Homenaje: Bette Davis. ‘Sublime perversión’

Bette Davis tenía una manera arrolladora de husmear en la piel de todas las arpías que encarnó hasta que, al final, se hacía con sus almas y las modelaba a la  imagen y semejanza de su imaginación. Era así, independientemente de la buena o mala literatura que sostenía a sus personajes y por encima de la voluntad de, en muchos casos, directores tan geniales como estoicos a los que no les quedaba más remedio que comprender que no debían alterar  demasiado a la ‘fiera’, pero sí recoger lo mejor de su impulso dramático atemperándolo, cuando se pudiera, en algunas de sus expresiones más barrocas. En esas se vio William Wyler, un cineasta que la amó como mujer, pero por encima de todo, la respetó como a una diosa que era capaz de perfeccionar su filmografía. 

Sin embargo, la Davis era mucho más, era una intérprete que lejos de dejarse encumbrar como cualquier diva mundana, tuvo los pies de barro y luchó desaforadamente para que su carrera no se le fuera de las manos. Y es que, a pesar de su prestigio y de contar con dos Oscar en sus estanterías, sufrió, en varias ocasiones, el olvido  de la industria del cine.
“He llegado a la cumbre a fuerza de mucho arañar, e incluso al asesinato hubiese recorrido para conseguirlo”
Puede que siempre sea recordada como la insoportable, caprichosa y manipuladora Jezabel, la quintaesencia de la perversidad en La Loba  o como la astuta asesina de La Carta. Estas célebres egoístas, sin embargo, no supieron ocultar la versatilidad de una actriz que tuvo la capacidad de plantarle cara a su propia leyenda y demostrarle que su vena artística no tenía un perfil definido. Podía perfeccionar todo tipo de papeles en comedias, dramas, cintas de suspense e incluso musicales.
“Hollywood siempre me quiso bella, pero yo luché por el realismo”
Lo curioso  es que Bette Davis, nacida en Massachusetts en 1908,  comenzó a trabajar como actriz en Nueva York encarnando papeles de buena e inocente muchacha, en la compañía teatral de  George Cukor. En los años 30, deambuló en películas sin mucho lustre llegando a participar en cinco títulos para la Universal. Al fin y al cabo, tenía que hacerse un hueco en una industria donde el glamour era un dogma de Fe y buena parte de las féminas, una especie adornos decorativos para los personajes masculinos que lideraban la acción. La Warner, con mejor ojo clínico, acudió en su auxilio y fue en esta productora donde Davis encontró su espacio artístico y demostró su condición de gran actriz. Para esta casa trabajó en películas de cine negro, de acción y hasta en un musical (El altar de la moda, 1934).


Tras humillar y acabar con la dignidad de Leslie Howard en Cautivo del deseo (1934), repitió como villana memorable en Peligrosa (1935), donde se puso en la piel de una actriz alcohólica en decadencia que arrastra a la perdición a su amante arquitecto. Con este papel ganó su primer Oscar, aunque el éxito rotundo en la taquilla lo encontraría participando en El bosque petrificado (1936) junto a Howard, de nuevo, y Humphrey Bogart.
Pero Davis no estaba satisfecha. Haciendo alarde de su genio vivo, la actriz puso entre la espada y la pared a la Warner porque consideraba que no se le ofrecían papeles lo suficientemente interesantes. Así que, a modo de ultimátum, se marchó a Inglaterra. La productora ‘aprendió’ la lección y a partir de entonces haría lo posible para poner a su alcance los que serían sus papeles más memorables. Así, se puso en manos de William Wyler para interpretar a Julie Morrison en Jezabel (su actuación le proporcionó su segundo Oscar). Una fascinante película donde la actriz tuvo, curiosamente, que atemperar, en varias tomas, su fuerza interpretativa para acompasarla al tempo de un Henry Fonda, más comedido y sobrio. Wyler estuvo dispuesto a cincelar el nervio de la Davis para extraer de ella todos los matices que era capaz de mostrar. Intuía su enorme potencial y lo perfeccionó.


