‘El retorno del Jedi’: ‘Catedral cinéfila del entretenimiento’ vs ‘Entre ositos y deshumanización’

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CATEDRAL CINÉFILA DEL ENTRETENIMIENTO

“Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana…” La mente de un visionario llamado George Lucas no pudo “escapar a su destino”. Dicen que el cineasta se vio abocado a inventarse Star Wars a finales de los 70 porque no pudo llevar al cine su adorado cómic, Flash Gordon. Los derechos de autor eran disparatados. Aquel revés en su carrera fue providencial, Lucas aparcó el proyecto y, despechado, tuvo la descabellada idea de montar el sueño perfecto que todos podemos reconocer como territorio propio. Una odisea espacial en la que a cualquiera le encanta perderse, una y otra vez, en un ejercicio de imprescindible escapismo.

La saga de Star Wars es un instante cumbre de la historia del cine entendido como entretenimiento y, en parte, es así porque en ella se ha producido la alquimia perfecta de ingredientes narrativos. Para empezar, parte de una visión apasionada. La que siente su creador hacia el cine y la saga es capaz de poner patas arriba un buen puñado de géneros o iconos cinematográficos populares, sin dejar de rendirles pleitesía. En la trilogía hay mucho de western, hay estética y disciplina nazi, la ciencia ficción más fantástica, la épica de los caballeros y sus nobles valores. Tiene, además, unos personajes ingeniosamente logrados, dibujados a golpe de aventuras, y un romance alegre, sin empalago. Todo ello por no hablar del protagonista más perspicaz: un sentido del humor endiabladamente divertido,  que oscila entre el sarcasmo entrañablemente ingenuo de Han Solo y el brillante tira y afloja de una pareja con mucha química metálica: los droides R2-D2 y C-3PO.

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Y además está la ‘Fuerza’ y está el ‘Lado oscuro’. Esa manera fascinante, naif, de explicar el  bien y el mal y sus broncas en la conciencia del hombre. Lucas quería “hacer una película para niños, que pudiera presentarles algo así como una moral simple”, en sus palabras, pero le salió un conflicto más intenso. Una visión dramática y atormentada del asunto que acabó encarnándose en la pulsión destructiva e inevitable entre un padre (Darth Vader) y un hijo (Luke Skywalker). Por lo demás, una impresionante y desmesurada declaración de amor.

La tercera parte de la saga, El retorno del Jediestuvo dirigida por Richard Marquand y escrita por Lawrence Kasdan y Lucas. Fue para muchos un capítulo agotado donde no dejaban de repetir ciertos patrones en su narración aventurera, pero con menos brío creativo que en las anteriores películas de la trilogía. Se le reprochó, además, que echara mano de dudosos personajes para evitar el aburrimiento de los espectadores (los Ewoks, esos habitantes de peluche de Endor, resultaron un entretenimiento demasiado infantil para ciertas sensibilidades). Sin embargo, nada de aquello llegó a importar, realmente, en la película. El retorno del Jedi mantiene vivas todas las señas de identidad de la franquicia, que fueron descubiertas por la imaginación de Lucas en La Guerra de las Galaxias, pero cuenta además con el valor añadido de las emociones intensas que recorren el metraje y nos llevan a un desenlace perfecto. Lucas resuelve todos los flecos de la trama de una manera magistral. Pero antes, ha atrapado en nuestro estado de ánimo embarcándonos en una acción trepidante que llega a su máximo esplendor cuando los rebeldes se enfrentan a las huestes del Imperio en varios frentes paralelos.

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No se puede hablar de El Retorno del Jedi sin recordar su ambientación y los efectos especiales, asombrosamente logrados desde el esfuerzo de la artesanía. Las salas metálicas con rosetón gótico, donde se enfrentan Darth Vader y Skywalker en el duelo final; la ‘carrera de cuadrigas’ en motos-jet con la amenaza vertiginosa de los árboles del bosque de Endor; el poblado sin vértigo de los Ewoks o el voraz mar de las dunas son imágenes, instantes, que se quedan vivamente grabados en la memoria cinéfila.

