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Disección: ‘Lolita’, de Stanley Kubrick. ‘El arte de amar lo prohibido’

EL ARTE DE AMAR LO PROHIBIDO
 
PANORÁMICA: 1962. La Guerra Fría se alimenta al borde de un conflicto mundial nuclear tras detectar los aviones de John F. Kennedy bases de misiles soviéticos en Cuba. Se funda Amnistía Internacional. Los Beatles despiertan al mundo con Love me do. Deja este mundo el Nobel de Literatura William Faulkner. En agosto, se apaga la poca luz que quedaba del Star System cuando Marilyn muere. Cuatro días después, fallece el escritor germano-suizo Herman Hesse, gurú de los bajos fondos mentales. También muere, aunque ejecutado, Adolf Eichmann, ideólogo, por encargo, del Holocausto judío.
 
EL MEOLLO: Humbert Humbert es un profesor de literatura británico, en plena madurez, que llega a un pequeño pueblo de la Norteamérica profunda el verano anterior a su incorporación en la plantilla del Beardsley College. Decide buscarse alojamiento en la zona y, para ello, visita la casa de una viuda, Charlotte Haze, una señora con incontinencia verbal, no digamos amorosa, que le muestra las bondades de su hogar. Cuando Humbert está a punto de ofrecer una excusa y escabullirse de la casa se tropieza con Lolita, la hija de Haze, una adolescente que le observa con mirada ambigua y sonrisa perversa. A partir de entonces, Humbert se quedará a vivir con las Haze, incluso llegará a casarse con Charlotte, todo ello para permanecer cerca de Lolita y deleitarse secretamente con su presencia. Cuando Charlotte muere (la casualidad cometió el crimen perfecto), Humbert se queda a cargo de Lolita. De manera intermitente irá apareciendo en la historia Claire Quilty, un guionista de televisión famoso que será quien precipite los acontecimientos dramáticos.
 
DETRÁS DE LAS CÁMARAS: No fue una ruptura, ni una revolución. Porque no hay antes ni después de Stanley Kubrick. Su obsesión de santero del cine, sus melomanías viscerales, y su locura pendular hacen imposible incluirle en ninguna categoría visible. Solo sabemos que existió, que pilotó más allá del cine, no ya que conocíamos, sino que imaginábamos, y que sentó cátedra de una narración épica-intimista-moral, libre de toda sospecha de influencia masónica. Kubrick es ya una alegoría. Como Buñuel con Viridiana, nuestro homenajeado cogió de la mano a Nabokov y su archi-analizada obra y burló con Lolita a toda una sociedad supuestamente aperturista que volvía la cabeza ante una adolescente en bikini. Tomad dos tazas, dijo. Una receta ésta que repitió hasta el final. ¿No hay violencia? Bebeos La naranja mecánica. ¿El matrimonio es sagrado? Engullid Eyes Wide Shut. ¿La guerra hace héroes? Tragad La chaqueta metálica. ¿No hay dioses del espacio? Saboread 2001. ¿Se acabó el cine épico? Paladead Espartaco. ¿El miedo es subjetivo? Vomitad con El resplandor. Luego se fue y dejó a varios imitadores inconscientes con la lección medio aprendida. Los mismos que siguen preguntándose dónde estaba el objetivo, el que nunca encontró, el inalcanzable plano que le hacía gritar. Ignorantes también nosotros, haciendo odas al genio, sabiendo que nos contó lo que no veía, y que alabamos el resultado de algo que nunca quedaba encuadrado como él quería. Nosotros sí tenemos el encuadre perfecto: Kubrick, tras una cámara, congelado, enfadado.
 
PRIMER PLANO:
 
James Mason. El actor de la “voz aterciopelada”, el atildado galán romántico, el villano más sublime jamás descubierto por Alfred Hitchcock, el patricio Bruto que supo eclipsar al dios Brand. Y, por encima de todos, el decadente y amoral Humbert al cuadrado. Tan grande es su interpretación, entre la seducción y el patetismo, que es capaz de conmovernos y arrancar nuestro perdón haciéndonos olvidar su crimen. En Lolita, nos quedamos con dos escenas donde Mason regala geniales lecciones de interpretación: sus lágrimas atragantadas por la risa burlona al leer la torpe declaración de amor de la madre de su amada, y el llanto desgarrador, a pesar de su plástica contención, de los minutos finales.
 
