Homenaje: Audrey Hepburn, la estrella “alcanzada por la luna”

Este año celebramos el 90 aniversario del nacimiento de la actriz, a la que rendimos un sincero homenaje

Por Dolores Sarto

Mirando un escaparate. Así quedó ella en nuestros recuerdos: maravillosa, etérea en negro, ‘tocada’ con un café y un cruasán en la mano. Una especie de criatura mágica de la Gran Manzana. Insomne y algo desencantada que contemplaba la exposición de Tiffany’s porque, sencillamente, es lo “único que le venía bien” (“Desayuno con diamantes”; Blake Edwards). Pasa también a lomos de una Vespa, el trono con el que conquista una libertad de plebeya que sabe a gloria en las calles de Roma. Perdiendo sus zapatos de princesa, escapando del aburrimiento y enamorándose, en un suspiro de cuento de hadas, de un periodista con hambre de exclusiva (Gregory Peck /“Vacaciones en Roma”). Le seguimos también la pista en un divertimento romántico con pinta de suspense. Huyendo de un puñado de torpes malhechores y a la caza de un divorciado perenne (Cary Grant) que “miente en cualquier postura”, se ducha con traje y se esconde detrás de un montón de identidades falsas (“Charada”; Stanley Donen).

Exposición “Intimate Audrey”Todas ellas son seres singulares: Holly Golightly, la princesa Anna y Regina Lampert. Tres reflejos en la Gran Pantalla inolvidables de Audrey Hepburn, una estrella que ha brillado en la historia de cine como pocas y una actriz con un talento extraordinario. Un icono con su parroquia universal que ha permanecido vivo con los años, pues para muchos ha sido y sigue siendo un referente de sofisticación, belleza y talento. Fueron varios y muy grandes los directores que construyeron sueños alrededor de su bonita e inteligente mirada de asombro, pero más aún porque la actriz ponía todo de su parte. La Hepburn fue una comediante irresistible y una gran actriz dramática con instinto a la hora de elegir papeles.

Colaboradora de la resistencia holandesa

Y tuvo también una biografía singular. Era de origen aristocrático. Nació en Bruselas en mayo de 1929 con el nombre de Audrey Kathleen Ruston, su padre era británico, un hombre de finanzas, y su madre, una baronesa holandesa. Ambos se divorciaron cuando la actriz apenas era una niña, un hecho que la marcó profundamente. El escritor estadounidense Robert Matzen explicó en un libro de reciente publicación (“Dutch girl: Audrey Hepburn and World War II”) que, a comienzos de la Segunda Guerra Mundial, la actriz vivía en Holanda. En la casa que tenían alquilada ella y su madre y después de la batalla de Arnhem, llegaron a ocultar a un paracaidista británico que luego lograría ponerse a salvo gracias a la Resistencia local. Matzen también ofrece datos de que aquella no fue la única colaboración de la actriz con la red clandestina puesto que pudo haber llevado mensajes a los resistentes así como participado en espectáculos artísticos para lograr fondos que apoyaran su causa.

Exposición “Intimate Audrey”

Aquella muchacha valiente había dado por aquel entonces clases de ballet, su gran pasión. Sin embargo, tuvo que dejar su formación artística, entre otras razones, por una aguda desnutrición que comenzó durante los años del conflicto bélico y acabó dejando secuelas permanentes en su salud.

Rumbo al éxito a bordo de una Vespa

En 1946, ya en Londres, continuó con sus estudios de Danza, pero también comenzó a participar en producciones cinematográficas británicas como extra, figurante o en pequeños papeles. Entonces, llegó el detonante de su carrera en forma de golpe de suerte. La escritora francesa Colette la descubrió mientras rodaba exteriores de una comedia inglesa y quedó impresionada. Se empeñó en que fuera la joven e inexperta Audrey Hepburn la que diera vida a su creación literaria, Gigi, en la obra homónima que se estaba representando en Broadway. La acogida que recibió su interpretación fue extraordinaria, más aún de lo que ella había esperado, puesto que además de recibir buenas críticas, su buena estrella quiso que uno de los mejores cineastas de todos los tiempos, William Wyler, el futuro director de “Vacaciones en Roma”, acudiera a una de sus representaciones. Antes de triunfar en el cine, de la mano del célebre título, tendría que producirse todavía otro giro de guion afortunado en su biografía. Jean Simmons rechazó el papel de la princesa Anna y la Hepburn se hizo con una de las comedias románticas más admiradas e inolvidables para los espectadores de todos los tiempos.

