Las 20 mejores películas de ciencia ficción de la historia del cine

 

Por Dolores Sarto, Ingrid Guzmán, Arancha Serrano y Alicia Avilés

El pasado que regresa, el futuro que nunca llega o lo hace de forma inesperada, el miedo al vacío, a otros planetas, a otras especies. Universos ficticios tan reales como si siempre hubieran existido. La interpretación de los sueños. Las capas de la realidad. La incertidumbre. El espacio exterior convertido en miles de batallas entre buenos y malos, junto con realidades paralelas, cuartas dimensiones y vida después de la muerte. Todo eso y mucho más es la ciencia ficción, un género cuyas definiciones, en todas las disciplinas, se quedan cortas a cada minuto. Y en el cine, un espacio imprescindible para comprender su magia y su historia.

Quizás este vaya a ser el mayor riesgo que hemos corrido quienes desde hace años componemos el planeta Cinetario. Elegir una veintena de películas de entre uno de los géneros más populares del cine es una tarea a la que hemos dedicado mucho tiempo y debates. No hemos olvidado que en la mayoría de los casos es una categoría híbrida, que abre sus puertas a otras como el terror, el suspense o el thriller; y que bebe de multitud de literatura fantástica que forma parte del imaginario de varias generaciones. Somos conscientes de que muchas de las películas que han quedado fuera serán reivindicadas por nuestros lectores y así lo respetaremos.

Esta selección no deja de ser la opinión de nuestro equipo y un deseo de poner sobre la mesa la selección de aquellas películas del género conforme a varios criterios: su peso en la historia del cine, su originalidad, su innovación, pero también lo que proyectaron y desataron en nuestra vida. Es decir, también hay una vertiente totalmente personal y emocional. Por eso, os invitamos a disfrutarlo, a realizar este recorrido con nosotras y a aportar todo aquello que consideréis para que nuestro ranking también sea el vuestro y al final el objetivo sea el mismo: un homenaje sincero al cine que más ha abierto la puerta de los sueños.

Número 20: El increíble hombre menguante, de Jack Arnold (1957). Una extraña niebla envuelve el pequeño yate de Robert Scott Carey (Grant Williams), un joven publicista que está disfrutando de sus vacaciones junto a su mujer. A partir de entonces y de forma inexplicable, el cuerpo de Scott irá haciéndose más y más pequeño, al mismo tiempo que su vida irá convirtiéndose en una broma pesada con pinta de pesadilla.  Lo que parecía una simple película de género de los años 50, de serie B  (con planteamiento que invitaba al cachondeo) acabó convirtiéndose en una cinta de culto. Un film con un guion prodigioso que busca un significado a la existencia de una forma poética y recreándose en una fascinante lucha por la supervivencia. Scott Carey, un pobre diablo como cualquier otro, pero de dimensiones discretas, vivirá para el espectador mil y una aventuras: buscará un alma gemela en una enana de circo, dormirá en una casa de muñecas, se enfrentará a una araña peluda y sobrevivirá a un tsunami provocado por la avería de un calentador de agua. Todo un viaje, en miniatura, rematadamente entretenido que desemboca en una  bellísima secuencia final en la que el sufrimiento del protagonista se detiene. Y al fin, todo cobra sentido: “lo infinitesimal y el infinito se abrazan”; el todo y la nada se confunden y hasta se barrunta una oportuna comunión con el átomo, en tiempos de amenaza nuclear.

Número 19: Origen, de Christopher Nolan (2010). “Cuando ves el tótem, sabes que no estás en el sueño de otro”. O quizás sí. Incluso Christopher Nolan, el director de esta fascinante película, nos deja tirados en un fundido en negro mientras miramos absortos cómo gira el talismán de Domm Cobb (Leonardo DiCaprio), una peonza. Atrapados en la incógnita. Esperando la ansiada caída o la eternidad del movimiento. El cineasta nos hipnotiza de este modo para insinuar que todo es subjetivo y todo vale, que la realidad y los sueños están probablemente hechos de la misma absurda materia. Cobb es un ladrón de guante blanco y un buscavidas. Se dedica a colarse en el subconsciente de las personas cuando sueñan para robarles secretos empresariales que codicia la competencia. Pero el protagonista tiene un pasado y busca la redención: volver a casa para poder ver el rostro esquivo de sus hijos. Por ello, acepta un último trabajo: tendrá que inmiscuirse en la mente de un rico heredero para depositar en ella una descabellada idea: “debe acabar con el imperio empresarial de su padre”. La película palpita en un montaje frenético. Habita en una estructura compleja que se deja enmarañar en sueños que se sueñan dentro de otros sueños. Respira una atmósfera angustiosa,  invocada por la música de Hans Zimmer y en ella hay amor. Un amor único, trágico, definitivo, atormentado. Tan egoísta y apasionado que se alimenta de los  remordimientos.

