Homenaje: Cary Grant, el sueño de un vividor

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“Cary Grant era bueno, muy bueno. No se le escapaba una. Nunca tuvo el premio (de la Academia). Le dieron un Oscar ‘especial’. Pero eso era una idiotez, porque los actores que suelen hacer protagonistas, para obtener un premio, tienen que cojear o hacer de retrasado. Nunca ven al tipo que se esfuerza al máximo y consigue que parezca fácil. No les basta con que abra un cajón con elegancia, que coja una corbata y se ponga una chaqueta. ¡Hay que sacar una pistola! Hay que sufrir. Entonces te ven”. (‘Conversaciones con Billy Wilder’, Cameron Crowe).

A Billy Wilder, de hecho, Cary Grant siempre se le escabullía. Intentó trabajar con él hasta en cuatro ocasiones diferentes. Desde los tiempos remotos en los que escribió ‘Ninotchka’ para su gran y admirado maestro, Ernst Lubitsch.  Pero también pensó en él para ocupar el papel de Humphrey Bogart en ‘Sabrina’ y el de Gary Cooper en ‘Ariane’. Aquellas fueron interpretaciones inolvidables, pero no hace falta decir que todos aquellos personajes se hubieran sumergido, sin problemas, en la piel del elegante británico dando pie, eso sí, a otras producciones con otros matices porque, en sus manos, aquellas “hubieran sido otras historias”.

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Nuevos espejos donde Grant podría haber dejado reflejado su increíble magnetismo, su fascinante forma de dominar la gran pantalla sin necesidad de hacerse notar con recursos interpretativos evidentes. Entrando en los personajes con una naturalidad asombrosa y con el oficio discreto de quien no tiene ningún problema a la hora de trabajar con cualquier mimbre; de reconocerse en cualquier tipo humano. Era guapo, tenía clase, se le daban de miedo los canallas encantadores, los incautos surrealistas, los falsos culpables con un punto de chulería bien llevada y los tipos que pretendían ser normales, pero acababan atrapados en circunstancias extraordinarias.

Tenía un raro don. Cada vez que aparecía en pantalla, parecía detener el tiempo. Como si él mismo se convirtiera en una dimensión fantástica donde todo era posible: cualquier torpe podía convertirse en un seductor irresistible; donde un amante podía llevar a la perdición a su amada, en aras de un retorcido ‘sentido del deber’; donde un marido perfecto podía esconder a un asesino, o tal vez no, o quizás sí, subiendo unas escaleras y aferrado a un vaso de inquietante leche luminosa. Y siempre sin perder, en ningún momento, la fascinación del espectador.

“No estoy dentro de nadie”

“No tengo nada que ver con los personajes que interpreto. No estoy dentro de nadie, solo estoy dentro de mí. Me limito a interpretarme a mí mismo. Cuando era un muchacho, en la escuela que me metieron, soñaba que me convertía en un tipo vividor que hace lo que le da la gana. Mi vida es el esfuerzo por hacer real aquel sueño de la escuela”.

CARY GRANT PEQUEÑO

Un sueño temprano que pudo haberle ayudado a poner tierra de por medio y alejarle emocionalmente de una infancia desgraciada. Su padre, un alcohólico planchador de sastre, se ‘deshizo’ de la madre de Grant internándola en un psiquiátrico para poder disfrutar de una nueva vida junto a su amante. El niño, Archibald Alexander Leach, creyó durante años que había sido abandonado por su progenitora y la odió con toda su alma. Fue CaryGrant, el adulto, quien descubrió la verdad y volvió a sufrir lo indecible por ello.

Pero mucho antes, en el  Londres de los años 20, había comenzado su carrera como actor en escenarios de teatros de segunda categoría. Más tarde, se marchó a América, donde el peaje que tuvo que pagar para quedarse en el Nuevo Mundo fue agarrarse a todo tipo de trabajos de medio pelo, dentro del ámbito del espectáculo. Se convirtió en hombre anuncio en Broadway y bufón en un hipódromo, pero pronto encontró su destino en un Hollywood que hacía historia dejando atrás las películas mudas y  despertando al sonoro. Corrían los años 30 y la primera en la que apareció se llamaba ‘Esta es la noche’.

