Visionado: ‘La gran apuesta’, de Adam McKay. ‘Cinismo tragicómico sin moraleja’

1cuatro estrellas

La gran apuesta es una de esas películas que no pretenden despertar conciencias dejando al descubierto las terribles injusticias que produjo un sistema financiero diseñado para engañar a sus clientes. No es su estilo. Más bien se atrinchera en la sorna para hacer su denuncia con buen humor negro, cinismo, una estética audaz y mucha irreverencia. Esel lenguaje con el que director, Adam McKay, pretende llamar la atención sobre el lamentable espectáculo de los excesos que se cometieron en los tiempos previos al desplome de la economía mundial, entre 2005 y 2008.

En primera línea de fuego, nos presenta a un puñado de personajes que aunque no pertenecían a la órbita de Wall Street, sí tuvieron la lucidez o la astucia suficiente de ‘apostar’ contra los bancos o lo que es lo mismo, contra la economía mundial, cuando intuyeron que se avecinaba el cataclismo de la crisis financiera del 2008. Son unos protagonistas perfectos para esta sátira realista: unos tipos tan inmorales como el sistema que pretendían burlar. Todos ellos quisieron sacarle ‘tajada’ a la gran farsa, siendo plenamente conscientes de que, a su alrededor, en sus conciencias, resonaría el eco de un sinfín de historias trágicas. Es decir, la miseria y la desgracia de millones de personas en todo el planeta que perdieron sus hogares, sus empleos, sus pensiones, su vida.

La gran apuesta abre el telón y mantiene el interés echando mano de una estética algo bizarra, astuta y estrafalaria. Puro entretenimiento. Al fin y al cabo, teníamos que conocer la Sodoma y Gomorra que edificó Wall Street; la burbuja de lujo, fantasía hortera y sangrantes contradicciones que se estuvo construyendo, desde hace décadas, en torno a una riqueza que nunca llego a existir. No para todos. Por ello, Adam McKay se afana en preparar un grandioso espectáculo donde un vértigo inteligente se apodera del montaje de la película, por el que discurren, de forma frenética, todo tipo de excesos visuales, videoclips y juguetes narrativos.

Cualquier cosa nos espera en La gran apuesta:  asistimos, atónitos, a un espectáculo de ‘streapers’ propietarias de un buen puñado de hipotecas basura; nos dejamos seducir por ‘celebrities’ de la talla de Selena Gómez o Margot Robbie,  mientras nos explican las ‘entrañas’ de ciertos productos bancarios; escuchamos las confesiones sinvergüenzas de personajes sin escrúpulos (Jared Vennett; sublime Ryan Gosling) que vuelven su mirada hacia nosotros, rompiendo esa ‘cuarta pared’, con la misma alegría desenfadada con la que Woody Allen nos presentaba en Annie Hall a Marshall McLuhan. Intentamos cazar la esencia de los protagonistas en medio de voces en off y flashbacks apresurados, impacientes, sobre los que no quieren detenerse ni siquiera los propios personajes que cuentan las historias.

Es una película que tarda en empatizar con el espectador. Está repleta de terminología financiera cuya comprensión puede desesperar al más pintado, pero el guión y los divertimentos visuales son lo suficientemente astutos y entretenidos como para que, en esencia, cualquier persona acabe entendiendo la ‘letra grande o pequeña’ del gran fraude que envolvió a  las hipotecas basura y otros productos bancarios de la misma calaña.

Nos encontramos con una película coral repleta de personajes controvertidos pero fascinantes que se dejan querer por unos buenos y entregados actores. Desde Michael Burry (gran Christian Bale) ese analista batería y tuerto, pero con la agudeza visual suficiente como para adivinar el  futuro y “ponerse corto” a un  Mark Baum (Steve Carrell) cascarrabias, que se pasa toda la película despotricando contra la codicia de los bancos, mientras no deja de enriquecerse (no puede evitarlo) a costa del desplome de la economía mundial. El productor de la película, Brad Pitt, se reserva otro personaje bombón, Ben Rickert. Un banquero que desertó de Wall Street para convertirse en un misántropo que no termina de alejarse del mundanal ruido. Regresa y para brindarnos, en la película, un momento clave donde volvemos a tomar contacto con la realidad, con la trágica y escalofriante verdad.

Es curioso que La gran apuesta se acerque a las carteleras en unos momentos donde la Bolsa y algún que otro analista agorero, parecen vaticinar una nueva recesión mundial. Un cataclismo que respondería a un buen número de problemas económicos de diverso pelaje, pero en el que, desde luego, también aparece el viejo pecado de siempre: la codicia. Así que el ‘cuento’ que hoy tratamos, la sátira basada en hechos reales se nos queda definitivamente coja, sin su moraleja. Ya nos lo recordaba Mark Twain en los orígenes de la película: “Lo que nos crea problemas no es lo que no sabemos, es lo que sabemos con certeza y no es así”.

 

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