A favor y en contra de ‘La vida de los otros’, de Florian Henckel von Donnersmarck

A FAVOR: SONATA PARA UN BUEN HOMBRE

Gerd Wiesler es un capitán de la Stasi, la policía secreta de la República Democrática Alemana. Es un investigador minucioso, implacable, un hombre con alma por concretar que consagra su existencia a su trabajo y a las sospechas. Un vampiro de vidas ajenas que apenas reserva un triste pensamiento favorable a la humanidad, porque cualquier persona es un potencial enemigo del Estado. Es alguien que, más allá de los auriculares donde resuenan la vida de los otros, no es capaz de escuchar nada. Su propia existencia apenas hace ruido. Este personaje, interpretado conmovedoramente por el ya fallecido Ülrich Muhe, es una de las razones por las que La vida de los otros acabó convirtiéndose en uno de los grandes títulos del cine europeo, que además gustó a muchos, pues obtuvo un formidable éxito de crítica y público. Consiguió también el Oscar a la Mejor Película de Habla no Inglesa.

En La vida de los otros, Wiesler tiene que investigar al único autor del régimen “que no es subversivo”. Al menos, de cara a la galería: al escritor Georg Dreyman (Sebastian Koch), el poeta de los obreros. Un hombre bueno, atractivo y con carisma que ama a la actriz más popular de la República, Christa Maria Sieland (Martina Gedeck). La misma mujer sobre la que ha puesto sus ojos un alto representante del Estado. A partir de este momento, la trama está servida.

La vida de los otros es un thriller intenso, vibrante, con un ritmo que no entiende de prisas, pero que sabe, desde el clasicismo narrativo, contar una apasionante historia. Porque hubiera sido fácil perder pie en la simple denuncia de las incoherencias de un Estado o caer en el sentimentalismo fácil, pues a la historia no le falta una arrolladora tragedia particular.

Sin embargo, nada de eso parece despistar al director y guionista alemán Florian Henckel von Donnersmarck. La película refleja la encrucijada de envidias, engaños e ideales malogrados en la que acaban atrapados los personajes. Explica con una lucidez sobrecogedora cómo el miedo envilece el alma y lleva a las personas a la traición, incluso la personal. Refleja cómo los sentimientos más bajos terminaron siendo, en el filme, una cuestión de Estado de un régimen que acabó entrampado en el totalitarismo, alumbrando a un sector de la población, como se escucha en algún momento de la película, de “soplones, traidores y conformistas”. Aunque la película también es un inteligente canto a la esperanza, habla de la comunicación entre dos almas que se encuentran en las antípodas y, de forma estremecedora, de los retazos de humanidad que se pueden colar a través de las ‘goteras’ de cualquier cínico que se precie. Y es en este punto donde la película también muestra su talón de Aquiles, porque La vida de los otros sería una obra maestra si no hubiera que lamentar algunos arrebatos sentimentales del protagonista principal que le restan credibilidad de la historia.

Buena parte del atractivo de la película se apoya, sin embargo, en la formidable interpretación de Ulrich Mühe, en su mirada trágica, entre el odio y el desconcierto, con su postura mezquina  y desconcertada. Ayuda también el hecho de que la película está confeccionada con secuencias y detalles narrativos memorables, muy emocionantes, como cuando el escritor descubre el recorrido oculto de los cables del sistema de escucha y comprende que estuvo tejido por un  ángel de la guarda. O la escenificación de la traición doble, en un interrogatorio donde la actriz-amante y el esbirro de la Stasi se la juegan. Y por último, esa ausencia del encuentro esperado entre los protagonistas. Una manera elegante de ahorrarnos una escena previsible que jamás podría haber sido tan elocuente e intensa como la distancia que toma el escritor para acercarse al hombre que le perdonó sus pecados.

EN CONTRA: SIN DETONANTE PARA LA EXCEPCIÓN

La vida de los otros, además de ser elegida por la academia como la mejor película extranjera en 2007, fue seleccionado como el principal film del cine alemán contemporáneo. Es indudable que esta historia, de apabullante sobriedad, eclipsó a la crítica y al gran público por partes iguales.

El film empieza con una interesante ambientación de la vida en la Alemania oriental, un hierático agente de la Stasi e instructor de nuevos agentes, recibe el encargo de vigilar a un prestigioso escritor y a su mujer. Con el despliegue tecnológico de la época, un convencido Wiesler se instala en el ático del edificio de los artistas para espiar cada movimiento en busca de alguna pista que confirme su oposición al régimen.

Un principiante Florian Henckel Von Donnersmark deja claro que la redención humana es el punto álgido de la historia. Y no sólo la del agente Wiesler a quien las escuchas van ablandando, no se sabe muy bien por qué, hasta llegar a encubrir a sus vigilados, sino también la de un temeroso Dreyman que tras la muerte de su gran amigo Albert Jerska, resuelve unirse a la oposición y teclear su disgusto hacia el sistema.

Si bien parece que la intención del film es mostrar la transformación de un solitario, inescrupuloso, ortodoxo y rígido Wiesler, a uno sensible, compasivo y altruista, lo que queda en un cambio poco verosímil es que se sostiene en una especie de capricho o enamoramiento y en la soledad y hastío del protagonista. Cuesta pensar que un caso, más bien intrascendente (los abusos del ministro no debían haber sido nada nuevo para un agente de la Stasi), muevan los hilos más profundos de un hombre con una larga carrera de espionaje, convencido del régimen, frío e inalterable, como muestran las primeras escenas en las que instruye sobre métodos de interrogación.

A la historia le hace falta un detonante más creíble, una excusa que no la deje en el facilismo de que el milagro se produjo porque escuchó una sonata. Realmente, ¿por qué empieza ese cambio? ¿Qué hace que decida enfrentar al régimen por el que ha velado toda su vida? ¿De dónde sale esa extraña empatía con la pareja? ¿Por qué con ellos y no con otros espiados? ¿Era obsesión con el escritor o con la actriz?

La vida de los otros podría haber sido una obra sublime si se hubiese atrevido a profundizar en lo que de verdad motiva a un prestigioso y hermético, a quien parece no importarle pasar el resto de su carrera abriendo sobres para facilitar la censura de “los otros”, del Estado.

 

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