Número 18: Fahrenheit 451, de François Truffaut (1966). En un futuro ‘retro’, con ambiente pop, los hombres y las mujeres viven aislados en torno a grandes muros-pantalla de televisión. Onanistas sin remedio y torpes emocionales, anhelan sentirse únicos, singulares en un mundo autoritario que les suministra pastillas cuando el dolor de sentirse vivo aprieta demasiado. En esa sociedad distópica, está prohibido leer libros. Según las autoridades, te impiden ser feliz, liberan demasiado y te empujan a cuestionar la realidad. Por ello, el sistema lanza a las calles de las ciudades patrullas de bomberos pirómanos que se encargan de quemar grandes obras de la literatura que se encuentran escondidas en las casas de algunos disidentes. Truffaut, emblema de la Nouvelle Vague, quedó fascinado con la impresionante novela homónima de Ray Bradbury, y decidió llevarla al cine de la mano de Oskar Werner y Julie Christie. Tenía entre manos un canto a la libertad y a la memoria, hacia la cultura que se perpetúa por escrito frente a la presencia invasiva de las imágenes de las televisiones, perfectas sustitutas de la familia. La película está llena de escenas y claves narrativas poderosas como la hipnótica destrucción de los libros a manos del fuego, las torpes relaciones humanas que se establecen entre los personajes y el distanciamiento deliberado del cineasta ante un tema que despierta encendidas emociones. La película cuenta, además, con un final fantástico donde algunos hombres y mujeres, libres al fin, se aferran a la vida sumergiéndose entre las páginas de grandes obras de la literatura.

Número 17: Brazil, de Terry Gilliam (1985). No es un secreto nuestra debilidad por el universo de los Monty Python (así lo demostramos en nuestro ranking de comedias), así que no extrañará que esta joya de Terry Gilliam (ex Monty) forma parte de esta selección. Brazil es una mezcla entre la ciencia ficción y la comedia negra, que como poco podríamos tachar de original, subversiva, caótica, creativa, agobiante y magistral. Una propuesta singular en todas sus dimensiones que se ha convertido en referencia cinematográfica de los fecundos años 80 y en un clásico del cine de culto universal. El soñador Sam Lowry (Jonathan Pryce) vive atrapado en un extraño y deprimente mundo futurista altamente tecnificado, burócrata y superficial. La única satisfacción la encuentra en sus sueños, donde se convierte en una especie de Don Quijote que lucha por su Dulcinea, hasta que conoce a Jill, la chica de sus sueños, y al perseguido terrorista Harry Tuttle (magistral Robert de Niro). Gilliam crea un mundo surrealista, saturado de elementos extravagantes, monótonos y opresivos en el que los mundos de Kafka, Orwell, Buñuel y Fellini se ven reflejados. Una locura memorable atacada y mutilada por el conservadurismo de Hollywood, que intentó reinventar 1984 (Michael Radford) desde la psicodelía onírica, criticando al sistema y la represión del totalitarismo. Una crítica social y política con una puesta en escena tremendamente irreverente. Maravillosa también la superposición de estilos y elementos de la primera mitad del siglo XX. Una estética que marca el inicio del llamado ‘retrofuturismo’.

