Visionado: ‘El poder del dinero’, de Rober Luketic. ‘Cansino espionaje industrial’

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dos estrellas

El poder del dinero, de Robert Luketic, es una de esas películas preocupantes que muestran el agotamiento de ideas que sufre, en muchas ocasiones, la industria del cine de Hollywood. En esta ocasión, nos acercamos a una de espionaje industrial que cuenta con dos reclamos, dos actores con suficiente poderío como para que caigamos en la trampa y paguemos la entrada de cine con cierto entusiasmo gratuito. Hablamos de Harrison Ford (luciendo una tímida calva de anciano que quiere hacerse respetar) y del magnético e imprescindible Gary Oldman.

La película narra la historia de un joven, Adam Cassidy (Liam Hemsworth), que ambiciona llegar a lo más alto en alguna de las grandes corporaciones tecnológicas que dominan el mercado. Para ello, y presionado por Nicholas Wyatt (Oldman), se presta a realizar labores de espía industrial en una de las firmas más punteras del sector, propiedad de Jock Goddard (Ford). De este modo, Adam alcanza sus sueños más materialistas: reconocimiento profesional, una novia espectacular y un gran tren de vida. Como no podía ser de otra forma, sobre el tablero de este peligroso juego nada es lo que parece, o tal vez sí para muchos espectadores.


Porque lo cierto es que El poder del dinero no tiene una trama demasiado compleja. Sin embargo, a su guionista le debió parecer que su público potencial no iba a estar a la altura de su ingenio e iba a necesitar abundantes explicaciones sobre lo que estaba viendo. Más aún, sobre la tortuosa (es un decir) relación ‘paterno-filial’ que mantienen los dos secundarios, interpretados por Ford y Oldman que son pilares de la trama. Todavía nos preguntamos cómo se prestaron a participar en este desvarío. Como maestro de ceremonias, la película cuenta con uno de los guaperas ‘de nuevo cuño’ en la industria, Liam Hemsworth,  peor actor que su hermano, Chris Hemsworth,  e interprete de expresividad algo atrofiada.

El film tiene cierta vocación de trascender. De alguna manera, se pone moralista y denuncia los manejos corruptos de nuestra sociedad occidental en la que la juventud se vende a precio de saldo. Y lo hace con el instinto reflexivo de un videoclip. Ni siquiera tiene el poder de fascinación de aquellas películas de otros tiempos donde los buenos tipos caen en el abismo de la inmoralidad por pecar de ingenuos o de ambiciosos primerizos. Algo huele a podrido en Adam Cassidy desde el principio y su edad no le redime. Está muy visto, demasiado, para que nos entren ganas de acompañarle en su mediocre aventura.

Una postdata: ojo al giro final que reserva la historia. Quien no se lo imagine con antelación, que no se torture. Resulta tan soso el desenlace que no merece la pena buscarnos las cosquillas.

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