Publicaciones de la categoría: En plano fijo

‘El vicio del poder’, de Adam McKay: Maquiavelo entre bastidores

Por Dolores Sarto

“Cambió el curso de la historia para millones de personas y lo hizo como un fantasma…”

Dick Cheney llegó a ser una especie de rey absolutista en la corte del presidente de George W. Bush. Un tipo todopoderoso que contó con el cinismo y la astucia suficientes como para colarse en la cumbre del poder sin que se notara del todo. El cineasta Adam McKay le vio hechuras de protagonista y decidió enfrentarse a su retrato recuperando el lenguaje vivo y mordaz que tan buenos resultados le dio en ‘La gran apuesta’. Un film donde, por cierto, se metió con fortuna en el barrizal de la burbuja económica y las hipotecas subprime. En esta ocasión, decide bajar a las cloacas del poder impulsado por el mismo tono sarcástico, a bordo de un ritmo trepidante y un montaje en permanente estado de rebeldía. Y logra una película divertida, aterradora e inteligente, pero de la que se podría esperar más, dada la trascendencia del personaje.

Sencillamente, el interés del espectador acaba oscilando como un péndulo. Así, nos encontramos con una primera parte de la película donde la narración parece dar tumbos. Se retrata a un personaje en meteórico ascenso profesional y político sin que se llegue a comprender del todo qué le está sucediendo. Sabemos, eso sí, que el vicepresidente más célebre de la historia de los EEUU fue un hombre hecho a sí mismo, falto de ambición en origen, sin ningún tipo de escrúpulos y cuya épica comienza con una humillación que parece no tener tampoco demasiada importancia en su biografía: su expulsión de la de la Universidad de Yale. En segundo lugar, se nos deja claro que cuenta con esa ‘gran mujer’ que, como reza el ‘refranero patriarcal’, permanece detrás de todo hombre de ‘dimensiones XXL’. Porque el guion lanza ciertas señales condescendientes al descubrirnos a la esposa del futuro gran político, Lynne (Amy Adams). Una mujer extraordinariamente inteligente, pero según la película, una ambiciosa manipuladora también entre bastidores.

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‘Roma’, de Alfonso Cuarón: en el imperio del prodigio visual

Por Alicia Avilés Pozo

Un año en la vida de cualquier persona no tiene que empezar el 1 de enero. Puede empezar, por ejemplo, mientras limpia las baldosas del patio en la casa en la que está empleada. Agua que se desagua y refleja el mundo. Y ese año puede terminar otro día diferente al 31 de diciembre, frente al mar, mientras te abrazan los seres humanos a los que más quieres. En manos de Alfonso Cuarón, ese ciclo se convierte en un homenaje casi enteramente visual, en blanco y negro, a las mujeres que marcaron su infancia en la colonia Roma de México D.F. al inicio de la década de los 70 del siglo pasado.

Uno de los grandes maestros del plano-secuencia del cine contemporáneo ha decidido abandonar la épica de su viajes distópicos y espaciales para atar a su cámara sus recuerdos infantiles. Una nostalgia que es tan íntima como comprensible para el espectador, porque hipnotiza los sentidos en cada imagen para participar en el drama de las mujeres luchadoras que marcaron su niñez, especialmente en la historia de una de las trabajadoras domésticas de su casa. Yalitza Aparicio interpreta a esta última, a Cleo, de forma tan sencilla que no se adivina a la actriz (es profesora de preescolar). Solo a una joven perdida en la inocencia de su juventud.

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‘El sacrificio de un ciervo sagrado’, de Yorgos Lanthimos: cómo aceptar un castigo inexplicable

Por Alicia Avilés Pozo

Hay películas que se ponen tremendistas pero no engañan. No podemos pedirle explicaciones a una historia que no las promete en ningún momento. Ahí reside la honestidad del cine pero también la del espectador. Lo hace en paralelo a la mitología de la cual han sabido beber, casi hasta atrangantarse, cineastas como Darren Aronofosky. Lo hace el cineasta griego Yorgos Lanthimos también en esta ocasión. La diferencia es la respuesta, o mejor dicho, que no la haya. Podemos rascar hasta el infinito las numerosas capas de ‘El sacrificio de un ciervo sagrado’ para resolver el estupor que nos envuelve desde el principio. Y solo encontraremos más preguntas.