Número 16: Regreso al futuro, de Robert Zemeckis (1985). Los 80 fueron el mayor exponente de fusión entre la ciencia ficción, la fantasía y el puro entretenimiento. El público demandaba cada vez más productos de este tipo, y ahí Zemeckis, cogido de la mano de Steven Spielberg, se hizo un hueco dando una vuelta de tuerca a los viajes en el tiempo, que no habían sido ajenos al cine en años anteriores y que el escritor H.G. Wells había convertido, si no en posibles, sí en imaginados. De sus manos salió esta cinta de corte adolescente donde un DeLorean se convertía en la máquina de los sueños, bajo el gesto pasmado e inovildable de un joven Michael J. Fox y de un loco inventor (icónico Chistopher Lloyd) que quiere impedir que ciertos acontecimientos no lleguen a producirse. Ambos viajan a los años 50, y el protagonista se da de bruces con los que serán sus padres, iniciando una tragicomedia que, por disparatada, llegó a instalarse en la memoria colectiva de las nuevas generaciones audiovisuales. Después llegaron las inevitables secuelas, pero ninguna comparable a esta revolución de situaciones surrealistas y enrevesadas, con guiños a Star Wars y al cine dorado de Hollywood, que nos acomodó en el sofá de la disfucional familia de los McFly. Ahí la teórica del fracaso, la superación de los complejos, la complejidad del destino y otras tantas premisas del pensamiento profundo convergieron a ritmo de la guitarra de Chuk Berry cuando Johnny B. Goode todavía no era un hit. El abismo entre los 80 y los 50 sería ahora mucho mayor. Las redes sociales han hecho que la huella en el mundo sea casi imborrable, pero eso la ciencia de esta película fue convertir su ficción en algo casi cotidiano, cuando todavía era posible olvidar.

Número 15: Star Trek: la película, de Robert Wise (1979). En plena euforia por La guerra de las galaxias (1977) Paramount volvió la vista hacia una entonces decadente serie de televisión cuyos intentos de reanimación habían resultado infructuosos. Star Trek se había cancelado por baja audiencia tras tres temporadas y el universo creado por Gene Roddenberry no salía de su agujero negro. Entonces se recuperó el piloto de un spin off llamado In Thy Image (En tu imagen): planteaba la amenaza de una entidad destructora que busca a su creador; una metáfora de reminiscencias sospechosamente humanas que culmina con un sorprendente final. Como telón de fondo, la avidez por saber que hay más allá; tal es el estandarte de esta franquicia que enarbola un mensaje de unión fraternal de todos los seres (La Federación de Planetas Unidos tiene un más que sospecho paralelismo con las Naciones Unidas) y una vocación científica que ha conquistado a legiones de ‘geeks’. El arranque de cada capítulo es toda una declaración de intenciones: la misión de explorar mundos desconocidos, nuevas vidas y nuevas civilizaciones, “hasta alcanzar lugares donde nadie ha podido llegar”. Dirigida por el gran Robert Wise (Ultimátum a la Tierra, West Side Story y Sonrisas y lágrimas), Star Trek: la película fue la chispa que encendió de manera definitiva los motores del USS Enterprise; después vendrían otras doce películas -hasta la fecha-, cinco series aparte de la original y millones de fanáticos con nombre propio, ‘trekkies’, esparcidos por el vasto universo.

Número 14: Gattaca, de Andrew Niccol (1997). La genética puede llegar a descifrarnos. Apenas unos instantes, pero no sabe explicar quiénes somos, a dónde vamos y hasta dónde somos capaces de soñar. Vincent (Ethan Hawke) es un joven corto de vista y enfermizo. Un “hijo de del azar” que fue concebido de forma natural en una civilización donde solo tienen éxito los mejores embriones seleccionados por la mano del hombre. Vincent aspira a habitar un mundo que no le pertenece: a formar parte de una misión espacial rumbo a Titán a la que solo pueden acceder los ejemplares más capacitados físicamente. Y ahí comienza el reto y la odisea particular del protagonista, quien tendrá que echar mano de Jerome Morrow (Jude Law), un humano genéticamente privilegiado, pero con mala sombra, para poder completar el destino que su fuerza de voluntad había escrito para él. Gattaca es una melancólica película de Andrew Niccol,  algo ingenua en sus planteamientos reaccionarios hacia los avances de la ciencia, pero con una puesta en escena brillante y una atmósfera difícil de dejar atrás (exquisita fotografía y dirección artística). Michael Nyman compuso la inolvidable banda sonora.

