Visionado: ‘The Act of Killing’, de Joshua Oppenheimer. ‘Inclasificable relato de un genocidio’

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Acostumbrados a los numerosos recursos narrativos que hoy en día ofrecen las nuevas tecnologías y la realización digital, llevamos años dejándonos llevar por películas documentales cuyo montaje y elementos de sugestión terminan por enturbiar o directamente anular el mensaje de fondo. Es una práctica que ha hecho del periodismo cinematográfico un peligroso y adornadísimo género que se balancea entre la ficción y la realidad y que en muchas ocasiones manipula al espectador con elementos que van más allá de la objetividad, como la música, la estética videoclip o la desorbitada aleación narrativa. Pero, ¿qué ocurre cuando no hay artificio, cuando solamente hay una cámara, no hay voz narrativa y se deja que los protagonistas se retraten a sí mismos? ¿Qué sucede si un hecho histórico olvidado en el tiempo resucita por boca de aquellos que lo provocaron y únicamente su testimonio genera un clima de terror en el que lo contempla?

Pasa entonces que encontramos una película tan estremecedora, surrealista y absolutamente novedosa como es el caso de The Act of Killing, producida por el maestro alemán Werner Herzog. Su artífice, el realizador danés Joshua Oppenheimer se trasladó a Indonesia para realizar un documental sobre el genocidio de casi un millón de comunistas cometido en este país tras el golpe de estado militar de 1965 y la llegada al poder del general Suharto. Para ello, contactó con los jefes, aún vivos, libres y considerados héroes de guerra, de los escuadrones de la muerte que llevaron a cabo los crímenes y les propuso realizar una película, mediante recreaciones ficticias de sus actos.

Es, por tanto, una película que cuenta otra película. Pero no como el metacine que estamos acostumbrados a ver. Relata, por un lado, las impresiones de aquellos que como Anwar Congo (protagonista testimonial de todo el documental) fueron ejecutores de torturas inimaginables y de asesinatos sanguinarios, y que casi medio siglo después, siguen mostrándose orgullosos de haber matado impunemente, de haber actuado por el bien de su país. Pero en paralelo, también nos ofrece otra historia, la de la película que Congo prepara con Oppenheimer, recubierta de un surrealismo histriónico y trivial donde los matones son maestros de ceremonias y las pesadillas tienen forma de teatro musical.

Así, conforme avanzamos por los pensamientos de esta medio persona medio personaje, mientras asumimos su perfecto encaje en las teorías de la banalización del mal, sus excusas de sicario sádico y avejentado, y la obsesión y preocupación estilística con la que pretende recrear los innovadores métodos de tortura que utilizó, caminamos también junto a sus miedos, bajo los frágiles pilares de la culpa que a ratos siente, y con el escalofrío de sentir, sin que nos la enseñen de manera directa, esa deshumanización masiva que tantas veces ha golpeado a nuestra civilización, incluso aunque nadie la recuerde.

Lo más curioso es que sus declaraciones, junto con las de sus amigos, también criminales impunes de aquella matanza (porque “los vencedores son los que deciden qué es un crimen de guerra”), se suceden bajo un generalizado halo de estupidez, de actuación (de ahí el doble significado de “act”) que resulta casi inconcebible por su crudeza. A ratos se ríen de lo que hicieron, a ratos reconocen su propia brutalidad, y casi siempre recuerdan que ellos ganaron, que fueron más fuertes y que hay poco más que considerar en la ley de la selva. Es el relato de un genocidio, pero no un relato oral, ni visual, ni musical, ni siquiera cinematográfico, sino una historia inclasificable donde el terror crece en forma de repugnancia, de esa que produce de manera más visceral lo que se intuye sin que lo veamos.

Tuvimos la ocasión de ver la versión extendida de este documental, que incluye 40 minutos más de filmación, y aunque no aporta ni un mínimo de consuelo al odio por el ser humano con el que irremediablemente terminamos de verla, sí que contribuye a aumentar el aturdimiento con el que al final miramos el gesto de Congo, absolutamente devastado por la travesía amoral y titubeante de sus actos. Con numerosos premios acumulados, y nominada al Oscar como Mejor Película Documental, The Act of Killing es necesaria simplemente por el hecho de existir sin que pueda compararse con nada visto antes. Y también porque duele sin cura, y porque no tiene un átomo de compasión ni de adorno, salvo el que otorga el cristal transparente de una cámara.

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