Homenaje: Jack Lemmon. ‘El hombre de la calle con maneras de genio’

“Era mi hombre de la calle… Todo lo que hacía tenía un rasgo de genialidad”. Así se pronunció en una ocasión Billy Wilder. Al fin y al cabo, Jack Lemmon era un profesional con un talento de caleidoscopio. Un señor que, sin salirse de las hechuras del tipo corriente, podía entrar y salir de la piel de cualquier ser humano resultando rotundamente divertido o anodino… o quizás trágico, pero siempre convincente de una forma inolvidable. Sencillamente, para el cineasta vienés, “la felicidad era trabajar con Jack Lemmon”.

El actor, en las distancias cortas, era un hombre sencillo. Detrás de las cámaras, se convertía en una criatura cinematográfica dotada para la comedia corrosiva, para el drama urbano con claustrofobia emocional, para encontrarle el punto a los tipos tozudos, simpáticos, a los neuróticos, a los débiles. Y también para despertar un sentimiento de empatía universal cuando se convertía en cualquier infeliz abrumado por las circunstancias.

Y así, Lemmon pasó por nuestras vidas escalando posiciones en una empresa a base de meterse “en la cama tibia, que disfrutaban otros” (Wilder sobre El apartamento; bailando un tango -“rubia de bote  y de horrible pasado”- mientras huía de la mafia en Con faldas y a lo loco;  y se detuvo en la existencia de un empresario derrotado que no lograba sobreponerse de una crisis vital, en Salvad al tigre). Y le vimos y le sentimos como un padre que, sencillamente, no quería llorar la muerte de su hijo sin antes hacer justicia buscando una verdad terrible. Corrían los tiempos de la dictadura de Pinochet, en Desaparecido.

Y todas estas  peripecias suyas y muchas otras se quedaron, para siempre, entre nosotros.

PRIMERA PLANTA: UNA VOCACIÓN TEMPRANA

Aunque primero, John Uhler Lemmon llegó en ascensor a su propia vida (1925) sin dar tiempo a que su madre ocupara una habitación en el Hospital de Newton, en Boston. Parecía tener prisa por encontrar su lugar en el mundo y de hecho tuvo suerte porque desde temprana edad vio claro que su gran pasión era la actuación. En Harvard, estudió Arte Dramático, sirvió en la Marina durante la guerra y llegó incluso a trabajar como pianista en Nueva York. Pronto ejerció como actor en radio, televisión y sobre las tablas, en Broadway. En el cine debutó, de manera oficial, en 1954 y en una comedia dirigida por el mismísimo George Cukor, La rubia fenómeno. Lo hizo de la mano de Judy Holliday y, según cuentan, de algún que otro tropiezo legendario. Porque Cukor no se cansaba, una y otra vez, de pedirle que rebajara el tono de su interpretación. El muchacho venía del mundo del teatro donde estaba acostumbrado a encarnar a sus personajes con apasionado entusiasmo. A fuerza de insistir, el director acabó dando una gran lección a Lemmon, quien se resignó, puso cara de palo y dejó de interpretar por completo en la escena de marras.

Sin embargo, aquella anécdota no fue un obstáculo para que su talento pronto se desmadrara con astuta precisión en la gran pantalla. De hecho, un año después consiguió un Oscar al Mejor Actor de Reparto en Escala en Hawai (Mister Roberts; de John Ford y Mervyn LeRoy). Ya en la cima del éxito, Lemmon llegó a frecuentar un western (Cowboy, 1958) y disfrutó de la compañía profesional de James Stewart y Kim Novak, en la simpática comedia Me enamoré de una bruja (Richard Quine, 1958). Hasta que, al fin, apareció el cineasta que supo centrarle, ‘frotarle el talento’ y despertar al genio que  llevaba dentro.

UNIVERSO WILDER

Billy Wilder le contrató para ser uno de los dos protagonistas de Con faldas y a lo Loco (1959), junto a Marilyn Monroe. Una comedia delirante, una obra maestra en la que Lemmon y Tony Curtis, dos músicos de medio pelo deciden, después de presenciar accidentalmente un crimen, convertirse en dos “macizas” y enrolarse en Las Muchachas Sincopadas. Era una orquesta de señoritas, lideradas por la Monroe y junto a las que intentaron huir de la mafia. Lemmon en la cómoda piel ‘fatale’ de Daphne, sus maracas,  y el apasionado tango que se marca junto al millonario Osgood Fielding III componen uno de los acontecimientos cómicos más brutalmente ingeniosos que ha parido el Séptimo Arte.

Un año después llegaría la que, para muchos críticos, es la mejor película de la historia del cine: El apartamento. Otra creación firmada por el genial Billy Wilder que logró cinco Oscar y fue rodada en 1960, junto a Fred MacMurray y la fantástica Shirley MacLaine. Lemmon encarna en ella a C.C. Baxter, el oficinista trepa de una gran empresa “donde trabajan 31.259 empleados”, que logra salir del anonimato profesional al prestar a sus jefes su pisito de soltero para que disfruten de sus rápidos escarceos sexuales. Acaba enamorándose de la muchacha equivocada: una ascensorista (MacLaine) que visita frecuentemente su apartamento; por supuesto, sin que él tuviera noticia de ello. La historia, que surgió de la fantástica Breve Encuentro, de David Lean (toda una inspiración para Wilder) logra atrapar la soledad del ciudadano medio, perdido en la gran urbe, y la deja deambular en una bella comedia agridulce. Lemmon demostró ser uno de los mejores actores de todos los tiempos, en la piel de un alcahuete al que le viene grande el oficio. Un personaje memorable que cocina espaguetis en una raqueta y pasa las noches al raso mientras otros ‘disfrutan’ del calor de su hogar.