Número 13: Moon, de Duncan Jones (2009). Algo pasa en la cara oculta de la Luna. El astronauta Sam Bell (maravilloso Sam Rockwell) trabaja solo en una base minera en este satélite, donde ha permanecido durante tres años dirigiendo las excavaciones para conseguir Helio-3, muy necesario en La Tierra. Su contrato está a punto de expirar y ya puede volver a casa. Durante ese tiempo únicamente ha estado acompañado del robot-asistente GERTY (nada menos que con la voz de Kevin Spacey y el enésimo guiño a Kubrick en este ranking) y por los vídeos que le envía su mujer desde La Tierra. Pero algo empieza a salir mal. Comienza a tener alucinaciones, fiebre y a ser testigo de acontecimientos tan inesperados para él como para los espectadores, que asistimos junto con el protagonista a la revelación de una verdad absolutamente desoladora y demencial. El cineasta británico, primogénito de David Bowie, se metió en el bolsillo a medio mundo con esta cinta de corte ‘indi’ que arrasó primero en el Festival de Sitges y luego recorrió todo el mundo con aplauso unánime. Como en muchas películas sci-fi, y aunque el final es bastante explícito, todavía siguen publicándose algunas teorías peregrinas sobre aquello que plantea y que también Ridley Scott apuró hasta el hastío en Marte. La soledad, el significado de la existencia, la peligrosa espiral de los avances tecnológicos y un sentido del humor punzante y cruel, planean sobre una película tan modesta como intensa que mantiene el suspense hasta el último segundo, acompañada de una fantástica banda sonora del maestro Clint Mansell. Jones no ha vuelto a firmar una obra de tales características aunque sigue manejándose con soltura en el género y su próximo film futurista Mute está levantando muchas expectativas.

Número 12: Solaris, de Andrei Tarkovsky (1972). La película es un bello poema visual de suspense, de largas tomas y enfermo de tristeza. Cuenta la historia de un psicólogo, Kris Kelvin (Donatas Banionis), que es enviado a una estación espacial, que orbita alrededor del planeta Solaris, para intentar desentrañar los extraños sucesos que en ella están teniendo lugar. Se trata de un planeta de agua, recorrido completamente por un océano de olas caprichosas, pero es, además, una inmensa conciencia que juega con la mente y la percepción de los tres astronautas que habitan en la estación espacial. Y les rodea de fantasmas, de apariciones de carne y hueso que no son forasteros, sino habitantes de su memoria, recuerdos. Y así Kris, un hombre frío y racional, volverá a tener en sus brazos a Hary (Natalya Bondarchuk), su esposa, una mujer que se suicidó 10 años atrás. Un recuerdo vivo  que logrará desarrollar sus propias necesidades emocionales. Solaris es una adaptación del best seller de Stanislav Lem, ganadora del Gran Premio del Jurado en Cannes, y es una película que también arrastra una etiqueta legendaria. Fue  presentada por su productora como la “respuesta soviética” a 2001: una odisea del espacio, de Stanley Kubrick.  Es una de esas películas que tienden al infinito. Ofrece un sinfín de lecturas apasionantes sobre la existencia del ser humano, la realidad y sus contradicciones y el peso de las heridas que nunca llegan a cicatrizar en el alma. “No necesitamos otros mundos, necesitamos un espejo”.

Número 11: La llegada, de Denis Villeneuve (2016). El mundo amanece desconcertado. Doce naves alienígenas aparecen sobre el cielo de doce lugares diferentes de nuestro planeta. El ejército estadounidense recluta a una reconocida lingüista (Amy Adams), para establecer contacto con los extraterrestres e intentar comprender qué planes tienen para la humanidad. Basada en un relato de Ted Chiang, es una película que explora otros universos, pero dentro de nuestra existencia. Su intensa narración apenas da tregua a un espectador que se queda con el corazón en un puño en los primeros instantes de la película y lo hace para reconocer y mirar de frente el alma de la protagonista con la que creará un fuerte vínculo emocional. Junto a ella, mientras intenta comunicarnos con seres que nos visitan, Villeneuve intenta descifrar al ser humano hablándonos de su intolerancia y del poder del lenguaje para construir y entender la realidad. Y del tiempo, un gran misterio, un invento para anclar nuestra identidad (memoria mediante) en una reconfortante linealidad que, sin embargo, nos oculta una idea revolucionaria. Algo tan liberador como que somos dueños del futuro. Flashbacks y saltos en el tiempo serán precisamente elementos clave del idioma cinematográfico que utiliza un cineasta en estado de gracia, tan lúcido, tan magistral que se atreve a regalarnos uno de los desenlaces más complejos y ‘capicúas’ de la historia del cine.