Sabemos, por las propias referencias que da el guion, que ‘El sacrificio de un ciervo sagrado’ es una revisión moderna del mito de Ifigenia, hija del rey Agamenón, y supuestamente sacrificada por este último para calmar la ira de la diosa Artemisa, quien paralizó las naves reales en su viaje a Troya por haber matado a un ciervo. Eso sabemos. Y es mucho saber. Lo suficiente para subirse a la cámara mastodóntica de Lanthimos y recorrer los mareantes pasillos blancos de un hospital vertiginoso, donde el cirujano cardiovascular Steven Murphy (Colin Farrell) se adentra en el infierno. Una vez cometió un error, de alguna forma lo intuye, y abre las puertas de su propio lastre a un joven extraño, Martin (Barry Keoghan) y con ello a toda su familia.

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‘Captain Fantastic’, de Matt Ross: ‘Una utopía del amor’ vs ‘Un precioso error’

Por Francisca Bravo y Dolores Sarto

A favor: Una utopía del amor

“Interesante es una no-palabra. Está prohibido”. Este es uno de los reproches que hace Ben Cash (Viggo Mortensen) a su hija Kielyr (Samantha Isler). Está montada en un autobús junto a sus cinco hermanos con un solo objetivo: salvar a la madre de ser enterrada en un funeral de una religión en la que no cree. La misión es el camino que sigue esta familia tan singular, única si nos atrevemos, que se nos ofrece en un halo diáfano, una espiral de colores, naturaleza y sonidos de guitarras alrededor del fuego, acompañados de lecturas y personajes tan variados como Pol Pot o Noam Chosmsky. “Stick it to the man” es el lema de los más pequeños, desobediencia en su educación, en sus sentimientos y en sus vínculos familiares.

Porque aunque viven completamente alejados del sistema capitalista estadounidense, los Cash también se enfrentan a algo que es inevitable: que su íntima utopía se tope de lleno contra la realidad que los rodea. Vemos a Bo, interpretado por un transparente George MacKay, recibiendo cartas de aceptación de las universidades más prestigiosas del país, enamorándose de la primera chica que le regala un beso, gritando a su padre porque  le “convertido en un friqui”. Pero todas estas contradicciones espirituales que ocurren inevitablemente  siempre se ven superadas por el amor de una familia que quiere salvar a una madre de verse sepultada por aquello contra lo que luchó.

Las convicciones son un elemento crucial en la película, que ofrece una crítica a la sociedad estadounidense más allá del tono sarcástico de Mortensen y que se convierte en la base de lo que quiere transmitir ‘Captain Fantastic’: que queremos construir un mundo mejor que aquel en el que vivimos, porque ahí fuera solo vemos personas ignorantes, enganchadas a los videojuegos y que no hacen suficiente deporte y están gordos. Mientras tanto, los seis niños hablan múltiples idiomas, son prácticamente atletas de élite y tienen conocimientos claramente superiores en política, ciencias y artes. Pero, ¿es suficiente? ¿es esto lo que necesita nuestra sociedad?

El relato deja rápidamente clara la respuesta: no. Son fuertes pero también débiles, porque solamente conocen lo que han creado en su propio mundo, que parece de fantasía a pesar de las inclemencias que sufren. Pero el poder del experimento familiar y sociológico que han creado deja su mella en todos, incluso en aquellos que deciden optar por la rebeldía y querer vivir en el mundo de los normales. Es el amor el que salva a Ben de la soledad, de la culpa, de la rabia, de la tristeza. Un amor que nace precisamente de la certeza de que no son como los demás, de que su vida tiene un propósito muy claro: la supervivencia, pero nunca solos, siempre juntos.

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