Visionado: ‘Crónicas diplomáticas’, de Bertrand Tavernier. ‘Una comedia para tomar en serio’

cronicas_diplomaticas

tres estrellas

Sin lugar a dudas la mayor sorpresa que reserva Crónicas diplomáticas es la capacidad que tiene la película para tomarse en serio a sí misma, pero echándose unas risas. Es decir, es una cinta que tiene un punto de disparate despreocupado y surrealista y, sin embargo, en ella todo parece responder a una cuidada planificación cómica que intenta buscar la identificación con la realidad del enorme aparato burocrático del  llamado Estado.

Tiene como epicentro a un personaje hilarante por su elevada simpleza. Se trata, ni más ni menos, que del ministro de Asuntos Exteriores francés, interpretado con alegría y brillantez por Thierry Lhermitte. Es un tipo que se siente llamado por el destino para liderar grandes gestas diplomáticas, aunque la actualidad política mundial se le quede corta. Un pedante que hace gala de su incultura, se pierde en un laberinto de pensamientos abstractos, frases hechas y esnobismos de medio pelo. Más que caricaturesco, que lo es, resulta un divertidísimo boceto perfilado para reconocer en él rasgos de muchos de los tipos que ocupan el primer plano de la vida pública. A su alrededor, giran sus satélites: una corte de asesores a cual más peculiar, real y estrambótico.

En Crónicas diplomáticas comenzamos la película siguiendo el rastro de un discurso. Un discurso que será leído en las Naciones Unidas por el ministro protagonista, pero que se le ‘encasquilla’ en el cerebro a su autor, un joven asesor que comienza su trabajo en Quai d’Orsay con esta tarea. El joven se ha propuesto hacer carrera en la política buscando el mensaje adecuado para un tipo que no tiene ni la más remota idea de lo que quiere decir.

Entre tanto, somos espectadores de una locura de tintes burocráticos. Nervios y estrés recorriendo los pasillos laberínticos; papeles que ‘sobrevuelan’ los portazos del Ministro; frases de Heráclito derrochadas a la primera de cambio, crisis internacionales que pasan con mayor pena que gloria, o rotuladores que “se despeluchan”. Bertrand Tavernier realiza una ingeniosa y satírica descripción de la política y de la diplomacia francesa, que valdría para cualquier rincón del planeta aunque puede que a más de uno se le quede corta en su proyección crítica.

Quizás sea así porque aunque divertida, la película no es redonda. No discurre con la misma agilidad ni con el mismo nervio a lo largo de todo su metraje, deteniéndose en algunas situaciones que resultan aburridas o quizás demasiado localistas, tomando como referencia el sentido del humor galo. También deja la sensación de que se le podría haber sacado más partido a algunos de los personajes que acompañan a nuestro joven protagonista quien, por cierto, está interpretado por un actor prometedor, Raphaël Personnaz, a quien le sienta como un guante la piel del pobre y flemático diablo al que encarna.

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