Número 10: La Guerra de las Galaxias, de George Lucas (1977). A medio camino entre Flash Gordon, el western y una aventura de samuráis, el universo Star Wars en realidad tiene mucho de ficción y poco (prácticamente nada) de ciencia pero, ¿a alguien le importa? Su primera entrega, gestada al calor del mejor pulp y la space opera, resulta que en realidad era el cuarto capítulo de una historia que “sucedió hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana”. Más allá de la confusión temporal, rompió el molde al nacer. Sus efectos especiales, su prolífera imaginación y, sobre todo, sus carismáticos protagonistas, llevaron el camino del héroe a una nueva dimensión y dividieron el mundo entre los seguidores de la Fuerza y los del Lado Oscuro. Nunca un villano fue tan admirado y tuvo tantos fans como Darth Vader. George Lucas consiguió muchos hitos con esta película, y uno de los más meritorios es que demostró que había en el universo una energía aún más poderosa que la Fuerza: el merchandising.

Número 9: Matrix, de Lilly y Lana Wachowski (1999). Este ranking quedaría incompleto sin esta maravillosa ocurrencia. Y no lo decimos sólo por el disparate técnico que creó el dueto Wachowski en esta trilogía, sino también por lo sugestivo de su planteamiento. El mundo sensorial en el que vivimos no es real, es un programa denominado Matrix en el que las máquinas utilizan a los humanos para crear la energía que las mantiene vivas. El mundo real es otro, uno al que se accede tomando una pastillita roja, bastante más cutre y poco glamuroso, en el que los humanos luchan por salvar la especie de las malvadas máquinas. Si nos ponemos filosóficos y dejamos la acción trepidante de lado, esta saga no tiene desperdicio. Aquí podríamos ver reflejos de “la Caverna” de Platón (mundo sensorial vs mundo de las ideas), de “la Potencia” de Aristóteles (la posibilidad de tomar decisiones y crear nuestra realidad), de la “Voluntad” de Schopenhauer (ese impulso metafísico que nos lleva a luchar por los deseos) y como no, grandes premisas sobre la anarquía y el statu quo (algo típico en las Wachowski). La trilogía entera nos deja grandes momentos para la reflexión como las conversaciones de Neo con Morfeo, con el Oráculo o con el Arquitecto, que aunque para algunos sean soporíferas en medio de tanta acción, llevan la propuesta a otro nivel. Pero lo que ha hecho que Matrix sea uno de los grandes exponentes del sci-fi es su puesta en escena y los alucinantes efectos especiales. La primera película marcó un antes y un después dentro del género y se convirtió en gran referencia. ¿Cuántas veces después hemos visto ese efecto tiempo-bala (bullet time) que nos deslumbró el 1999 y cuántas veces no hemos hecho el tonto imitando esos movimientos extremos de Neo o ese aterrizaje con flexión de Trinity?

