERA DE EGOS SIN SALIDA


Ahí le teníamos otra vez. Un año después de terminar la Segunda Guerra Mundial, el gran Howard Hawks quería repetir la experiencia con la que dos años antes había juntado a Humphrey Bogart y Lauren Bacall en Tener y no tener, pero en esta ocasión para adaptar la novela El sueño eterno del rey del género policiaco Raymond Chandler. En esta ocasión, él sería el detective Philip Marlowe y ella la misteriosa Vivian, hija del moribundo general Sternwood del cual recibe un extraño encargo: averiguar quién y por qué está chantajeando a su familia. Todo se unió, la magia de Hawks, el manuscrito de Chandler, y nada más y nada menos que William Faulkner en la adaptación del guion. 
 
Y pasó lo que tenía que pasar. Que la madeja que el escritor policiaco había tejido en su libro se enredó aún más en su adaptación al cine en las manos del novelista y poeta sureño. Nunca fue cierta aquella leyenda que apunta que ni director ni guionista supieron jamás cuál era la resolución del crimen principal. En el libro queda claro, y en la película también, pero de una manera tan enrevesada, tan frenética y tan llena de diálogos acelerados e inconexos que realmente hicieron creer, a lo largo de los años, que El sueño eterno era una historia sin resolver. 
Muchos egos juntos campando a sus anchas y manejando los hijos por una ratonera de personajes sin salida, planos, tiesos y soltando palabras como si estuvieran leyendo la partitura de un montón de trombones desafinados. Mucha inteligencia, astucia, cinismo y juegos de palabras en cada escena, eso sí, sea quien sea quien hable: un viejo a punto de morir, una loca de aquí te espero, una librera con ganas de marcha, un mayordomo engreído, una simpática taxista, un policía de vuelta de todo, o un hombrecillo que lo mismo da que mate o que muera. Mientras, y por si no nos hemos despistado ya lo suficiente, se suceden muertes repentinas, chóferes ahogados, disparos, mujeres drogadas y atontadas, chantajes de quita y pon, casas de juego, personajes que salen de la nada, y asesinatos de nuevo cuño que remiten a pistas nuevas e interminables. Agotador. Una pausa para respirar. 
Y en medio de todo las dos estrellas. Probablemente debamos salvar al querido Bogart por aquello de su estrella infinita –no entremos en terrenos de mitos cinéfilos exagerados- pero tan poca expresividad para el multipersonaje que le cae encima tiene su guasa: detective, guardaespaldas, azote de hermanas descarriladas, sabueso, amante, bromista, conquistador y héroe. Todo para él. E incluso al final el propio Marlowe se hace tantas preguntas a sí mismo sobre la trama que en ese punto ya resulta imposible no darse cuenta de que Hawks y Faulkner llevan trucando dados, marcando cartas y escondiendo fichas desde el inicio de la película. Sin embargo, a la Bacall no la perdonamos. Por lo que sea, la ambigüedad de la “nena” resulta más desquiciante que intrigante, y su despliegue de elegancia en ese gesto tan suyo de medio sonreír no nos convence ni siquiera al final, cuando se supone que debemos creernos lo que nunca ha llegado a contar. Solo nos quedamos con su interpretación en el casino del tema And Her Tears Flowed Like Wine, de Ella Fitzgerald. 
Concluyendo. En un momento, un personaje le espeta a Marlowe que no logra “entender su juego”, ante lo que el detective pone cara de circunstancias. O cara de no entenderlo él tampoco, que hasta se define “desconfiado por naturaleza”, en lo que le damos toda la razón, ante tal mareante aventura de laberintos y pasadizos. Desde luego, nunca hubo en el cine negro de los 40 tantas curvas para llegar del punto A al punto B. Lo más fácil es derrapar en alguna o acabar parando a mitad de camino para reconsiderar si realmente estamos llegando a algún lugar o si nos damos media vuelta. Decisiones siempre complicadas.


Aquí os dejamos para terminar a la Bacall pasándoselo en grande y emulando a la Fitzgerald:

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