Después, se produjo el golpe de suerte. “Si ese sueño que acaba de pasar por mi lado también sabe actuar, lo cogeré para mi próxima película”. Y así fue. Mae West, estrella vamp, brillante guionista  y autora socarrona de estas palabras, consiguió que le contrataran para trabajar con ella en ‘Lady Lou’. De su mano, Grant comenzó una imparable y exitosa carrera y empezó a trabajar con directores brillantes como George Cukor, quien le dirigió en ‘La gran aventura de Silvia’, donde compartió créditos con Katherine Hepburn.

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En 1938, participó en su primer milagro cinematográfico. Se llamaba ‘La fiera de mi niña’ (Howard Hawks, 1938) y en ella encontró el ecosistema surrealista perfecto para desatar su talento para la comedia, en compañía de una actriz inmensa, con quien se entendió a las mil maravillas. Nos referimos a Kate Hepburn, que en la película nos aborda en la piel de Susan Vance, una alocada y caprichosa muchacha de la buena sociedad que acabará “llevando a la perdición” a un despistado paleontólogo. Era, por supuesto, un Grant acorralado por un buen puñado de situaciones confusas y disparatadas (esa bata de mujer sobre su cuerpo; ese perro que se deja perseguir con brío atolondrado; esa clavícula intercostal de brontosaurio perdida. Trasunto de una vida anodina a la que uno se aferra con instinto de supervivencia).

En 1940, Grant volvería a las andadas para plantarle cara a una diosa en ‘Historias de Filadelfia’. La temperamental y caprichosa Tracy Lord, en la piel de nuevo de la maravillosa Hepburn. Grant desplegó una elegancia socarrona irresistible en el personaje de C.K. Dexter Haven: el ex, el primer marido de la protagonista. Un tipo que prepara una deliciosa venganza por una buena causa, contando con Jimmy Stewart y George Cukor como cómplices, unos soberbios artistas en estado de gracia.

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Las simpatías que despertaba Cary Grant en los espectadores eran tan poderosas que obligaron a cambiar el final previsto en ‘Sospecha’ (1941), el primer ‘Hitchcock’ del actor. Cary Grant, un playboy ludópata, cazador de ricas herederas, debía redimirse de su  condición de buscavidas en la película. Y Hitchcock encontró un final irónico y amable para ello. El actor, en cualquier caso, nos empujó a una auténtica montaña rusa de sentimientos encontrados  y emociones opuestas gracias a un personaje que no había manera de definir y a un talento genial. Capaz de dejarnos en el estado de ánimo una sensación perversamente inquietante.

“La locura ha hecho presa en mi familia. Y a galope tendido…”

Mortimer Brewster (alter ego de Cary Grant en ‘Arsénico por compasión’) es un cínico autor teatral que no da crédito a lo que acaba de descubrir. Las personas más buenas y entrañables que ha conocido, sus tías Abby y Martha, son auténticas expertas en proporcionar una “vida mejor” a ancianos, solitarios y depresivos, que les alquilan las habitaciones. Una labor humanitaria ‘perpetrada’ gracias a  una mezcla de arsénico, estramonio, cianuro y vino añejo. Grant estuvo formidable en esta fantástica producción de humor negro, rebosante de talento. Firmada por Frank Capra, a Grant le brindó la oportunidad de desplegar sobre su personaje un auténtico repertorio de gestos desternillantes y de caras de asombro difíciles de olvidar.

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En 1946, Grant se iría a las antípodas. Viajaría hasta  la contención y la frialdad escénica para ofrecer una interpretación magistral. En ‘Encadenados’, Alfred Hitchcock volvió a ponerle en bandeja a otro tipo inquietante, capaz de llevar al sacrificio a la mujer que ama (Alicia Huberman, Ingrid Bergman), una  “agente” que acaba de reclutar, por deber patriótico o para poner a prueba sus límites. Una mujer que le fascina, pero a la que no puede dejar de  torturar con un frío sarcasmo. Bergman accede a casarse con el nazi Sebastian (Claude Rains) para ofrecer información a los norteamericanos sobre una trama urdida en torno a la extracción de uranio para la construcción de armas atómicas (un MacGuffin como otro cualquiera). Para los anales queda la mirada de resentimiento que, a menudo, se le escapa a un desconfiado Grant. Oscura, insaciable, perdida en un rencor de difícil explicación, incluso para un espectador dispuesto a perdonarle cualquier atisbo de crueldad.

