‘Roma’, de Alfonso Cuarón: en el imperio del prodigio visual

Por Alicia Avilés Pozo

Un año en la vida de cualquier persona no tiene que empezar el 1 de enero. Puede empezar, por ejemplo, mientras limpia las baldosas del patio en la casa en la que está empleada. Agua que se desagua y refleja el mundo. Y ese año puede terminar otro día diferente al 31 de diciembre, frente al mar, mientras te abrazan los seres humanos a los que más quieres. En manos de Alfonso Cuarón, ese ciclo se convierte en un homenaje casi enteramente visual, en blanco y negro, a las mujeres que marcaron su infancia en la colonia Roma de México D.F. al inicio de la década de los 70 del siglo pasado.

Uno de los grandes maestros del plano-secuencia del cine contemporáneo ha decidido abandonar la épica de su viajes distópicos y espaciales para atar a su cámara sus recuerdos infantiles. Una nostalgia que es tan íntima como comprensible para el espectador, porque hipnotiza los sentidos en cada imagen para participar en el drama de las mujeres luchadoras que marcaron su niñez, especialmente en la historia de una de las trabajadoras domésticas de su casa. Yalitza Aparicio interpreta a esta última, a Cleo, de forma tan sencilla que no se adivina a la actriz (es profesora de preescolar). Solo a una joven perdida en la inocencia de su juventud.

Cleo es el eje rotatorio de un relato que no tiene nada de original, pero sí de conmovedor. ‘Roma’ es el ejemplo del cine puesto al servicio de la forma, un ejercicio de estilo tremendamente complejo al que deberían someterse todos los que algún día quieran ponerse detrás de una cámara. La anti-revolución estética. El clasicismo arropado por las nuevas tecnologías. La complejidad de la ambientación más cotidiana.

El contenido queda así relegado a una historia muy simple, que incluso olvidamos en algunos momentos del metraje porque estamos subiendo al escenario de unos suburbios, a unas revueltas sociales, a una clase magistral de artes marciales, a un paritorio infernal o a un baño en el mar donde nos ahogamos de impotencia. Sus fabulosos planos y movimientos recuerdan otras ‘romas’ de Fellini, nos contagian otra nostalgia diferente a la de Cuarón: la necesidad de un tipo de cine naturalista, preelaborado hasta el infinito, pero presentado como con un realismo sin límites.

Por si fuera poco, es un auténtico placer investigar sobre una banda sonora que refleja la diversidad musical setentera de aquellos años en México, desde el rock hasta los ritmos tropicales y el pop nacional. Suenan algunos ‘hits’ muy conocidos en España como ‘La nave del olvido’ de José José, ‘Cuando me enamoro’ de Angélica María o ‘Más bonita que ninguna’ de la española Rocío Dúrcal, que fue todo un fenómeno en México. Aparecen en radio o en vinilos, con un sonido rasgado y transparente, tímidamente tarareadas por Cleo.

La nueva película de Cuarón, ganadora del Festival de Venecia, favorita para la categoría de habla no inglesa de los próximos Oscar y arropada inmensamente por la crítica (parece que no tanto por el público), es una aventura dolorosa y tierna. Está repleta de simbología y guiños al propio cine, y sobre todo y más importante, es un llamamiento a un tipo de amor, aquel que sale a la primera capa de tristeza. Cuando más necesario es.

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