Sin embargo, el talento inquieto del actor necesitaba una revolución y dio, al año siguiente, un volantazo, pero para alcanzar otra de sus mejores y más arriesgadas interpretaciones: Días de vino y rosas, de Blake Edwards. Se trata de una comedia que se da de bruces con un terrible descenso a los infiernos. El de una pareja joven: él, relaciones públicas, y ella (Lee Remick), secretaria, que acaban convirtiéndose en unos alcohólicos de solemnidad incapaces de superar su adicción. Un sobrecogedor retrato sobre las  debilidades  del ser humano y el vértigo irresistible que puede llegar a producir la propia autodestrucción.

Tras la tragedia, vino la calma. Volvió al territorio amigo que le ofrecía de nuevo Billy Wilder: una comedia que se llamaba Irma la dulce. En ella interpretó al ingenuo gendarme Patou, que trabaja para “mantener el caos” en el barrio de prostitutas de Les Halles, en París. Un golpe de suerte le acaba convirtiendo en el chulo de su amada, Irma (de nuevo, la maravillosa Shriley MacLaine) mientras idea una torpe estratagema para rescatarla de la mala vida.

MATTHAU, “UN LUNÁTICO… QUE NO ES DE ESTA TIERRA” 

“Es un tipo loco, un lunático, porque él no es de esta tierra… un tipo estupendo. Estamos en la misma longitud de onda y sé lo que piensa antes de que abra la boca”. Jack Lemmon sobre Walter Matthau, Diario El País, 1996.

Y el comienzo de aquella gran amistad entre los actores, en el mundo del cine, se fraguó en la mente ingeniosa de Wilder. Vio que algo muy grande sucedía entre ellos cuando los enfrentaba ante las cámaras. Y no perdió tiempo. Rodó junto a la pareja la película En bandeja de plata (1966). Lemmon era un pobre diablo, un cámara de televisión que es “atropellado” por un jugador de fútbol americano, tras lo cual le ingresan en un hospital. Matthau era su cuñado, un abogado astuto y chanchullero que le ‘obliga’ a fingir una lesión grave para cobrar una indemnización. Lemmon acabará dejándose llevar por un triste propósito: quiere recuperar a su ex, una mujer que merecía la pena olvidar. La comedia es una de las obras más mordaces y divertidas del genio vienés donde quedan a la intemperie un buen puñado de debilidades humanas.

Dos años más tarde, la pareja consuma a lo grande su química afortunada. Esta vez compartiendo piso en La extraña pareja (Gene Saks, basada en la obra de Neil Simon). En la cinta, interpretaron a dos divorciados radicalmente opuestos que se ven obligados a “sobrevivir” juntos en Nueva York. Lemmon es el insoportable Félix, un pobre hombre obsesionado con el orden y la limpieza. Matthau es Oscar, un tipo despreocupado y de buen vivir que  se encuentra en su salsa en medio del caos hogareño. Con el contraste, la comedia estaba servida.

Lemmon y Matthau protagonizarían otros films juntos, pero fue en Primera Plana (Billy Wilder, 1974) cuando entre ellos volvieron a saltar memorables chispas. Esta vez, metidos en el ajo del mundo del periodismo. Lemmon en la piel de un plumilla con mucho talento y al borde del matrimonio; Matthau, en la de su redactor jefe. Un tipo sin escrúpulos pero con mucho olfato que se las arregla para que su empleado no se case y, en su lugar, le proporcione la exclusiva del siglo.

Jack Lemmon ganaría después un Oscar en 1974 por Salvad al tigre (John G. Avildsen) y en 1982, logró la Palma de Oro de Cannes por Desaparecido (Costa-Gavras). Basada en un hecho real, Lemmon da vida al padre de un periodista norteamericano del que nadie volvió a tener noticias tras el golpe de estado en Chile de Augusto Pinochet. Fue una de esas películas donde el actor nos dejó completamente conmocionados con la grandeza de su interpretación.

ÚLTIMAS PELÍCULAS

Tras aquel hito en su carrera vendrían todavía muchos otros títulos destacados en los que siguió trabajando con directores de primera línea como Oliver Stone (JFK, 1991), Robert Altman (Short Cuts, 1993) o Robert Redford, en La leyenda de Bagger Vance, su última película, donde realizó un breve cameo y puso la voz del narrador. Salió de la pantalla grande en el año 2000 con discreción, aun cuando toda su carrera fue un viaje por momentos memorables de la historia del cine.

Lemmon se casó dos veces y tuvo dos hijos. Sufrió algún que otro bache en su existencia, como un serio problema con el alcohol que duró varios años, tras el divorcio de su primera mujer. Dicen que le enfurecía un guion mal escrito, le molestaba la deriva de Hollywood hacia el ‘cine espectáculo’, vacío de contenido, y nunca perdió de vista las palabras de su padre, un alto ejecutivo de Doughnut Corporation. El hombre, después de recordarle lo insegura que resultaba la profesión de actor, se resignó y le propuso una tregua. Le aconsejó que continuara en el mundo de la interpretación única y exclusivamente mientras sintiera pasión por su oficio.

Lemmon trabajó casi hasta el final y falleció de cáncer en 2001. Está enterrado en el cementerio de  Westwood Village de Los Ángeles. Las sepulturas de sus colegas y grandes amigos, Matthau y Wilder, no andan lejos. En la suya propia, un epitafio con pinta de juego de palabras deja al mundo, una vez más, expectante:

“Jack Lemmon in”

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