Visionado: ‘La herida’, de Fernando Franco. ‘Arrastrando la vida’

 
cuatro estrellas
 
Hay películas muy difíciles. No porque su mensaje sea un jeroglífico imposible de descifrar o porque tengan un argumento metafísico que se escape a la mente colectiva. Lo son porque se meten tan dentro de lo que cuentan que se olvidan de sí mismas. Es el caso de La herida, primer largometraje de Fernando Franco, que se adentra en la vida de Ana (Marian Álvarez), una joven que ha perdido las riendas de su equilibrio emocional y que sobrevive arrastrándose entre la aparente normalidad de una rutina diaria y su incapacidad para relacionarse con el mundo que le rodea.
 
Resulta complicada porque aborda una cuestión que no nombra: la del trastorno límite de la personalidad (TLM), los ataques de ansiedad y la lucha casi insoportable por lidiar con sus consecuencias, como la ira, la paranoia y la autoagresión. Nadie ajeno a este diagnóstico puede entender entonces que cada plano de la película resulte tan irrespirable y congelado, casi documental, o como si fuera un cuadro lleno de pequeñas pinceladas que componen un todo angustioso que genera dos polos opuestos: o no lo vemos y nos deja fríos, o lo observamos tan entero que nos asfixia solo con contemplarlo.

 
La herida es la historia de una existencia puramente psiquiátrica, incómoda y con la que empatizar es un ejercicio de pura solidaridad. Como un terapeuta, Franco vuelve casi inhumana, en su naturalidad, a una Marian Álvarez absolutamente maravillosa en un papel que sirve para su lucimiento pero que adivinamos nada fácil, diríamos que casi insoportable. Colgada de su nuca, oscilando sobre su rostro, la película entera nos muestra a una joven que repta de su trabajo a su casa, dejándonos que observemos, como ella, una realidad desenfocada y desequilibrada donde ir de un lado para otro sin conseguir nada (porque no sabe lo que quiere conseguir), sonreír a la mínima y llorar por nada, no deja de ser una forma de sobrevivir. 
 
Porque a Ana no le pasa gran cosa a ojos ajenos, los nuestros. Tiene problemas familiares y discute con su novio, como la mayoría de los mortales, pero tiene un buen trabajo y una vida más o menos cómoda en su apariencia. Por eso la realización de este filme marca una distancia tan grande con el drama fácil y lacrimógeno, para que entendamos que lo único que quiere mostrarnos es esa herida azul, esa llaga que no puede tocarse ni verse, que no es nada físico ni explicable, y que puede convertir a una persona en una sombra paralizada y sin voluntad.
 
Reconocida en el pasado Festival de San Sebastián y con unas cuantas nominaciones a los próximos Premios Goya, este debut de Fernando Franco es de esas inclasificables historias cuyo hielo sigue quemando unos días después. Es inevitable seguir pensando en el encierro de Ana dentro de su propia enfermedad, llorándole al miedo sin pedir ni recibir ayuda, golpeando su locura y dejando que sean las decisiones indolentes de los demás los que la precipiten hacia algún destino lejos de sí misma, aislada, incomprendida y sola. Cómo no llorarla ni compadecerla. Cómo olvidarla.
 
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