Visionado: ‘Boyhood’, de Richard Linklater. ‘El gran cazamomentos’

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tres estrellas

¿Qué es la vida en nuestra cabeza sino una sucesión de momentos, casi de fotografías fijas, en forma de recuerdos y palabras? No hace falta una experiencia de esas cercanas a la muerte para darse cuenta de que, echando la vista atrás, casi todo lo que somos capaces de recordar no son largos diálogos ni secuencias, sino esta o aquella risa, una decisión que tuvo consecuencias hasta hoy mismo, una canción que para siempre quedó identificada con un primer amor, una frase que nos marcó dolorosamente. Y esa es la piedra filosofal de Boyhood, innecesariamente explicada en su subtítulo Momentos de una vida, cuando durante sus dos horas y media de metraje ya nos damos cuenta por nosotros mismos de que estamos ante un álbum familiar de recuerdos.

Richard Linklater es el gran cazamomentos de esta sencilla y agradable película, rodada durante 12 años conforme crecían sus propios actores, entre ellos su protagonista, Ellar Coltrane, desde su niñez hasta la puerta de la adolescencia a la juventud. No es la primera vez que el cineasta y guionista estadounidense experimenta de manera tan limpia y natural con el paso del tiempo. Ya en la trilogía que finalizó el año pasado con Antes del anochecer, sometió a nuestros amados Jesse (Ethan Hawke) y Celine (Julie Delpy) a una de las historias de amor más fabulosamente dialogadas del cine durante más de dos décadas de encuentros desde Viena hasta la Toscana italiana. En paralelo al rodaje de este tríptico romántico, fue acumulando momentos para Boyhood, que tan solo necesitó 40 días de rodaje en todos esos años.

El resultado es su particular rendición al naturalismo narrativo. Secuencias captadas de la vida del pequeño Mason, desde que tumbado en el césped mira hacia el cielo hasta su paso a la edad adulta. Entre medias, su infancia y adolescencia, cargada de elementos significativos en los que Linklater decide no recrearse, al menos dramáticamente: los deja pasar, instalarse con calma en la memoria de su protagonista, para que nunca puedan descomponerse en ninguna memoria ajena. Es precisamente esa falta de artificio, esas elipsis apenas perceptibles salvo por el rostro cambiante de Mason, lo que marcan la magia de la película y también sus principales defectos. La desnudez de sentimientos provoca también una frialdad y vacío emocional que aunque adivinamos totalmente intencionado, provoca un anticlímax que no hace ningún bien al alargado metraje de la película.

Sucede con Boyhood como cuando asistes a la proyección del vídeo de la boda de unos amigos (algo afortunadamente menos habitual gracias a las redes sociales y al “quien quiera que lo mire”). Que lo miras con cariño, intentas empatizar y compartir la alegría de quien lo protagoniza, pero a la media hora estás muerto de aburrimiento, por no encontrar nada identificable ni emocionante por más que te lo relaten de manera entusiasmada. El cineasta se obstina en la serenidad de unas vidas que podrían ser las de cualquiera de nosotros, y aplica el criterio de contarnos, no grandes momentos, sino los que considera más importantes, que no es lo mismo. Defecto o virtud, lo cierto es que no emociona como pensamos que debería y por momentos resulta tristemente indolente.

Pese a todo, esta recopilación de momentos merece la pena por la pasión de Linklater en recrearse en algo que va mucho más allá de su mera cadencia visual: el significado de la familia, de los sueños y de la infancia. Creemos que, junto a las magníficas interpretaciones de los niños, junto a Ethan Hawke y Patricia Arquette, fue por lo que gustó tanto en festivales como Sundance o la Berlinale y por lo que está haciendo las delicias, y en eso estamos totalmente de acuerdo, de un público entregado a la sencillez de los sentimientos. En un momento en que determinados colectivos parecen haberse apropiado de una concepción única y retrógrada de los valores familiares, celebramos que el cine venga a recordarnos que hay otras formas de amar fuera de los clichés más rancios y conservadores. Y eso, siempre, bienvenido sea.

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