‘Doce hombres sin piedad’, de Sidney Lumet. ‘Anatomía de la duda razonable’ vs ‘Conductismo sin retorno’

 
ANATOMÍA DE LA DUDA RAZONABLE
 
El cine ha bebido del teatro desde su cuna. Miles de guiones pensados para el escenario alcanzaron mayor repercusión mundial a través de la gran pantalla, una práctica que tuvo su eclosión en los años 40 y 50 y que todavía hoy sigue siendo una magnífica práctica, sobre todo en el cine de autor. Doce hombres sin piedad puede considerarse, quizás junto a Un tranvía llamado deseo, uno de los filmes que mejor representan esa comunión entre el guión teatral y las cámaras. El dramaturgo Reginald Rose escribió la historia original (representada en casi todo el mundo) y la adaptó también para el cine, dejando en manos del gran Sidney Lumet la realización de este relato sobre la verdad y sus aristas, que se convertiría en uno de los dramas judiciales más intachables de la historia.
 
 
Ante los doce miembros de un jurado, un magistrado da por finalizado el juicio a un joven de 18 años por haber matado a su padre, y les pide que se retiren a deliberar el veredicto. Si es culpable, será enviado a la silla eléctrica por homicidio en primer grado. La cara del acusado se superpone sobre la sala a la que todos acuden a reflexionar su dictamen y donde se desarrolla el resto de la película. Cuatro paredes para que una docena de hombres decidan sobre lo que al principio parece un caso sencillo de culpabilidad. Pero hay uno de ellos, el número 8, interpretado por Henry Fonda, que tras la primera votación manifiesta su desacuerdo, no por creer en la inocencia del muchacho, sino por tener dudas y considerar justo que se debata sobre la cuestión, debido a que la vida del acusado está en sus manos.

 
 
Es el arranque de una de las mejores narraciones cinematográficas que se han hecho sobre la relatividad de los denominados “hechos probados”. Arropado por un reparto excepcional (todos ellos sin nombres propios en la película) cuya solidez descansa sobre un austero Fonda y un tremendo Lee J. Cobb, Lumet abre la caja de pandora sobre cuestiones sociales nada habituales en el cine de los años 50, emanadas de la propia infancia maltratada del acusado y de su pertenencia a un barrio suburbial azotado por la violencia. Casi en tiempo real, el miembro del jurado número 8 comienza a desgranar una por una las pruebas del caso y a ofrecer al resto de los personajes una oportunidad para reconsiderar lo que se ofrece como un veredicto precipitado y sometido a prejuicios.
 
Contra el poder de la mayoría, la falta de ética y de responsabilidad, y la intolerancia, el personaje de Fonda ofrece una visión alternativa sobre los testimonios, el arma del crimen y los indicios, poniendo ejemplos, argumentando y consiguiendo extender dudas razonables conforme avanza el tiempo y aumenta la tensión, el humo de los cigarros y el sudor de las camisas. El guion se sirve de múltiples personalidades, dogmas y situaciones personales para configurar un crisol humano lo más variado posible y en paralelo, asistimos a una narración visual que juega con todas las posibilidades técnicas de un espacio cerrado. Es algo a lo que Lumet demuestra no tener ningún temor, realizando auténticas maravillas con los planos y jugando a colocar a los doce hombres en diferentes posiciones, como en un tablero de ajedrez.
 
 
No hay concesiones a la comodidad del espectador. La ambigüedad de los hechos queda tan sumamente diseccionada que no hay forma de saber si el acusado es o no culpable. Y no hay otro objetivo más allá de ese dato. Se trata, como dice el miembro número 8, de “una verdad que nunca conoceremos” y que tan solo obliga al resto de personajes (y a nosotros) a tener agallas para decidir lo que sería justo en un caso así. No decidir conforme a influencias externas, dogmas, simplificaciones o estereotipos, una misión casi imposible todavía en la actualidad, por la propia naturaleza del ser humano, inasequible a una justicia plenamente eficaz.
 
A continuación el trailer extendido que se hizo para su promoción en 1957:
 
 

CONDUCTISMO SIN RETORNO
 
La capacidad de persuasión es una de las cualidades humanas que más gloria y desgracia ha traído a los hombres desde el inicio de las primeras civilizaciones. Utilizada para el bien o para el mal, se trata de un elemento casi mágico ligado de forma inevitable a la necesidad de convencer al otro de que tenemos razón. Es posible que Doce hombres sin piedad sea una de las películas más valiosas para que cualquier amante de las conductas humanas pudiera realizar una tesis al respecto. El máximo exponente es el personaje de Henry Fonda en esta película sobre el relativismo judicial y la manipulación de la verdad.
 
 
No hay duda de que se trata de una película brillantemente narrada y con una creciente desazón argumentativa que incluso le otorga un grado de thriller del todo apasionante. Pero para ello, Sidney Lumet y Reginald Rose se sirven de un conductismo que condena al espectador a pensar lo que el personaje principal quiere que pensemos, convirténdonos en un miembro más del jurado y dejando la historia anclada en una paradoja. ¿Por qué? Porque al final todos (personajes y público) también somos manipulados, llevados al terreno de la duda razonable que no equilibra la balanza, sino que la inclina del lado del más persuasivo, el más convincente, el más carismático.
 
 
Es incuestionable que ante la duda, cualquier veredicto siempre debe ser el de la inocencia, pero en este caso el guion consigue llevar al límite la delgada línea que separa lo poco probable de lo posible, dejando todo el sistema de justicia en manos del caos. Es decir, si un testigo es siempre dudoso, si las pruebas directas se convierten en circunstanciales, si todo el mundo miente, ningún crimen podría probarse si no hubiera confesión o una grabación directa del mismo.
 
Por esa búsqueda de convencer al espectador, es también posible que los personajes estén definidos de forma tan estereotipada. Los débiles a un lado y los irreductibles a otro, en ambos extremos. Se trata de un recurso de personalidades extremas que juegan a dictaminar de acuerdo con sus dogmas o incluso simplemente por las ganas que tienen que irse. De esta forma, generando antipatía ante los más testarudos, resulta también más fácil embaucar al espectador, conforme a un cúmulo de coincidencias que ponen en tela de juicio cada una de las pruebas aportadas para llevar al acusado al corredor de la muerte. Claro, es ficción y se lo puede permitir pero, ¿hasta qué punto es posible que todas y cada una de las pruebas sean refutables y que se pueda convencer uno a uno a todos los miembros de un jurado? Ahí es donde encontramos ese conductismo sin retorno.
 
 
No olvidemos que la película presume también de cierto trasfondo social y que por lo tanto coquetea con las huestes del realismo. Por eso resulta algo poco creíble ese miembro del jurado ejerciendo de abogado defensor, y que al final sean cuestiones personales de los miembros del jurado las que les convenzan de su decisión final. El caso es que el mundo rara vez funciona así y que por más que proclamemos que la verdad es relativa, siempre podremos encontrar a alguien mucho más persuasivo que nos convenza de nuevo de todo lo contrario.

Os dejamos la película completa mientras permanezca libre de derechos, en inglés original:

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