Número 8: Viaje a la Luna, Georges Méliès (1902). Es la imagen de este blog y casi del cine en su totalidad. Ese cohete incrustado en el ojo de la Luna es una señal marcada a fuego en la mirada de todos los cinéfilos del mundo. El ilusionista, fabricante de juguetes, amante del teatro y (finalmente reconocido) cineasta francés George Méliès no solo fue quien realmente convirtió en una mecánica de sueños el cinematógrafo de sus compatriotas los hermanos Lumière, sino que dejó para los restos un conjunto de pequeñas historias que le convirtieron en el creador de la ciencia ficción y que hoy en día serían irreconocibles si no fuera porque a partir de 1925 su obra fue sacada de las barracas de feria y devuelta al esplendor que no conoció en su origen, gracias al movimiento vanguardista francés. Basada en las novelas De la tierra a la Luna, de Julio Verne, y Los primeros hombres en la Luna, de H.G. Wells, sus ocho minutos son un retrato coral del intento de un grupo de astrónomos por descubrir los secretos de la superficie del satélite más inspirador de la historia. Los visitantes terrícolas serán testigos de las sorpresas del universo, con estrellas de caras humanas o diosas selenitas muy hostiles. Hace seis años, Martin Scorsese rescató el legado de Méliès en La invención de Hugo, uno de los regalos más conmovedores que se han hecho a la historia del cine.

Número 7: Interstellar, de Christopher Nolan (2014). En un futuro tan cercano que parece el de ayer, el hombre sobrevive cultivando maíz y enfrentado a miles de plagas. Son los estertores de la vida humana en La Tierra, que se extingue inevitablemente y cuyo futuro ya solo parece posible fuera del planeta. Con este punto de partida, regresamos al cineasta británico Christopher Nolan, quien desarrolló en esta película los engranajes de la epopeya espacial y exploró casi toda la historia del pensamiento. Objeto de miles de teorías debido al debate universal sobre la cuarta dimensión, y basada en una historia original del astrofísico estadounidense Kip Thorne, la película compone un retrato, primero humanista y luego espacial, donde echaron el resto Mathew McConaughey, Jessica Chastain, Anne Hathaway y Michael Caine. Sus explícitos guiños a 2001: una odisea del espacio y una técnica narrativa y artística depurada hasta el milímetro, Nolan se adentró en el misticismo, la filosofía y la existencia sin ningún complejo pero con la complejidad inquietante que le ha hecho único. El único aviso para el espectador: dejarse conducir sin prejuicios ni manuales, fuera de los límites del espacio-tiempo, porque “si algo puede ocurrir, ocurrirá”.

Número 6: Gravity, de Alfonso Cuarón (2013). Es probablemente una las películas más estéticamente perfectas que se han hecho sobre los viajes espaciales. Repleta de originalidad, buen gusto y perfectísima técnica, ha quedado grabada en la psique como esos cuadros que no puedes dejar de mirar por más que quieras. Un atronador silencio desde el espacio en el que poco a poco se va escuchando una breve música y las primeras voces encasquetadas en trajes espaciales, componen uno de los arranques más impresionantes que hemos visto. Después, la cámara se acerca, se aleja, rodea y acaricia a los protagonistas: la doctora Ryan Stone  (Sandra Bullock) y el comandante Matt Kowalsky (George Clooney), que trabajan en la reparación de un satélite durante una misión exterior. Una lluvia de basura espacial impacta sobre ellos y ella queda a la deriva en el espacio. Casi imposible resulta describir el cúmulo de sentimientos en zig zag, entre la maravilla y el terror, que se desatan a partir de ese momento. El mexicano Alfonso Cuarón decide que el espectador se ajuste desde ese momento el traje espacial de la doctora Stone, metiéndonos y sacándonos de su casco, dándonos el vértigo de la nada, viviendo en ella, y no con ella, una ‘space movie’ experimental, con una heroína a lo Major Tom que se debate entre sobrevivir o dejarse ir. “Quien no arriesga no gana”, frase manida donde las haya, adquiere en esta película un significado más grande en boca de una Sandra Bullock embellecida en su naturalidad, sobre todo en ese plano fetal, uno de los más conmovedores de la cinta. Una historia para ver en pantalla grande, para dejarse flotar en la belleza, para soltarse de lo que nos ata y contemplar la existencia del mundo desde fuera del mundo.

