Visionado: ‘Dunkerque’, de Christopher Nolan. ‘Una derrota visualmente épica’

Un total de 400.000 hombres atrapados en una playa sin horizonte. En la retaguardia, el ejército del enemigo. Frente a ellos, el mar, el abismo o una sucesión infinita de hombres que guardan cola. Una ratonera. Las escasas embarcaciones de socorro que logran alcanzar la costa se convierten en una tortura emocional para la gran mayoría de los pobres diablos, británicos y franceses, que todavía no pueden ser rescatados y se quedan en tierra. Hitler no envía a los tanques para terminar con la pesadilla. “¿Para qué?”, si como explica el Coronel Winnant (James D’Arcy), se les puede eliminar “fácilmente desde el aire”. Al otro lado del Canal de la Mancha, los ingleses deciden no poner en peligro las grandes embarcaciones de su flota naval, la Royal Navy, para rescatar a sus soldados. Al fin y al cabo, se trataba de una campaña fracasada y la Luftwaffe (fuerza aérea alemana), sobrevuela  incansablemente la costa francesa sin dar tregua.

Esta fue la tragedia de Dunkerque, la impresionante historia de una gran derrota que, sin embargo, los británicos (con Churchill a la cabeza) supieron convertir en una victoria épica. Un éxito en el que el pueblo tuvo un protagonismo providencial.  Y es un capítulo resucitado, de manera magistral, por uno de los cineastas más singulares y brillantes del panorama cinematográfico: Christopher Nolan.

Con  un impresionante pulso narrativo, Nolan se sumerge en el episodio bélico por tierra, mar y aire. Sin abandonar su predilección por las narraciones con estructuras complejas, cuenta la historia desde tres puntos de vista, echando mano de tres unidades de tiempo que se contraen o dilatan en un guion lleno de astucias. De este modo, conviven y se entrecruzan la lucha por la supervivencia de los jóvenes soldados atrapados en la playa (una semana, en la gran pantalla); la audacia de la tripulación de uno de los numerosos barcos civiles que acudieron en rescate de su ejército británico a petición del Gobierno (un día, a bordo del Moonstone) y el vuelo suicida de un escuadrón de la RAF, de apenas una hora de duración real. Un equipo de pilotos cuya misión era proteger a los ‘héroes civiles’ que atravesaron entonces el Canal de la Mancha y a los soldados atrapados en la playa.

Es en la costa, precisamente, donde el cineasta alumbra su obra maestra. Nolan es capaz de abandonar al espectador en aquella playa y echar el candado para que se las vea con un sinfín de emociones, situaciones límite y dilemas morales difíciles de digerir. Sensaciones encontradas que van desde la claustrofobia al terror ante la muerte inminente, pasando por la piedad, la solidaridad interesada, la resignación que se aferra a cierta rebeldía y la crueldad como un trance inevitable.

La supervivencia se traduce, a través de su cámara, en una experiencia de imágenes intensas y secuencias definitivas donde no son necesarias las palabras. Unos pocos minutos del magistral arranque bastan para que sintamos el aliento de los nazis en la nuca. El cineasta obliga al espectador a tumbarse y permanecer junto al soldado protagonista, Tommy (fantástico Fionn Whitehead), mientras las bombas van acercándose con un ritmo preciso, devastador, infernal. Pero no es el único momento demoledor. El suspense recorre cada línea del guion, como aquella ‘mirada de mal agüero’ de Tommy, quien observa inquieto cómo se cierra la puerta del barco que le tiene que llevar a casa. O la tensión que enfrenta a los soldados que permanecen absurdamente atrapados en una barca belga, encallada en la arena. A la espera de que suba una marea caprichosa, que se hace notar cuando envía a los muertos a la orilla.

Por su parte, es en la épica batalla que dirimen los pilotos, en las bellísimas persecuciones aéreas de los aviones  alemanes y británicos, donde Nolan coquetea con la nostalgia e invoca a los héroes del cine bélico clásico para rendirles un singular homenaje. Ayuda en su empeño la poderosa presencia de Tom Hardy, actor incapaz de disimular su talento a pesar de la máscara de piloto (Farrier) que oculta gran parte de su rostro durante todo el metraje. Una práctica interpretativa, por cierto, que ya viene siendo habitual en su filmografía (Mad Max o El caballero oscuro, la leyenda renace).

En definitiva, la única nota que desafina en esta sinfonía bélica, se encuentra a bordo del Moonstone. La película pierde parte de su intensidad narrativa al desplegar la inevitable bandera patriótica que acompaña al capitán (Mark Rylance) de una de las pequeñas embarcaciones civiles. Un hombre que, como muchos en aquel momento histórico, no dudó en arriesgar su vida y la de su hijo para evacuar a los muchachos de Dunkerque. Pero incluso en esos instantes, Nolan no baja del todo la guardia y encuentra un elemento en la narración inusual para que la historia discurra por cauces inesperados, intentando darle el esquinazo al exceso de sentimiento previsible. El soldado Shilvering, el personaje de un fabuloso Cillian Murphy, tiene mucho que contar al respecto.

En cualquier caso, Dunkerque es, en general, un espectáculo de dimensiones desconocidas y fascinantes. Desde ese enemigo que no tiene rostro, pero se deja sentir como un ángel exterminador ubicuo hasta la bellísima fotografía ‘azul acero’, pasando por los planos alcanzados desde el aire, que brindan un fascinante horizonte esférico cuando el rodaje sobrevuela el Canal a lomos de un  Spitfire. O la belleza de la banda sonora de Hans Zimmer, un autor que ha logrado descifrar, en clave de música, el horror de la guerra  y lo ha sabido traducir en una sucesión de temas trágicos e inquietantes.

Es difícil alejarse de la película sin que alguna imagen, alguna secuencia no se haya quedado fija en la memoria para ser recordada de manera recurrente. Como ese soldado sin rostro que, con paso firme y lento, camina por la playa para adentrarse  en el agua. Sin prisas,  seguro de sí mismo,  sin frenar el paso al encontrarse con un mar picado que le envuelve y un oleaje que promete cierta clase de refugio. La libertad sin falsas esperanzas.

 

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