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Visionado: ‘La memoria del agua’, de Matías Bize. ‘Dolor abismal’

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cuatro estrellas

La memoria del agua es un drama que tiene mucho de película de suspense. El conflicto se desata en los primeros segundos del metraje, en la desoladora presentación de los personajes, Amanda (Elena Anaya) y Javier (Benjamín Vicuña) a orillas de una piscina. Acaban de perder a su hijo en un fatal accidente. No sabemos muy bien qué ocurrió, pero eso quizás sea lo de menos porque, a partir de entonces, nos vemos atrapados. En la película del chileno Matías Bize (La vida de los peces, En la cama), el espectador se queda con la intriga de saber qué será del sufrimiento que esa pareja comparte, que es único, solo ellos comprenden, y es abismal, les acaba distanciando inevitablemente.

A través de ‘secuencias mirilla’, que permiten asomarnos a las nuevas vidas que inician Amanda y Javier (nunca perdemos la sensación incómoda de estar metiéndonos donde no nos llaman), les vemos sobrevivir a la pérdida de su hijo de maneras completamente antagónicas. Por un lado, surge el deseo de escapar, de volar, de estar lejos de esa otra persona que forma parte de una historia rota por una ausencia. Despiertan las ansias de detener el tiempo en un presente muerto, estéril, porque esa es la única manera en la que se acierta a mantener vivo un recuerdo.

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Homenaje: Elena Anaya. ‘Pasión soñada’

Candidata a la Mejor Interpretación Femenina. Premios Goya 2011. Elena Anaya (Palencia, 1975) contaba en una entrevista que sueña con los personajes que interpreta, tal es la intensidad con la que quiere atraparlos, para luego ‘habitar su piel’ frente a las cámaras. Quizás de estos encuentros furtivos, de este ‘método noctámbulo’, con el que adivinamos a la artista obsesiva, surge su talento para hacernos tan reales sus interpretaciones de mujeres caídas en desgracia.
De esta guisa, doliente, la encontramos hace ya una década. Era el momento en el que la bella y menuda palentina tuvo el coraje suficiente de enfrentarse a Belén, la niñera morbosa y trágica, a partes iguales (como su mirada bicolor) en Lucía y el Sexo (Julio Medem). El suyo fue todo un reto pues debía encarnar de manera convincente a una ‘Scherezade’ que erotizaba al protagonista a base de relatos porno con acento maternal; a una ‘Lolita’ martirizada por el sentimiento de culpa.
Elena ya contaba con una interesante trayectoria, pero fue en esta mágica película cuando supimos con certeza que no era tan sólo una cara bonita. Descubrimos a una actriz joven española, de fabulosa expresividad, para quien usar la voz a la hora de interpretar era un añadido que redondeaba un talento, en lugar de suponer problema. Sin embargo, alguna otra intérprete, con una dicción más atropellada, ha sabido incluso hacer las Américas con fortuna y alcanzar la gloria globalizad. Lo suyo con Hollywood no ha pasado del coqueteo; encarnó, por ejemplo, a una vampiresa voladora en una superproducción: Van Helsing. Nos encanta saber que, si cruza el charco, es también para asumir retos tan fascinantes como encarnar a Gelsomina en la versión teatral de la La Strada, que se estrenó en Nueva York en 2005. Volvió a demostrar que tenía los arrestos suficientes como para interpretar un papel que hizo inmortal a Giulietta Masina, en la película del gran Fellini. Y cuentan que estuvo a la altura.
El pasado año, Elena Anaya sorprendió por su osadía en Habitación en Roma (Julio Medem), donde se pasa casi toda la película como dios la trajo al mundo. Así, nos contó cómo sucumbió a un flechazo, por culpa de una bella rusa, una noche de borrachera y sexo de alto voltaje. A medida que iba sucediéndose la historia, comprendimos que aquella desnudez era anecdótica, pues ambas protagonistas se descubrían realmente vulnerables cuando transitaban por sus biografías inventadas y sus pequeños infiernos vitales. De esta película intimista le viene su nominación a la Mejor Interpretación Femenina en la próxima gala de los Premios Goya. Y es que Elena, a corazón abierto, está fantástica, como acostumbra.
Almodóvar acaba de trabajar con la actriz. Ya lo hizo hace años cuando le concedió un rol secundario en Hable con Ella. En septiembre podremos ver cómo se adentra en el universo del manchego por la puerta grande, como protagonista de La piel que habito, un filme negro, que bordea la ciencia ficción y el terror: una extraña y prometedora alquimia. El papel iba destinado, cómo no, a Penélope Cruz, pero los compromisos internacionales de la madrileña hicieron inviable su participación en el rodaje.
Un sueño prestado que Elena, seguramente, habrá hecho suyo pues nadie se deja ‘atormentar’, con tanto talento y tanto gusto, por los personajes que interpreta.
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