Visionado: ‘Blade Runner 2049’, de Denis Villeneuve. ‘Un paso transgresor hacia la inmortalidad’

Por Dolores Sarto

Elige un recuerdo, pasea por él. Bucea dentro de sus  límites e intenta encontrar la verdad que se ha ido difuminando con el paso de los años, a lo mejor confundiéndose con otros momentos. Quizás enredándose con alguna anécdota ajena o un disparate imaginado para llenar lagunas mentales. Puede que nuestra memoria construya nuestra historia y pronuncie nuestra identidad. Así lo creía, al menos, la replicante Rachel (Sean Young), la mujer idealizada, la ‘femme fatale’ de Blade Runner (Ridley Scott), quien descubrió que sus recuerdos no le pertenecían. Se los habían implantado para darle humanidad, y aquello la sumió en una tristeza de la que le resultaba difícil  escapar.

La memoria, una vez más, sus confusas fronteras y los recuerdos que configuran una especie de destino vital vuelven a ser la piedra filosofal sobre la que gira Blade Runner 2049.  “Lo que me enamoró del proyecto, mi aportación, se refiere a la idea de memoria ¿Son nuestros recuerdos los que nos hacen humanos?”, se pregunta el cineasta canadiense Denis Villeneuve. Y desde esa esfera existencial parte su visión del filme para  tomar un rumbo extraordinariamente audaz, libre, sin perder el horizonte del mito que supo arraigar en el imaginario de los espectadores de la primera parte. Blade Runner 2049 vuelve a hablar del Hombre, de aquello que le define y de su desconcierto vital, una desazón  que se propaga como un virus de manera democrática en la piel sintética de un replicante (un espejo) o en cualquier tipo de carne y hueso.

En esta ocasión, Villeneuve, de la mano de sus guionistas, Hampton Fancher y Michael Green cifran además el misterio de la película en un par de buenas búsquedas (continúa el homenaje al cine negro). Por un lado, la que realiza el blade runner K (Ryan Gosling) siguiéndole la pista al héroe de antaño, Rick Deckard (fantástico Harrison Ford) con el fin de aclarar un secreto que podría destruir la civilización imperante; pero también la oscura y obsesiva que emprende el magnate y villano Neander Wallace (Jared Leto), empeñado en encontrar la perfección suprema en una ‘raza de replicantes’ que él mismo fabrica. Replicantes insuperables que encarnarán el próximo salto evolutivo después del hombre. Un paso transgresor hacia la inmortalidad.

Blade Runner vuelve a ser una experiencia sensorial fascinante, apasionadamente barroca. Construida sobre imágenes doradas (la fotografía de Roger Deakins es asombrosa) y con una banda sonora sobrecogedora (firmada por Hans Zimmer y Benjamin Wallfisch), el futuro imaginado por Villeneuve es un universo de dimensiones insondables. La pirámide de oro y agua, el plano aéreo de los cultivos concéntricos o la tormenta roja de arena, que deja entrever las monumentales y derrotadas figuras humanas en Las Vegas son auténticas joyas visuales.

Sin embargo, 2049 no es exactamente la Tierra Prometida que muchos espectadores esperaban. Algo chirría ante el majestuoso espectáculo y en la cautivadora historia de  la secuela. Puede que sean los sentimientos. Las emociones que explican el comportamiento de los personajes son difusas. No hay momentos de especial intensidad en las relaciones  que surgen entre personajes, como esa historia de amor – cómplice que podrían haber vivido K y su bello juguete virtual, Joi (Ana de Armas). O aquellos instantes dramáticos donde asistimos a una revelación vital que se zanja con una interpretación, seamos sinceros, un tanto pobre. Ryan Gosling es un actor lleno de talento, pero que no termina de encontrarle el pulso a su atormentado replicante.

Y luego está la melancolía que recorre cada instante del metraje y que es el ADN de Blade Runner. No se respira del mismo modo en 2049. Podemos racionalizarla, comprenderla, compartirla, incluso admirarla… pero no llega a calar con la emoción brutal de aquellas ‘lágrimas en la lluvia’ de Rutger Hauer. No se pueden comparar dos obras maestras y ponerlas a competir. Estamos de acuerdo. Pero somos humanos y no podemos sobreponernos a ciertos recuerdos.

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