‘El jardinero fiel’, de Fernando Meirelles: ‘Hasta que la verdad nos una’ vs ‘Exceso de sentimiento’

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HASTA QUE LA VERDAD NOS UNA

Superar los clásicos no es dejar de amarlos. Reconstuir la imaginería de un cine que siempre contempló algunas cuestiones desde un punto de vista platónico, pero nunca real ni comprometido, es darle un valor añadido a lo que por entonces solo fueron sueños de imperialismo. Si Memorias de África, La reina de África o Cuando ruge la marabunta, por poner algunos ejemplos, propiciaron el instinto colonial de una sociedad que necesitaba zafarse de fantasmas bélicos, con la llegada del nuevo siglo comenzaron a sucederse otras historias cinematográficas más conscientes de la sangre que corre por las venas del mal llamado tercer mundo. Es el caso de esa fiebre que hizo sucederse en taquilla obras maestras como El último Rey de Escocia, Diamante de Sangre, Hotel Rwanda o El jardinero fiel.

dos protas

Esta última, adaptación de la obra maestra de nuestro idolatrado John Le Carré, The Constant Gardener, supuso hace tan solo diez años una convulsión en el impenetrable mundo de las multinacionales farmacéuticas, ya que se inspiró en los ensayos ilegales de fármacos que se realizaron en los años 90 entre sectores de la población de Nigeria. El gran cineasta brasileño Fernando Meirelles fue el encargado de adaptar a la gran pantalla, bajo producción británica, lo que a su vez suponía un mazazo para las políticas de neocolonización de Inglaterra. Un magnífico ejercicio de autocrítica que además se convirtió en una revelación mundial, por la belleza de su trama, su asombrosa fotografía de blancos, azules y ocres en un África casi siempre estereotipada, y su golpe en la mesa contra la barbarie más sutil.

Desde las favelas de la magnífica Ciudad de Dios, Meirelles trasladó sus rugosos y desenfocados planos al continente africano para poner el rostro de Ralph Fiennes a la historia de Justin Quayle, un diplomático inglés destinado en Kenia cuya esposa Tessa, activista de derechos humanos (Rachel Weisz), es asesinada, supuestamente víctima de un crimen pasional. Destrozado por la pérdida y por los celos, despechado y profundamente incapaz de enderezar su sentido de la existencia, el protagonista decide tirar del hilo de una madeja que no encaja con lo que le cuentan, que no sirve para el consuelo y que no cuadra con nada de la magnífica labor que su mujer hizo en vida. Aunque le cueste dejar de ser todo lo que representaba para el mundo civilizado, su pasión de jardinero paciente y aparentemente indolente.

ella

Contada a través de exquisitos saltos en el tiempo y con una fabulosa banda sonora compuesta por nuestro patrio Alberto Iglesias y canciones tradicionales africanas, El jardinero fiel es ante todo una conmovedora historia de amor, de ese tipo de amor que primero descubrimos en la intimidad de una pareja, y que después traspasa las puertas de su mundo cuando se convierte en tragedia. Meirelles apostó no obstante por quitarle romanticismo a lo que podría haber sido un thriller convencional para explorar el personaje de Quayle en su casi imposible investigación, tan solo armado por el deseo de recuperar el recuerdo de su mujer, de volver a encontrarse en la verdad de su muerte, denunciando las trabas políticas, la coacción, la inhumanidad y el enorme aparato de mezquindad construido sobre un continente condenado al sufrimiento.

tres huyendo

Lo mejor es que, aparte de ser una obra maestra, esta película provocó que, superando la ficción, el equipo no solo construyera los decorados necesarios para su rodaje en la remota población de Kenia donde se ambienta parte de su guion, sino que también utilizó el presupuesto del rodaje para remodelar y mejorar las condiciones de vida de sus maltratados habitantes. Asimismo, tanto los actores Fiennes y Weisz como el propio Le Carré, se hicieron patronos de la Fundación Constant Gardener Trust, que sigue trabajando contra la pobreza en este territorio. Un ejemplo de la unión entre el cine y la solidaridad que afortunadamente sigue produciéndose cada vez más en historias que hacen confluir la belleza con un mensaje comprometido y universal.