 

Su debut fue espectacular y, además, cosechó los principales premios: ganó el Oscar, el Globo de Oro y un premio BAFTA. Ese mismo año logró, además, el Premio Tonny por la pieza teatral Ondine (Jean Giraudoux), donde compartiría protagonismo con el actor Mel Ferrer, con quien se casaría poco después.

Sabrina y el romanticismo según Wilder

Entonces, llegó Billy Wilder y creó a ‘Sabrina’ (1954). La hija del chofer de los Larrabee (familia adinerada de Long Island), presentada como una niña subida a un árbol para esconderse de su vida asalariada, dejarse “alcanzar por la luna” y, ya de paso, acercarse a las fiestas de la alta sociedad. Mientras que espiaba las conquistas del hombre del que se había enamorado, David Larrabee. Aquel era un playboy, confeccionado a la medida de William Holden: simpático, torpe, seductor y un cero a la izquierda cuando se cruzaba con su hermano mayor, Linus (Humphrey Bogart), que para la ocasión aparecía como un hombre de negocios gris, demasiado entretenido en su cinismo calculador. Sabrina se hará mayor, sufrirá un desengaño fatal, volará a París para aprender cocina y regresará arrebatadora, segura de sí misma y con un vestuario completo de Givenchy. Lista para conquistar el mundo vecino soñado. Tras el reencuentro, David caerá rendido a sus encantos, pero Linus intentará sabotear la incipiente relación porque se interpone en sus planes de casar a su hermano con una rica heredera, una estrategia que permitirá engrandecer el emporio empresarial familiar.

El despropósito a lo Wilder estaba servido y la ‘química a trois’ funcionó a las mil maravillas. “Sabrina” es una comedia que rezuma talento en cada plano, en cada línea de diálogo, en la crudeza elegante con la que Wilder pone a cada uno en su sitio, sin distinción de clases… Y en la ternura mal disimulada de unos personajes que sufren traiciones, lidian con complejos y malentendidos con humor inteligente. En definitiva, se trataba del romanticismo, según un genio visionario, con poca fe en la vida y cierta debilidad por los finales felices. “Sabrina” supuso la segunda nominación al Oscar de la actriz.

Audrey Hepburn y su marido, Mel Ferrer, se embarcaron más tarde en la adaptación del clásico de Tolstoi para la gran pantalla, “Guerra y Paz” (1956), a bordo de una gran superproducción de época que se rodó en los estudios Cinecittà, en Roma. Henry Fonda fue su partenaire y su jefe, el cineasta King Vidor quien, a partir de entonces, mostraría su admiración hacia Hepburn considerándola una de las mejores actrices con las que había trabajado.

Un año después llegaría Stanley Donen a su vida. La pondría al frente del reparto de una de las comedias musicales más originales y transgresoras de la historia. Hepburn encarnó en “Una Cara con Ángel” el personaje de Jo Stockton, una librera intelectual, simpatizante de una corriente filosófica denominada “empatismo” (el existencialismo pasado por el tamiz con retranca de Hollywood). Un buen día, conoce al fotógrafo de moda, Richard Avery (Fred Astaire)  quien decide convertirla en modelo. Dos mundos en las antípodas se sitúan entonces cara a cara y en un delicioso contraste estalla un gran espectáculo visual y musical donde la Hepburn baila francamente bien y canta, a su deliciosa manera.

