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Visionado: ‘El discurso del Rey’, de Tom Hopper. ‘Tartamudos de empatía’

 

cinco estrellas


¿Cómo se consigue que un ciudadano de lo más normal sufra y viva como propio el enorme tormento de un monarca británico retraído y tartamudo? Preguntad a Tom Hooper, genio de los rayos catódicos de la Gran Bretaña, que ha sacado a la palestra esta excepcional tragicomedia sobre el difícil y traumático ascenso al trono, en los turbulentos años que precedieron a la II Guerra Mundial, del rey George VI de Inglaterra. O directamente acercaos a visionar El discurso del Rey, espléndido retrato de un hombre acomplejado pero valiente, y de su tesón por superar sus miedos y coger la medida del camino que le marcaba la Historia.
 
Añadid además a la soberbia interpretación de Colin Firth dando vida al monarca tartaja, la presencia deslumbradora del señorial monstruo de la tablas británicas Geoffrey Rush, como su antiprofesional terapeuta en trastornos del habla, y la de la camaleónica Helena Bonham Carter. La X quedará además totalmente despejada si agregamos una intimísima dirección, un guión fresco, rápido, lleno de humor inteligente, ironías y críticas sublimes a los anacronismos de los sistemas monárquicos.
 
Comprenderéis que el resultado no puede ser otro que el de uno de los mejores retratos de la monarquía que se han hecho en el séptimo arte, que se columpia sin complejos por encima de la magnánima Hellen Mirren en The Queen. Así que no nos cortamos en afirmar que tales combinaciones hacen que esta película tenga vocación de ganadora, se quede donde se quede finalmente. Porque tiene voz y se pronuncia, como el propio protagonista grita furioso en una de las mejores secuencias del film.
 
No queremos hacer boicot a los estupendos actores de doblaje que tiene nuestro país, pero tenemos la obligación de ordenaros (sí, por imposición) que la veáis en versión original subtitulada. El duelo interpretativo entre los sires Firth y Rush, el constante tartamudeo de Su Majestad, y los numerosos juegos de palabras, diálogos brillantes y guiños al humor inglés, pasarán inadvertidos de otra manera. Es el último ingrediente necesario para comprender nuestra empatía, como plebeyos, con esta solemne y regia historia de superación personal.
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Homenaje: Colin Firth, caballero de la toma redonda

Candidato a los Globos de Oro, 2011. Le descubrimos a finales de los 80, en la piel seductora del Vizconde de Valmont, y fuimos suyas. Corrían los tiempos en los que las productoras no dejaban de pisarse proyectos y, de dicha competitividad clandestina, nacieron dos bellas versiones de Las Amistades Peligrosas. Firth protagonizaba la espléndida y preciosista visión de Milos Forman (Valmont). Con permiso del soberbio Malkovich, nos rendimos a sus maneras elegantes, aunque frívolas, a su mirada indiferente, pero abrasadora, a su gesto seguro, pero abrumado por mil y un matices de sentimientos encontrados.
Tiempo atrás, Firth había brillado en su querida patria, Gran Bretaña, como el arrogante Mr. Darcy de la serie Orgullo y Prejuicio que la BBC regaló a sus compatriotas. Y fue entonces cuando se hizo la luz en la cabecita de una escritora de libros en serie, una tal Helen Fielding, que se enamoró perdidamente del personaje/actor (tanto monta, monta tanto) y concibió a Mark Darcy. A la sazón, el chico demasiado perfecto de El Diario de Bridget Jones, el yerno que toda madre querría tener y, desde luego y sólo por esa vez, habría que darle la razón. Hete aquí que Firth volvía a ser universal porque si de la tele saltó al papel, de la novela pronto se nos escapó para convertirse otra vez en protagonista en la película homónima para la gran pantalla.
El año pasado Firth nos condujo al abismo en Un hombre soltero (Tom Ford, 2009). Sufrimos junto a él la pérdida del ser amado en ese terreno fronterizo emocional donde el infierno se confunde con la existencia. Su labor interpretativa estaba por encima de los Oscar y, de hecho, Jeff Bridges se lo arrebató. Hoy se nos anuncia otra vez como firme candidato a la ‘mejor interpretación masculina’ en los próximos Globos de Oro, antesala de los Oscar. En esta ocasión, su hazaña ha sido la de interpretar a un tartaja de manera convincente. A un monarca por accidente (George VI) molesto ante la homérica labor de que un país te tome en serio, en vísperas de la II Guerra Mundial, y para más inri, con un elocuente Winston Churchill al lado, como compañero de viaje. La película se llama El discurso del Rey (Tom Hooper, 2010).
La soberbia interpretación del tartamudo regio bien merece que colguemos el tráiler de la película en su lengua materna. Pero si os puede la curiosidad y queréis conocer, en cristiano, de qué va la película, justo debajo encontraréis la versión española. Nadie tiene por qué saber cuál habéis visionado. Por cierto, se estrena el próximo 22 de diciembre en España.
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