Publicaciones de la categoría: Crónicas sentimentales

La épica en el cine (II): sobre héroes, superhéroes y antihéroes

Por El Cronista Sentimental

Esas lánguidas tardes de sábado de mi niñez parecían obedecer a un riguroso orden universal gobernado por la seguridad, la protección y el calor, que eran, para mí, en aquella etapa de mi vida, sobre todo, sensaciones táctiles: la suave caricia con que mi abuela apartaba los cabellos de mi frente para depositar, sobre ella, su beso; el calor de la emoción que me recorría cuando, arrebujado en la cama, ella permanecía contemplándome, tiernamente, bajo el dintel de la puerta de la alcoba, cuando me creía ya dormido; el crepitar del almidón de las sábanas al contacto con mis brazos y piernas, que yo agitaba en el deseo de combatir el frío invernal de aquellas camas demasiado alejadas de las únicas fuentes de calor: la leña del hogar y el fogón de la cocina. Todo conformaba un ritual de resguardo, de pertrecho contra la amenaza. Era la respuesta a los ecos que, sin serme del todo comprensibles, me llegaban desde el noticiario televisivo al que mi familia se refería como “el parte”.

No contaba yo con un mundo de referencias ordenado ni amplio que me permitiera vincular racionalmente el mundo de los tebeos que yo devoraba en las tardes con el prosaico mundo del “parte” que hablaba de crisis del capital y de amenazas de conflictos nucleares con las que, inevitablemente, se prefiguraba el final de la Guerra Fría. Sin embargo, me surgieron los primeros atisbos de verdad: sobre la cama en que me embozaba y la mesita de noche donde descansaban los tebeos pendientes de lectura, se sostenía el mundo de hadas y ángeles que mi abuela, acaso de manera involuntaria, había concebido para mí.

Después comprendí que aquel universo personal de pureza infantil no era entera ni exclusivamente mío, sino que el mundo en su conjunto volvía su mirada hacia la infancia siempre que las circunstancias envolvían la realidad con un tacto rugoso e hiriente. Esa fue mi deducción cuando supe que, a partir de los años 30, la convulsión sufrida por un mundo sumido en episodios traumáticos sucesivos (la Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría…), despertó, en el imaginario colectivo, la necesidad de hallar razones para la esperanza más allá de la razón. Este es el motivo, a mi parecer, de la irrupción del tebeo de superhéroes como producto de consumo en la cultura de masas, cuya generalizada aceptación y popularidad despertaron la atención del cine.

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La épica en el cine (I): sobre héroes, superhéroes y antihéroes

Por El Cronista Sentimental

La patria de la infancia deviene en Estado soberano cuando se constituye sobre principios sentimentales (la ternura, la protección, el cariño) y éticos (el bien). Solo en ese caso queda legitimada su Carta Magna; solo así consiguen, sus moradores, carta de naturaleza. Ligo mi infancia, en puridad, a un espacio doméstico (la casa de mi abuela), a unos gestos (sus arrumacos y cuidados) y a unos textos (los tebeos que leía, absorto, durante las largas tardes de sábado, en el confort del sillón orejero, y al calor de la mesa camilla y el brasero de picón).

El Capitán Trueno y el Jabato velaban por la justicia universal, por la fraternidad y el amor, por la igualdad y la libertad. Era una verdad sólidamente fijada en el papel, pero no hay papel tan sólido para resistir la húmeda tristeza del desengaño, la que desdibuja el trazo de las hadas en sus cuentos, la que petrifica a los ángeles en los mausoleos de los camposantos. Por efecto de ese desengaño que es el paso del tiempo, y al que, perversamente, llaman madurez, en una vivencia ya recreada en otras crónicas, fui arrojado a la realidad, condenado a vivir exiliado de la niñez. Pero enseguida supe que los héroes de historieta reorientan los acontecimientos hacia la verdad más y mejor de lo que lo hacen los héroes hegelianos con respecto a la historia. Me queda el asilo político de la ficción: en las embajadas del cine y de los cuentos, he vivido desde que la muerte me arrancó, de cuajo, a mi abuela de mi lado y me expulsó, acaso para siempre, del bosque de las hadas. Pese a todo, he seguido buscando, con obcecación, a esos héroes de infancia, centinelas de la verdad, de la única verdad, la de los niños. Las salas de cine han sido, y son, testigos mudos de mi búsqueda.

Uno de los primeros tributos rendidos por el cine a los héroes fue el western, un género que trataba de crear una mitología para un país, los Estados Unidos, que habiendo nacido en la Edad Contemporánea, carecía de historia con que afianzar su identidad, y que ansiaba una leyenda que albergara su verdad. Con el precoz precedente de ‘Asalto y robo de un tren’ (1903), de Edwin Stanton Porter, el primero en emprender esta empresa patriótico-ficcional fue Thomas Harper Ince, que había tomado contacto con David Wark Griffith, quien -como ya sabemos- , a su vez, había infundido aliento épico al cine y lo había alumbrado como arte. Con el vigor heroico tomado de Griffith y sus propias intuiciones, Ince apuntaló todos los elementos de la semiótica del western. James Cruze lo sucedió tomando un relevo que le permitió ofrecer títulos como ‘La caravana de Oregón’ (1923) y ‘Los jinetes del correo’ (1925). Ambos dejaron el género en sazón para que yo pudiera descubrir, con la trepidación con que palpita el corazón de un niño, en sesiones sabatinas de televisión o de cineclub, el vigor y el aliento épico de un John Ford que también había contado con el magisterio de Griffith (‘La masacre’, 1909) y que dejaría un inolvidable legado de obras maestras, desde sus precoces ‘El caballo de hierro’ (1924) y ‘Tres hombres malos’ (1926).

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