Con su caprichosa y manipuladora dama sureña triunfando en la gran pantalla nada hacía presagiar que Bette no conseguiría la ‘Joya de la Corona’ en Hollywood, el papel de Escarlata O’Hara en Lo que el viento se llevó, el ‘Personaje’ más codiciado por las actrices de la época. Sin embargo, Tara  quedaría finalmente lejos y apartada totalmente de su siguiente destino, la corte isabelina, donde daría vida, por primera vez, a Isabel I de Inglaterra, un personaje que siempre le había cautivado. La actriz también se encargaría de interpretar dos papeles dramáticos que bordó, en Amarga victoria,1939, y en La Solterona, 1939, así como otros títulos que la confirmarían, definitivamente, como una de las grandes damas del Séptimo Arte.
En La Carta (1940) alcanzó la cumbre de su sabiduría interpretativa de la mano de una pistola, un crimen y un secreto encerrado en unas comprometedoras líneas. Este personaje calculador no le impidió que, al año siguiente, quisiera ‘enturbiar’ más su colección de malvadas y se colase en el alma retorcida y ambiciosa de otra de sus grandes damas de la fatalidad. El de Regina Giddens, en La Loba (1941), una mujer capaz de darle las ‘buenas noches’ a su marido moribundo mientras le desea la muerte… Eso sí, con el tacto, la sonrisa y el acento gélido de un odio profundo, casi ancestral.
La Davis en La Loba estuvo inmensa con sus gestos nerviosos, tics a punto de desatar una tormenta emocional, y su paso firme e impaciente, siempre hacia la codicia. O con su inolvidable mirada… a ratos condescendiente y segura de su superioridad, a ratos desmesurada, cristalizada en una cruel verdad: la del crimen que está cometiendo, en un segundo plano, sin mover un sólo músculo de su cuerpo…


Más tarde, Bette Davis estuvo también fantástica, pero en un registro completamente opuesto, en La extraña pasajera (1942) donde fue una solterona poco agraciada que encontraba, al fin, el amor en Paul Henreid. Un señor tan perfecto y bien dispuesto que no podía estar libre. A partir de entonces, vendría otro bache profesional bastante importante en la vida de una actriz que se precipitaba hacia la edad en la que muchas comenzaban a retirarse.
“Eva al desnudo me salvó la vida. Profesional y personalmente”
Fue otro gran director el que no estuvo dispuesto a olvidar su talento. Joseph L. Mankiewicz regalaría a la actriz, además, a sus 40 años, su mejor papel, la llave para encontrarse con su obra maestra definitiva. Hablamos de Margo Channing, protagonista de Eva al desnudo, un personaje que estaba engarzado en uno de los mejores guiones de la historia. (Cinetario abordó esta película y celebró la interpretación de la actriz en la misma). 
Contrariamente a lo que se pudo esperar, Eva al desnudo no supuso un relanzamiento de su carrera y la actriz participó en algunos títulos menores entre los que se encontraba El favorito de la reina  (1955), su nueva ‘incursión’ en la piel de Isabel I y en la que estuvo sobresaliente en medio de una producción mediocre.


“Madre de tres hijos, divorciada, de nacionalidad americana, con 30 años de experiencia en el campo cinematográfico y todavía ágil y más amable de lo que pretende el rumor público, busca empleo estable en Hollywood. Conoce ya Broadway. Inmejorables referencias”.
En 1962,  la prensa especializada (Variety, Hollywood Reporter) amanecía con este sorprendente anuncio. Y es que el carácter fuerte e indómito de la actriz la llevó a utilizar todos los recursos imaginativos que tenía a su alcance para llamar la atención de un público y unas productoras poco leales y siempre ávidos de nuevos rostros para la gran pantalla. Y si tuvo o no el efecto esperado, nunca se llegará a saber, aunque lo cierto es que la actriz volvió a la actividad.
En los años 60 nos esperarían dos de sus películas más célebres. Entre ellas, el duelo interpretativo que mantuvo con Joan Crawford en Qué fue de Baby Jane  (1962), una patética y grotesca cinta donde se hablaba, con una mezcla extraña de terror y humor negro, de las glorias pasadas de una estrella infantil y de la tiranía que se puede instaurar en un hogar enfermizo. En segundo lugar, en Canción de cuna para un cadáver, Davis volvía a encarnar a una sureña, esta vez  solterona y enajenada, que se había pasado media vida llorando la muerte de un amado, pero que tenía que enfrentarse bruscamente a una realidad más apremiante: la expropiación de la plantación  y el enorme caserón en el que habitaba. El papel fue un canto de cisne a lo grande para la actriz, servido por Robert Aldrich para su lucimiento y que se tradujo en una nueva candidatura al Oscar. En total, obtuvo diez nominaciones a lo largo de su carrera.


Pero para Davis, siempre insatisfecha, siempre envuelta en una tormenta de emociones encontradas, quizás tampoco fuese suficiente. Como resume el epitafio que hay sobre su tumba, ella “Lo hizo a la manera difícil”.

La actriz procuró no dejar nunca de trabajar “para estar viva” y, en ese tránsito no dejó de buscar un personaje definitivo entre las perversas, las torturadas, las abnegadas madres o las mujeres que lo tenían todo sin saberlo, pero se permitían el lujo de apurar una última copa a la salud de unos tiempos que, desde luego, nunca fueron mejores.

En el canal TCM recuperamos el trailer original de una de sus películas más famosas, La Carta…

…Y también uno de los homenajes que recorren la web.

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