Ariane y la Vie en Rose

En “Ariane” (1957), la Hepburn volvió a vérselas con otro seductor impenitente, servido por el maestro Billy Wilder en una nueva comedia. En esta ocasión, el galán otoñal no es otro que el mismísimo Gary Cooper, dando vida a Frank Flannagan, un millonario que se deja caer por París, de vez en cuando, por negocios y por aquello de la ‘Vie en Rose’. Ariane acabará sintiendo una irresistible fascinación por el maduro seductor cuando su padre, un detective menesteroso (Maurice Chevalier) comience a investigarle al haber sido contratado por un marido despechado. Ariane intentará enamorar a Frank haciéndose la interesante e inventándose una vida plena de aventuras y conquistas amorosas. Es una comedia donde Wilder se entretiene, de manera algo retorcida, enfrentando las fantasías alocadas de una joven astuta, aunque ingenua, y un tipo que se las sabe todas, pero acaba dejándose enredar por el halo de misterio y disparate que rodea a la conquistadora. La película brinda momentos memorables como cualquiera de las brillantes secuencias que protagonizan los músicos gitanos.

En 1959 rodó “Historia de una monja”, de Fred Zinnemann. Un melodrama potente basado en una novela que, a su vez, tomaba como referencia la vida de la ex religiosa y enfermera belga, Marie Louise Habets. Hepburn hizo alarde de una gran maestría interpretativa al ponerse en la piel de una religiosa  destinada al Congo que renunció a una vida acomodada, fue cortejada por un médico ateo (Peter Finch) y tuvo que poner a prueba su Fe cuando la crueldad de la II Guerra Mundial acabó con cualquier rastro de Dios. La actriz no ganó la dorada estatuilla, aunque sí muchos otros premios. La crítica la puso en un pedestal.

Una vagabunda con clase

En 1960 abordó el papel de mestiza en “Los que no perdonan”, un magnífico western de John Huston donde compartía reparto con Burt Lancaster. Y del lejano oeste se marchó a Nueva York, para interpretar el personaje que mejor supo esculpir su leyenda. La película se llamaba “Desayuno con diamantes” y se trataba de una brillante comedia con tendencia al disparate, que tenía una sofisticada manera de retratar la soledad. Nos presentaba a Holly, una vagabunda con clase, dama de compañía, que brilla entre la alta sociedad y deja pasar la vida frecuentando locales de moda, charlando sobre el tiempo en Sing Sing y buscando refugio en la biblioteca de la Quinta Avenida, cuando le supera la vida noctámbula. Una ‘farsante’ que se enamora sin darse cuenta de otro ‘perdedor’ y no es capaz de afrontar la realidad a bocajarro: sin antes pintarse los labios. Le va la dignidad en ello. En definitiva, una delicia de personaje cargado de poesía melancólica, al que dio vida por primera vez Truman Capote en una novela corta. El escritor, por cierto, no estuvo para nada contento con el retrato que Hepburn hizo de su Holly Golightly. Pensaba que había ofrecido una versión blanda y complaciente del personaje y según se cuenta, hubiera preferido a su gran amiga Marilyn Monroe para el papel. Aquella probablemente hubiera sido otra película maravillosa y el suyo otro escaparate.

En 1967 la vertiginosa y fascinante música de Henry Mancini y unos títulos de crédito que parecen danzar entre espirales y curvas de colores abren el telón de Charada, de Stanley Donen. Una trama de suspense fue la perfecta coartada para que se desatara una comedia sofisticada repleta de diálogos brillantes y un argumento minado de mentiras y trampas, malvados de opereta y muertos en pijama que aparecen sin descanso. Y mientras tanto, sucedía París y dentro de la ciudad, una historia de amor divertidísima, donde los protagonistas parecen huir continuamente el uno del otro. Audrey Hepburn interpreta a una viuda elegante perseguida por un grupo de maleantes convencidos de que atesora un dinero escatimado al Gobierno de los EEUU durante la II Guerra Mundial. Grant es un señor providencial que aparece para protegerla, aunque no parezca trigo limpio, más bien un tipo que puede ser muchos otros y es sospechoso de ‘estar en el ajo’. En definitiva, una farsa brillante y deliciosa.