Además, no importan los avances técnicos que la industria del cine haya podido alcanzar, porque El retorno del Jedi sigue siendo una película en la que uno puede abandonarse, cómodamente, en un futuro muy, muy lejano. Ningún aspecto de su atmósfera desentona en la imaginación. Al fin y al cabo, la “fuerza” creativa del padre Lucas nos acompaña.

Como no podía ser de otra manera, los diez minutos más impresionantes de la película:

 

ENTRE OSITOS Y DESHUMANIZACIÓN

Vaya por delante que estamos dispuestos a asumir cualquier linchamiento virtual por arremeter contra este bastión de los fieles a la saga Star Wars. Pero no queda otra, sobre todo ante la proximidad del Episodio VII, que retomará la trama treinta años después de la fiesta jipi de Endor con la que terminaba, hasta ahora, la saga galáctica más famosa de la historia del cine. Partimos del hecho de que El retorno del Jedi ha sido siempre considerada como la más floja de los episodios míticos de la franquicia de George Lucas, aunque tenemos otros motivos para no dejarla pasar impune simplemente por suponer el cierre conocido de esta historia.

George Lucas y Lawrence Kasdan acometieron el guion y prácticamente la realización, aunque en manos de Richard Marquand, de esta última entrega en 1983 y con ello la película comenzó a adolecer de la moda de la década en parte de su elaboración artística. Sin Obi-Wan Kenobi, con el gran spoiler emocional ya desvelado en El Imperio contraataca y con un amontonamiento estirado de tramas, El retorno del Jedi supuso el artificio frío e imprescindible de una fiesta alargada más de lo necesario.

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Solo la parte inicial del rescate de Han Solo en Tatooine y parte del relato paralelo del ataque de las tropas rebeldes contra la (Segunda) Estrella de la Muerte mientras Luke Skywalker se enfrenta a su padre, al Emperador Palpatine y a sus propias emociones, mantiene la tensión de esta entrega. ¿El problema? Que todas las horripilantes situaciones y tragedias que observamos en los cinco anteriores episodios (si se visualizan cronológicamente desde el primero) se reducen en esta ocasión a conseguir el final del Imperio mediante los  Ewoks, los peluches que devolverán el equilibrio a la fuerza casi más que el propio Luke. Los osos amorosos que terminan por llevarse el protagonismo de un montón de planetas y constelaciones, muertos y mártires, y todo un ejército de jedis masacrados durante horas y horas.

Nadie va a negar que la ocurrencia en la introducción de estos personajitos resultó en su momento simpática y entrañable. Quizás aporten algo de dulzura rústica e indígena al conglomerado de tribus que se agolpan en la República y posterior Imperio Galáctico. Desde luego, siempre elegiríamos ewok antes que a cualquier gungan (Jar Jar Binks sigue siendo un trauma para algunos), pero no entendemos qué necesidad hay de incluir elementos tan distorsionadores cuando ya Chewbacca representa la mejor raza posible. Claro, los ositos quedaron aún peor parados después del homenaje a los wookiees que se marca Lucas en el Episodio III.

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Y sea por culpa o no de esta nueva tribu, El retorno del Jedi no parece respirar esa humanidad que tienen sus dos antecesoras clásicas. Todo se difumina en torno a Luke y su lucha interior por enfrentar el lado oscuro, olvidando otros personajes que actúan de manera extraña y desdramatizada como los antes ensalzados Leia y Han Solo. Ese punto álgido que supone la rendición final de Darth Vader queda prácticamente en una anécdota, sobre todo cuando alcanza su lugar a la derecha del padre pese a que ha matado mas allá de sus propias posibilidades. Filosofía Jedi, parece.

Como decíamos, solo la acción en la lucha final de la Alianza Rebelde, la pareja humorística que siguen conformando C-3PO y R2-D2 y la magnífica partitura de John Williams consiguen salvar el entramado final de este retorno del único jedi. Ahora queda esperar a la séptima entrega, adivinado entre centenares de spoilers, otros tantos ‘teasers’, las verborrea de Harrison Ford y J.J. Abrams  y algún que otro misterio que confiamos, de corazón, en que cumpla con las expectativas. Y si es sin ositos, como parece confirmado, mucho mejor.

Como curiosidad, a continuación el final original de la película, sin las imágenes de las celebraciones de otros planetas y con Sebastian Shaw como espíritu de Anakin Skywalker:

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