‘Plácido’, de Luis García Berlanga. ‘Sentad a Berlanga en vuestra mesa’ vs ‘Una úlcera costumbrista que no amarga tanto’

SENTAD A BERLANGA EN VUESTRA MESA
 
No podemos terminar el 2010 sin dedicar nuestro último post al gran maestro Luis García Berlanga, fallecido este año pese a nuestras rogativas y negaciones. Y como es Navidad, lo hacemos con Plácido, la historia con la que el gran director de actores del celuloide patrio bebió de las mismas fuentes con las que Ramón María del Valle-Inclán manejó el teatro más transgresor del siglo pasado. Berlanga sacó a pasear su propio esperpento, con el que descolocó y toreó de un plumazo los asientos más tapizados de la sociedad española del año 1961. Y lo hacemos también porque este ‘gran pedacito’ de nuestro cine agrupa entre sus fotogramas a muchos que también se fueron: en su co-autoría, a Rafael Azcona, el gran escribano del séptimo arte español, y en su elenco coral a actores como José Luis López Vázquez, Casto Sendra ‘Cassen’, Luis Ciges o Manuel Alexandre. Comprenderéis que no encontremos mejor forma de recordarles y quererles que reviviendo sus personajes una y otra vez.
 
Para que no dijeran que en España no había manera de sacar las cabezas del pozo franquista sin perder el ojo izquierdo, Berlanga puso a funcionar su particular maquinaria satírica contra la campaña “Siente a un pobre en su mesa” en Nochebuena. Descabellada diferenciación de clases y una caridad mal entendida contra la que tropieza una y otra vez el protagonista de la historia, Plácido, encarnado por el hasta entonces cómico y humorista Cassen. Éste, conductor de un motocarro con estrella incorporada y contratado para participar en tan mezquina campaña, debe pagar la primera letra de su vehículo, lo que le lleva de cabeza todo el metraje, tropezando con un continuo laberinto burocrático y deshumanizado.
 
A Berlanga y Azcona la diatriba de Plácido rogando continuamente a Quintanilla (José Luis López Vázquez) que le ayude con el banco o con el notario, les sirvió para mostrarnos desde el caótico recibimiento en la estación de tren a las supuestas artistas de Madrid (finalmente actrices de segunda) que vienen a apoyar la campaña, la cabalgata destartalada mejor hecha de la historia del cine, encabezada por el motocarro “estrellado” del protagonista, hasta la lamentable pero desternillante subasta entre las clases altas. A ello tenemos que sumar el mercadeo con los pobres (“nosotros lo que queremos es coñac”) o la retransmisión en directo de una de las cenas, momento que el cineasta valenciano aprovechó para colar su palabra favorita:
 
     POBRE: “Pues me tenías que haber visto cuando estuve en la guerra…”.
     ARTISTA DE CINE: “¿En qué guerra, en la de África?”
     POBRE: “No, en la austro-húngara”.
 
Y la magia de esta película precisamente se encuentra en esa megamanifestación de instantáneas, multitudes que se juntan y se separan, que no se aclaran, que se cruzan una y otra vez, y a las que la cámara sigue sin cesar, en todo un manjar de planos-secuencia verdaderamente sorprendentes. Hasta el propio Azcona incluyó en el guión que el dueño de la casa donde muere uno de los pobres se quedara pasmado, casi mirando a cámara, cuando de repente ve entrar por la puerta a las hordas de Plácido y compañía. “Pero, ¿cuánta gente viene?”, afirma sorprendido. No es para menos: hasta veinte personas componen el séquito que porta y acompaña al muerto escaleras abajo. Las hemos contado.
 
Además, Berlanga tuvo la maestría de conseguir que a ningún espectador se le pasara ni uno solo de los problemas que tiene cada uno de los más de treinta personajes que desfilan por la pantalla. Si habéis visto la película, estamos seguros de que podéis mencionar más de dos: el abuelo al que llevan en el carromato de un lado a otro sin compasión (“menuda Nochebuena me estáis dando”), Martita ligando con un galán secundón a espaldas del martirizado Quintanilla, éste probando un poco fiable aerosol contra la sinusitis, el personaje de Agustín González debatiendo sobre jurisdiciones, doña Encarna pidiendo que casen a los pobres que viven en pecado, Luis Ciges comiendo a manos llenas de una casa a otra, o una “loreniana” Amparo Soler Real regalándole un ligero a su “pobre”.
 
Conversaciones cruzadas (nos atrevemos a afirmar que muchas de ellas espontáneas y de ‘making off’), humor cotidiano, cercano, barullero, desorganizado. Todo un “fregao”, que diría el propio Plácido, que hizo que el cine español saltara los límites que los neorrealistas italianos pusieron tan alto. No lo decimos nosotros. Federico Fellini la vio más de cuatro veces. Porque Berlanga lo hizo de un salto y sin pértiga, y transformó lo que criticaba con esta película en el deseo de que nuestra aportación a combatir la pobreza fuera natural y de corazón, y que a cambio fuera él mismo el que viniera a cenar con nosotros. Lejos de decaer, tras conseguir una bombardeada nominación a los Óscar con la historia de este maltratado mártir navideño, se superó a sí mismo con El verdugo dos años después. Ahí ya sentó cátedra y se convirtió en lo que sigue siendo. Aunque se haya ido y esté riéndose en las narices de San Pedro o montando una coral caótica y atropellada de querubines. Todo esto en realidad es para decir que sentimos que el 2011 empiece sin él. Así que resumiendo: gracias, Berlanga.
 