La inmersión de Justin en un mundo desconocido hasta entonces para él, en la búsqueda de esa verdad casi imposible, en medio del caos (semi-SPOILER):

 

EXCESO DE SENTIMIENTO

Exceso de sentimiento. Ese es el pecado capital que comete El jardinero fiel. Un film tan fascinante como algo traicionero, que promete intrigas y conspiraciones corporativas de altura, pero acaba quedándose en la poesía; maravillado en una historia de lealtad incondicional, en el viaje de un hombre hacia el alma de la mujer amada.

La intriga y el suspense quedan empañados, tratados con menos entusiasmo por la fuerza de una pasión discreta, pero profunda, rendidamente idealizada por la pérdida. De hecho, los productores ni siquiera se molestaron en disimular esta debilidad argumental y promocionaron la película con el eslogan El amor a cualquier precio. Pero aquello no tenía por qué ser cierto. Porque si algo demuestra la novela de John Le Carré en la que se basa es que la historia que imagina el novelista puede encontrar la alquimia perfecta entre la intriga corporativa y la historia intimista, entre el suspense y el romance. El ajuste de cuentas que inventó el novelista para respirar ante la visión de un mundo despiadado sigue vigente en la película, pero matizado con una estética que pierde su sinceridad entre fotogramas que tienen aire de anuncio publicitario.

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Meirelles aspiraba a esa sobriedad narrativa, pero cedió a la tentación y el romanticismo, absorbente, triste, lo devoró todo. Quizás sea porque en la película, cualquier descuido argumental de la historia (que en la novela acaba resultando convincente) se hace garrafal. Como la manera facilona en la que el protagonista resuelve todos los secretos y las incógnitas que rodean a su mujer. A golpe de clic y de contraseña torpe, toda intriga queda explicada; todo sentimiento, perfectamente documentado. Como si Tessa, la mujer asesinada, fuera confeccionando cuidadosamente su testamento emocional, consciente de su inminente desaparición, consciente de su trascendencia. Pero además, el desenlace de la intriga política descansa en una absurda torpeza de un diplomático que no supo estar a la altura del ‘aparato’ de Su Graciosa Majestad. Y el protagonista, en su búsqueda de la verdad, encuentra a su paso, demasiada ayuda, demasiado desencanto providencial.

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Pero además, Meirelles utiliza una estética y ciertos hallazgos visuales que tienen mucho protagonismo. Y este otro pecado, esta vez de soberbia artística, por el que cierta crítica se distanció del aplauso unánime que recibió del público. Sin embargo, estamos de acuerdo en algo con la legión de admiradores que tiene la película. El jardinero fiel acaba seduciendo por esa manera de amar del protagonista. Tan entregada, tan discreta y, sobre todo, tan leal. Por esa fascinante manera de explicarnos el amor tan sabia que tiene Meirelles, a base de pinceladas, de pequeños flashbacks, que son auténticos o imaginarios, pero capaces de establecer diálogos entrecortados y llenos de vida entre el protagonista y su mujer ausente.

el al final

Para el recuerdo quedará la apasionada y contestataria Tessa, encarnación de nuestra mala conciencia de occidental privilegiado, con el rostro y el discurso de una mujer inteligente, bella y luchadora. Pero sobre todo, ese Justin Quayle, diplomático de segunda, que vivía en paz, ‘soñando con sus malas hierbas’, hasta que la brutalidad del mundo que rodeaba su jardín le avasalló con su cinismo. Y entonces, sólo entonces, se propuso descubrir quién era aquella mujer a la que creía haber amado. En fin, fuimos por entonces a ver una película de denuncia y suspense, pero nos encontramos con otra en la que había demasiado sentimiento. No es ni bueno ni malo, tan sólo una promesa que se quedó sin cumplir.

Finalizamos con una de las piezas de su banda sonora, del compositor y cantante keniata Ayub Ogada:

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