Visionado: ‘El despertar de la fuerza’, de J. J. Abrams. ‘Miedo a la libertad de crear’

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tres estrellas

Pocos territorios han sido tan añorados como las galaxias que se originaron en la mente de George Lucas allá por los años 70. Hace 33 años El retorno del Jedi dejó en suspenso la saga Star Wars, y por ello, la promesa cinematográfica de retomar sus aventuras ha hecho correr ríos de tinta y creado muchas expectativas, quizás demasiadas. En especial, después de la trilogía de finales de los 90. Tras aquel manierismo digital y aquellos odiosos ‘midiclorianos’, que daban al traste con la espiritualidad y el misterio que entrañaba la Fuerza, había ganas de más,  de mucho más, de volver a los orígenes.

Ante este dilema, Disney, nueva propietaria de los derechos de la leyenda galáctica (después de abonar la friolera de 4.000 millones de euros) no se la jugó. Decidió encargar una nueva película Star Wars a un director de culto, J.J. Abrams, ‘alma mater’ de la serie Perdidos y eficaz resucitador de leyendas cinematográficas como Star Trek. Es un cineasta experto en crear enigmas dentro de enigmas, que se retuercen con habilidad en las historias, y ese misterio, esa seña de identidad de sus creaciones, es una de las energías que precisamente impulsa la séptima entrega de Star Wars.

La película se vendió como un gran secreto que generaba sus propias preguntas existenciales: ¿de dónde viene Rey, la nueva heroína? ¿qué fue de la princesa Leia y de Han solo? ¿qué ocurrió con Luke Skywalker? Tras hundirse el Imperio, ¿qué es lo que ha sucedido? ¿quiénes son los nuevos héroes?, o lo que es lo mismo, ¿quiénes son nuestros enemigos? El problema es que los acertijos han de estar a la altura de la imaginación de los espectadores y esta película puede resultar decepcionante porque sigue dejando respuestas en el aire y las que da, no llegan a convencer del todo. Sencillamente, porque la película no arriesga gran cosa.

El despertar de la fuerza está llena de recuerdos de la saga original que son algo más que necesarios guiños para mantener a los fans satisfechos. Su redundancia resulta sospechosa. Acaba convirtiendo la película en un producto de aire ‘retro’, como dijo hace bien poco el propio George Lucas, a quien no le ha debido gustar el carácter conservador del film. Pongamos algunos ejemplos. La ambientación de los planetas son similares a los recorridos en las primeras películas rodadas; y aparecen personajes con características demasiado similares a las de aquellos que despertaron las simpatías de los espectadores, pero eso sí, sin el entusiasmo ingenuo que los hace irrepetibles. En la cinta que nos concierne también hay un droide que esconde una pieza clave de información; se construye una especie de estrella de la muerte y existe un conflicto paterno-filial que marca el destino de los personajes.

Sin embargo, no todo está perdido. Detrás de toda esa veneración al mito galáctico, hay una película ágil, llena de vida aventurera, repleta de acción trepidante. Y sobre todo, está Han Solo. Su gancho gruñón, su sarcasmo cándido, su manera inconsciente de lanzarse de cabeza al peligro y su torpe pero insuperable encanto seductor. Treinta y tantos años después le vemos añoso,  pero irresistible, volviendo por sus fueros en el oficio de contrabandista y manteniendo la química perfecta con el gran Chewbacca. Por supuesto y como el tiempo no perdona, arrastrando también cierto drama en su estado emocional y algún que otro conflicto doméstico.

En  la  nueva hornada de héroes hay de todo: desde personajes con cierto carisma, arriesgados, pero convincentes, como la joven Rey (Daisy Ridley) a tipos pintorescos, como Finn (John Boyega), el soldado de asalto desertor (por motivos de conciencia), que parece haber sido creado para darle lustre cómico a la película. Hay un personaje atormentado que se ha pasado al lado oscuro, Kylo Ren (Adam Driver), pero a su lucha interna le falta algo de tragedia y hay un villano supremo, Snoke (Andy Serkis), que cuesta tomarse en serio, probablemente porque se trata de una criatura diseñada con sobredosis de ‘botox digital’. En cualquier caso, El despertar de la fuerza sería una gran película de entretenimiento si no se le vieran las intenciones. Si, en definitiva, se hubiera atrevido a dar un salto al hiperespacio para alejarse algo más de la saga original, originando a su paso algo así como un nuevo Big Bang creativo. Un universo  propio o, al menos, paralelo.

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