Peter Sellers. Dicen que Kubrick se encerraba con Sellers en el plató todas las mañanas antes de iniciar el rodaje. El director repasaba con el actor el guión, pero dejándole completa libertad para improvisar diferentes maneras de interpretar una escena. Kubrick sabía que su talento no tenía límites y su ego, desbocado, necesitaba ser atemperado con un poco de atención personalizada. Casi siempre era en la primera toma donde mostraba su genialidad que enseguida desfallecía. ¿El resultado? como siempre en él: fascinante, perturbador, inquietante.
 
PICADO: Detrás de cualquier artesano del cine, se encuentra una visión personal, propia del lenguaje cinematográfico, por el que aceptamos, nos guste o no, la historia que nos están contando. Lolita no tiene de eso. Son varias visiones de un mismo personaje insertadas en una sola historia, varios ejercicios de perfeccionismo que provocan un vaivén de ideas, y que enfrían la empatía con los personajes. Kubrick no encontró su cubículo, no consiguió que encajaran todas las piezas. No creemos que lo consiguiera nunca, al menos como él quería, pero aquí no evitó que se notara: Lolita es y está en la historia de una manera a ratos desconcertante. Lo imposible fue demasiado evidente. Y otro apunte: Nabokov, que andaba por allí, no dijo ni mu, pero en este film, a Sue Lyon solo le faltaba arroparse con mantas de azúcar y vestir manzanas de feria. Eso no pasaba en el libro. Y aquí sobraba, claro.
 
CONTRAPICADO: Nos fascinan los encuentros demenciales entre Humbert Humbert y Clare Quilty, bajo cualquiera de sus múltiples disfraces. Encuentros con diálogos al borde de la locura tocada por la genialidad. Los monólogos frenéticos de Quilty abruman hasta que desarman. Son caóticos, pero siempre suenan a amenaza. ‘Se vomitan’ con acento surrealista y también con unz clarividencia que termina de dar el golpe de gracia al intelectual Humbert. Es así hasta que se hace la luz y descubrimos que Quilty no es otro sino Humbert Humbert, pero en estado salvaje, sin prejuicios, un Espartaco rijoso que no tiene intención de liberarnos, sólo se retuerce de la risa al reconocer nuestros remordimientos de pecadores aficionados. Quilty es nuestro profeta en el universo de los deseos inconfesables.
SIMBIOSIS SONORA: Humbert sale al jardín acompañado de los primeros acordes de un tema instrumental con coros burlones, muy sixtie. Suena pegadizo, repetitivo, pero endiabladamente sexy. Con esta canción vulgar (Lolita ya ya), hit de un día, nuestro protagonista ve por primera vez a su nínfula y se relame, sabe a ‘pastel de cerezas’. La escena tiene una fuerza increíble, arrebatadora, inolvidable. Ironías del guión, el tema se repite avanzada la película, cuando Humbert Humbert se complace, de manera cruel y húmeda, con la muerte de su esposa. Se dice que Bernard Herrmann, compositor habitual en el cine de Hitchcock, fue la primera elección de Kubrick para componer la banda sonora. Sin embargo, se sintió ofendido cuando el director le pidió utilizar el romántico, pero muy efectivo, Theme from Lolita, de Bob Harris. Cosas de genios. Nelson Riddle, uno de los más grandes arreglistas de la historia, conocido por sus trabajos junto a Sinatra, fue finalmente el encargado de hacerse con la batuta.
 
OJO AL DATO: Lolita tiene 12 años en la novela de Nabokov. En la película, el personaje tiene 14 años, aunque la actriz que lo interpretó, Sue Lyon, contaba ya con 16. La única manera de burlar la censura. Y aún así, hubo mucho desbarajuste entre aquellos que, como siempre, solo contribuyeron a aumentar su taquilla. Se comenta también que Peter Sellers no tenía guión –o no le gustaba el de Nabokov- y que improvisó su papel la mayor parte del tiempo. Estaba tan encantado con la oscuridad de su personaje que se volvió intratable y enamoradizo. Con permiso de Kubrick, acostumbrado a domar y someter actores.
 

RETRATO DEL HÉROE: “Esa mezcla que tiene mi Lolita de ternura y soñadora puerilidad y una especie de inquietante vulgaridad”. Humbert Humbert escribiendo en su diario, en un ejercicio de masturbación platónica.

 

 

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