Visionado: ‘La Venus de las pieles’, de Roman Polanski: ‘Someterse también es dominar’

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cuatro estrellas

Lo que nos pasa con Roman Polanski ya roza lo devocional. Para qué vamos a negarlo. No hay ni una sola película ni cortometraje suyo de los últimos 15 años que nos haya decepcionado. Sus obras maestras están más alejadas en el tiempo (de muchas ya hemos hablado aquí) pero serpenteadas por otros tantos aburrimientos. Por eso consideramos que es esta última trayectoria, concretamente desde ese fabuloso apocalipsis personal que fue El pianista, la realmente grandiosa de toda su carrera debido a la continuidad en los aciertos. La producción franco-polaca La Venus de las pieles es, por tanto, otra maravilla polanskiana del siglo XXI, donde el cineasta realiza una declaración de amor al teatro llena de veneno interpretativo, tremendamente ingenioso, tramposo y analítico.

Estirando hasta el desquiciamiento la introspección literaria que ya brillaba en Un dios salvaje o El escritor, el director agarra por las costuras la ambigüedad lacerante del libro homónimo del escritor austriaco Leopold von Sacher-Masoch (cuyo nombre ha quedado para siempre ligado al término ‘masoquismo’), para realizar una desencorsetada apología de las fantasías sexuales, de la psicología teatral y del análisis literario. Narrada prácticamente en tiempo real, el filme cuenta el descenso hasta sí mismo de un escritor teatral (Mathieu Amalric) que tras un día frustrado de castings, encuentra en una chabacana, malhablada, descarada y aparentemente ignorante actriz (Emmanuelle Seigner) la candidata perfecta para protagonizar su adaptación teatral del polémico libro decimonónico.


Toda la película descansa sobre el ‘tour de force’ de los dos protagonistas, un conjunto de diálogos donde él poco a poco va sucumbiendo al magnetismo interpretativo que ella intercala con sus macarras críticas a la obra teatral. Poco a poco, vestida con harapientas ropas de época y un collar de perro, ella cuestiona y elogia a partes iguales cada pasaje de la obra, partiendo la película en dos bloques intermitentes:  el de la relación de dominación que se invierte progresivamente entre adaptador y actriz, y el de sus roles paralelos en la obra (el noble obsesionado con las pieles y el castigo físico Severine von Kusiemski y la enigmática Wanda von Dunajew). Un desdoblamiento absolutamente soberbio y por momentos lleno de brillante comicidad donde la transformación de los dos actores  por cuádruple partida es una auténtica delicia para quienes consideramos el teatro la esencia misma de la interpretación.

Seigner está cautivadora en un papel que es todo un regalazo de su marido y creador del film, devolviéndola al esplendor físico y camaleónico de sus papeles en Lunas de hiel o Frenético. La doble Wanda a la que da vida es un camino recto pero lleno de interrogantes: ¿quién es ella en realidad? ¿está fingiendo? ¿es la choni o la noble dama? ¿dónde está la trampa de su objetivo final? Ella es quien convierte la película en una comedia negra y quien se enfrenta al texto con una incontestable simpleza mental. En la réplica, Amalric sigue confirmando un talento de madurez al igual que en sus recientes apariciones en El Gran Hotel Budapest o Cosmopolis, aunque creemos que queda bastante empequeñecido, quizás voluntariamente, por el enorme peso femenino de la película.

Gracias a los dos y a la mano maestra del cineasta polaco, probablemente uno de los mejores directores de actores de nuestro tiempo, La Venus de las pieles consigue algo muchas veces imposible: evocar el erotismo únicamente con la palabra y transformar un diálogo tan intrincado en un ingenioso análisis artístico y literario donde se ponen en tela de juicio cuestiones como el amor, la libertad, el sexismo o la voluntad, para llegar a una única conclusión: que someterse también es dominar. “No hay nada más sensual que el dolor ni nada más excitante que el envilecimiento”, promulga Severine entre las tablas, tan consciente como resignado a recibir el castigo de manos de una mujer, la diosa envuelta en pieles, la voz de todas las bacantes de Eurípides poniéndolo en su sitio, el de la vergüenza y la humillación.

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