Archivos de etiquetas: Luis Tosar

Visionado: ‘El Niño’, de Daniel Monzón. ‘Acción sin reacción en el Estrecho’

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tres estrellas

El puerto de Algeciras, el Estrecho de Gibraltar, el Peñón y Marruecos son escenarios con suficiente juego estético y narrativo para montar una gran película de acción. El Niño no falla en tal misión. Está configurada como un gran thriller sobre el tráfico de drogas en el que la música y las localizaciones tienen la inteligencia y el saber hacer de los expertos en cascarones, en saber armar una buena historia con esos elementos estimuladores de la adrenalina que, como mínimo, hacen que prestemos atención. Ese ha sido el principal éxito del intrépido Daniel Monzón, junto con una abrumadora (por no decir cargante) campaña promocional que creemos que está batiendo algún record guiness de duración.

El cineasta es perro viejo y con Celda 211 intentó quedarse con la copla: nada vende mejor que un personaje principal atrayente. No obstante, debió apuntarse mal la nota o la letra, porque decide que para su particular The Wire a la española lo mejor era agenciarse un actor guapetón, de ojos transparentes, cuello imposible y talento interpretativo algo más que cuestionable. Jesús Castro es ese Niño entre dos tierras. El papel de joven temerario, callado, ambicioso, cebo, partícipe y azote del narcotráfico, le queda tan grande que a ratos da hasta algo de lástima. Está a unos mil universos de nuestro concepto del carisma, y no digamos de Malamadre, a quien no podemos evitar buscar en un Luis Tosar cuyo papel de policía atormentado y obsesionado con pillar a los malos está configurado a brochazos y casi con desgana.

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Visionado: ‘También la lluvia’, de Icíar Bollaín. ‘Talento social en dos mundos’



cuatro estrellas


Cristóbal Colón llegó a América y se supone que la conquistó. O la sometió. O la masacró. En el nombre de Dios y de sus mercenarios en la Tierra. Ahí está lo que hoy es Hispanoamérica, y sus nuevos conquistadores, los que tendieron sus redes imperialistas desde los nortes. Ahí están los regímenes heredados de la revolución bolivariana, la que soñó el coronel en su laberinto. Ahí están, en el siglo XXI, los últimos indígenas impidiendo que les quiten también la lluvia. Y ahí está el argumento de la película: en el año 2000 comienza en Cochabamba (Bolivia) el rodaje de una película sobre la historia del dominico Fray Bartolomé de las Casas y su revolución personal contra los inicios del colonialismo español, y que se rueda en paralelo a los incidentes que ese año se produjeron en esta ciudad por el intento de privatización del agua.
Estos son los hechos que Icíar Bollaín recrea en un cuadro perfecto y que demuestra su maestría casi generacional. No en vano, la madrileña presenta una película difícil, ambiciosa, perturbadora por momentos, y llena de contrastes y de matices. Un auténtico torrente narrativo de dos películas en una. El cine dentro del cine. Y dentro del cine los actores que hacen de actores. Y dentro de éstos un director idealista (¿cómo hace Gael García Bernal para elegir siempre tan buenos papeles?), un productor pragmático (¿cómo lo hace Luis Tosar para estar siempre y no hacerlo nunca mal?) y un actor peleado con su personaje (¿cómo lo hace Karra Elejalde para mimetizarse tan bien?). Y transformándoles a ambos el héroe de los indígenas, tanto en la película de dentro como en la de fuera.

Con ello, Bollaín, la revolucionaria trastabillada que Ken Loach abrió los ojos en Tierra y libertad, se pone al frente de su propio talento audiovisual. Sin desvanecimientos, sin reservas, con sinceridad y honestidad, deja firmada su crítica social a un momento histórico, eterna vergüenza de la España de los isabeles, fernandos y posteriores, en un paralelismo perfecto con las servidumbres que el pueblo latinoamericano contemporáneo sigue padeciendo, y contra las que sigue luchando. Si en Te doy mis ojos demostró su buena mano para el drama con doble fondo, y en Mataharis su visión catenaria, en ésta, como ya lo hizo más tímidamente en Flores de otro mundo, uitiliza lentes de amplia visión y despliega una historia en la que se nota que creía, que la atormentaba y conmovía.

Por todo ello le deseamos abundantes Premios Goya, al igual que a Buried, de Rodrigo Cortes. Con permiso del presidente de la Academia y de su triste y fallida balada.

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