‘Sicario’, de Denis Villeneuve: ‘La inercia de un mal sueño’

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cuatro estrellas

Sicario es un escalofrío que recorre el estado de ánimo del espectador como una descarga emocional de alto voltaje. Hay algo de mal presagio en todas y cada una de sus secuencias. Algo de liturgia que te prepara para presenciar un instante de epifanía desoladora donde todo lo que hay que saber sobre la oscuridad de la condición humana queda dicho y comprendido.

La agente del FBI, Kate Macer (Emily Blunt), comienza a sospechar la verdad desde los primeros minutos de la extraña misión en la que acaba de enrolarse. Ha decidido formar parte de un operativo de agentes especiales de la CIA que, al margen de los conductos oficiales, luchará contra el narcotráfico mexicano. Kate ya ha vivido lo suyo, ha conocido la barbarie y parece que nada es capaz de impresionarla. Sin embargo, todavía conserva ciertas convicciones que chocarán de plano con la manera sucia con la que sus colegas tratan de vencer la violencia despiadada del cártel al que se enfrentan. Entre ellos, se encuentran el jefe de su misión, un flemático y cínico Josh Brolin y un incómodo ‘lobo’ solitario llamado Alejandro. Un sicario colombiano  protagonizado  por un  Benicio del Toro magistral, brillante, en auténtico estado de gracia.

El guión de Sicario es una hábil maquinaria de narración cinematográfica llena de acción, tensión y humanidad.  Durante dos horas, la película tiene la capacidad de envolver al espectador en una atmósfera de paranoia y de desconfianza, en una encerrona emocional donde casi acaba faltando el aire. La angustia cobra intensidad en tres grandes secuencias prodigiosas. Aquella con la que arranca la película, donde la protagonista irrumpe en una casa para realizar detenciones y acaba tropezándose con un cementerio demasiado frecuentado. En segundo lugar, el recorrido por un túnel sin final, ‘escarbado’ en el desierto, donde el operativo de agentes pretende darle el golpe de gracia al cártel de la droga. Y por último, especialmente fascinante resulta el  atasco de tráfico que viven los protagonistas a la salida de Ciudad Juárez. Una huida del infierno que queda en suspenso, con la inercia de un mal sueño. Quedan retenidos en medio de un peligro inminente que no termina de desencadenarse. Como explicó el propio cineasta, Denis Villeneuve, su intención era mostrar a “una araña inmóvil; asusta mucho más que una en movimiento. Intenté aplicar esa misma idea a la escena”, en sus palabras. Desde luego, el nivel de tensión que llega a alcanzarse es impresionante; hacía tiempo que no se dejaba ver en la pantalla un suspense tan definitivo.

La película no sólo produce angustia por todo aquello que rodea a los  personajes; la inquietud también parte de su atormentado interior. Como la inesperada y singular relación que se establece entre Kate y Alejandro. Un reflejo de la torpeza en la que pueden  verse envueltas dos personas que, de alguna manera, se sienten cercanas porque se reconocen en su propia soledad, pero sus circunstancias vitales, su hastío existencial, les alejan, les impiden llegar a entenderse y a comunicarse.

El cineasta canadiense, Denis Villeneuve ya lo hizo anteriormente. A través de sus últimas producciones (especialmente Incendies) ha sido capaz de asombrar al mundo con su manera brillante de crear secuencias icónicas, que permanecen en la retina durante mucho tiempo. Es un cineasta incómodo, capaz de poner en un aprieto nuestra conciencia y de descubrirnos el lado más tenebroso del hombre sin ningún tipo de complejo, con la sinceridad impía del amigo que se queda descansado al confesar una verdad amarga.

Desde luego, no se puede negar que Sicario es una película valiente. Habla sin tapujos de un buen puñado de dilemas morales y lo hace desde una perspectiva pesimista, donde la defensa de valores como la integridad o el respeto a la legalidad vigente resultan de una ingenuidad bochornosa. En la película, el límite entre el bien y el mal desaparece. Es un territorio incapaz de arrimarse a una norma para la convivencia. Más bien parece un duelo salvaje, fronterizo, que enfrenta a tipos duros y donde la violencia solo puede ser respondida con la brutalidad del que tiene que ajustar cuentas. Por supuesto, con ‘papá Estado’ mirando, orgulloso, a otro lado.

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