Visionado: ‘Trumbo. La lista negra de Hollywood’, de Jay Roach: ‘El silencio de un genio subversivo’

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tres estrellas

Al principio, el tipo nos cae mal. Parece un impostor. Dalton Trumbo es un guionista con un gran éxito que trabaja en el Hollywood dorado de los años 40. También es un presuntuoso que exhibe sin pudor su fortuna profesional y su riqueza, a pesar de que se confiesa un comunista convencido. 

 No hay manera de creerle. Hasta que el destino da un golpe de timón a su vida y le coloca ante el Comité de Actividades Antiamericanas del Congreso de los Estados Unidos, en plena ‘Caza de Brujas’, orquestada por el senador McCarthy. Y  el tipo decide entonces no abrir la boca. Se niega a dar nombres. Evita denunciar a otros trabajadores de Hollywood sobre los que pende la ‘sospecha’ de ser comunistas y con ello, convertirse en cómplice del miedo que imperaba en la época. Se comporta, ante el grupo de inquisidores americanos, como un hombre íntegro. El silencio de Trumbo le hace caer en desgracia y le lleva a la cárcel. Cuando sale, ninguna productora quiere contratarle.

Trumbo: la lista negra de Hollywood, de Jay Roch, es una película que nace de una historia real extraordinaria. El calvario que recorrió el guionista Dalton Trumbo (autor de la literatura que da vida a obras maestras como Vacaciones en Roma o Espartaco)  y su supervivencia artística resultan asombrosos. Sin embargo, la película lejos de ofrecer un testimonio igual de apasionante que las peripecias vividas por el autor cinematográfico, resulta irregular en su narración.

Tarda en encontrarse emocionalmente con el espectador, perdiéndose en el dibujo biográfico del personaje y hay algo en el retrato de la época que no termina de cuajar. Quizás se deba a su visión maniquea de los protagonistas que la pueblan y que entran en conflicto con Trumbo. Por ejemplo, los personajes que encarnan al mismísimo John Wayne y a la actriz y periodista Hedda Hopper (soberbia Hellen Mirren), antagonistas ideológicos de Trumbo, se diluyen en un par de villanos planos. Se convierten en una especie de malvados obsesivos que buscan ajustar cuentas quedando, fuera de plano, motivaciones más convincentes. En el film, no queda claro si se veían a sí mismos como héroes que creían trabajar por la defensa de la seguridad nacional o funcionaban como unos ‘trepas’ que se subían a la causa delatora para medrar o sobrevivir en la industria. Entre estos últimos, los cobardes o los prudentes, la película detiene también la cámara ante Edward G. Robinson, amigo de Trumbo. Fue un actor formidable y un personaje con mucha miga al que  la cinta no le se le sabe sacar todo el partido, a pesar de sus tribulaciones.

El problema de credibilidad mejora conforme transcurre el metraje. El guión parece cobrar vida y nervio  en la segunda parte de la cinta. Cuando nos muestra la gran mascarada que monta Trumbo para poder trabajar en Hollywood y, ya de paso, ayudar a los colegas caídos en desgracia, como él, por la ‘histeria comunista’.  Un artificio que le permitió crear algunas de las películas más inolvidables de la historia del cine.

La película cuenta con algunos momentos cómicos impagables. Como aquel en el que Trumbo, junto a su familia, contempla en la televisión cómo un tipo, al que no ha visto en su vida, recoge un Oscar por un guión propio y haciéndose pasar por su seudónimo. O los momentos de creación literaria en los que el guionista se ‘va de copas’ con las musas, sumergido en la bañera y en buenos tragos de whisky, mientras aporrea las teclas de una máquina de escribir que se mantiene a flote, como puede, sobre una tabla de madera.

Trumbo no se seguiría con el mismo interés sin el trabajo de un Bryan Cranston entonado y, por momentos, genial. El celebérrimo protagonista de la serie Breaking Bad  ofrece un retrato lleno de aristas emocionales. Son los ‘accidentes’ que recorren el alma dañada de un hombre que vivió una pesadilla. Una larga agonía de la que sobrevivió por sus tozudas ganas de crear. Tenía que seguir alimentando a la familia, conservar su identidad, pero sobre todo, tenía que plantarse. Nunca entró en sus planes dar su brazo a torcer, pero sí abrir la boca. Se lo debía a unos espectadores que siempre le esperaban, asombrados, al otro lado de la pantalla.

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