Una secuencia de maestro con pulso. Hay un momento que están en rodaje hasta cuatro conversaciones cruzadas diferentes. Lo que viene siendo una orgía para cualquier cinéfilo.
UNA ÚLCERA COSTUMBRISTA QUE NO AMARGA TANTO
 
Mal que le pese a nuestro amado Berlanga, creemos que Plácido no es su film más logrado. No sería sino dos años más tarde cuando el maestro comenzaría a frecuentar la perfección, cuando daría con la piedra filosofal de la comedia negra, el tono agridulce acertado. Cuando en buena hora alumbró El verdugo, en definitiva.
 
Pero sin alejarnos de Plácido, sabemos que estamos ante un retrato costumbrista que caricaturizó la hipocresía de la sociedad biempensante invitando a los pobres de solemnidad a fregar los platos de su conciencia en Nochebuena. Sin embargo, cuestionamos algunas de las herramientas con las que el cineasta se puso manos a la obra. Por ejemplo, la endeble efectividad de un estilo propio, sin lugar a dudas brillante, pero que en esta película tan sólo comenzaba a dar sus primeros pasos. Hablamos de la narración coral incrustada en sus característicos planos-secuencia, con ese trajín de personajes que se nos dispersan, que se zarandean a sí mismos de un lado a otro, sin orden ni concierto, para ilustrarnos la vacuidad de sus acciones, lo estériles que resultan sus buenas e hipócritas intenciones. Y desde luego, nos quitamos el sombrero, es un gran hallazgo para arrancar la sonrisa del respetable, que nos sabe a cine con mayúsculas, pero que le ha dado mejores resultados en películas con más mala leche, como lo pueden ser La escopeta nacional, o con un trasfondo más complejo y unos personajes más incisivos, más resabiados, como en La vaquilla. En Plácido, no podemos dejar de pensar que no hubiera estado de más un poquito de mesura en la técnica para lograr resultados cómicos más rotundos, menos cansinos.
 
En segundo lugar, el dibujo de los personajes se le quedó esta vez en el tintero. Estamos ante un maniqueísmo en el que, prácticamente, tan sólo se perfilan dos tipos humanos: el hipócrita pretencioso y el pringado sin remisión. El resto de matices que identifican a los distintos personajes, se nos quedan en variaciones sobre sendos temas. En tierra de nadie, eso sí, permanece Quintanilla (inolvidable López Vázquez) que pivota de un extremo a otro confirmándonos que, más adelante, Berlanga sabrá dotar de un alma más compleja a sus retratos humanos, encontrando, con ello, mil y una posibilidades cómicas. Ahí estarán José Luis Rodríguez (Nino Manfredi) y Amadeo (José Isbert) para demostrarlo.
 
Por otro lado, también echamos en falta que al frente del reparto coral hubiera estado un actor con menos limitaciones que Cassen, puesto que es hilo conductor y catalizador de buena parte de las acciones de la película. Nadie duda de su valía como cómico, pero el traje de Plácido no creemos que estuviera hecho a su medida. Su interpretación resulta dura, áspera, poco dada al sentimiento.
 
Aunque nos toque ser inmisericordes, en plena temporada navideña, haremos una excepción y no queremos dejar pasar por alto la oportunidad de celebrar los momentos cumbres que más nos han emocionado de este film, que nos gusta y mucho. Nos quedamos con la triste e irónica peripecia de Plácido, personaje con la familia siempre al hombro, de un lado para otro, confiado y porfiado, una víctima colateral de una caridad que, atrapada en el celofán, poco sabe de los apuros que pasan los autónomos. Pero sobre todo, nos quedamos con esa pobre mujer, que acaba de estrenar viudedad, a la que dejan tirada con el cadáver de su marido en su humilde casa. Una desgraciada, consumida por el dolor y que, sin embargo, no puede dejar de zamparse con avidez un pedazo de turrón, triste limosna. Y es que no hay dolor que apriete más que ‘el hambre’. Esa es la esencia del cine de Berlanga, del humor que nos ha fascinado, el que le ha buscado un buen hueco en el rincón más sagrado de nuestra memoria cinéfila. Allí, siempre le estamos esperando para echarnos unas risas de las que dejan un regusto amargo.
 
Berlanga se retrata en el retrato de su mártir navideño. Con un villancico final triste pero cierto (SPOILER). Hasta siempre, maestro.
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2 comentarios

  1. Habéis hecho uno de los mejores homenajes a Berlanga que he leído. Y solo hablando de una peli. Sois buenos… (voz de Robert de Niro). Por cierto ¿quiénes sois?

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  2. Gracias, Pablo. Es lo que pasa cuando se habla desde la admiración. ¿Que quienes somos? Somos Cinetario.

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