Visionado: ‘Kingsman’, de Matthew Vaughn. ‘Cine fanfarrón y bienhumorado’

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tres estrellas

Nunca un paraguas tuvo un destino más azaroso. Las posibilidades que puede ofrecer ese objeto de distinción y flema, que viste a un caballero británico, llegan en Kingsman a su máxima expresión. Se convierten en la película en un escudo que repele balas y dispone de una pantalla interactiva que permite lanzar todo tipo de insospechados proyectiles. Y ese paraguas en acción resume gráficamente lo que es esta película. Una parodia, en definitiva, del cine de espías más fanfarrón. Una película que late a ritmo de clichés propios de un género que resulta perfectamente reconocible y celebrado por cualquier espectador porque pertenece al territorio ‘cool’ de James Bond. Como sus gadgets. Nada que ver con el universo amargado, inteligente e inhóspito creado por John Le Carré.

La película narra la historia de un agente secreto inglés entrado en años (Galahad / Colin Firth), que pertenece a una organización independiente de inteligencia, los Kingsman. Es un hombre que mantiene en su conciencia una deuda de honor. Un compromiso que le llevará a poner bajo su protección a un chaval de los bajos fondos (Eggsy /Taron Egerton) que es hijo de un antiguo compañero de andanzas y a quien introducirá en el mundo de los espías. Los Kingsman, selecto club de caballeros liderados por Arthur (Michael Caine), cuentan para poner en forma a sus agentes con la más avanzada tecnología y un importante despliegue logístico. Activos que, sin embargo, no impedirán el avance de una amenaza planetaria. Un magnate de las nuevas tecnologías se propone controlar el destino de la humanidad de manera ‘filantrópica’.

Kingsman es, en realidad, una adaptación de un conocido cómic de Mark Millar y Dave Gibbons realizada por Matthew Vaughn (X-Men, primera generación; Kick Ass, listo para machacar) y aderezada con buen sentido del humor. Es una cinta que ofrece comedia y acción a partes iguales. Para lo bueno y para lo malo. Y es que hay aspectos de la película que resultan molestos, difíciles de digerir, como el ritmo de taquicardia que adquiere en un momento determinado y que deja estupefacto a un espectador ‘saltimbanqui’, que salta de un acontecimiento a otro sin comprender cómo ha llegado a verse en ciertas situaciones. Sin entender las razones por las que los personajes eligen un camino en lugar de otro.

Hay demasiado miedo a perder el interés del público. Pero es un complejo de inferioridad que se percibe, desgraciadamente, en muchas de las películas que llenan la cartelera desde hace algunos años. El sentido del espectáculo, a cualquier precio, acaba siendo una esclavitud como otra cualquiera en el mundo de las grandes producciones. El exceso se traslada también a sus escenas de acción, de tal forma, que acabamos echando de menos el retrato artesanal de la violencia que se elaboraba con el encanto de la coreografía, antes de digitalizar las secuencias y de utilizar, sin orden ni concierto, la cámara lentaComo ases en la manga, Vaughn cuenta en la película con un plantel de soberbios caballeros de la escena británica como Michael Caine, Colin Firth o Mark Strong. Todos ellos visten trajes de primera. Unos personajes que les sientan de manera impecable (como un buen corte de sastre de Savile Row) y en los que, además, parecen sentirse muy cómodos.

Firth, por su parte, perfecciona en la película su eterno gesto de melancolía tan lleno de inteligencia  y de sarcasmo. Mientras que, al otro lado del Charco, en su órbita particular, la película cuenta también con todo un icono de la factoría Hollywood como Samuel L. Jackson, que se lo pasa en grande en la piel de un villano peculiar. A golpe de ceceo, compone el retrato de un visionario con el carisma, el capricho y el talonario de Steve Jobs. Es un adolescente cincuentón incapaz de ver cualquier rastro de violencia, pero sí de crear las ‘armas de destrucción masiva’ definitivas, que nos conducen al desenlace más extravagante que se ha dejado caer por la gran pantalla en los últimos tiempos.

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