Visionado: ‘Operación U.N.C.L.E.’, de Guy Ritchie: ‘Ingenio al servicio del Telón de Acero’

OPERACIÓN UNCLE

tres estrellas

Todo en Operación U.N.C.L.E. tiene mucha clase. Sus personajes protagonistas, la cuidada banda sonora,  la manera ‘cool’ de darse un garbeo pop por los años 60 y su acción trepidante y perfectamente coreografiada. Guy Ritchie imparte una magistral lección de estilo. Se lo pasa bomba haciendo de las suyas detrás de la cámara para sumergirnos en una película con nervio, humor y glamour, pero que a ratos parece olvidarse de la historia que cuenta.

Y esta no es otra que una película de espías, basada en la serie de culto de los años 60 El agente Cipol, que tiene la ocurrencia de meter en un mismo operativo a un agente de la CIA (Napoleón Solo / Henry Cavill) y a otro de la KGB (IlllyaKuryakin / ArmieHammer) para emprender una misión internacional común: intentar acabar con una organización secreta, con raíces nazis, que podría estar desestablilizando la inquietante paz de la Guerra Fría. La chica de la película (fabulosa y bella Alicia Vikander) es la que tiene la clave a la hora de desmantelar la sociedad criminal, pues su padre, un científico del Tercer Reich que desapareció hace tiempo, podría estar ayudándola a desarrollar armas nucleares.

En la película, hay momentos en los que Guy Ritche se pone demasiado estupendo. Tanto ejercicio de estilo abruma y pone en peligro el interés que podría haber despertado la trama si se hubiera confiado en ella y se la hubiera dejado transcurrir a bordo de una narración cinematográfica más sencilla. Sin embargo, también es cierto que Operación U.N.C.L.E. seduce precisamente por sus secuencias originales, su aire de surrealismo sofisticado y por permitirse extravagancias cómicas como emprender una persecución de coches con un mapa de calles en la mano. En el film hay momentos memorables que muestran un ingenioso y retorcido sentido del humor, como aquella secuencia en la que Solo, en plena huida,  se esconde en un camión donde acaba pasándoselo en grande disfrutando de un buen vino y escuchando una arrebatadora melodía italiana. Mientras contempla, al otro lado de la ventanilla, cómo su compañero Kuryakin se debate entre la vida y la muerte a bordo de una lancha. Hay que verlo para entender su grado de mala leche.

Otro tanto que se apunta la película es su banda sonora. Está llena de contrastes, pero sorprende por el buen gusto con el que han sido elegidos todos y cada uno de los temas. Siempre tienen la última palabra a la hora de dejarnos saborear las escenas.

El trío protagonista funciona a la perfección y se apropia de los personajes con mucha naturalidad, entre otras cosas, porque están muy bien definidos, pero también porque se hacen cargo de ellos tres actores solventes. En las antípodas,  se echan en falta unos villanos menos caricaturescos y con más carisma. Desentonan incluso en medio del tono de sarcástico divertimento en el que se desenvuelve el metraje. El malo, el mejor malo de esta película de Guy Ritchie es, sin lugar a dudas, el sentimiento de recelo en el que se enfangan los protagonistas. El temor al fuego amigo. Una química aviesa que siempre funciona.

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