Visionado: ‘Oz, un mundo de fantasía’, de Sam Reimi. ‘El mejor truco es el engaño’

tres estrellas
 
El atrevimiento de los directores más iconoclastas por adentrarse en las precuelas de películas y sagas fantásticas parece no tener límites hoy en día, cuando los efectos especiales y el mundo digital hacen posible casi todo. El proyecto para contar el origen del mago más famoso del mundo tenía solera en los cajones de Hollywood y es que solo alguien con la suficiente “chepa” artística podía tener el valor de meterle mano a los volúmenes del novelista Lyman Frank Braun sobre este reino y contar la historia precedente a El mago de Oz que Victor Fleming rodó con Judy Garland en 1939, una de las mejores películas del séptimo arte. Entendemos que animado por el éxito de su trilogía Spider-Man, Sam Reimi fue al final el valiente, y solo por eso ya prometía.

 


Así que podíamos imaginarnos sin temor que el gran maestro del cómic convertido en cine no haría un trabajo desdeñable. Y no lo ha hecho. Oz, un mundo de fantasía es una película entretenida a más no poder y que además mantiene la textura iconográfica que Fleming rodó hace más de 70 años, que se dice pronto. Pese a su inevitable toque cursiloide, que para eso es Disney quien paga el banquete, Raimi ha sabido imprimir en ella su personalidad frenética y algo nostálgica del reino más allá del arco iris, el de las baldosas amarillas y el de la Ciudad Esmeralda. Un ejemplo es su similar arranque en blanco y negro, la profundidad de la magia de los bosques y su enorme homenaje a la bruja verde del Oeste, probablemente lo mejor del film.
 
Para este objetivo hace recaer prácticamente todo el peso de la película en el chisposo James Franco, ese actor de sonrisa irresistible al que le viene como anillo al dedo el papel del trilero y timador Oscar Diggs Oz, quien huyendo en globo va a parar al reino que lleva su nombre, y cuyos habitantes le esperan para que les salve de la destrucción que sobre ellos planea la Bruja Mala. Está algo histriónico y payasete por momentos, pero al final su deje de burla sarcástica le saca del enredo. Eso y su tremenda y sofisticada “corte” de actrices: la portentosa Rachel Weisz (la Bruja Evanora), la dulce Michelle Williams (la Bruja Glinda) y la morbosa Mila Kunis (la Bruja Theodora), que le meten en un juego de despistes y lealtades igualmente eficaz.
 
Este elenco no nos descubre, sin embargo, nada nuevo. El ritmo narrativo es ágil e inteligente, las interpretaciones son correctas, algunas más que otras, y las dos horas y pico no resultan excesivamente largas aunque sí estiradas, que no es lo mismo. Al final -lo tenemos que decir- no pudimos evitar echar de menos a Dorothy, a Totó y a sus tres torpes acompañantes, cantando aquello de because, because, because en el tema The Wonderful Wizard of Oz. Así funciona la melancolía cinéfila.
 
Admitimos que no carece tampoco la película de cierta ternura, con esas entrañables criaturas que no por tópicas y friquis resultan menos adorables: un mono volador vestido de botones, una muñequita medio de porcelana-medio manga, un cascarrabias bigotudo y un maestro de la pachorra. Toda esta compañía, junto con la inestimable ayuda de las melodías de Danny Elfman y de la imaginación visual, configuran el camino a la grandeza del mago, un aprendizaje mil veces visto, mil veces insertado en la moralidad de la sociedad occidental, esa eterna lucha por la bondad que de repente empapa las buenas intenciones de una historia que no llega a tanto, pero que lo intenta honestamente.
 
Incluso da la sensación de que el propio Raimi, listo como ninguno, disfraza este aleccionamiento moral de la misma manera que el falso mago se hace pasar por un gran hechicero. Nos hace creer que todo es posible con ingenio y creatividad, que a veces pasa que un pequeño pueblo oprimido puede echar a sus malos a golpe de falsa creencia, y lo hace con el mejor truco de la historia: el engaño. Hay una escena en la que se promulga la necesidad de mantener la fe de los ciudadanos (no su voluntad, ni su valor, ni su capacidad para luchar) por encima de todo. Todos bajo una mentira, una promesa, pero ante todo creyentes y comprometidos. Se trata de un mensaje religioso muy fiel a la novela original y que el cineasta enarbola como para mostrarnos que también su película es un truco. Lo descubrimos, pero nos dio igual. El cine también es así. 
 
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