Visionado: ‘Suite francesa’, de Saul Dibb. ‘Drama de fácil digestión’

1

tres estrellas

Al principio, Suite francesa fue un manuscrito que permaneció 60 años sin leer en el interior de una maleta. Su autora, Irène Némirovsky, de origen judío, murió en Auschwitz a los 39 años, pero meses antes, había escrito ‘en secreto’ parte de esta historia que dejó inacabada. Cuando una de sus hijas se sintió con fuerzas para volver a escuchar la voz de su madre, le pareció que había en el texto algo más que nostalgia. Vio un material literario lo suficientemente bueno como para publicarlo y promocionarlo. Lectores de medio mundo le dieron la razón porque la obra se acabó convirtiendo en un ‘bestseller’ celebrado por la crítica. Y el destino azaroso y estremecedor de aquel manuscrito acabó siendo el golpe de efecto más logrado que reserva la película homónima. Un film que sigue la pista, como puede, a una obra incompleta.

Suite francesa se centra en la historia de una mujer (Michelle Williams) cuyo marido es prisionero de guerra. Vive con su suegra (Kristin Scott Thomas), una mujer conflictiva y dura, en un enorme caserón en los tiempos de la ocupación del país galo. A su pueblo llegan las tropas alemanas y a su residencia, un oficial elegante y educado (Matthias Schoenaerts). El insólito cometido del militar en el pueblo será el de encontrar un rastro de justicia entre los anónimos maliciosos y las denuncias que se lanzan los vecinos entre sí, aprovechando el desorden de la guerra. En medio del caos y casi de manera inevitable, surgirá una pasión entre la joven y el oficial.

Los  protagonistas están completamente solos, pero se reconocen y entienden. Ambos  aciertan a expresar su soledad con música. Es un espacio donde es fácil abandonarse a las pasiones y olvidarse de los amos y señores de la tierra, del invasor que la ocupa y del pueblo al que le ha sido arrebatada. Resulta sencillo, de su mano, alejarse de las conveniencias que marca una sociedad más claustrofóbica que la guerra. Y en Suite francesa, el romance con aire de tragedia, se sirve al comienzo con clase y sutileza.

Digamos que la historia de amor se cuela en la mente del espectador sigilosamente. En una conversación fugaz, en un gesto amable, en la curiosidad que despierta el extraño, alguien a quien hay que negar el saludo y no conviene hablar. Por ello, resulta chocante que, a lo largo del metraje, se produzca un cambio de tercio y el romance que ha resultado emocionante, se quede estancado en el preludio, como una pieza mal acabada. El amor no se deja sentir con el arrebato en el que debería verse arrastrada la pasión prohibida que, además, encierra una traición a la patria. No hay vergüenza ni sordidez, apenas hay remordimientos y la excusa que se plantea para propiciar la caída en el adulterio es una de esas ‘casualidades profundas’ muy convenientes, demasiado. Más apropiadas en un adolescente que quiere escapar de un marrón que de un melodrama respetable.

Por otro lado, la película plantea muchos dilemas interesantes a los que se enfrenta un país ocupado donde el colaboracionismo se convierte en el crimen más terrible. Las debilidades humanas y la humillación cotidiana se apoderan del pueblo francés donde las gentes intentan sobrevivir, en buena parte de los casos, sin que la dignidad resulte un inconveniente. Todos estos trazos que definen esta difícil convivencia son aportaciones del cineasta británico Saul Dibb, quien intentó aportar una atmósfera y una visión amplia del drama que vivió Francia en la época, con la distancia que le ofrecía el conocimiento de los hechos históricos. Sin embargo, en este retrato también surgen conflictos que parecen resolverse de manera apresurada, lo que definitivamente nos distancia de un film que tenía muchos ases en la manga para seducir.

Salvando los muebles, se encuentran las mujeres protagonistas. Michelle Williams y, en especial, Scott Thomas con su mirada afilada, se apoderan de un metraje que, a fin de cuentas, prefiere mantenerse en el territorio neutral y cómodo del drama de fácil digestión. Un lugar donde el manuscrito corre el peligro de volver a quedar olvidado.

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