 

La florista doblada y su reflejo de princesa

Audrey Hepburn se embarcó en 1964 en una gran superproducción musical: “My Fair Lady”. Una película basada en la obra “Pigmalión”, de Bernard Shaw, que tenía que haber protagonizado Julie Andrews, pues fue ella quien la había representado con éxito sobre las tablas. Sin embargo, la maravillosa actriz británica tenía al parecer, “un defecto”: todavía no había rodado ninguna película. La Warner no se la quiso jugar con una cara desconocida y acabó entregándole el papel a Hepburn. Y aquella elección tuvo su polémica puesto que Audrey tuvo que ser doblada en sus canciones, siendo la banda sonora uno de los hallazgos más sobresalientes del filme. En cualquier caso, estamos ante una obra maestra que cuenta con un elenco de personajes con gancho, un vestuario (Cecil Beaton) y una dirección artística (Gene Allen y Beaton) que marcaron época y un reparto formidable.  Destacan Rex Harrison, en la piel del cínico, insufrible pero fascinante Profesor Henry Higgins y el ‘moralista más original de Inglaterra’, el basurero Alfred Doolittle, interpretado por Stanley Holloway . A la sazón, padre de la protagonista. La transformación que Eliza Doolittle (Hepburn) sufre en manos del experto en fonética, pasando de florista vulgar a un trasunto de princesa europea sigue, siendo uno de los viajes más estrambóticos, divertidos y estimulantes que ha dado la gran pantalla. Doblada o no, la Hepburn estuvo inolvidable ofreciendo un repertorio interpretativo marcado por los contrastes y por su habilidad como comediante.

Tras rodar junto a Wyler la comedia “Cómo robar un millón y….”, donde compartió reparto con Peter O´Toole, la actriz volvió a trabajar junto a Stanley Donen. Fue un 1967 cuando se montó en un coche para protagonizar “Dos en la carretera”, acompañada de Albert Finney. Juntos recorrieron la historia de un matrimonio que vuelve a realizar un viaje a Francia en medio de una crisis matrimonial aguda. El trayecto que emprenden cuenta con saltos temporales que sirven para retratar la relación de pareja en tres momentos diferentes. Desde el accidentado y esquivo comienzo de la relación, pasando por las mieles del enamoramiento hasta llegar a la decadencia inevitable que Finley y Hepburn abordan con mucho ‘charme’ y amargura contenida.

El legado: un amor crepuscular

Ese mismo año rodó el thriller “Sola en la oscuridad” y, de repente, desapareció de la gran pantalla. En su vida personal, comenzaron a suceder muchas cosas: en 1968 se divorció de Ferrer, con quien tuvo un hijo, Sean. Dos años después nacería el segundo, Luca, pero esta vez con su segundo marido, el psiquiatra italiano Andrea Dotti.

Tras esa ausencia atronadora, que duró una década, la actriz regresó con el quizás sea su personaje más apasionado e impetuoso, la protagonista de “Robin y Marian”, de Richard Lester. Su pareja de correrías sería el fabuloso Sean Connery, quien interpreta en la película a un Robin Hood vagabundo, desencantado y entrado en años que, ironías del destino, se reencuentra con su antigua amada, convertida en abadesa. Marian acabará colgando los hábitos para entregarse en cuerpo y alma a su antiguo amor en una última y melancólica aventura. Muchos han querido ver en esta película crepuscular, con un guion repleto de hallazgos y peripecias narrativas, el legado final de la actriz. Porque lo cierto es que durante los últimos años de su vida, Hepburn apenas participó en pequeños papeles para el cine. Volvería, eso sí, a llenar páginas de revistas y diarios, pero en esta ocasión por su intensa y eficaz labor humanitaria en UNICEF.

Discreta, apreciada y con un ‘fondo de tristeza’

Más allá de los focos de cualquier naturaleza y según cuentan sus biógrafos, Audrey Hepburn fue una persona discreta, sensible y generosa. Apreciada por todo el mundo, supo ganarse la amistad de los actores con los que trabajaba. Fumadora impenitente, amante del chocolate y la pasta, tenía cierta tendencia a la melancolía y buscaba frecuentemente la soledad. Hace algunos años su hijo, Sean Ferrer, publicó una biografía sobre su madre en la que contaba… “era como se la veía en las películas. Una mujer con fondo de tristeza y una tendencia a dudar constantemente de sí misma”.

A los 63 años, cuando se sintió morir a causa de un cáncer de colon, quiso regresar a su casa de Lausana. Dicen que Gregory Peck, gran amigo suyo desde que pasaran juntos aquellas “Vacaciones en Roma”, le prestó su avión privado para emprender el viaje.

 

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