En 1952, Grant se puso a buscar la fórmula mágica de la eterna juventud en ‘Me siento rejuvenecer’. Para ello encontró al perfecto socio, el genial  Howard Hawks, y se dejó acompañar por una arrolladora Ginger Rogers que, aquel año, ganó por su interpretación el Globo de Oro. En 1955, el actor nos dejó hipnotizados con sus andares felinos y su sarcasmo sofisticado en la comedia ‘Atrapa a un ladrón’, donde compartió protagonismo con la bellísima Grace Kelly. En aquella producción lujosa del maestro Hitchcock, se vio enredado en un juego de seducciones, ambigüedades y química de la buena, capaz de hacer saltar fuegos artificiales a su alrededor.

“Por última vez, yo no soy George Kaplan”

George Kaplan, ese tipo escurridizo con el que todos le confundían en ‘Con la muerte en los talones’ (1955), fue uno de los personajes más memorables que llegó a interpretar por carambola. De nuevo, Alfred Hitchcock le brindó la oportunidad de lucirse en esta brillante ceremonia de la confusión. Roger Thornhill, su verdadero nombre en la película, era un prestigioso y atareado publicitario de buen vivir que se desenvuelve como pez en el agua en la jungla urbana y apenas tiene mayores preocupaciones que entenderse con una madre entrañable, que tiene la molesta costumbre de “olfatearle el aliento tras un par de martinis”. Acaba viéndose envuelto en un malentendido (le confunden con el agente de gobierno Kaplan) y siendo perseguido, sin tregua, por una organización criminal que tiene como líder a otro gran caballero de la escena británica, James Mason. Grant aguantó el tipo ofreciendo una impecable actuación en la piel desconcertada de Thornhill / Kaplan, mientras vivía una auténtica pesadilla donde el mundo parecía conspirar contra él. Una paranoia que llegó al paroxismo con la famosa secuencia en la que una avioneta fumigadora le persigue sin darle tregua. Absurdamente, desde el  aire, y  para acabar con su vida.

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Ese mismo año, Grant se sumergió en un célebre ‘submarino rosa’, en ‘Operación Pacífico’. Lo hizo junto a Tony Curtis y para  vivir un sinfín de aventuras disparatadas orquestadas por Blake Edwards y un grupo de marineros abrumados por la presencia de mujeres de la Marina Norteamericana en su nave.

En 1963 aterrizó en ‘Charada’, de Stanley Donen. Una deliciosa película, inteligente, a caballo entre la comedia sofisticada y la intriga bien destilada. Una fiesta a costa del célebre género de suspense, pero sin tomarse el misterio ni la guasa demasiado en serio. Grant se dejaba seducir en la película por una maravillosa Audrey Hepburn, a la que doblaba en edad, pero con la que hizo excelentes migas románticas en la gran pantalla.

Grant, el hombre escurridizo

Marido reincidente, tacaño de solemnidad, a ojos de Wilder, “apóstol del LSD”, según su cuarta esposa, padre entregado de una única hija, Cary Grant fue un valiente que reivindicó su propia estrella cuando se independizó de las grandes productoras para poder trabajar sin imposiciones y por su cuenta. Fue un tipo de buena madera, pero también un hombre complejo, lleno de ambigüedades que ha estado alimentando leyendas, verdades documentadas y disparates durante décadas. De él se llegó a decir incluso que trabajó para el FBI, cuando se casó con Barbara Hutton, sospechosa de financiar a los nazis.

1966 fue el año de su retirada. Tras 81 películas, con varias obras maestras a sus espaldas, Cary Grant decidió marcharse. Tenía 62 años: “Me doy cuenta de que mi tiempo ha pasado, y no sólo a causa de la edad. Estoy cansado del cine y el cine está cansado de mí”.

Cary Grant dejó el Séptimo Arte. Puede que ya hubiera dado alcance al  vividor de aquel sueño que le asaltó en la escuela o quizás, nunca lo hiciera. Tal vez porque, como dijo en otra ocasión, para confundir a periodistas y admiradores, “siempre fingí ser alguien hasta que me di cuenta de que me había convertido en esa persona imaginaria”. Grant, insistía, una vez más, en considerarse un hombre de poca personalidad, vacío, sin rellenar, dispuesto a ser ocupado por multitud de personajes o de tipos con mayor o menor éxito en la vida. Un cómodo traje con el que probablemente intentaba escabullirse del gran público o bien ir de incógnito, para seguir buscándose a sí mismo. En cualquier caso, un perfecto MacGuffin.

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