Número 5: Encuentros en la tercera fase, de Steven Spielberg  (1977). No podíamos dejar fuera este clásico de la ciencia ficción que se ha consagrado como referencia del cine dedicado a los fenómenos paranormales (Súper 8 es tal vez su gran homenaje). Un filme en el que Steven Spielberg exorciza (por primera vez) su fascinación infantil por los habitantes de otros planetas, metiéndonos de cabeza en la locura de Roy (magnífico Richard Dreyfuss) y Melinda y sacándonos ese niño interior al que le es imposible no emocionarse con cada encuentro, en la fase que sea. Naves perdidas que reaparecen, estremecedoras abducciones, juguetes voladores que perturban, un padre que abandona a su familia por su obsesión sobrenatural, dan el toque angustiante a una historia que, aunque innegablemente entretenida, puede pecar de excesiva bondad. Aquí todos son buenos, desde los extraterrestres hasta el gobierno. Aún así, Spielberg deslumbra con cada secuencia y sin grandes reflexiones filosóficas encaja un mensaje pacifista que ha marcado los sueños UFO de toda una generación: comunicarnos de tú a tú con extraterrestres. Encuentros en la tercera fase se sale del estereotipo del alienígena exterminador y nos ofrece uno de los clímax más sublimes del género, una sinfonía luminiscente que endulza el encuentro interplanetario más afable de la pantalla. Vamos, que a esos bichillos cabezones y sonrientes dan ganas de achucharlos. Parece que este deseo lo saldó después el cinesta con con E.T.: El extraterrestre.

Número 4: Alien, el octavo pasajero, de Ridley Scott (1979). La nave espacial Nostromo detiene su viaje para despertar a su tripulación. Se ha producido una misteriosa señal de auxilio y sus astronautas deben acudir a investigar su naturaleza en el planeta del que procede. A partir de entonces, se produce un sobrecogedor ‘big bang’ narrativo. La quintaesencia del suspense sube a bordo de la Nostromo para que los espectadores queden atrapados en sus terroríficos pasillos. Corredores en los que se produce una poderosa escalada de tensión, angustia y terror sofisticado  que deja, además, un rastro viscoso de repulsión. El guion es pura ingeniería narrativa, la dirección artística, bajo cuya visión se confunden la estética orgánica y la metálica (insólita la ‘nave nido’ con paredes de columna vertebral), es un fascinante espectáculo y su protagonista, el ‘octavo pasajero’, la criatura más inquietante del género. Un extraño y letal ser que fue creado por el escultor suizo H. R. Giger y bajo cuya piel se encontraba un masai, Bolaji Badejo (dos metros veinte de estatura), estudiante de Bellas Artes. Es un film que nació sin pretensiones, para pasar desapercibido en el universo de la serie B, pero Ridley Scott, padre de la criatura, estaba demasiado empeñado en mostrar su talento. La Fox, rindiéndose a la evidencia, se dejó engatusar, acabó sacando la cartera y gastándose 1.500 millones de las antiguas pesetas en su producción. La fabulosa interpretación de Sigourney Weaver y su teniente Ripley, una aguerrida y sarcástica superviviente y la secuencia en la que el vientre de Kane (John Hurt) estalla para alumbrar al monstruo son dos poderosos pilares sobre los que se sostiene esta película de culto en la memoria de cualquier habitante de nuestro planeta.

Número 3: Metrópolis, de Fritz Lang (1927). Es la distopía expresionista más fascinante de todos los tiempos. Los obreros de Metrópolis se dejan la vida trabajando 10 horas al día bajo tierra para que una clase opulenta y “pecaminosa”, que vive en la superficie, pueda darse la gran vida. Freder, hijo del “cerebro” de la ciudad, queda deslumbrado por María, una obrera (líder iluminada) que con sermones clandestinos contiene el espíritu revolucionario de la clase oprimida a la espera de un “corazón” bondadoso que sirva de mediador. El enamorado Freder en la búsqueda desesperada de su diosa llega a las profundidades de la tierra, entra en contacto con los obreros y vive en sus carnes el sufrimiento que padecen para que la gran Metrópolis, gobernada por su padre, Joh Fredersen, siga funcionando. Producto del amor (el romántico y el filial) Freder se convierte en el “corazón” que media entre el “cerebro” y la “mano”. Con esta majestuosa fábula del cine mudo, Fritz Lang nos sumerge en una distopía fascinante que termina siendo más bien una utopía, si lo miramos desde una óptica realista. Además nos pone frente a sendas discusiones ideológicas (socialismo, nacionalismo y capitalismo), teológicas y moralistas (el bien y el mal, el hombre y la máquina, la torre de Babel y el Apocalipsis), que siguen trascendiendo a su época. Pero sin lugar a dudas lo más significativo del legado de Lang es la potencia visual, esa mágica puesta en escena y lo deslumbrante de la concepción técnica y arquitectónica, una maravilla de la ciencia ficción con uno de los íconos más grandes del cine: La mujer robot. Por primera vez en la historia, se muestra la inmensidad de una ciudad y sus rascacielos (inspirados en el Nueva York de 1924). Para esto Lang y su habitual equipo de efectos especiales, decoradores y luminotécnicos construyen, a través del denominado procedimiento Schüfftan, pequeñas maquetas de la ciudad que dejan ver la Metrópolis fantástica, en la que se recrea la obra cumbre del expresionismo alemán. Es es la primera gran obra cinematográfica de ciencia ficción y como tal hay que darle un puesto de honor.

