Visionado: ‘El hijo de Saúl’, de László Nemes. ‘Uno entre seis millones’

El-hijo-de-Saul

cuatro estrellas

Saúl aparece al fondo, borroso. Se acerca poco a poco a la cámara y cuando lo vemos de cerca, recibiendo una orden rápida, se abraza a ella durante toda la historia. Ese primer plano, de frente, de perfil, de espaldas, es la mirilla al infierno que el cineasta húngaro Lászlo Nemes utiliza para quemarnos las entrañas durante cien minutos de asfixia por olor a cadáveres y cenizas. Salvo en contadas ocasiones en que el plano se desplaza hacia otros personajes de manera frugal, es el rostro de Saúl quien guía el horror de los trabajos que realizaron los denominados ‘Sonderkommando’, grupos de judíos encargados de quemar los cadáveres y limpiar hornos y cámaras de gas en los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial.

Efectivamente, no es una historia más sobre el holocausto judío. Es probablemente el mejor relato cinematográfico que se ha hecho sobre la desposesión de la vida sin estar muerto, sea en este horrible episodio de nuestra historia reciente o en cualquier lugar del mundo donde esa banalidad del mal que defendía Hannah Arendt se contagie como el cólera. El protagonista es un títere en manos del caos. Asiste impávido a todo lo que sucede en un segundo plano, hasta que identifica entre todos los cuerpos el cadáver de un niño. El pequeño despojo de existencia que aún le queda le lleva a intentar conseguir, por encima de todo, que reciba un entierro digno. A su alrededor, sus compañeros quieren venganza, quieren luchar, quieren organizarse. Pero no los siente. No puede. Quiere enterrar a su hijo. Al hijo de todos. A un niño sin nombre.

Con estos elementos resulta incontestable que El hijo de Saúl es una película agotadora y cruel. Tan incrustada en el terror que desciende por sus capas con una naturalidad en la que la mirada se enrojece de dolor sin que apenas asome una lágrima. Porque los ‘sonderkommando’ no lloran. Solo van de un lado a otro como robots, desvistiendo a sus hermanos y arrojando un día después sus cenizas al agua. Muertos sobreviven. Muertos mueren. El cineasta se arriesga y gana rodando este film en 35 milímetros y en formato 4:3 (no panorámico) para no explicitar nada salvo en ráfagas desenfocadas, y en un sonido dolorosamente realista. Solo de esta forma ha conseguido volver a despertar un tema manido y desgastado en la ficción.

El actor y poeta húngaro Géza Röhrig realiza en esta misión un trabajo descarnado y casi imposible. Sin apenas guion, Saúl olvida todo lo que ha sido para cumplir un objetivo espiritual en el que se diluyen todos los temores. Arriesga su vida de forma temeraria, obedece y desobedece órdenes sin sentido, guiado por una obsesión que sabe que solo le traerá la muerte. De alguna forma, sabe que ya está muerto, y que si algo no da igual es el cuerpo pequeño de un niño entre seis millones de muertos. Toda una revelación que le viene dada porque sí, porque no queda otra, porque la humanidad ha desaparecido del mundo para enterrarse ahogada y entera.

Cuando El hijo de Saúl termina cuesta encontrar la dirección correcta de regreso a la vida. Su final consigue no reducir todo a la nada, pero tampoco sirve como antídoto contra un irremediable poso de miedo. El temor a lo que podemos ser, al fantasma exterminador que surge cuando se traspasan esos límites que creemos ya eliminados, y no. Ahí siguen, en mil formas espectrales, enterrando niños y dejándonos la impotencia y el grito como única forma de respirar sin tragar humo de cenizas.

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