Visionado: ‘Spectre’, de Sam Mendes. ‘Bond y sus sombras’

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La película arranca con un prodigioso plano secuencia de 13 minutos de duración, orquestado por su director, Sam Mendes. En la toma única, dos figuras, un hombre enfundado en un disfraz de esqueleto y una bella mujer morena, avanzan mientras destacan, poco a poco, de entre una multitud enfervorizada, presa de un extraño frenesí. Celebra la Fiesta de los Difuntos en las calles de México DF. Calaveras gigantescas, novias cadáver, maquillajes de ultratumba y una auténtica explosión de colores invaden la Plaza del Zócalo y alrededores. Se respira un desorden en procesión, una especie de caos que rinde culto a la muerte expresando una desesperada pasión por la vida. Y en esas, el esqueleto y la morena avanzan sin prisa, cadenciosamente, a buen ritmo. Hasta que, fuera de plano, el esqueleto se enfunda el traje de James Bond (Daniel Craig) y se desata la acción.

Spectre  es una película minuciosamente creada para hacer del espectador un rehén de la gran pantalla durante la primera mitad de su metraje. Visualmente es arrebatadora, tiene nervio y un sentido del ritmo logrado. Los incondicionales de la saga encontrarán en ella el Bond que esperan más en forma que nunca, acompañado de toda su ‘liturgia’, y también un puñado de guiños a otras películas 007 (James Bond contra Goldfinger o 007, al servicio de su Majestad).

Precisamente, es el pasado del agente secreto el que acaba convirtiéndose en el auténtico protagonista de la película. Un protagonista que tiene su lado bueno, logrado, y su territorio oscuro. Como es el caso del villano del film, que es presentado como un malvado definitivo, la estación final dentro del viaje iniciático al origen del mal emprendido por Bond, en tiempos de Daniel Craig. Y Oberhauser (Cristoph Waltz), el pérfido en Spectre, desgraciadamente, no es para tanto. En los primeros instantes de su aparición, se adivina con fuerza. Se perfila por vez primera presidiendo una especie de sociedad secreta: en la penumbra, como un tercer hombre de clase alta (pero con menos carisma). Después, va tomando cuerpo y, en boca de otros personajes, se convierte en una especie de dios, capaz de verlo todo  y de colarse en el pasado de los personajes para convertirse en el “autor de su sufrimiento”. Sin embargo, a la altura del desenlace, patina. El personaje empieza a hablar. A dar demasiadas explicaciones y se convierte en una criatura sin misterio, necesitada de una urgente terapia que nos libre del vergonzoso espectáculo de su obsesión. No ayuda un Christoph Waltz empeñado en repetir sus grandes éxitos a la hora de encarnar a personajes de naturaleza oscura.

Lo curioso es que el pasado, ese aire existencialista que se apodera de la película, juega a favor del perfil del propio James Bond. Su vida pesa, la tragedia humaniza al agente 007 que vive en una eterna Fiesta de los Difuntos, dejándose llevar por su heterodoxo sentido de la justicia y una extraña inercia fatalista en la que sólo cabe la compañía de sus viejos fantasmas. Personajes que fueron importantes o accidentales en su vida. A los que amó, desaparecieron o eliminó, pero siempre fueron reflejos de una constante vital en su trayectoria: la muerte.

En la película se presenta otra ‘fuerza del mal’ simultánea, paralela, en que hubiera sido más interesante profundizar. Más prosaico, sin la mística ni el misterio infantil de los genios malignos de la saga, pero mucho más inquietante. En la película, Max Denbigh, un burócrata encarnado por Andrew Scott (Moriarty, en la serie Sherlock), está empeñado en sustituir al sacrosanto MI6 y a su vieja estirpe de agentes 00 por nueva era de vigilancia preventiva que nos resulta familiar. En ella, la pesadilla de Orwell, su ‘Gran Hermano’, se concreta en una suerte  de inteligencia combinada de varios países y aliada de la tecnología más sofisticada. Es un plan que tiene coartada. El mundo necesita sentirse observado para dormir tranquilo ante la escurridiza amenaza terrorista. Bond y sus fantasmas tienen la oportunidad de dar al traste con el plan a ese lado del Támesis. En nuestra orilla, quizás sea otra historia.

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