Número 2: Blade Runner, de Ridley Scott (1982). Con su esperadísima secuela ya estrenada y compartiendo destino – mejor acogida entre la crítica que entre el público-, una de las obras cumbres del género ha ocupado finalmente el lugar que le corresponde en la historia del cine. Desde que nació hace 35 años hasta hoy mismo, el recorrido de esta película de Ridley Scott ha superado todo tipo de interpretaciones, denostaciones y defensas, pero nunca ha perdido esa enorme tristeza, caos y sabor a cine negro que la hizo única. En la imagen del replicante Roy (Rutger Hauer) lamentando su destino, la pérdida de sus recuerdos “como lágrimas en la lluvia”, laten varias generaciones cinematográficas, que ahora han visto en Blade Runner 2049 la culminación de los sueños. El universo agobiante, fascinante y desolador que rodea al cazador de replicantes Rick Deckard (Harrison Ford) y a su ‘femme fatale’ Rachel (Sean Soung) se basó en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, pero el cineasta le añadió una pirámide de simbolismos y una dirección artística que la convirtieron en única. El director canadiense Dennis Villeneuve ha querido devolver a esta historia un esplendor que había conseguido no perder. Es indiferente, porque al hacerlo, lo cierto es que ha conformado un nuevo imaginario de ficción al que rendirnos, donde dejar correr a esos unicornios de papel arrugados en la memoria. Así se cierra el plan maestro, la cumbre, el cielo del gran cine.

Número 1: 2001: Una odisea del espacio, de Stanley Kubrick (1968). No podía ser otra quien ocupara el altar de de este ranking. Un simio aprende a matar. Un ordenador central (HAL 9000) descubre su  poder sobre los hombres y tiene un colapso emocional. Un astronauta  envejece en una habitación del siglo XVIII para alcanzar la perfección: regresar al útero universal, convertirse en un nuevo ser, el Niño de las Estrellas. Todos ellos quedan unidos en esta película por la misteriosa presencia de un monolito alienígena que aparece ante los hombres en momentos clave en los que protagonizan un salto evolutivo. Y entre medias, acontece un universo fascinante de secuencias prodigiosas, una experiencia sensorial sobrecogedora donde la inteligencia del hombre (o su reflejo en la máquina) es la protagonista esencial. Stanley Kubrick se entrevistó con biólogos, químicos, astrólogos, teólogos, fabricantes de naves espaciales para dar a luz este prodigio. Junto a Arthur C. Clarke, el legendario autor de la historia original (el relato corto El centinela) redactaron el guion. Grabados en el subconsciente del espectador universal quedarán para siempre la mirada roja inquietante de HAL 9000 y su balbuceo infantil, desgarrador al ser desconectado; la puerta sideral que nos lleva a un prodigioso viaje hacia el infinito; el uso minucioso del sonido y de la música. Y sí, también aquel hueso que se convierte en una amenaza para acabar alcanzando las estrellas y transformarse en la aeronave Discovery y en una maravillosa elipsis de millones de años.

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2 comentarios

  1. naves misteriosas de douglas Trumbull

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  2. Es una buena selección, aunque personalmente hubiera incluido “Soy leyenda” y habría quitado “Viaje a la luna”. Buen trabajo.

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